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sociología de la ciencia

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» leído en la web · 11 diciembre, 2014

El drama ritual del progreso científico

Le piden a John Michael Greer en esta entrevista en el podcast Skeptiko  que se extienda un poco más acerca de dos de sus líneas de pensamiento habituales. A saber:

Nuestro mayor mito es que no tenemos mitos.

y

La única versión de la historia que la mayoría de la gente en el mundo industrial está dispuesta a considerar es una que explica cómo las sociedades han dejado de creer en las atolondradas cosas en las que creían, y de cómo aprendieron a ver que la realidad había estado en todo momento plantada frente a sus narices.

Y vaya si Greer contesta:

Pienso en esta fantasía ─[la de que poseemos la verdad del universo y de el resto de personas durante la historia se dedicaba básicamente a hacer el tonto]─ como en un drama ritual, una representación ritual. Como [un desfile de Semana Santa] o la representación de la Pasión ─cada cultura tiene sus dramas rituales, en donde promulga las verdades sagradas de su sociedad. Si te fijas en los programas especiales de TV o en los libros para niños sobre ciencia y este tipo de cosas, verás que nuestro drama ritual tiene ciertos personajes habituales. Tienes al visionario solitario que ve el universo tal y como realmente es, mientras que a la vez tienes a la oposición conservadora que en tono aburrido contínuamente le recuerda: «oh, no, no puedes hacer eso». Y este particular conflicto entre ambos casi que se hace sempiterno, hasta el punto de reescribir la historia, en serio: la historia se falsifica de forma atroz para que encaje [con el mito].

[El ejemplo clásico] es que en 1492, cuando Colón se embarcó, la mayoría de la gente creía que el mundo era plano. (…) Es mentira. Sólo hacen falta 15 minutos de investigación en una biblioteca decentemente abastecida para probar que esto es una completa mentira, una falsedad manufacturada que data del siglo XIX. En 1492, el libro de astronomía estándar de los institutos ─y sí, habían libros de texto de astronomía en los institutos de 1492─ se llamaba Tratado de la Esfera de Juan de Sacrobosco, y estaba escrito en latín, que era el lenguaje usado en la academia. El libro empieza con una serie de pruebas de que el mundo es redondo, de que el mundo es una esfera. Es mucho más pequeño que el Sol y mucho más grande que la Luna, y las estrellas están tan lejos que ni siquiera te molestas en hablar de ellas. Y las pruebas son precisas. Cualquiera que pudiese leer, que supiese latín más allá de un nivel básico, sabía que el mundo era redondo. Colón tenía una idea inexacta del tamaño de la Tierra: pensó que Asia estaba en donde realmente estaban las Américas. Se equivocó, y si no hubiesen habido dos continentes por descubrir por enmedio él y su tripulación habrían muerto por inanición enmedio del Pacífico.

Pero tenemos esta noción de que tiene que haber un visionario solitario que esté en lo cierto, y de que tiene que haber un pesaroso coro de conservadores, diciendo siempre las mismas cosas: «oh, no puedes hacerlo, vas a perturbar el equilibrio del cosmos». [Y de ahí salen los avances científicos]. ¿Hacia dónde? ¿En qué dirección? En la dirección del progreso. ¿Qué define a algo como perteneciente al progreso? Simplemente su cercanía a nosotros: la fantasía es que estamos en la cúspide del cosmos, que somos la puerta a través de la cual todo el mundo cruzará para llegar al futuro. Es por esto que se dice que alguien está en la Edad de Piedra, o en la Edad Media. Los demás están en la senda del progreso, que conduce inevitablemente a nosotros. Y esta es la fantasía, esta es la mitología.

Entendiendo pues esta mitología como un ritual, Greer sigue un poco más adelante diseccionando a quienes la ofician:

La ciencia cambia. La visión de la realidad presentada por la ciencia cambia, y así debe suceder a medida que se hacen nuevos descubrimientos, que se descartan nuevas teorías, ectétera. El problema es que en un momento dado el científico medio quiere ser capaz de decir: «esto es verdad» y que todo el mundo fuera de la comunidad científica le crea mediante la fe. Y entonces pasan seis semanas y se sabe bien que lo que no era verdad ya es verdad. Y de nuevo hay que creerlos mediante actos de fe. Una vez la gente pasa por ese ciclo unas cuantas veces, no tardará mucho en acabar diciéndote que estás hablando de cosas de las que realmente no sabes. De hecho no sabes cual es la verdad: es una hipótesis tentativa que cambiarás de nuevo en seis semanas.

El caso es que cuando los científicos se dicen ésto los unos a los otros no hay problema: es parte de la comunidad, es parte del proceso. Pero cuando desde fuera de la comunidad científica se les señala ésto mismo, se les va la cabeza, porque existe un hábito no reconocido (…) por el cual los científicos piensan acerca de sí mismos como una clase sacerdotal. Piensan de sí mismos como “aquellos que saben”, y todo el mundo debería aceptar lo que digan, sea lo que sea que pase la semana que viene.

 

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