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» leído en la biblioteca, leído en la web · 22 octubre, 2015

Consciencia paradójica y crisis civilizatoria

Leíamos recientemente a Morris Berman acerca de su idea de la consciencia paradójica. No es, claro, una noción novedosa; ya Carl Jung señalaba en su Psicología y alquimia que

la paradoja es uno de los supremos bienes espirituales; el carácter unívoco, empero, es un signo de debilidad. Por eso una religión se empobrece interiormente cuando pierde o disminuye sus paradojas, el aumento de las cuales, en cambio, la enriquece, pues sólo la paradoja es capaz de abrazar aproximadamente la plenitud de la vida, en tanto que lo unívoco y lo falto de contradicción son cosas unilaterales y por tanto inadecuadas para expresar lo inasible.

Complementariamente Berman presentaba en Una cuestión de valores este carácter unívoco no como una debilidad, sino como una fortaleza superficial:

La identidad negativa es un fenómeno por el cual uno se define a sí mismo por lo que uno no es. Ésto confiere enormes ventajas, especialmente en términos de endurecimiento de las barreras psicológicas y de la fortificación del ego: uno puede movilizar una gran cantidad de energía de este modo. (…) El inconveniente es que esta forma de generar una identidad para uno mismo deja (…) un vacío en el centro, de modo que siempre se habrá de estar en oposición a algo ─incluso en guerra con algo─ para poder sentirse real.

Desde esta entrada de su último sitio web, Steven Taylor reflexiona acerca esta concepción paradójica al contexto de la actual crisis civilizatoria, concretamente al enfrentamiento entre tradición y modernidad ─entre religión y ciencia─ proponiendo al mundo primitivo como una suerte de tercera vía entre ambas tendencias:

Al final, cada pensamiento maduro necesita ser capaz de admitir y gestionar aspectos sombríos de un fenómeno, y este proceso se ve estorbado al ocupar posiciones opuestas al fenómeno. (…) La teología civilizatoria no es la ancestral tierra de valores humanos de los que la ciencia nos está arrancando : nuestros valores ya estaban siendo forjados y experimentados decenas de milenios antes de que la idea de Dios siquiera surgiese. Pero, igualmente, la religión no es una tierra sumida en la ignorancia y el oscurantismo desde la que la ciencia nos estaría elevando hacia la luz. Ésta tiene importantes precedentes en el mundo del animismo, precedentes que fueron a menudo mucho más sofisticados que los monoteísmos monoculturales ulteriores. Esta polaridad entre ciencia moderna y la religión necesita desesperadamente de una distensión, y el “tercer término” del animismo de forrajeo es una herramienta importante para esta tarea. (…) El genio está ya fuera de la botella y no es posible el retorno al mundo del forrajeo, del mismo modo que no es posible la vuelta a la religión. Sin embargo, si permitimos la vuelta de modos de pensamiento y de existencia pre-civilizados, podemos catalizar debates más interesantes que el del choque entre ciencia y religión ─y así aligerar la polaridad que ha enloquecido a ambas.

Nos despedimos con John Michael Greer, quien desde esta otra entrada de su blog, insistirá en este mismo punto destacando la terribilidad de este modo paradójico de pensamiento:

Muchos de nosotros queremos o todo o nada, o todo bueno o todo malo, sin la terrible ambivalencia que late, inexorablemente como la sangre, en todos los asuntos humanos. Así, muchos de nosotros queremos ver en la civilización actual o bien la única esperanza de la humanidad o bien el ecocidio encarnado, y anhelamos un futuro que se presentará o bien como la apoteosis o bien como la refutación final del presente. Es mucho menos popular, y argumentablemente mucho más difícil, abrazar la ambivalencia y aceptar a la vez tanto lo asombroso como lo inmensamente trágico de nuestra época. Sin embargo, me parece que si vamos a enfrentarnos a los retos que nos aguardan en el futuro, esta difícil comprensión inicial es un punto de comienzo esencial.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 14 marzo, 2015

La invasión de los mandalas del espacio exterior


Seguimos con nuestra particular deconstrucción de las imágenes generadas por la cultura popular y los medios audiovisuales. Volvemos a North: The rise and fall of the polar cosmology de Steven Taylor, en donde se centra en el popular icono de los mandalas:

Muchos de nosotros, al deshacernos de nuestro barniz secular, nos vemos capturados por los radiantes restos de imágenes de persistencia retiniana de la cosmología concéntrica, y sentimos que son tan fundamentales para nosotros que asumimos que son fundamentales para los seres humanos. Tales imágenes, como descubrió Carl Jung en su obsesión por los mandalas concéntricos, desatan un tremendo poder en la psique y son profundamente útiles para orientarse en el despliegue de la consciencia. Pero, incluso así, no parecen fundamentales.

Un poco más adelante pone en contexto el orígen del término, relacionándolo con el concepto de consciencia vertical que veíamos con anterioridad:

El notorio académico de religiones asiáticas David Gordon White señala que los afamados conceptos de la India védica “chakra” y “mandala” tienen su origen en mundanas nociones políticas, transfiguradas por medio de asociaciones con el cielo. White muestra como “mandala” fue en su origen «simplemente un término para una unidad administrativa o condado de la India antigua». Y la realeza védica fue idealizada bajo el término “cakravartin”, referido a «aquel que hace rodar (vartayati) la rueda (cakra) de el centro de su reino o imperio, y las ruedas de cuyo carruaje giran alrededor de este perímetro sin obstrucción». En esta combinada centralidad y abarcadura, el rey refleja la supremacía de la deidad y su reino celestial.


Este artículo de Sam Kriss titulado “Manifesto of the Committee to Abolish Outer Space” comienza con un divertido pasaje que traslada esta influencia a la imaginería contemporánea de la ciencia ficción:

Nos han mentido, hemos sido sujetos de una mentira cruel y fría, una tan vasta y total que no puede ser percibida por completo pero que se ha convertido el substrato de la vida cotidiana. Es una mentira política. Nos dijeron que el espacio exterior es bello.

Nos mostraron nebulosas, grandiosas nubes rosas y azules, rodeadas de cortinajes trenzados de estrellas moradas, danzando al ritmo del infinito cósmico y conformando formas genitales, pollas y coños de años luz de anchura. Sobreimprimieron delicadas citas cual tintineantes ondas sobre un charco sobre estas imágenes, de modo que las galaxias pudieran hablarte de las profundidades de tu soledad, susurrándote desde un insondable infinito que eres mejor que todo el mundo porque, joder, tú amas la ciencia. Las palabras son mentiras, los colores son mentira y las nebulosas son mentiras. Estas imágenes fueron cotejadas y pigmentadas por ordenadores; no son ninguna escena que realmente pudieras contemplar desde la escotilla de tu nave espacial. El espacio no es siquiera feo: no es nada. Es un vacío muerto y negro, con cuatro rocas dispersas que colisionan entre ellas conforme a un preciso sinsentido matemático hasta que todo lo que queda es polvo.

 

 

» leído en la biblioteca · 23 enero, 2015

La paradoja animista del protestantismo

Seguimos con el tema de la influencia protestante de la contracultura norteamericana. En esta ocasión citaremos a Steven Taylor (Gyrus) desde su North: The rise and fall of the polar cosmology (sitio web). En este pasaje comienza poniendo en un contexto más amplio el problema de la ruptura entre cuerpo y mente, de modo similar a como veíamos hacía también Morris Berman ─cuya influencia reconoce Gyrus en la obra:

Bajo la administración de la ciencia, la cosmología [del giro copernicano] comenzó a ofrecer garantías de una estabilidad basadas en la percepción de que la naturaleza se comportaba racional y consistentemente.

Pero, si bien estas leyes de la naturaleza eran universalistas en términos científicos, sus garantías no fueron bien recibidas universalmente. Dejando aparte su poder explicativo puro y duro, la resonancia social de las leyes del movimiento planetario de Kepler y la ley de la gravedad de Newton eran más atractivas para aquellos más cercanos al centro del orden social concéntrico y que se beneficiaban en mayor medida de esta estabilización. Stephen Toulmin muestra que el marco newtoniano encontró un apoyo entusiasta «entre los escritores y predicadores respetables de Londres y París». Fue, sin embargo, peor recibido entre las crecientes clases bajas iletradas excluídas del poder y la influencia dado su estatus social, su no conformidad religiosa o simplemente la distancia con respecto a las capitales urbanas. Crucial en esta discrepancia fue el famoso dualismo de Descartes entre cuerpo y mente, adoptado por la visión newtoniana. Esta visión se aferró a la concepción trascendente de Dios a pesar de la estridente desespiritualización de la naturaleza. Este dualismo se intensificó e hizo absoluto un movimiento de separación del animismo que siempre había acechado a las culturas agrarias, y que finalmente redujo el mundo externo a un mundo de materia inerte: la naturaleza parecía comportarse más racionalmente cuando estaba muerta.

(…) Esta muerte se apareció como un asalto terminal a las clases bajas. Identificada con una naturaleza “inferior”, esta visión negaba completamente su agencia. Entre los no conformistas existió una notable resistencia filosófica a la doctrina cartesiana-newtoniana de que la materia se movía «sólo si es puesta en marcha por una agencia superior». Para muchos, esto hablaba de un mayor dominio absoluto por parte de “arriba” ─no de Dios, sino de los directores de la cosmópolis racional.

Las fisuras psíquicas y sociales que se proyectaron hacia afuera una vez el nomadismo y la búsqueda de alimento desaparecieron (…) acumularon un complejo de asociaciones relacionadas con la jerarquía y el poder (…) y [se reincorporaron] dentro del humano. La mente, completamente desmaterializada del mismo modo que la divinidad había sido desconectada del cosmos visible, se transformó en Dios despótico o monarca del yo microcósmico del ser humano.

Es entonces, cuenta Gyrus, cuando el protestantismo mimetiza con este estado de las cosas:

En su mayoría, la resistencia protestante a la autoridad de la Iglesia Católica siguió esta tendencia, cambiando la autoridad de-arriba-a-abajo por la del autocontrol de-arriba-a-abajo. Una equivalencia entre ambas formas puede remontarse hasta Platón, quien veía en el autocontrol como el noble intelecto dominando a las bajas pasiones. «En el individuo», comenta Bruce Lincoln, «podemos referirnos a este estado como control del ego; en la sociedad, como dominación de clase».

Para Platón, y para la tradición indoeuropea que él ejemplifica, estas dos formas de control van cogidas de la mano: el autocontrol del rey permite ejercer su dominio apropiadamente sobre la gente, siendo su propio cuerpo un microcosmos del cuerpo social. Hubo en el protestantismo cierto esfuerzo en reemplazar una forma de control por la otra. Algunos académicos creen que «la insistencia puritana en la disciplina interna es impensable en un contexto de ausencia de maestros». Su objetivo era encontrar a un nuevo maestro en sí mismos, un rígido autocontrol modelando una nueva personalidad».

 

 

» leído en la web · 8 enero, 2015

Sobre los embrollos que escapan a la ciencia moderna

Este fascinante artículo de Aeon Magazine sobre las contradicciones de la Medicina Tradicional China en un contexto moderno contiene desde nuestro punto de vista una pequeña joya en la sección de comentarios. Lo hace Steven Taylor ─también conocido en la red como Gyrus, autor entre otros proyectos del estupendo sitio web Dreamflesh─ quien reflexiona sobre las ambigüedades que se observan en el choque entre las medicinas premodernas con los métodos y la técnica contemporáneas:

Quizás [los tratamientos alternativos] deberían dejar de justificarse a sí mismos presentándose como “científicos”. (…) [Los beneficios de los mismos] se encuentran enmarañados en una red de creencias, imaginación y complejas idiosincrasias que han sido sistemáticamente erosionadas por la vida moderna.

(…) Pienso que éste va a ser uno de los grandes retos en el futuro de la ciencia: (…) el rol de la imaginación como una interfaz entre la mente y el cuerpo es la clave; y si bien es cierto que hay interesantes investigaciones al respecto, éstas se ven obstaculizadas por las propias supersticiones de la ciencia moderna y sus extrañas creencias, formadas ambas en la génesis de la misma.

A la afirmación del artículo de que «aún siendo bellas e intrincadas, estas teorías (premodernas) no se corresponden con las embrolladas realidades corporales improvisadas por lo azaroso de su larga evolución» Gyrus responde:

(…) no creo que debamos esperar una correspondencia exacta entre la realidad física y la imaginación. Es ingenuo pensar que las formas de imaginación que impactan el cuerpo ─debido a las imagenes internas o las prácticas rituales socializadas─ se corresponderán superficialmente con el comportamiento de las células del cuerpo, o con lo que uno encuentra cuando se corta a rodajas un cadáver.

Pero con ésto no pretendo apoyar la visión cartesiana de que hay una brecha insalvable entre el cuerpo y la mente. De hecho, la imaginación es precisamente la facultad de la que carece la posición cartesiana, la columna vertebral de las aproximaciones premodernas a la curación (y, como es sabido, la teoría evolucionista es profundamente anti-cartesiana; todo el conjunto cuerpo/mente es no dual, y ambos aspectos evolucionan gradualmente. No debería suponer una sorpresa para un darwinista el rol crucial de la mente sobre el cuerpo). Conceptualizamos la imaginación ─”puente” entre la mente y la materia─ asépticamente como “placebo”, mientras la intentamos erradicar en nuestros experimentos, perpetuando así la herencia cartesiana.

Sobre la tendencia de los investigadores de los tratamientos alternativos a no tener interés en eliminar el efecto placebo de sus investigaciones, Gyrus admite que

quizás haya un elemento de “mala ciencia” en esto. Pero de igual modo (…) puede que exista una confusa falta de entendimiento del rol conectivo de la imaginación entre pensamiento y realidad física. No estoy seguro de cómo serían los protocolos “científicos” si apreciaran ─sin ningún tipo de condescendencia─ los vínculos entre “placebo” y “magia”, pero creo que es un valioso reto a afrontar.

(…) Entiendo la necesidad de la reproducibilidad de la ciencia moderna, pero a la vez es en la misma en donde ésta falla en corresponderse con «las embrolladas realidades corporales improvisadas por lo azaroso de su larga evolución». Sin mencionar, por supuesto, estas embrolladas realidades no como especímenes aislados, sino como nodos en una red tremendamente compleja de flujos materiales, interacciones sociales, creencias y sueños. Aferrarse lealmente a la reproducibilidad es obviamente la muy sólida fortaleza del método científico. Pero se paga un precio: siempre se omiten pequeños trozos de la realidad.

Tampoco tengo fe sin reservas en la sabiduría incuantificable del sanador tradicional experimentado; pero reconozco este elemento en la vida premoderna, y su potencial para responder a patologías complejas e individuales, que nunca serán percibidas en el lecho de Procusto de los experimentos sistemáticos.

(…) Si la imaginación es efectiva a nivel corporal, se sostiene pues en redes de creencias sociales. Si las aproximaciones tradicionales son obstaculizadas por la erosión general de las creencias sociales creadas por el secularismo individualista moderno. Así que, siendo muchos tratamientos modernos demostrablemente efectivos, ellos mismos se ven reforzados por el “placebo”, generalmente invisible, de los adornos de la ciencia: la “atmósfera limpia, organizada”, los “papeles de aluminio y las cápsulas brillantes”, etcétera: de ahí, pues, el esfuerzo por hacer científicas [a las medicinas tradicionales].

La poética y muy sugerente conclusión de Gyrus:

(…) la imaginación de mucha gente todavía se ve más estimulada por el desorden de la guarida del alquimista. Es duro contemplar cómo todo eso se disuelve, a medida que intercambiamos nuestra embrollada carne [por silicio y silicona]. Los burbujeantes alambiques y los abarrotados estantes se corresponden con mayor exactitud a las realidades internas del cuerpo que las centrifugadoras eléctricas o las pulcras hileras de tubos de ensayo.

 

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