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» leído en la biblioteca, leído en la web · 22 marzo, 2016

Pharmakos Illuminati: teoría de la conspiración y primitivismo

Hablábamos hace algún tiempo de la visceralidad de la que surgen de las teorías de la conspiración y de su relación con el sustrato primitivo de la mente. «El estudio del fenómeno de la conspiración como una rama de la psicología de los primates es de gran interés en sí misma, como bien sabía Maquiavelo» nos recuerda Robert Anton Wilson en su introducción a The Illuminati Conspiracy: the Sapiens System. Seguimos en esta línea con Mathias Broeckers, quien establece en esta conferencia otro paralelismo entre estos dos atractores extraños ─primitivismo y teoría de la conspiración, entendiendo esta última en su versión más ingenua y paranoica:

Una de las razones por las que es fácil tragarse la propaganda o las teorías de la conspiración que culpan a un chivo expiatorio de todos los males es que ésto es algo que mantiene las cosas simples. Reduce la complejidad; reduce circunstancias delicadas a una causa simple y permite la acción en lugar de la perplejidad ─así que el público, las masas, y especialmente en situaciones muy confusas y aterradoras, se encuentran más que receptivos a una solución simple y a un chivo expiatorio apropiado. Sabemos por las investigaciones sobre primates disponibles que el mecanismo del chivo expiatorio está presente en los simios: en caso de situaciones confusas como rayos y truenos en el cielo, tienden a correr a la colina más cercana, agarrar un palo y amenazar al malvado que se encuentra en los cielos.

Antonio Escohotado hace referencia en numerosos artículos a este mecanismo. Por ejemplo, desde aquí:

Lo que cabe llamar “terapia del chivo expiatorio” puede muy bien ser la primera cura ritual inventada, cuyos vestigios perviven todavía con fuerza en el hombre moderno, sobre todo allí donde le arropa una masa (como sucede, por ejemplo, en los linchamientos).

O también desde esta entrevista:

La medicina más antigua y universal es el esquema proyectivo, que cristaliza en la institución del chivo expiatorio. Igual que el maniqueísmo, que coagula el movimiento reduciéndolo a dos posiciones, es huella de nuestra barbarie primordial. La tarea del pensamiento no delirante —el de vocación científica o ecuánime— es superar ambas cosas. Lo real es, sin duda, analógico o evolutivo, no dualista; y tampoco premia con éxito el “pague por mí este otro” del chivo expiatorio, pero es formidablemente difícil pensar y actuar sin esas muletas.

Formidablemente difícil, desde luego. O en palabras de Broeckers: «no nos comportemos más como primates, cuestionemos la autoridad y pensemos por nosotros mismos». Más fácil de decir que hacer, desde luego ─y recordaremos aquí que el trabajo psicocorporal puede ser la clave de este distanciamiento, como argumentábamos anteriormente.

Volvemos al texto de RAW con el que abríamos la entrada para rescatar este fragmento que ahonda un poco más en el asunto:

La psicología humana sigue siendo psicología de la jungla. Como el historiador Carl Oglesby escribió en The Yankee and Cowboy War: «una multitud de conspiraciones compiten en la noche. (…) Las conspiraciones son la continuación normal de las políticas normales llevadas a cabo por los medios normales (…) y cuando no hay límite de poder, no hay límite para las conspiraciones».

Tan pronto encontremos evidencia de seres humanos en este planeta, encontraremos también evidencia de sociedades secretas. Las pinturas paleolíticas muestran que se reunían típicamente en las cuevas más oscuras, más profundas, y que planeaban jugarretas y brujería contra las especies con las que estaban en conflicto.

En toda tribu conocida por la antropología aún encontramos sociedades secretas. La mayoría tienen sociedades secretas compuestas exclusivamente por machos, pero también hay varias compuestas de hembras. La mayoría de lectores probablemente recordará como ellos mismos tuvieron sus propias sociedades secretas de niños, con sus palabras secretas y sus saludos cuasi-masónicos intencionadamente ocultos ante los adultos.

Desde esta perspectiva evolucionista, todo paranoico está parcialmente en lo cierto. El mayor error del paranoico parece ser esta creencia característica en la Mega-Conspiración-tamaño-Jumbo que lo explica todo. Esto es imposible, pues viola las leyes básicas de la psicología de los primates. Tanto los primates domesticados como los salvajes son traviesos y tienen un agudo sentido del humor: la traición es su invención más característica. (…) las teorías de la conspiración no son tan inteligentes o longevas como los idealistas y los paranoicos imaginan: son, simplemente, mucho más sucias.

 

 

» escuchado en la web, leído en la biblioteca · 10 enero, 2016

Volviendo a Robert Anton Wilson …

Todo lo que sea revisitar la obra de Robert Anton Wilson nos interesa en estos lares; es por ello que transcribimos/adaptamos este fragmento de una reciente conversación entre Gordon White y Ian “Cat” Vincent:

Creo que Robert Anton Wilson merece que se haga con él lo mismo que con Crowley: que se le vuelva a tratar como a un ser humano. (…) Porque es algo que aún no ha sucedido, y hay que decirlo: fue un producto de su tiempo y sí, tenía sus defectos. Se merece el que seamos capaces de decirlo, porque a) él estaría de acuerdo y b) corremos el riesgo de quedarnos atrapados en la superficie. Por ejemplo, el modelo de los 8 circuitos de Wilson ─que de todas formas copió de [de su amigo MK-Ultra] Leary─ tiene más de 40 años y [está complemente desfasado]. Y ahí no es donde radica el valor de [su obra]. Creo que sucede lo mismo con su comprensión de la geopolítica y de la cultura: es un producto de su tiempo, y creo que la gente se centra más en sus conclusiones que en lo realmente importante, que es su método [de agnosticismo remodelante: la idea de que cualquier estructura que utilices para describir la realidad va a estar incompleta en último término, por lo que vas a estar constantemente volviendo a ella, revisando los detalles, podando lo que no funciona en un proceso contínuo].

Y con esto no quiero decir que [su obra] no tenga relevancia: la tiene, y con una aproximación correcta es muy capaz de cambiar la cultura. Lo que me preocupa es que la gente que la esté usando correctamente sea tan sólo una minoría, y que acabemos dando vueltas hasta el infinito en esta especie de mundo hagiográfico en el que al final realmente no podemos saber nada acerca de nada, de ninguna conspiración, etcétera. Sin embargo creo que el mundo actual sí podemos saber ciertas cosas (…) Creo que hay una tendencia [entre muchos de sus seguidores] a quedarse atrapados en [conceptos superficiales] semánticos, y no creo que a él le hubiese gustado esto.

[Por ejemplo y relacionado con el discordianismo], es políticamente inerte y carente de valor lo de: «eh, tu puedes ser tu propio papa», porque las dinámicas de poder y de creación de sentido han abandonado la Iglesia desde hace décadas. (…) Viendo que la construcción del poder se hace ahora desde líneas tecnocrático-materialistas, [es interesante analizar] la diríase cuasi definitiva influencia que tuvo Wilson en Silicon Valley; no hay más que ver quien anda promoviendo las ideas de SMI2LE: Google, Elon Musk y DARPA. [Desde una perspectiva amplia de la obra de RAW, todo eso son detalles menores sacados de contexto].

BONUS─Al respecto de críticas anteriores de la desconexión de RAW con la esfera corporal, nos ha parecido interesante su comentario sobre las artes marciales en una entrevista incluida en An insider’s guide to Robert Anton Wilson:

─[Sugieres en un par de libros que la práctica de artes marciales] puede reimprimir el primer circuito [más rápido incluso que con asanas de yoga]. Siento curiosidad acerca de tu experiencia al respecto.

─No tengo experiencia alguna con las artes marciales. Bueno, un poco: condenadamente poco. Pero mi hija Cristina es cinturón negro tanto en kung-fú como en kárate y, viendo los cambios en su personalidad mientras completaba el entrenamiento, podría decir que es la persona con menos ansiedad que conozco. Creo que reimprimido por completo el primer circuito, y creo que en ese aspecto fue de más ayuda el kung-fú que el kárate.

 

 

» leído en la biblioteca · 8 octubre, 2015

Golpes de estado y teoría de la conspiración

Aún no hemos acabado de leer The Illuminati Conspiracy: the Sapiens System de Donald Holmes. Sin embargo, la sola lectura de la extensa introducción de Robert Anton Wilson está haciendo que merezca la pena. Extraemos dos pares de párrafos que sumar al sostenido esfuerzo de este blog hacia la legitimación de la expresión “teoría de la conspiración”:

En la presente década, llevar a cabo una campaña para la presidencia de los EEUU supone un coste de 50.000.000$; 10.000.000$ para el senado y 5.000.000$ para la Cámara de los Representantes. (…) Esto no significa sólamente que los EEUU son propiedad (en concepto de deuda trillonaria) de los bancos, sino que además están gobernados por 1) millonarios o 2) personas fuertemente endeudadas con millonarios. En palabras del ex-senador Pettigrew, ahora tenemos un «gobierno de corporaciones, por las corporaciones y para las corporaciones».

Como documenta Edward Luttwak en su maquiavélico y jovial breve texto Coup d’État: A Practical Handbook, la mayor parte de gobiernos que han experimentado cambios desde la Segunda Guerra Mundial lo han hecho mayormente debido a golpes de estado; más gobiernos habrían cambiado debido a golpes de estado más que a otros métodos como revoluciones o elecciones democráticas.

Dado que cada golpe es por definición una conspiración, se sigue que las conspiraciones han tenido un mayor efecto en los pasados 40 años de historia mundial que la suma de todas las políticas electorales y todas las revoluciones populares. Esto resulta ciertamente ominoso en un periodo en el que la opinión “educada” considera el pensar siquiera en conspiraciones como algo infame, excéntrico, chiflado o directamente paranoico. Se nos prohibe, de hecho, el mero acto de pensar cómo es gobernado el planeta.

Si los gobiernos no pueden actuar sin el permiso de los bancos ─sin préstamos o “líneas de crédito” concedidas por los bancos─ y si el gobierno de los EEUU es “propiedad” de la élite banquera y corporativa multibillonaria , y si los otros gobiernos son cambiados más a menudo por golpes de estado que por golpes conspirativos, la mayor porción de la humanidad está controlada económica y políticamente por personas que son desconocidas en su mayoría por el público en general, nunca electas para ningún cargo. La teoría democrática es bella e inspiradora, pero no tiene nada que ver con la situación real del primate domesticado medio de este planeta en donde Cristo perdió la chancla.

La introducción data de 1987,  y se nos aparece como un argumento deductivo de bastante validez.

 

 

» leído en la web · 20 marzo, 2015

El privilegio de pensar el apocalipsis

Al hilo de la idea que comentábamos del etnocentrismo que subyace a parte de la escena cultural colapsista ─y frente a ciertos tics de rasgado de vestiduras por la incapacidad de la población de hacer frente conscientemente al problema─ cabe añadir al discurso la dimensión económica. Decía Terence Mckenna que «el apocalipsis no está por llegar, [que] el apocalipsis ha llegado a grandes porciones del planeta, y es sólo porque vivimos en una burbuja de increíbles privilegios y aislamiento social que podemos darnos el lujo de [predecirlo]». En este artículo en Jotdown Roger Senserrich expande el tema:

[Lo que una cantidad tremenda de evidencia empírica sugiere] es que los humanos tenemos un «ancho de banda» limitado a la hora de procesar información y tomar decisiones. Podemos atender unas pocas cosas a la vez, podemos preocuparnos por un número limitado de proyectos, pero llegado un determinado nivel de actividad y problemas que confrontar no damos más de sí. El “ancho de banda” disponible, sin embargo, no depende demasiado de la inteligencia o talento de cada individuo, sino que está fuertemente influenciado por el contexto. Alguien sin preocupaciones inmediatas puede procesar una cantidad considerable de información y tomar decisiones a largo plazo.

Cuando alguien afronta una situación de escasez material inmediata, sin embargo, su capacidad cognitiva se concentra en responder a esa amenaza, a ese riesgo inmediato, dejando de lado cualquier otro problema a afrontar. Alguien en la pobreza tiende a vivir obsesionado por lo inmediato, por el problema que tiene justo ahora mismo al frente. No hace planes sencillamente porque su cerebro no le deja pensar en nada más. Es una respuesta primaria, el cerebro de cazador-recolector obsesionándose con su necesidad imperativa de supervivencia. Y lo es hasta el punto de producir una reducción de la capacidad de razonamiento medible y verificable; un descenso del coeficiente intelectual de quince puntos solo por estar sufriendo ese estrés. Para haceros una idea, es el equivalente a tener que tomar decisiones tras una noche sin dormir.

Algo similar señalaba Robert Anton Wilson en el número 4 del fanzine “No Governor” (descargable aquí):

el trabajador capitalista vive en la misma ansiedad perpetua que el adicto a los opiáceos. La fuente de seguridad ante la bio-supervivencia, la neuroquímica de sentirse seguro, se ancla en un poder externo. La cadena de condicionamiento dinero=seguridad, no-dinero=terror se ve contínuamente reforzada viendo a otros ser despedidos o quedándose a la mitad del camino. Psicológicamente este estado puede ser descrito como paranoia crónica en bajo grado.

Según vayamos profundizando en el colapso, pues, este estado paranoico teñirá más intensamente el paisaje mental de la cultura popular. Como veíamos anteriormente esto se relaciona a su vez con modos de cognición primitivos y en este contexto es también bastante previsible que florezcan subculturas de corte primitivistano necesariamente exentas de concepciones naif. El pensamiento mágico va a ser moneda común en el futuro, y no estamos seguros ─como gran parte de la esfera colapsista─ de que esto sea del todo negativo.

Está claro también que morralla la hay a capazos. En fin. El magufoapocalipsis ha llegado.

 

 

» leído en la web · 15 marzo, 2015

La conspiración del lenguaje (2)

El blog La Manzana Dorada nos ofrece la traducción del prólogo de Everything is under control de Robert Anton Wilson, del que extraemos un pasaje a colación de la conspiración del lenguaje a la que nos referíamos hace algunos meses:

Los grupos temidos por los ardientes conspirólogos no pueden existir en la realidad, claro, ya que todos los grupos están formados por individuos, y cada uno de ellos difiere en algunos aspectos de todos los demás. (No hay dos cerebros totalmente iguales, como no hay dos huellas dactilares idénticas). Sin embargo, la mayoría de las teorías conspirativas tienden a moverse hacia la hipótesis de que los grupos demonizados son intercambiables entre sí, y esto parece el resultado tanto del estilo “paranoico” (o “el Señor Fiscal de Distrito”) de la mente del cazador de conspiraciones y de la estructura de nuestro lenguaje, que hace que sea fácil hablar de los judíos, los católicos, los profesionales del derecho, la profesión médica, los banqueros, los masones, los políticos, los machos de nuestra especie, etc., como un mal fungible y uniforme.

Como señaló Nietzsche, cuando la humanidad se cansó de decir “esta hoja”, “aquella hoja” y “esa otra hoja”, etc., inventamos la categoría gramatical/mística “la hoja”, en la cual participan todas las hojas individuales específicas. Sin embargo, “la hoja” no existe fuera de la gramática y la filosofía platónica ─y por ende nuestro lenguaje tiende a promover el neoplatonismo al poblar el mundo con abstracciones gramaticales. Cualquier teoría conspirativa que se mueve hacia la conmutabilidad evoluciona también hacia el idealismo platónico. Esta “hipnosis lingüística” parece tan generalizada que el conde Alfred Korzybski inventó la ciencia de la semántica general como un intento de cura para esto.

En otras palabras, ya que podemos decir “los judíos” o “el Nuevo Orden Mundial” o “el patriarcado”, podemos creer, o casi creer, que estas abstracciones gramaticales tienen el mismo tipo de realidad que las pelotas de baloncesto, los perros ladrando, y los frijoles horneados. El individuo, con su pelo, uñas, ideales, ilusiones y aromas distintivos, desaparece ─por así decirlo─ y el mundo se convierte en un lugar embrujado por los sustantivos colectivos.

Bily Lopez profundiza un poco más en este ensayo acerca de la dicotomía del universalismo de la filosofía de Platón y el relativismo de la de Nietzsche, destacando a la vez el papel determinante de la ficción a la hora de construir la realidad:

¿Qué es una palabra? «La reproducción en sonidos de un impulso nervioso»—responde Nietzsche. El lenguaje no reproduce la realidad, sino que nos la traduce, nos la transporta metafóricamente. La verdad y la mentira se nos presentan así como una serie de convenciones que no dicen nada del mundo, sino de nuestra manera de verlo y de nuestra manera de relacionarnos. El mentiroso es aquel que dice lo contrario de lo que comúnmente se acepta. La verdad es una imposición. La verdad es «una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son».

Concebir a la verdad como ilusión y a los hechos como interpretaciones nos transporta de inmediato al reino de la ficción —ese ámbito desacreditado ya por Platón mismo, quien menospreciaba la labor de los artistas y de los poetas por presentarnos solamente copias de las copias de las ideas. Ficción: el ámbito de la fantasía, de la invención, de lo no-real; ámbito menospreciado por la ciencia, menoscabado por los hechos. Sin embargo, para Nietzsche la ficción es, y será, nuestra única realidad. Caer en cuenta de que hemos sido engañados es el primer paso para poder escapar de las garras del discurso racional de Occidente. Afirmar nuestro conocimiento como ficción y asumir nuestras interpretaciones como perspectivas nos permite valorar el mundo desde otro anclaje; nos abre la posibilidad de, en cualquier momento, cambiar nuestro punto de referencia y ver que las cosas son algo distinto de lo que creímos alguna vez; nos abre el mundo a nuevas experiencias; nos hace caer en el siniestro abismo de la tentativa; nos aleja de lo probable y nos acerca a lo posible y a lo imposible también.

 

 

» leído en la biblioteca · 28 enero, 2015

La teoría de la conspiración y el contubernio reptiliano

No, no ese contubernio reptiliano. Nos refererimos más bien al cerebro reptiliano ─modelo simplificado pero funcional de los estratos primitivos del cerebro. A este respecto, y mezclando la teoría de la conspiración con el modelo de los 8 circuitos de consciencia, se pronuncia Robert Anton Wilson en una entrevista incluída en The Illuminati Papers:

[La mayoría de conspiranoicos] piensan que cualquier idea salvaje que se les cruce por la mente debe ser verdad porque les hace sentir más aterrorizados de lo que estaban ayer. La mayoría de conspiranoicos son fanáticos de la adrenalina a los que les encanta cagarse encima de miedo (o asustar a los demás) en días soleados ─la misma huella psicológica que hace que la gente vaya a las películas sádicas de terror.

Pero, ¿puede ocurrir algo similar a la contra?:

─Mientras que puede ser cierto que la mayoría de conspiranoicos sean “fanáticos de la adrenalina”, ¿no es cierto también que almas cándidas mucho más respetables son personas que se autopacifican, asustadas de considerar teorías de la realidad que asustan, independientemente de cualquier evidencia?

─¡Claro! El primer circuito del sistema nervioso, la huella de bio-supervivencia infantil, tiende a producir un programa robótico de confianza-dependencia-optimismo o de sospecha-miedo-retirada, y esto normalmente se queda así de por vida. Ambos extremos de esta huella psicológica son bastante mecánicos.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 25 enero, 2015

La inercia de la teoría de la conspiración

Alan Moore toca, a nuestro parecer, un punto importante acerca de las teorías de la conspiración en una cita que se ha hecho bastante viral:

Sí que hay una conspiración, de hecho hay un gran número de conspiraciones, todas entorpeciéndose unas a otras (…) la gran lección que he aprendido sobre las teorías de la conspiración es que los teóricos de la conspiración creen en ellas porque resulta más reconfortante. La verdad del mundo es que es caótico. Lo cierto es que el control no lo tiene la conspiración de los banqueros judíos, ni la de los alienígenas grises, ni la de los reptilianos gigantes de otra dimensión. La verdad es aún mucho más aterradora; nadie tiene el control, y el mundo marcha sin timón.

En este breve biopic de Erik Davis en donde compara a Moore con su némesis Grant Morrison ─y eh, idólatras de Alan Moore del mundo, pensamos que en esa contienda en particular Moore no lleva la razón─ se caracteriza al bardo de Northampton como un «materialista secular (…) vuelto hacia los cauces humanistas de la tradición oculta (…) [acompañados de un] didacticismo ocasional». Es por esta vertiente clasicista ─que como veremos más adelante genera adicción a las conclusiones─ que no nos acabe de convencer lo que interpretamos (maliciosa, ruin y miserablemente) como un ánimo didáctico de fondo en el párrafo de arriba.

Recordando a Marshall McLuhan con aquello de que «el medio es el mensaje» nos quedamos con la postura más difusa de Robert Anton Wilson, que viene a decir exactamente lo mismo que Moore pero quizás con un estilo de lenguaje y una estructura narrativa menos dramática. Por ejemplo, desde esta entrevista:

La mayoría de la gente no sabe por qué el mundo está cambiando tan rápido y en tantas direcciones extrañas, de modo que buscan a alguien a quien culpar; tan sólo depende de sus sistemas de creencias el que culpen a los sabios de Sión, a los Illuminati de Bavaria, a los masones o a los banqueros suizos. La gente simplemente no puede entender que algunas cosas se mueven de forma acorde a factores estructurales de la sociedad y del entorno tecnológico en el que vivimos que se hallan en contínuo movimiento, de modo que buscan una entidad monolítica que lo explique todo. Es primitivo, pero muy prevalente. (…) Las teorías de la conspiración me fascinan porque suponen un buen campo de pruebas para la lógica no-aristotélica. La mayoría de la gente o las acepta o las rechaza completamente. Yo intento aplicar la lógica difusa, preguntándome: «¿Cuanto de esto puede ser realmente probado y cuanto de esto es simplemente una afirmación ciega?». Es interesante verlas no términos de y/o, sino simplemente en términos de cuán probables son las diversas partes de la teoría.

O dicho de forma más pedestre por Mathias Broeckers en su 11S:

La mayor parte de las teorías de la conspiración caen en el error de sobreestimar la influencia lineal de los actores y subestimar la complejidad dinámica de los procesos (como es el poder de la ley de Murphy y la omnipresencia de la estupidez humana). (…) Sin embargo, [las] teclas que unas personas determinadas tocan con discreción en momentos determinados revisten gran importancia cuando se juzgan los sucesos históricos. NEGAR las conspiraciones es tan ingenuo como pensar que TODO es fruto de una conspiración.

¿Nuestra conclusión? Evidentemente no tenemos ninguna, pero a modo de cierre parcial de la entrada ofreceremos dos últimas narrativas. La primera, de la mano de Michael Parenti desde su ensayo “The JFK Assassination II: conspiracy phobia on the left” (enlace) y dirigida a personas con tendencias fóbicas hacia la teoría de la conspiración:

Aquellos que sufren de fobia a las conspiraciones suelen decir aquello de que «¿Realmente piensas que hay un grupo de gente metidos en una habitación planeando cosas en secreto?». Por alguna razón se asume que esa imagen es tan absurda que solo invita a desentenderse del asunto. Pero, ¿donde más podría reunirse la gente de poder —¿en los bancos del parque, en tiovivos?. De hecho se reunen en habitaciones: salas de juntas, salas de mando del Pentágono, en el Bohemian Grove, en los comedores más selectos de los mejores restaurantes, hoteles, centros turísticos y fincas, y varias salas de conferencia en la Casa Blanca, la NSA, la CIA o lo que sea.

Y sí, confabulan conscientemente —aunque ellos lo llaman “planificación” o “adopción de estrategias”— y lo hacen en gran secreto, a menudo resistiéndose a esfuerzos de exponerlos públicamente. Nadie confabula más que las élites políticas y financieras y sus especialistas a sueldo. Para hacer el mundo más seguro para aquellos que lo poseen, elementos políticamente activos de las clases detentoras han creado un estado de seguridad que gasta billones de dólares y recluta los esfuerzos de un vasto número de personas.

La segunda, de la mano de Morris Berman en esta entrada de su blog, para aquellos con aversión a las dinámicas caóticas:

Mientras que es indudablemente cierto que las élites actúan en ocasiones de forma deliberada y coordinada, fue [el eminente sociólogo Charles Wright] Mills quien señaló que en la realidad se da un matiz significantivo (…): no es que los super ricos se junten en una habitación y se pregunten «¿Cual sería la mejor forma de joder a los trabajadores y las clases medias?».

No, dice Mills, lo que sucede es que se relacionan entre sí y de una manera informal reconocen sus afiliaciones de clase: «Los miembros de varios círculos se conocen entre sí en calidad de amigos e incluso vecinos; se juntan los unos con los otros en el campo de golf, en los clubs de caballeros, en los complejos turísticos, en los vuelos transcontinentales y en los transatlánticos. Se conocen en las fincas de amigos mútuos, hablan cara a cara ante las cámaras de la TV o trabajan en el mismo comité filantrópico; y muchos se aseguran de cruzar sus caminos en las columnas de los periódicos, si no en los mismos cafés en donde estas columnas se originan. La concepción de una élite de poder, por lo tanto, no recae en la asunción de que la historia (…) deba ser entendida como un plan secreto, o como una gran y coordinada conspiración de los miembros de esta élite. Esta concepción surge más bien de terrenos más impersonales».

No estaríamos hablando, pues, de alguna hermandad organizada, de un cliché financiero cuasi-masónico. Sin embargo —y este es el punto crucial— si nos atenemos a los resultados concretos, bien podría ser así. Mills continúa: «Pero, una vez que la conjunción de tendencias estructurales y de la voluntad de utilizarlas dan lugar a la élite de poder, sus miembros conciben planes y programas y de hecho no es posible interpretar muchos eventos y políticas oficiales sin hacer referencia a las élites de poder».

El trabajo de Mills se sitúa más en la categoría de crítica social que de ciencias sociales en sí; no estaba muy interesado en hechos y personajes. Pero en los más de 50 años que han pasado desde que escribió estas palabras, su perfil de una democracia estadounidense ilusoria ha sido desarrollada por numerosos sociólogos y científicos políticos armados con ingentes cantidades de datos. [Un] reciente trabajo de este género (…) identifica una élite global de poco más de 6.000 individuos que estarían dirigiendo el espectáculo mundial, junto con las cincuenta instituciones financieras que controlan casi 50 trillones de dólares en activos. Con o sin complot, los resultados son los mismos.

 

 

» escuchado en la web · 27 diciembre, 2014

Antero Alli recuerda a Robert Anton Wilson

Una de las influencias más importantes para magufoapocalipsis.com ha sido, sin lugar a dudas, el escritor Robert Anton Wilson. Gracias a la labor de Guillermo Mazzuchelli el internauta puede disfrutar de la traducción al castellano de un buen número de sus obras ─inéditas en su mayoría en Iberoamérica─, junto con un montón de artículos afines a la esfera discordiana; todo esto en su inestimable blog La Manzana Dorada (¡Salve Eris!).

Lo que sigue es un compasivo ─en el sentido fuerte de la palabra─ biopic de la mano de Antero Alli, destilado directamente de su relación personal con RAW y su prolongada asistencia a las frecuentes reuniones que éste y su mujer Arlen hospedaban para la cúpula discordiana. Está transcrito directamente desde la colección de audios “RAW remembered”, desde la cual Alli lee a su vez de su libro The Eight-Circuit Brain: Navigational Strategies for the Energetic Body.

Como a muchos, la obra de RAW nos dejó una marca que aún a día de hoy continúa inserta en nuestras mentes. Alli lo describe perfecta y elocuentemente:

[me fascinaba] su estilo literario de rica información altamente compactada (…) era como si cada palabra disparara un químico diferente en mi cerebro. Bob poseía esta forma única de tratar las palabras que afectaba mi circuito oído-cerebro igual que las drogas. Recuerdo pensar para mí mismo: «¡de esto es de lo que va escribir! ¡Escribir va sobre hacer magia!».

Ciertos libros pueden cambiar tu vida, y El Disparador Cósmico ciertamente cambió la mía. Fue el primer libro que difuminó las líneas entre la realidad y la fantasía, y fue el primero en sugerir que estas lineas no existían más allá de mi creencia en dichas líneas. Fue el primer libro en desafiar mis creencias acerca de las creencias. (…) Leer sus libros establecieron una secuencia de explosiones psíquicas en cadena que tendría lugar en los años venideros.

(…) sus juegos iniciaron a sus lectores (…) en un lenguaje einsteniano lo más operativo posible, y lo hacía de la forma más entretenida posible que la imaginación podía conjurar. (…) Y aunque Bob era un maestro en su juego, nunca ví tratar a ninguna persona como a uno de sus personajes o sus juegos. Conocía la diferencia, y se tomaba su tiempo para hacer ver a los otros que de hecho la conocía. En ese sentido, Bob era profundamente emocional. Parecía pertenecer simultáneamente a dos generaciones: los cuidadores de la Segunda Guerra Mundial y los hedónicos [seekers] de los años 60.

Tras frecuentar varios años estos “salones psicodélicos”, sin embargo, Alli acaba por formarse una visión diferente y que entronca con otras críticas contemporáneas que se han hecho de las subculturas psicodélicas nacidas en los 60 como desconectadas del cuerpo y como portadoras de dinámicas descontextualizadoras. Insistimos en el sentido fuerte de lo compasivo de la crítica y animamos a la escucha del audio original para comprender la dimensión emocional de la misma al completo:

(…) lo que veía era un hombre habitando un mundo de su propia creación. Una sofisticado, entretenida y bizantina red de túneles de realidad atravesada por su consciencia constantemente y haciendo referencias cruzadas con asombrosa destreza y humor.

Ya se encontrase sobrio o ebrio, me di cuenta de que cada ocasión en la que Bob se veía cuestionado por alguien, se seguía un silencio consistente. Era como si se encontrase tan abstraído en su laberinto interno que le costaba unos instantes reconstruir su respuesta y hacerla emerger al momento presente. Empecé a preguntarme si Bob había perdido la capacidad para la experiencia directa y la respuesta espontánea viviendo tan profundamente en los múltiples túneles de realidad de su épica mente.

No conocí a Bob antes de que su hija Luna fuese asesinada a mediados de los 70, y por lo tanto no puedo decir cuán profundamente este trauma le pudo haber cambiado. Habiendo perdido una hija yo también, ciertamente puedo comprender cómo este shock externo puede alterar tu consciencia para el resto de tu vida. El cómo esto se desarrolle depende lo abierto emocionalmente que uno se mantenga tras la pérdida y de llegar intacto al otro lado.

Lo curioso acerca de Bob y las emociones es que nunca escuché a Bob decir nada positivo acerca de las emociones, las cuales despreciaba humorísticamente como “señales territoriales”, “políticas de corral” o “payasadas de culebrones”. Si Bob disfrutaba de cierta libertad con respecto a las “señales territoriales”, ciertamente éstas hacían acto de presencia en el momento en que sentía o percibía que sus editores estaban reteniendo sus royalties, o que sus libros no estaban obteniendo el reconocimiento que se merecían. Bob parecía involucrado emocionalmente en su legado literario, y además mostraba fuertes emociones cuando protestaba contra cualquier forma de opresión del estado sobre la gente. Para mí, todas estas protestas revelaban su humanidad.

[Difiero principalmente con Bob en su aproximación al cuerpo. Decidí que Timothy Leary y Bob pasaban por alto el cuerpo (…) Ciertamente escribían acerca del cuerpo, pero su lenguaje se hallaba impregnado por el lenguaje de la mente, explicándolo todo con todo lujo de detalles en términos racionales y científicos pero que, en mi opinión, fallaba en su apelación a los sentidos.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 22 diciembre, 2014

La visceralidad de la teoría de la conspiración

Seguimos con nuestros ejercicios de pensamiento alrededor de la subcultura de las teorías de la conspiración. Aparece en la web de New Scientist un artículo que menciona un par de ideas que merece la pena subrayar en esta exploración. La primera versa sobre el sustrato fisiológico de la paranoia:

El cerebro no evolucionó para procesar la información de las economías industriales, el terrorismo o la medicina, sino para sobrevivir en medios ambientes salvajes. Esto incluye una tendencia a asumir que depredadores fuera del alcance de la vista nos acechan o que eventos coincidentes están relacionados de alguna forma.

¿Es necesariamente negativo para el pensamiento el contacto con este sustrato más primitivo? Mathias Broeckers argumentaba en 11S que de hecho es este mismo sustrato el motor del conocimiento, moviendo así el foco de la discusión ya no al discurso racional, sino al cuerpo ─introduciendo a la vez la idea de la “guerrilla ontológica” promovida principalmente por el escritor Robert Anton Wilson  y a quien Broeckers, todo sea dicho de paso, editó en Alemania:

¿Qué es cierto? ¿Qué es falso? ¿Qué es información? ¿Qué es desinformación? ¿Qué son hechos objetivos? ¿Qué son proyecciones subjetivas? ¿Qué relación existe entre el observador y lo observado? El espacio de pensamiento [conspiranoico] es una escuela de percepción. «En el comienzo de toda ciencia» —afirma el psicoanalista Jacques Lacan— «se sitúa la histeria». El miedo al mundo, a lo intangible, a un repentino suceso trágico es el motor que impulsa la curiosidad y la necesidad de conocimiento. El pensamiento [conspiranoico] conserva todavía parte de ese celo provocado por el miedo (…) El terreno fronterizo entre el pensamiento crítico y la paranoia patológica es un campo de minas. No obstante, no sólo merece la pena adentrarse en él, sino que las conspiraciones reales y sus peligrosas consecuencias para al sociedad obligan a hacerlo.

Pero, sigue el artículo en New Scientist:

Las teorías de la conspiración reflejan como entendemos el mundo intuitivamente e, irónicamente, proveen de consuelo emocional. Son historias con buenos y malos, conflicto, resolución y otros elementos narrativos atractivos naturalmente. (…) y esto es la que las hace problemáticas: al cristalizar las intuiciones en declaraciones incontrovertibles, se limitan sus posibilidades de cara al discurso público.

Acerca de la adherencia irracional a las narrativas que subyacen a las teoría de la conspiración también ha escrito John Michael Greer en esta entrada de su blog, hablando de un mito cultural recurrente que como veíamos también puede influenciar a la racional búsqueda científica:

(…) la controversia [acerca de las teorías de la conspiración] se despliega al amparo de un mito con profundas raíces en la consciencia popular. Llamo a esta historia la de “El hombre que descubre el pastel”, la cual conoces bien: la dieron anoche en la TV; la novela de misterio que viste el otro día junto a la caja del supermercado trata sobre ella, al igual que cinco de las seis películas que alquilaste la semana pasada y posiblemente alguno de tus sueños recientes. La historia empieza con un suceso terrible: hay una obvia explicación para ella, pero también hay una persona que se da cuenta de que hay mucho más en juego de lo que está a la vista. Tras una solitaria búsqueda acompañada de ridiculizaciones y evasivas por parte de las autoridades oficiales, el héroe destapa la verdad y la revela al público en un acto de redención que frustra al villano, salva los inocentes y a menudo lo hace caer en brazos de la chica de la película.

Tampoco se trata siempre de ficción: la mayoría de mitos son son ciertos al menos durante algún tiempo (…) el mito del hombre que descubre el pastel funciona lo suficientemente como para que los departamentos de policía contraten detectives, los países establezcan agencias de inteligencia y la gente ordinaria se haga preguntas aunque las respuestas iniciales parezcan evidentes. Como cualquier otro mito, sin embargo, la historia de “el hombre que descubre el pastel” dota de sentido completo sólo a algunas situaciones, de sentido parcial a otras y de ningún sentido a otras tantas.

A pesar de las afirmaciones más entusiastas de Joseph Campbell, no existe un monomito, no existe una narrativa que dote de sentido a cualquier situación. Y sin embargo, el mito que nos hallamos discutiendo es seductor, debido a su promesa de poder implícito. “El hombre que descubre el pastel” no tiene otro tipo de poder excepto la habilidad de descubrir la verdad, y en el mito ése es todo el poder que necesita. Así pues es un mito muy llamativo para la gente que se siente impotente y que cree saber algo que los demás no saben. El problema es que este mito puede ser una distracción [dado que] el hecho de que un mito deje de ser útil no lo hace necesariamente menos llamativo.

Paradójicamente el artículo de la New Scientist acaba reconociendo el papel del pensamiento mágico en el día a día y propone ─¿condescendientemente?─ a las mentes más racionales que:

(…) más que argumentar o razonar, nuestro primer paso debería ser empatizar. Al fin y al cabo, cuando tocamos madera o le deseamos a alguien buena suerte, todos usamos el pensamiento mágico. Sólo apreciando el tirón emocional de las teorías de la conspiración será posible comunicarnos de forma más significativa con nuestros vecinos de los sombreros de aluminio.

 

 

» escuchado en la web, visto en la web · 14 noviembre, 2014

Bolas de cristal / Ficciones profilácticas

En el episodio 435 del podcast “C-Realm” se cita a Karl Schraeder reflexionando acerca del hecho de quedarse estancando cuando se anticipan acontecimientos futuros, y del verdadero papel de la CiFi en dicha empresa:

No creo que debamos ─incluso si éste es el más plausible─ imaginar tan sólo un único futuro. (…) La ciencia ficción no va de predecir el futuro, sino de minimizar las sorpresas. Y si crees en un futuro en particular, lo que interpreto personalmente es que ése es el único futuro que no va a sorprenderte.

La postura de Schraeder está íntimamente relacionada con la noción de “túneles de realidad” acuñada por Timothy Leary y popularizada por Robert Anton Wilson, quien, desde el documental “Maybe Logic”, nos ilustra acerca del concepto:

Todos tenemos nuestro propio túnel de realidad, y desde nuestro túnel de realidad elegimos algunas cosas e ignoramos otras. Tenemos 10 mil millones de células en nuestro cerebro recibiendo cientos y cientos de millones de señales en todo momento. Y elegimos las que se adaptan a los moldes de nuestro cerebro, a los túneles de realidad que han sido grabados por la experiencia pasada: todos tenemos nuestro sistema de creencias, y las señales que encajan en nuestro sistema de creencias. Ignoramos las señales que no encajan en nuestro sistema de creencias, y en caso de que insistan en volver repetidamente, acudimos al psiquiatra para espantarlas.

En este sentido, Schraeder tiene la lección aprendida cuando por ejemplo afirma ─en este otro vídeo─ que su objetivo no es hacer predicciones exactas, sino «proveer a la gente de una serie de herramientas para pensar sobre el futuro».

 

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