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» leído en la biblioteca, leído en la web · 17 noviembre, 2015

La cultura norteamericana y la recombinación digital puritano-poshumanista

Nos ha resultado muy interesante la lectura de Generación post-alfa del filósofo italiano Franco Berardi “Bifo” (PDF), pues sintetiza muchos de los temas que nos interesan. Habría demasiado que citar, así que hemos elaborado un pequeño compendio de nuestros subrayados. Aquí nos centraremos en la descripción cualitativa de la cultura estadounidense llevada a cabo por Bifo, que parte de un encuadre de la idiosincrasia del protestantismo/puritanismo. Citando a Camile Paglia:

El problema primario del protestantismo es la fijación sobre la palabra: el estudio de la Escritura es su corazón. Ningún mediador carnal es necesario entre el alma y Dios; ninguna imagen de santos, Madres o divinidad es permitida, incluso si algún retrato del Buen Pastor ha comenzado a infiltrarse en alguna denominación en el último siglo. En el catolicismo italiano y español por el contrario, existe un constante derecho reclamado a los sentidos.

Desde este otro texto, ─una versión resumida del libro─ “Puritanismo y virtualización”, continúa Bifo:

Esta purificación de la vida de todo elemento de emocionalidad, esta reducción a la abstracción del código crea las condiciones para una potencia operacional que reencontramos en toda la historia norteamericana como potencia de la tecnología. Mientras la historia de la Revolución Francesa se confrontó con las estratificaciones sociales, nacionales, antropológicas que volvían al espacio europeo densísimo, obstruido por el pasado feudal, la historia de la Revolución norteamericana se despliega en un territorio en el cual no está marcado pasado alguno. Es en este territorio depurado que puede tomar forma un modelo neo-humano, un modelo de ser humano desensibilizado a las asperezas del analógico histórico-emocional. Sensible al código, sin embargo, es por esto hiper-potente, potente a un nivel bunkerizado, a un nivel virtual. Es en el espacio depurado que puede tomar forma la tecnología, la práctica, la cultura y el imaginario digital. Pero para una perfecta operacionalidad y una perfecta seguridad de la existencia social debe cumplirse la digitalización del planeta, y con este fin es necesario remover las estratificaciones, quitar las impurezas acumuladas durante el curso de la historia humana: limpiar el mundo.

Hemos analizado anteriormente el por qué de que el pensamiento binario, evitativo de la paradoja, resulte en esta hiper-potencia resaltada por Bifo. Esta virtualización y codificación cultural tiene como efecto secundario una marcada reintroducción de los campos cognitivos asociados al lenguaje audiovisualla disolución del trance alfabético─, si bien mediados por esta influencia protestante (lo que designamos anteriormente como la paradoja animista del protestantismo). Esta globalización cultural fue recibida, nos cuenta Bifo, con los brazos abiertos por la primera generación videoelectrónica:

a excepción de pequeñas minorías ideológicamente prevenidas, la mayor parte de los jóvenes del planeta manifestaron en los años 80 y 90 una activa simpatía por Estados Unidos de América que era principalmente el efecto de una fascinación por el imaginario norteamericano. Para la mayoría de los jóvenes, aquel imaginario representaba existencia de formas de vida transgresoras, la libertad respecto a las agobiantes herencias tradicionales, la ampliación de los horizontes comunicativos y la experimentación de nuevos universos tecnológicos y culturales. Hollywood había sabido expresar este mensaje, la música rock lo había transformado en un ritmo planetario.

Sin embargo, Bifo se guarda bastante de identificar de forma romántica e ingenua las fuerzas deseantes ─como vimos que hacía la vertiente naïf del primitivismo:

A veces [se identifica] el deseo como la fuerza positiva que se opone al dominio. Pero esta vulgarización no es correcta. El deseo no es una fuerza sino un campo. Es el campo en el cual se desarrolla una densísima lucha o, mejor dicho, un espeso entrecruzamiento de fuerzas diferentes, conflictivas. El deseo no es un valiente muchacho, no es el chico bueno de la historia. El deseo es el campo psíquico sobre el que se oponen continuamente flujos imaginarios, ideológicos, intereses económicos. Existe un deseo nazi, digo, para entendernos.

En definitiva, y muy relacionado con lo que calificábamos con el entusiasmo maníaco de las redes sociales:

En la excepcionalidad norteamericana está implícita una ruptura con la herencia del Humanismo. La idea de universalidad y la noción de libertad personal son arrollados en el emerger hegemónico de la tecno-cultura norteamericana. Pero lo que más cuenta es el hecho de que la tecno-cultura norteamericana redefine el equilibrio antropológico entre cálculo y emoción, entre dimensión orgánica y esfera del artificio, entre liso y estriado. Es en la historia cultural del pueblo que se instala en el territorio norteamericano donde podríamos encontrar la génesis de un nuevo modelo de comunidad de carácter sintético. Sintético en un doble sentido de la palabra: la cultura norteamericana representa la síntesis de todas las otras culturas, porque ha importado sobre el propio territorio imaginario y político fragmentos importantes y vitales de las culturas del mundo. Pero esta síntesis se determina sobre un plano artificial, depurado del espesor emocional, psíquico, lingüístico de la historia, de la temporalidad, de la carnalidad del pasado. Ya desde el principio la historia norteamericana manifiesta una tendencia hacia lo neo-humano, con una implícita tensión a liberarse de lo humano como residualidad.

Este poshumanismo digital rompería con el sustrato análogo de las culturas tradicionales y se revela inquietante en el contexto de la poliédrica crisis actual:

La palabra “humanista” implica relación con una profundidad de estratos no formalizables: las culturas, las creencias, las tradiciones, la emoción, la corporeidad deseante. La contraposición entre globalización humanitaria y particularismo identitario ha marcado la década clintoniana. En aquella década el optimismo económico prevalecía sobre el sentimiento de inseguridad que iba difundiéndose a los márgenes de Occidente. Pero cuando se ha bloqueado la dinámica expansiva de la new economy, el discurso (identificado como) norteamericano ha terminado por derribarse, y la imagen que aparecía luminosa y seductora ha comenzado a transformarse en una imagen oscura, inquietante, antipática, terrorífica.

Como veíamos, estas digitalización de dinámicas ctónicas, no cuantificables, pueden ser las que guíen los movimientos de corte esotérico importados desde Estados Unidosel motor espiritual del tecnofeminismo. Estamos hablando de fuerzas complejas, muy paradójicas, y desde luego no pretendemos tener una respuesta definitiva al respecto; nos parece, sin embargo, muy inquietante una críptica y lapidaria frase de Bifo con la que concluiremos esta entrada:

El surgimiento de Estados Unidos de América ha tenido, desde el principio, un carácter de viraje en la evolución del mundo, pero ese viraje está hoy en cuestión. La novedad norteamericana se juega el todo por el todo. No se trata de ganar o perder la guerra contra Babilonia. Está claro que Babilonia puede ser reducida a cenizas militarmente. Pero la nueva Jerusalén podría no sobrevivir a la pira de Babilonia.

 

 

» leído en la web · 17 enero, 2015

La deriva milenarista / puritana de la contracultura estadounidense

Le preguntaban a Hans Jonas si el “estremecimiento religioso” propio de la antigüedad no había desaparecido ya irremediablemente con la era racionalista. Contestaba el filósofo alemán:

Muchas veces estamos tentados de creerlo, [pero] por otra parte, se constata la emergencia de formas de conciencia que substituyen a lo sagrado, como muestra el hecho que los humanos, especialmente entre la juventud, se insurgen contra la injusticia cometida a otros hombres. El movimiento por los derechos civiles en [Estados Unidos], por ejemplo, no nació exclusivamente de los propios desfavorecidos, sino que encuentra su origen en individuos para quienes precisamente todo va bien, que se movieron no por necesidad, sino por su conciencia. Es un fenómeno nuevo.

Es pues de recibo preguntarse desde el maelstrom magufoapocalíptico qué subtexto inconsciente podríamos estar recibiendo de la contracultura estadounidense ─o, al menos, de buena parte de la misma. Reproducimos algunas pinceladas que Manuel Delgado Ruiz ofrece en esta entrada de su blog a la vez que recomendamos la lectura de la misma al completo:

Yo no veo más que grupos, movimientos y teorías que no hacen sino darle vueltas al típico reconocimiento de los “signos de los tiempos” (…) [obsesionados] por la hegemonía del mal sobre la tierra que de veras creo que es un préstamo cultural del utopismo protestante norteamericano, con su nostalgia de la vieja comunidad hecha de individuos aislados vinculados entre sí por lazos de verdad y franqueza personal, postuladores de un cambio que, empezando por la propia subjetividad, acabe abarcando la globalidad de la vida humana, o, lo que es igual, el advenimiento del mundo nuevo prometido por la profecía bíblica.

No siempre de manera explícita, pero hay algo o mucho en los discursos de la postpolítica actual que nos devuelve a los movimientos prepolíticos (…) con esa renovación de la denuncia moral de las ciudades malditas de las Escrituras ─Babel, Sodoma, Gomorra, Babilonia, Roma─, negaciones absolutas del reino de Dios anunciado en el Apocalipsis de Juan. Como en ellas, en la sociedad capitalista se rinde culto a falsos ídolos, imágenes engañosas tras las cuales se agita la voluntad de nuevas encarnaciones del Demonio: el Poder, el Neoliberalismo, la Globalización, el Pensamiento Único, las Multinacionales, el Banco Mundial, la Trilateral. Nuestra sociedad se presume racional, pero en cambio, se señala, está hundida de hecho en la idolatría y el paganismo más absolutos y nos depara paraísos fáciles y falsos en los que los mortales iríamos cayendo, trampas que tiende el Maligno para atontar su espíritu e inmovilizar su voluntad. Mucho más eficaces que el alcohol o las drogas, los cantos de sirena procedentes del mercado aseguran la esclavitud del hombre moderno al servicio de la materia y hacen irreversible su condenación.

Ese regreso de la sociedad a nuevas formas de idolatría ─culto a los falsos dioses de la materia, del placer y de lo mundano─ se integra de manera plenamente lógica dentro del clima milenarista general. De hecho, el consumismo y la banalización mediática expresarían una especie de estúpida celebración del Apocalipsis. Millones de seres humanos abandonados al disfrute irresponsable y ciego, un placer necio que adormece la evidencia de que todo está próximo a su fin. De ahí todas las perspectivas que, desde ópticas de cambio radical que se presumen seculares, apenas si disimulan su matriz apocalíptica y puritana. Desde el nuevo ascetismo izquierdista ─presentado como «alternativo»─ se denuncia con la máxima gravedad la condición estupefaciente del bien de consumo y de aquellos espacios ─los centros comerciales, los grandes almacenes, la televisión─ donde la mercancía consigue sus máximas cotas de eficacia hipnótica. A través suyo el consumismo no se basa en la apropiación de la mercancía, sino en la apropiación del consumidor. El consumismo es, para el puritanismo de izquierdas, un instrumento al servicio de la opresión y la miserabilización moral de los seres humanos, un dispositivo de control ideológico y de esclavización de las masas, ejercido a partir de la planificación de los mensajes y la constelación de un universo amoral, cuya falsa luminosidad contrasta con las tristes e injustas condiciones objetivas de la vida real.

En otras palabras, una versión 2.0 del “mea culpa”:

Se trata de lo que bien podríamos llamar una «culpa civilizatoria», una nueva edición del pecado original que afectaría a todos los seres humanos por el simple hecho de haber nacido en las sociedades urbano-industriales. Esos males son consecuencia merecida de la opulencia, la decadencia y los vicios de la sociedad industrializada.

El principal revés de este tipo de pensamiento sería pues la aniquilación de la complejidad, de la paradoja, con todas las consecuencias psicológicas que esto conlleva:

(…) Ansían el triunfo final de una nueva claridad que disipe las incongruencias, las paradojas y las contradicciones de una sociedad vivida como caótica, impredecible, en constante agitación y sin certezas. Perdidos en un mundo complejo que ya no se puede entender, tan sólo quieren reencontrar un principio de autoridad moral que superior (…) Lo importante es encontrar esa nueva e inequívoca certeza que estructure sus vidas, una causa cierta, una nueva legitimidad, un proyecto que ilumine sus experiencias, que las arranque de la inconsistencia de la vida cotidiana (…) que les devuelva, por fin, al mundo perdido de las evidencias.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 28 diciembre, 2014

La revolución gilipollas: anti-contra-ultra-manifiesto para mentes malpensantes

Los humanos viven a través de sus mitos mientras padecen sus realidades.
─Robert Anton Wilson

En este día de los Santos Inocentes escribimos reconociendo nuestra procedencia de familias de “clase media” ─asalariados estatales capital-provincianos actualmente precarizados y no-rentistas sería más exacto─ y abrazando las contradicciones de disponer en nuestras líneas familiares 1) variopintas posturas ideológicas que van desde el experimento comunista-feminista de la Guerra Civil Española al casposillo nacionalcatolicismo más tradicional y 2) también variados ejemplos de movilidad social: pastores venidos a médicos, ingenieros reconvertidos en habituales de la venta itinerante en mercadillos gitanostyle, etcétera (algún ex-adepto de la Igle$ia de la Cienciología también). Finalmente, una cosa más: también reconocemos ser malpensados por naturaleza. De todo esto se seguirá la nada despreciable empanada mental que constituye el cuerpo de esta entrada, la cual no debería ser tomada demasiado en serio y que sólo refleja nuestra ignorancia más abyecta ─y con esto último, posiblemente, una falsa humildad en busca del aplauso.

Empezamos. Nos llamó en su día la atención este fragmento del texto de Don Lindyhomer en El butano popular:

La izquierda tradicional, pensando que el pensamiento mítico es sólo una cosa que le pasa a los curas, sigue atrapada en el imaginario de la revolución heroica de la modernidad, ignorando que la sociedad, desencantada por las promesas incumplidas de la revolución, ha acogido un retorno al sentimiento trágico dionísiaco, y la esperanza del pillo que no puede cortar la cabeza del rey, pero tal vez sí su talón de Aquiles. Sobre estas nuevas estructuras simbólicas se está construyendo un nuevo decorado mítico, incomprensible para nuestros adictos al imaginario de la Ilustración. Otra revolución les pasa inadvertida porque directamente les resulta inconcebible. Son los que ora se lamentan por una anecdótica comisión de biodanza, ora se rasgan las vestiduras por no pasar a la acción violenta sistemática, ora creen haber desmontado una cúpula de Anonymous.

De forma irónica rememora también en su blog Manuel Delgado Ruiz otra anécdota similar que ilustraría esta dinámica:

no me quito de la cabeza lo que quienes nos autodenominamos Frente Culé en la acampada de Plaça de Catalunya tuvimos que soportar en nuestra defensa de que la lucha política era del todo compatible con ver y celebrar luego la victoria del Barça en la Eurocopa.

(Aclaramos que a nosotros, siendo como hemos sido niños de extremada torpeza motora, no nos gusta el fútbol). Bien. Extraeremos en lo sucesivo más fragmentos de la entrada de Delgado, pues los paralelismos que establece entre la contracultura importada desde los EEUU y el puritanismo religioso de acullá es ciertamente fascinante. Sobre esta importación puritana reflexionaba Hernán Migoya en esta entrevista que le hicieron en La paz mundial:

Es cierto que la izquierda está estos últimos años como atontada, porque ha adoptado todos los tics y estigmas estadounidenses de lo políticamente correcto, algo que no comprendo, siendo como son nuestros izquierdistas tan antiestadounidenses. En cambio, la derecha, como en España siempre ha sido campechana, rural y garrula, pues puedes decir más brutalidades y nadie se rasga las vestiduras, paradójicamente. Es como llegar al sitio correcto por el lugar equivocado (…) Cada vez estoy más convencido de que no hay diferencias reales entre la izquierda y la derecha españolas. Ambos extremos conciben al pueblo como entes diferentes, igualmente irreales pero manipulables, y dicen desear cosas diferentes: pero el atavismo en ambos bandos, su motor, me parece el mismo, una compulsión mamada en este país durante siglos, que es la de reprimir, perseguir, insultar, enjuiciar y torturar hasta la muerte. Nos encanta criticar, sentenciar y condenar al que intenta salirse de la mediocridad colectiva. En España el pueblo ─esa entelequia que a mí me provoca arcadas porque, si existe como tal, tenemos el pueblo más infame, sinvergüenza y corrupto de Europa─ siempre gana, como la Banca. Y las raíces de nuestra izquierda y derecha son totalitarias: ambos bandos provienen en su origen de la admiración hacia dictadores.

Este amor por los mesías nos recuerda a aquello otro que mencionaba Antonio Escohotado en esta entrevista en Jot down:

El mesianismo es algo que tiene un pie en la consciencia y otro en la inconsciencia, es un arquetipo universal. El Mesías es el chivo expiatorio racionalizado y el chivo expiatorio está tan conectado con nuestro sistema nervioso como la tendencia humana a desplazar el mal de un lado a otro, la transferencia del mal.

En esta otra entrada de The archdruid report John Michael Greer analiza el fenómeno mesiánico y su relación con las ideologías:

(…) las ideologías se han convertido en el modo dominante del pensamiento social occidental; la idea religiosa de la salvación obtenida a través de la creencia en el dogma correcto se secularizó transformándose en la asunción de que el hombre adecuado, valiéndose del plan adecuado, pondría fin a todos los males de la sociedad (…) una y otra vez, [sin embargo], confiar en una ideología para responder a la realidad [suele ser] la receta para los más lamentables fracasos (…) En la actualidad, por supuesto, los nuevos proveedores de ideologías insisten en que su ideología es diferente porque es la correcta, del mismo modo que los promotores de antiguas ideologías insistían en que la situación era diferente y que los errores del pasado no importaban (…) El hábito de apoyarse en una ideología (…) proviene del lenguaje de la tragedia, en la cual los grandes héroes arriesgan todo y a sí mismos en pos de un ideal. Esto, por supuesto, es campo fértil para el drama y las grandes obras literarias. Pero, dado que los héroes trágicos suelen morir, y con no poca frecuencia suelen arrastrar consigo todo lo que les importa, ¡quizás no sean el mejor modelo para el cambio constructivo!

En un tono más cáustico pero en la misma línea, reflexiona John Gray en Perros de Paja:

Aquellos para quienes la vida significa acción, perciben el mundo como un escenario sobre el que representar sus sueños. En los últimos cientos de años, la religión ha decaído, pero nosotros no hemos estado menos obsesionados con la idea de imprimir un sentido humano a las cosas. La actitud dominante ante la vida ha sido un idealismo secular de escasa enjudia, gracias al cual el mundo ha pasado a ser considerado algo que había que rehacer a nuestra propia imagen. La idea de que el objetivo de la vida no es la acción, sino la contemplación, ha desaparecido casi por completo. Quienes se esfuerzan en cambiar el mundo se ven a sí mismos como figuras nobles, incluso trágicas. Pero la mayoría de los que trabajan en la mejora del mundo no son rebeldes luchando contra el orden establecido. Buscan consuelo para una verdad que su debilidad no les permite soportar. En el fondo, su fe en que el mundo puede ser transformado a través de la voluntad humana es una negación de su propia mortalidad.

Trazando un arco más amplio e inclusivo, Morris Berman propone en Una historia de la consciencia el orígen de la figura del héroe trágico ─junto con los hábitos perceptivos de nuestro sistema nervioso que menciona Escohotado─ al inicio de la agricultura misma:

lo que la civilización (agrícola) consiguió fue desencantar el mundo en un sentido periférico y luego reencarnarlo en un sentido focalizado o centralizado. La [consciencia] vertical finalmente avasalló y reemplazó a la horizontal (…) en particular, en el trance unitivo, la [consciencia] (…) es erradicada del entorno y luego canalizada dentro de ciertas experiencias específicas miradas ahora como normas culturales: el amor romántico (que no existe entre los cazadores-recolectores), el heroísmo (las leyendas arturianas, la búsqueda del Grial) y la necesidad de ir a la guerra: (…) la guerra es crónicamente irresistible para la civilización porque provee situaciones de numinosa intensidad, de modo que uno se siente “vivo”, ligado al universo.

Aclaremos que Berman no aboga por un retorno al paleolítico ni por una instauración masiva de la “consciencia horizontal”, ni por otro lado desdeña por completo la vivencia del trance unitivo o de las “dimensiones transcendentes”. Más bien invita reflexionar sobre cómo en el fondo de toda la discusión ideológica contemporánea podría estar asentada desde hace milenios en hábitos de nuestra psique ─que conformarían un tipo específico de trance. Desde la subversión de estos hábitos psicológicos ─a los que podrían unirse los específicos de las culturas literarias─ donde podría entenderse el discurso en alza sobre la recuperación del chamanismo, aunque como hemos visto anteriormente con frecuencia éste sea un pastiche proveniente de la Nueva Era.

Acabamos volviendo al mismo texto de John Michael Greer mencionado más arriba, en donde propone que frente a la figura del héroe trágico una alternativa sería:

la inesperada posibilidad del héroe cómico. En la tradición literaria occidental, los héroes cómicos han sido a menudo personajes atolondrados, que irrumpen medio a ciegas en situaciones que no comprenden sin más intención que salir por el otro lado de una pieza (…) no son especialmente heróicos, y sus esfuerzos para ir tirando durante la crisis no inspiran la clase de atención reverencial que los defensores de los cambios sociales parecen echar en falta. Sin embargo, a diferencia de los héroes trágicos, frecuentemente llegan al otro lado de la historia, y no pocas veces acaban trayendo consigo al resto del reparto.

En esta línea pues, en magufoapocalipsis.com abrazamos sin fisuras la vía de la revolución gilipollas, aunque nuestro objetivo no es «traernos al resto del reparto» con nosotros. Rememorando pues aquello que decía Daniel Quinn de que «si el mundo va a ser salvado lo será no por mentes con nuevos programas, sino por nuevas mentes sin programa alguno» y en un ejercicio que no negamos sea en el fondo mero wishful thinkingla paradoja de la Nueva Era de nuevo─ desde nuestra posición relativamente privilegiada y acomodada, finalizamos este anti-contra-ultra-manifiesto con este pasaje de Alfredo M. Bonanno en El placer armado:

¿Alguna vez te has encontrado con un revolucionario que no tenga un proyecto revolucionario? ¿Un proyecto que está bien definido y presentado claramente a las masas? ¿Qué raza de revolucionario sería aquella que pretendiera destruir el esquema, la envoltura, el fundamento de la revolución? Golpeando los conceptos de cuantificación, clase, proyecto, modelo, misión histórica y otras antiguallas similares, uno podría correr el riesgo de no tener nada que hacer, de ser obligado a actuar en la realidad, modestamente como cualquier otro. Como millones de otros que están construyendo la revolución día a día sin esperar el signo de un fatal vencimiento de plazos. Y para hacer esto se necesita coraje. Con los esquemas y los juegos cuantitativos se está en lo ficticio, esto es, en el proyecto ilusorio de la revolución, una amplificación del espectáculo del capital; con la abolición de la ética productiva se entra directamente en la realidad revolucionaria.

Éstos son pues nuestros principios: si no les gustan tenemos otros.

 

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