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» leído en la biblioteca · 17 marzo, 2015

Robert Crumb vs. artistas del trance heróico

En el recopilatorio Entrevistas y cómics Robert Crumb reflexiona acerca de los procesos de mitopóyesis que generan los medios de masas:

Bueno, es como dijo Marshall McLuhan, los medios de con reflejan las tensiones o ansiedades de una cultura de manera indirecta porque la gente no puede mirarlas de frente. Una de las razones es que están demasiado metidos en un trance hipnótico de negación y de engaño como para ser realmente capaces de hacerles frente. Coge una película como “Terminator 2″, que he visto hace poco. No podía creer el nivel de violencia y gritos que había en ella. Salía una mujer que gritaba: «Joder, maldición, hijo de puta!» a pleno pulmón durante toda la película, ¿sabes? Obviamente, es un reflejo indirecto de Estados Unidos, de cómo se siente aquí la gente. Por supuesto, esto es la pescadilla que se muerde la cola una y otra vez.

[Sin embargo, novelistas, poetas y dramaturgos sí tratan muy directamente los problemas contemporáneos de Estados Unidos]. Pero es una parte muy pequeña de la población la que puede enfrentarse a estos problemas cara a cara, de una forma analítica o crítica. La mayoría de la gente necesita tener un reflejo indirecto de lo que pasa y que esté disfrazado de ficción, y que es [un reflejo tan indirecto que se convierte en un sinsentido]. Aunque es una salida, la verdad. Convierte la realidad en un mito, que es lo que la mayor parte del mundo necesita para mantener los pies en la tierra.

Acerca de la incapacidad que tenemos, personal y culturalmente de mirar directamente al subconsciente, Crumb apunta:

(…) es muy posible silenciar al subconsciente. Muchas veces la gente ni siquiera sabe que lo está silenciando; hacen, simplemente, lo que está de moda o lo que creen que está de moda. Es raro encontrar a alguien que deje aflorar al subconsciente, porque a la gente eso le asusta. (…) Muchas veces se revela de una forma inconsciente. Puedes leer cómics de Marvel y encontrar revelaciones del subconsciente colectivas y reprimidas. No son personales, sino que son declaraciones colectivas. Las formas artísticas de la cultura popular te muestran lo que está pasando realmente bajo la superficie. Te lo muestran hasta los cómics de mierda de Marvel, pero ni los mismos artistas lo saben. No están dejando aflorar realmente a su subconsciente; es él el que se revela de manera indirecta. Básicamente es una locura colectiva. Es lo que hace el comportamiento de la clase media tan fascinante de estudiar. Ahí puedes ver esa locura colectiva. [La cultura popular no la saca a la luz], es una locura de comportamiento colectivo. Ya está en la superficie. Tienes que alejarte para ver lo loco que es. A medida que pasa el tiempo te das cuenta de que era una locura de comportamiento, pero es dificil verlo en tu propia época. Pero los artistas que sí que permiten que su subconsciente tome parte en su obra son poco comunes.

¿Por qué serían poco comunes? Para Crumb, la mayoría de artistas

(…) se mueren por complacer a los demás; por darles lo que quieren o lo que ellos creen que quieren. Lo hacen por dinero o por obtener su aprobación. Puedes tener las ideas políticas más acérrimas del mundo y querer ayudar a la humanidad, pero si tu subconsciente está completamente anulado para conseguir la aprobación de los demás, no vas a ninguna parte. Aunque muchas veces es más por razones de egoísmo, para obtener algún tipo de beneficio. Muchos hacen eso, se convierten en personas muy hábiles y cautivadoras de cojones en su trabajo, y en el fondo no hay nada real ahí, pero eso vende. Satisface el deseo de todos de formar parte del grupo. Crea un sueño de cuento de hadas de cómo debería ser el mundo. [El deseo de formar parte del grupo es un impulso subconsciente del que no se dan cuenta y que quizá sea imposible dominar]. No piensan que lo hacen por formar parte del grupo; solo piensan que es guay, que mola. Aunque con algunos matices también. Muchos artistas que son así tienen algunos elementos de verdad en su trabajo. No es todo blanco o negro.

Un poco más adelante señala que las narrativas autobiográficas pueden emparejarse demasiado fácilmente con el arquetipo del héroe y dar lugar a ficciones distorsionadas:

[La obra autobiográfica] puede arrebatar la capacidad de hacer ficción por completo. Justo después de acabar una obra autobiográfica intensa, es muy dificil cambiar el chip y hacer algo imaginativo. (…) Contar la verdad sobre tus vivencias y hacerlo de forma divertida y entretenida, eso es tener un don. Me atrae mucho todo ese rollo del autodesprecio, de convertirte a ti mismo en un personaje absurdo. Es muy irritante que algunos hagan cosas autobiográficas y se pinten como héroes. Lo han hecho muchos dibujantes, pintarse como súper guays. (…) es como neutralizarte. Todos los demás son unos locos, todo a tu alrededor está loco, pero tú molas. Algo así. Eso es deshonesto, es no ser honesto contigo mismo. Cuando te encuentras con gente que ha hecho esto, es como que tienen la cualidad de la imbecilidad. Se ve que no saben plantarle cara por sí mismos.

Frente a esta cualidad, que identifica con una deriva cristiana y protestante, contrapone el rasgo de carácter judío de autodesprecio cómico (de un modo similar a la contraposición entre héroe trágico y héroe cómico que mencionábamos en nuestro manifiesto gilipollas):

El humor de muchos artistas y humoristas judíos tiene una vena de que han heredado de su cultura. Es como que tienen muy arraigado lo de saber reírse de sí mismos. Esto es muy dificil de hacer para los cristianos, para los protestantes blancos y anglosajones o para los católicos. Para mí, adoptar ese rasgo judío ha sido como un ejercicio de yoga. Como a los cristianos se les enseña desde que nacen a aspirar a la perfección, es muy difícil admitir que no eres perfecto, sobre todo en público. Hay una especie de rigidez en los protestantes o en los católicos que no tienen los judíos. Los judíos son bien capaces de poner de los nervios a los gentiles riéndose de su rigidez sobre la autoperfección. Cuando dirigía la revista Weirdo, lo que me gustaba publicar, por rudimentario o poco profesional que fuera el dibujo, era aquello que destilaba una verdad inconsciente. Era un espécimen raro de encontrar. Normalmente no tenía nada que ver con las aptitudes profesionales de la persona. Algunos de los que lo hacían tenían mucha formación y aptitudes, otros no. Es una peculiaridad que tiene la gente que puede hacerlo.

 

 

» leído en la biblioteca · 28 enero, 2015

La teoría de la conspiración y el contubernio reptiliano

No, no ese contubernio reptiliano. Nos refererimos más bien al cerebro reptiliano ─modelo simplificado pero funcional de los estratos primitivos del cerebro. A este respecto, y mezclando la teoría de la conspiración con el modelo de los 8 circuitos de consciencia, se pronuncia Robert Anton Wilson en una entrevista incluída en The Illuminati Papers:

[La mayoría de conspiranoicos] piensan que cualquier idea salvaje que se les cruce por la mente debe ser verdad porque les hace sentir más aterrorizados de lo que estaban ayer. La mayoría de conspiranoicos son fanáticos de la adrenalina a los que les encanta cagarse encima de miedo (o asustar a los demás) en días soleados ─la misma huella psicológica que hace que la gente vaya a las películas sádicas de terror.

Pero, ¿puede ocurrir algo similar a la contra?:

─Mientras que puede ser cierto que la mayoría de conspiranoicos sean “fanáticos de la adrenalina”, ¿no es cierto también que almas cándidas mucho más respetables son personas que se autopacifican, asustadas de considerar teorías de la realidad que asustan, independientemente de cualquier evidencia?

─¡Claro! El primer circuito del sistema nervioso, la huella de bio-supervivencia infantil, tiende a producir un programa robótico de confianza-dependencia-optimismo o de sospecha-miedo-retirada, y esto normalmente se queda así de por vida. Ambos extremos de esta huella psicológica son bastante mecánicos.

 

 

» leído en la biblioteca · 23 enero, 2015

La paradoja animista del protestantismo

Seguimos con el tema de la influencia protestante de la contracultura norteamericana. En esta ocasión citaremos a Steven Taylor (Gyrus) desde su North: The rise and fall of the polar cosmology (sitio web). En este pasaje comienza poniendo en un contexto más amplio el problema de la ruptura entre cuerpo y mente, de modo similar a como veíamos hacía también Morris Berman ─cuya influencia reconoce Gyrus en la obra:

Bajo la administración de la ciencia, la cosmología [del giro copernicano] comenzó a ofrecer garantías de una estabilidad basadas en la percepción de que la naturaleza se comportaba racional y consistentemente.

Pero, si bien estas leyes de la naturaleza eran universalistas en términos científicos, sus garantías no fueron bien recibidas universalmente. Dejando aparte su poder explicativo puro y duro, la resonancia social de las leyes del movimiento planetario de Kepler y la ley de la gravedad de Newton eran más atractivas para aquellos más cercanos al centro del orden social concéntrico y que se beneficiaban en mayor medida de esta estabilización. Stephen Toulmin muestra que el marco newtoniano encontró un apoyo entusiasta «entre los escritores y predicadores respetables de Londres y París». Fue, sin embargo, peor recibido entre las crecientes clases bajas iletradas excluídas del poder y la influencia dado su estatus social, su no conformidad religiosa o simplemente la distancia con respecto a las capitales urbanas. Crucial en esta discrepancia fue el famoso dualismo de Descartes entre cuerpo y mente, adoptado por la visión newtoniana. Esta visión se aferró a la concepción trascendente de Dios a pesar de la estridente desespiritualización de la naturaleza. Este dualismo se intensificó e hizo absoluto un movimiento de separación del animismo que siempre había acechado a las culturas agrarias, y que finalmente redujo el mundo externo a un mundo de materia inerte: la naturaleza parecía comportarse más racionalmente cuando estaba muerta.

(…) Esta muerte se apareció como un asalto terminal a las clases bajas. Identificada con una naturaleza “inferior”, esta visión negaba completamente su agencia. Entre los no conformistas existió una notable resistencia filosófica a la doctrina cartesiana-newtoniana de que la materia se movía «sólo si es puesta en marcha por una agencia superior». Para muchos, esto hablaba de un mayor dominio absoluto por parte de “arriba” ─no de Dios, sino de los directores de la cosmópolis racional.

Las fisuras psíquicas y sociales que se proyectaron hacia afuera una vez el nomadismo y la búsqueda de alimento desaparecieron (…) acumularon un complejo de asociaciones relacionadas con la jerarquía y el poder (…) y [se reincorporaron] dentro del humano. La mente, completamente desmaterializada del mismo modo que la divinidad había sido desconectada del cosmos visible, se transformó en Dios despótico o monarca del yo microcósmico del ser humano.

Es entonces, cuenta Gyrus, cuando el protestantismo mimetiza con este estado de las cosas:

En su mayoría, la resistencia protestante a la autoridad de la Iglesia Católica siguió esta tendencia, cambiando la autoridad de-arriba-a-abajo por la del autocontrol de-arriba-a-abajo. Una equivalencia entre ambas formas puede remontarse hasta Platón, quien veía en el autocontrol como el noble intelecto dominando a las bajas pasiones. «En el individuo», comenta Bruce Lincoln, «podemos referirnos a este estado como control del ego; en la sociedad, como dominación de clase».

Para Platón, y para la tradición indoeuropea que él ejemplifica, estas dos formas de control van cogidas de la mano: el autocontrol del rey permite ejercer su dominio apropiadamente sobre la gente, siendo su propio cuerpo un microcosmos del cuerpo social. Hubo en el protestantismo cierto esfuerzo en reemplazar una forma de control por la otra. Algunos académicos creen que «la insistencia puritana en la disciplina interna es impensable en un contexto de ausencia de maestros». Su objetivo era encontrar a un nuevo maestro en sí mismos, un rígido autocontrol modelando una nueva personalidad».

 

 

» leído en la web · 23 enero, 2015

Reacciones condicionadas ante el terrorismo mediático (una historia corporal de las falsas banderas)

Jason Horsley reflexiona en esta entrada de su blog acerca de los paisajes inconscientes en los que uno se adentra al explorar el territorio de las teorías de la conspiración:

Pienso que lo que estamos observando cuando entramos en la “consciencia paranoica” es la manera en la que todos somos juguetes en manos del inconsciente. Ciertos grupos han aprendido a explotar este conocimiento para hacerse con un poder relativo sobre los demás: una conspiración local (individual) se extiende a un nivel colectivo, global. Desde este punto de vista, las “masas-objeto-de-control” son a su vez simbólicas para el inconsciente de las “élites-que-quieren-el control”, que desean controlar lo que no puede ser controlado, esto es, ¡su propio inconsciente!

Así pues, mientras sigamos buscando el control sobre lo que no puede ser controlado y mientras estemos siendo guiados por el mismo deseo (inconsciente) de intentar controlar a los demás, somos cómplices de un sistema de control que al final no puede controlar nada excepto los cuerpos y las mentes de los demás.

En otro lugar, Horsley detalla esta idea de control social en el contexto de las reacciones viscerales ante sucesos geopolíticos claves (mediatizados) especialmente traumáticos ─interpretados por la subcultura de la teoría de la conspiración como montajes intencionados o “falsas banderas”:

(…) la experiencia dispara las memorias corporales de crecer en un entorno en el cual verdades obvias son encubiertas [y en el que se infunde miedo y coerción] con el objetivo de consentir la falsa narrativa. Opino que los poderes fácticos organizan sus pequeñas piezas de teatro terroristas de forma en que estas formativas tensiones psicológicas (familiares) se reactivan en la psique de las personas. [Esto hace] que el doble vínculo sea revivido, y la fractura de la psique colectiva se hace más profunda ─quizás entre aquellos que escapan a la disonancia cognitiva provocada por el doble vínculo haciendo más profundo su doblepensar versus aquellos que experimentan una disonancia cognitiva incrementada, ya no tanto [por la tensión entre] lo que los medios de comunicación de masas les dicen que está sucediendo y lo que ven con sus propios ojos (…), sino entre la necesidad de sentirse seguros en su grupo social y [la experiencia] de verse cada vez más alienados del mismo.

[En este sentido], el que se esté volviendo imposible incluso señalar la falsedad o inexactitud de las informaciones sin ser etiquetado como un teórico de la conspiración (…) [es] una experiencia bastante similar a la de un niño al que se le dice que calle y que deje de hacer el tonto si lo que quiere es sentarse con los adultos.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 21 enero, 2015

Paradojas en la disolución contemporánea del trance alfabético

Comenzaremos citando una hipótesis de Terence Mckenna desde “The ethnobotany of shamanism” (PDF) al respecto de la evolución del lenguaje:

Hay un extraño fenómeno (…) de la evolución de las culturas (…) por el cual cada paso hacia la libertad contiene en sí el potencial de una serie de ataduras mayores. [Por ejemplo], pienso que las mujeres de las tribus de cazadores-recolectores a cargo de la fase de recolección desarrollaron el lenguaje, (…) pues necesitaban hacer distinciones sutiles. Quiero decir, ahí tienes cincuenta tipos de hierbas, caracoles, raíces, frutas, bayas [y existe] la necesidad de discutir asuntos extremadamente importantes como qué comer y qué no, dónde encontrar el alimento, cómo preservarlo, como combinarlo, etcétera. Los hombres, por otra parte, son responsables de la caza debido a tipos corporales diferentes, vejigas de mayor capacidad, etcétera ─lo valioso ahí es pues el silencio, el estoicismo, la capacidad de acecho durante días sin hacer ruido y todo ese tipo de cosas.

Pero este paso hacia la libertad potencialmente cegador se da en el esfuerzo chamánico de encauzar la cultura mediante métodos mnemotécnicos, pues incluso los más grandes artistas de la memoria se ven abrumados por la cantidad de datos, por el tamaño (…) y la longitud de las genealogías [a memorizar]; y, entonces, la notación simbólica se introduce. El chamanismo se transforma en un arte de escribas, y las fuerzas mágicas (…) se convierten en nombres escritos, y se produce una ceguera brutal, una compresión, una limitación de la libertad derivada del hecho de que la propia estrategia de liberación se ha vuelto demasiado exitosa.

Continuamos esta línea especulativa con un pasaje desde The time falling bodies take to light de William Irwin Thompson, y que toca temas similares:

A medida que las actividades de los hombres se hacían más insignificantes y las actividades de las mujeres producían más riqueza, más se veían atraidos algunos hombres a robar, mientras que otros se veían más atraidos a defender las nuevas acquisiciones. Los hombres descubrieron otra forma de juntarse y nació la guerra. No fue debido a la presión ecológica o a falta de proteínas, como ha afirmado el antropólogo Marvin Harris; la violencia institucionalizada (…) fue el lado oscuro de la revolución neolítica.

Es ingenuo tomar siempre las cosas negativas como causa de la conducta negativa; en las enantidromías de la historia tenemos que comprender que, incluso un cambio positivo, proyecta una sombra. Necesitamos comprender que la excelencia única de una cosa es a la vez su trágico defecto. La recolección de cereales produce riqueza e incrementa la distancia cultural entre hombres y mujeres, y ambos fenómenos han probado ser muy peligrosos.

Y la rematamos con la sugerente descripción de A.A.Attanasio desde esta breve pieza titulada “Creative Writing Is a Yinsane Asylum”:

El protocuneiforme sumerio, la escritura más antigua, no se ajusta a la sintaxis del lenguaje de las narrativas, sino que más bien sirve para generar listas e inventarios de propiedades e impuestos. «Las listas son una forma de histeria cultural», comenta el escritor de ficción Don De Lillo. La misma élite dominante que acorraló a la gente en un laberinto de calles y muros en Uruk, los mismos sacerdotes-hechiceros que paralizaron el tiempo con su sistema sexagesimal —base-60— de magia, los mismos acumuladores de grano de la antigua Mesopotamia que inventaron la banca, los recibos y los impuestos, dieron origen al delirio del toma y daca que ha barrido el mundo —y que arrastra a nuestra especie hacia el olvido y la extinción.

La gente está muriendo debido a este delirio en la misma tierra que originó esta locura hace 5000 años. El valle de las primeras ciudades, donde el tiempo se convirtió en dinero, es hoy una zona de guerra, y la gente se está matando entre sí en una competición por el control y la coherción que empezó con la civilización. Esta es la prueba factual de que la escritura —toda la escritura: listas, catálogos, no-ficción, poesía y ficción— se lleva a cabo no con tinta, sino con sangre humana.

El argumento de que la génesis de las sociedades jerárquicas es pareja al alza de las culturas literarias lo hizo también, por ejemplo, Leonard Shlein en su El alfabeto contra la diosa. Otro estupendo libro que también cuenta con traducción al castellano, La magia de los sentidos de David Abram, expande el arco de influencia de este vector cultural a la esfera de la crisis medioambiental; desde esta entrevista, nos cuenta Abram:

(…) sólo cuando el alfabeto se instala en una cultura, cuando llega el alfabeto fonético, sólo entonces esa cultura genera la extraña noción de que el lenguaje es una propiedad o una posesión exclusivamente humana: el resto de la tierra enmudece. Esto es algo que no se experimenta en culturas Orientales que trabajan con escrituras más ideográficas o icónicas. Ciertamente no sucede entre los Mayas, ni obviamente entre los Egipcios. Pero nuestro sistema de escritura no sólo impacta poderosamente en la experiencia de nuestra propia subjetividad, sino que impacta profundamente en nuestra experiencia de la sensualidad de nuestro entorno. Tanto es así que yo diría que el alfabeto ha jugado un muy crucial papel en la agudización de la crisis ambiental —la crisis ecológica que hoy en día nos rodea.

«Este mecanismo de amarre», continúa McKenna en el texto citado más arriba,

ha estado en marcha a través de la evolución del lenguaje, de la evolución del chamanismo. En la actualidad hemos llegado a un punto ciego similar que tiene que ver con el desmoronamiento del pensamiento analítico y el racionalismo. [Éstos] nos han conducido a un dominio prácticamente completo de la materia inerte; pero, cuando se ven empujados hacia el área de influencia de la cuántica, provocan repentinas contradicciones que se multiplican y que fuerzan a los investigadores a contemplar conclusiones imposibles; lo cual significa que el racionalismo ha alcanzado su límite.

En este contexto y desde otra conferencia, McKenna interpreta la disolución de la cultura literaria tradicional por parte de la cultura audiovisual contemporánea como un interín hacia otra estado:

Los joviales escenarios de los constructores de mitos de Hollywood serán de hecho poco confortables cuando empecemos a vislumbrar lo realmente “alienígenas” que somos , y cuán alienígenas podemos llegar a ser. Esto se debe a que estamos distanciándonos del nexo con el racionalismo y la geometría creado por la imprenta y que llamamos “espacio público”. Vino a la existencia hace unos 500 años, y va a ir disolviéndose [en los próximos]. Y donde todo ésto nos va llevar es a los dominios de la Imaginación, sin ser ésta claramente ni pública ni privada, pero sí intensamente numinosa.

El problema con todo esto: existe la tentación de entender narrativas como las de McKenna de forma excesivamente literal, asumiendo de forma pasiva esta narrativa de deriva hacia un “nuevo paradigma” de reintroducción extática de las formas de consciencia pre-lingüísticas, “chamánicas”, sin reconocer que estas categorías son en buena parte creaciones y proyecciones de la mente occidental ─lo cual ciertamente se ha criticado en el caso concreto de McKenna.

En ese sentido, advierte Daniel C. Noel en The Soul of Shamanism:

Para los [seekers] modernos un libro (…) puede ser el mejor “tambor chamánico” para inducir un vuelo a los cielos (…) o al inframundo ─incluso si el acto de leer no puede replicar las técnicas arcaicas adscritas al chamanismo. Los pocos occidentales que han participado en chamanismos tribales han dado cuenta de experiencias que parecen derribar nuestras confortables categorías. (…) Sin embargo, la lectura no se reconoce por lo general como un acto de imaginamiento que puede ser chamánico para cualquiera de nosotros ─una vez es entendido y honrado como tal.

En otras palabras: no podemos huir del hecho de que nuestra introducción a este tipo de conocimiento pre-literario viene mediado en gran medida por una cultura literaria: no podemos evitar, pues, esta contradicción. Estas lecturas pueden volverse por tanto “guías” inconscientemente literalizadas:

Negar esto parece ser una suerte de ceguera voluntaria en torno a esta opción espiritual exótica, que puede entenderse más bien como el reflejo de una condición cultural [propia]: (…) el deseo de encontrar una fe satisfactoria. (…) Un libro leído de forma inconsciente (…) nos transporta en una especie de “deriva semántica”. Sus evocaciones [pueden] seguir fórmulas narrativas convencionales y provocar una baja demanda de lectura consciente tanto al lector como al escritor.

Para Noel, pues, esta faceta hipersticiosa tiene sus reveses; pero, a la vez, supone un reto importante de nuestra época:

Con la ayuda de una psicología convenientemente sintonizada, [la deliteralización] de nuestras fantasías occidentales (…) puede conducirnos hacia las realidades imaginales, análogas a las que se encuentran en lo que hemos llamado “chamanismo”.

 

 

» leído en la web · 17 enero, 2015

La deriva milenarista / puritana de la contracultura estadounidense

Le preguntaban a Hans Jonas si el “estremecimiento religioso” propio de la antigüedad no había desaparecido ya irremediablemente con la era racionalista. Contestaba el filósofo alemán:

Muchas veces estamos tentados de creerlo, [pero] por otra parte, se constata la emergencia de formas de conciencia que substituyen a lo sagrado, como muestra el hecho que los humanos, especialmente entre la juventud, se insurgen contra la injusticia cometida a otros hombres. El movimiento por los derechos civiles en [Estados Unidos], por ejemplo, no nació exclusivamente de los propios desfavorecidos, sino que encuentra su origen en individuos para quienes precisamente todo va bien, que se movieron no por necesidad, sino por su conciencia. Es un fenómeno nuevo.

Es pues de recibo preguntarse desde el maelstrom magufoapocalíptico qué subtexto inconsciente podríamos estar recibiendo de la contracultura estadounidense ─o, al menos, de buena parte de la misma. Reproducimos algunas pinceladas que Manuel Delgado Ruiz ofrece en esta entrada de su blog a la vez que recomendamos la lectura de la misma al completo:

Yo no veo más que grupos, movimientos y teorías que no hacen sino darle vueltas al típico reconocimiento de los “signos de los tiempos” (…) [obsesionados] por la hegemonía del mal sobre la tierra que de veras creo que es un préstamo cultural del utopismo protestante norteamericano, con su nostalgia de la vieja comunidad hecha de individuos aislados vinculados entre sí por lazos de verdad y franqueza personal, postuladores de un cambio que, empezando por la propia subjetividad, acabe abarcando la globalidad de la vida humana, o, lo que es igual, el advenimiento del mundo nuevo prometido por la profecía bíblica.

No siempre de manera explícita, pero hay algo o mucho en los discursos de la postpolítica actual que nos devuelve a los movimientos prepolíticos (…) con esa renovación de la denuncia moral de las ciudades malditas de las Escrituras ─Babel, Sodoma, Gomorra, Babilonia, Roma─, negaciones absolutas del reino de Dios anunciado en el Apocalipsis de Juan. Como en ellas, en la sociedad capitalista se rinde culto a falsos ídolos, imágenes engañosas tras las cuales se agita la voluntad de nuevas encarnaciones del Demonio: el Poder, el Neoliberalismo, la Globalización, el Pensamiento Único, las Multinacionales, el Banco Mundial, la Trilateral. Nuestra sociedad se presume racional, pero en cambio, se señala, está hundida de hecho en la idolatría y el paganismo más absolutos y nos depara paraísos fáciles y falsos en los que los mortales iríamos cayendo, trampas que tiende el Maligno para atontar su espíritu e inmovilizar su voluntad. Mucho más eficaces que el alcohol o las drogas, los cantos de sirena procedentes del mercado aseguran la esclavitud del hombre moderno al servicio de la materia y hacen irreversible su condenación.

Ese regreso de la sociedad a nuevas formas de idolatría ─culto a los falsos dioses de la materia, del placer y de lo mundano─ se integra de manera plenamente lógica dentro del clima milenarista general. De hecho, el consumismo y la banalización mediática expresarían una especie de estúpida celebración del Apocalipsis. Millones de seres humanos abandonados al disfrute irresponsable y ciego, un placer necio que adormece la evidencia de que todo está próximo a su fin. De ahí todas las perspectivas que, desde ópticas de cambio radical que se presumen seculares, apenas si disimulan su matriz apocalíptica y puritana. Desde el nuevo ascetismo izquierdista ─presentado como «alternativo»─ se denuncia con la máxima gravedad la condición estupefaciente del bien de consumo y de aquellos espacios ─los centros comerciales, los grandes almacenes, la televisión─ donde la mercancía consigue sus máximas cotas de eficacia hipnótica. A través suyo el consumismo no se basa en la apropiación de la mercancía, sino en la apropiación del consumidor. El consumismo es, para el puritanismo de izquierdas, un instrumento al servicio de la opresión y la miserabilización moral de los seres humanos, un dispositivo de control ideológico y de esclavización de las masas, ejercido a partir de la planificación de los mensajes y la constelación de un universo amoral, cuya falsa luminosidad contrasta con las tristes e injustas condiciones objetivas de la vida real.

En otras palabras, una versión 2.0 del “mea culpa”:

Se trata de lo que bien podríamos llamar una «culpa civilizatoria», una nueva edición del pecado original que afectaría a todos los seres humanos por el simple hecho de haber nacido en las sociedades urbano-industriales. Esos males son consecuencia merecida de la opulencia, la decadencia y los vicios de la sociedad industrializada.

El principal revés de este tipo de pensamiento sería pues la aniquilación de la complejidad, de la paradoja, con todas las consecuencias psicológicas que esto conlleva:

(…) Ansían el triunfo final de una nueva claridad que disipe las incongruencias, las paradojas y las contradicciones de una sociedad vivida como caótica, impredecible, en constante agitación y sin certezas. Perdidos en un mundo complejo que ya no se puede entender, tan sólo quieren reencontrar un principio de autoridad moral que superior (…) Lo importante es encontrar esa nueva e inequívoca certeza que estructure sus vidas, una causa cierta, una nueva legitimidad, un proyecto que ilumine sus experiencias, que las arranque de la inconsistencia de la vida cotidiana (…) que les devuelva, por fin, al mundo perdido de las evidencias.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 28 diciembre, 2014

La revolución gilipollas: anti-contra-ultra-manifiesto para mentes malpensantes

Los humanos viven a través de sus mitos mientras padecen sus realidades.
─Robert Anton Wilson

En este día de los Santos Inocentes escribimos reconociendo nuestra procedencia de familias de “clase media” ─asalariados estatales capital-provincianos actualmente precarizados y no-rentistas sería más exacto─ y abrazando las contradicciones de disponer en nuestras líneas familiares 1) variopintas posturas ideológicas que van desde el experimento comunista-feminista de la Guerra Civil Española al casposillo nacionalcatolicismo más tradicional y 2) también variados ejemplos de movilidad social: pastores venidos a médicos, ingenieros reconvertidos en habituales de la venta itinerante en mercadillos gitanostyle, etcétera (algún ex-adepto de la Igle$ia de la Cienciología también). Finalmente, una cosa más: también reconocemos ser malpensados por naturaleza. De todo esto se seguirá la nada despreciable empanada mental que constituye el cuerpo de esta entrada, la cual no debería ser tomada demasiado en serio y que sólo refleja nuestra ignorancia más abyecta ─y con esto último, posiblemente, una falsa humildad en busca del aplauso.

Empezamos. Nos llamó en su día la atención este fragmento del texto de Don Lindyhomer en El butano popular:

La izquierda tradicional, pensando que el pensamiento mítico es sólo una cosa que le pasa a los curas, sigue atrapada en el imaginario de la revolución heroica de la modernidad, ignorando que la sociedad, desencantada por las promesas incumplidas de la revolución, ha acogido un retorno al sentimiento trágico dionísiaco, y la esperanza del pillo que no puede cortar la cabeza del rey, pero tal vez sí su talón de Aquiles. Sobre estas nuevas estructuras simbólicas se está construyendo un nuevo decorado mítico, incomprensible para nuestros adictos al imaginario de la Ilustración. Otra revolución les pasa inadvertida porque directamente les resulta inconcebible. Son los que ora se lamentan por una anecdótica comisión de biodanza, ora se rasgan las vestiduras por no pasar a la acción violenta sistemática, ora creen haber desmontado una cúpula de Anonymous.

De forma irónica rememora también en su blog Manuel Delgado Ruiz otra anécdota similar que ilustraría esta dinámica:

no me quito de la cabeza lo que quienes nos autodenominamos Frente Culé en la acampada de Plaça de Catalunya tuvimos que soportar en nuestra defensa de que la lucha política era del todo compatible con ver y celebrar luego la victoria del Barça en la Eurocopa.

(Aclaramos que a nosotros, siendo como hemos sido niños de extremada torpeza motora, no nos gusta el fútbol). Bien. Extraeremos en lo sucesivo más fragmentos de la entrada de Delgado, pues los paralelismos que establece entre la contracultura importada desde los EEUU y el puritanismo religioso de acullá es ciertamente fascinante. Sobre esta importación puritana reflexionaba Hernán Migoya en esta entrevista que le hicieron en La paz mundial:

Es cierto que la izquierda está estos últimos años como atontada, porque ha adoptado todos los tics y estigmas estadounidenses de lo políticamente correcto, algo que no comprendo, siendo como son nuestros izquierdistas tan antiestadounidenses. En cambio, la derecha, como en España siempre ha sido campechana, rural y garrula, pues puedes decir más brutalidades y nadie se rasga las vestiduras, paradójicamente. Es como llegar al sitio correcto por el lugar equivocado (…) Cada vez estoy más convencido de que no hay diferencias reales entre la izquierda y la derecha españolas. Ambos extremos conciben al pueblo como entes diferentes, igualmente irreales pero manipulables, y dicen desear cosas diferentes: pero el atavismo en ambos bandos, su motor, me parece el mismo, una compulsión mamada en este país durante siglos, que es la de reprimir, perseguir, insultar, enjuiciar y torturar hasta la muerte. Nos encanta criticar, sentenciar y condenar al que intenta salirse de la mediocridad colectiva. En España el pueblo ─esa entelequia que a mí me provoca arcadas porque, si existe como tal, tenemos el pueblo más infame, sinvergüenza y corrupto de Europa─ siempre gana, como la Banca. Y las raíces de nuestra izquierda y derecha son totalitarias: ambos bandos provienen en su origen de la admiración hacia dictadores.

Este amor por los mesías nos recuerda a aquello otro que mencionaba Antonio Escohotado en esta entrevista en Jot down:

El mesianismo es algo que tiene un pie en la consciencia y otro en la inconsciencia, es un arquetipo universal. El Mesías es el chivo expiatorio racionalizado y el chivo expiatorio está tan conectado con nuestro sistema nervioso como la tendencia humana a desplazar el mal de un lado a otro, la transferencia del mal.

En esta otra entrada de The archdruid report John Michael Greer analiza el fenómeno mesiánico y su relación con las ideologías:

(…) las ideologías se han convertido en el modo dominante del pensamiento social occidental; la idea religiosa de la salvación obtenida a través de la creencia en el dogma correcto se secularizó transformándose en la asunción de que el hombre adecuado, valiéndose del plan adecuado, pondría fin a todos los males de la sociedad (…) una y otra vez, [sin embargo], confiar en una ideología para responder a la realidad [suele ser] la receta para los más lamentables fracasos (…) En la actualidad, por supuesto, los nuevos proveedores de ideologías insisten en que su ideología es diferente porque es la correcta, del mismo modo que los promotores de antiguas ideologías insistían en que la situación era diferente y que los errores del pasado no importaban (…) El hábito de apoyarse en una ideología (…) proviene del lenguaje de la tragedia, en la cual los grandes héroes arriesgan todo y a sí mismos en pos de un ideal. Esto, por supuesto, es campo fértil para el drama y las grandes obras literarias. Pero, dado que los héroes trágicos suelen morir, y con no poca frecuencia suelen arrastrar consigo todo lo que les importa, ¡quizás no sean el mejor modelo para el cambio constructivo!

En un tono más cáustico pero en la misma línea, reflexiona John Gray en Perros de Paja:

Aquellos para quienes la vida significa acción, perciben el mundo como un escenario sobre el que representar sus sueños. En los últimos cientos de años, la religión ha decaído, pero nosotros no hemos estado menos obsesionados con la idea de imprimir un sentido humano a las cosas. La actitud dominante ante la vida ha sido un idealismo secular de escasa enjudia, gracias al cual el mundo ha pasado a ser considerado algo que había que rehacer a nuestra propia imagen. La idea de que el objetivo de la vida no es la acción, sino la contemplación, ha desaparecido casi por completo. Quienes se esfuerzan en cambiar el mundo se ven a sí mismos como figuras nobles, incluso trágicas. Pero la mayoría de los que trabajan en la mejora del mundo no son rebeldes luchando contra el orden establecido. Buscan consuelo para una verdad que su debilidad no les permite soportar. En el fondo, su fe en que el mundo puede ser transformado a través de la voluntad humana es una negación de su propia mortalidad.

Trazando un arco más amplio e inclusivo, Morris Berman propone en Una historia de la consciencia el orígen de la figura del héroe trágico ─junto con los hábitos perceptivos de nuestro sistema nervioso que menciona Escohotado─ al inicio de la agricultura misma:

lo que la civilización (agrícola) consiguió fue desencantar el mundo en un sentido periférico y luego reencarnarlo en un sentido focalizado o centralizado. La [consciencia] vertical finalmente avasalló y reemplazó a la horizontal (…) en particular, en el trance unitivo, la [consciencia] (…) es erradicada del entorno y luego canalizada dentro de ciertas experiencias específicas miradas ahora como normas culturales: el amor romántico (que no existe entre los cazadores-recolectores), el heroísmo (las leyendas arturianas, la búsqueda del Grial) y la necesidad de ir a la guerra: (…) la guerra es crónicamente irresistible para la civilización porque provee situaciones de numinosa intensidad, de modo que uno se siente “vivo”, ligado al universo.

Aclaremos que Berman no aboga por un retorno al paleolítico ni por una instauración masiva de la “consciencia horizontal”, ni por otro lado desdeña por completo la vivencia del trance unitivo o de las “dimensiones transcendentes”. Más bien invita reflexionar sobre cómo en el fondo de toda la discusión ideológica contemporánea podría estar asentada desde hace milenios en hábitos de nuestra psique ─que conformarían un tipo específico de trance. Desde la subversión de estos hábitos psicológicos ─a los que podrían unirse los específicos de las culturas literarias─ donde podría entenderse el discurso en alza sobre la recuperación del chamanismo, aunque como hemos visto anteriormente con frecuencia éste sea un pastiche proveniente de la Nueva Era.

Acabamos volviendo al mismo texto de John Michael Greer mencionado más arriba, en donde propone que frente a la figura del héroe trágico una alternativa sería:

la inesperada posibilidad del héroe cómico. En la tradición literaria occidental, los héroes cómicos han sido a menudo personajes atolondrados, que irrumpen medio a ciegas en situaciones que no comprenden sin más intención que salir por el otro lado de una pieza (…) no son especialmente heróicos, y sus esfuerzos para ir tirando durante la crisis no inspiran la clase de atención reverencial que los defensores de los cambios sociales parecen echar en falta. Sin embargo, a diferencia de los héroes trágicos, frecuentemente llegan al otro lado de la historia, y no pocas veces acaban trayendo consigo al resto del reparto.

En esta línea pues, en magufoapocalipsis.com abrazamos sin fisuras la vía de la revolución gilipollas, aunque nuestro objetivo no es «traernos al resto del reparto» con nosotros. Rememorando pues aquello que decía Daniel Quinn de que «si el mundo va a ser salvado lo será no por mentes con nuevos programas, sino por nuevas mentes sin programa alguno» y en un ejercicio que no negamos sea en el fondo mero wishful thinkingla paradoja de la Nueva Era de nuevo─ desde nuestra posición relativamente privilegiada y acomodada, finalizamos este anti-contra-ultra-manifiesto con este pasaje de Alfredo M. Bonanno en El placer armado:

¿Alguna vez te has encontrado con un revolucionario que no tenga un proyecto revolucionario? ¿Un proyecto que está bien definido y presentado claramente a las masas? ¿Qué raza de revolucionario sería aquella que pretendiera destruir el esquema, la envoltura, el fundamento de la revolución? Golpeando los conceptos de cuantificación, clase, proyecto, modelo, misión histórica y otras antiguallas similares, uno podría correr el riesgo de no tener nada que hacer, de ser obligado a actuar en la realidad, modestamente como cualquier otro. Como millones de otros que están construyendo la revolución día a día sin esperar el signo de un fatal vencimiento de plazos. Y para hacer esto se necesita coraje. Con los esquemas y los juegos cuantitativos se está en lo ficticio, esto es, en el proyecto ilusorio de la revolución, una amplificación del espectáculo del capital; con la abolición de la ética productiva se entra directamente en la realidad revolucionaria.

Éstos son pues nuestros principios: si no les gustan tenemos otros.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 22 diciembre, 2014

La visceralidad de la teoría de la conspiración

Seguimos con nuestros ejercicios de pensamiento alrededor de la subcultura de las teorías de la conspiración. Aparece en la web de New Scientist un artículo que menciona un par de ideas que merece la pena subrayar en esta exploración. La primera versa sobre el sustrato fisiológico de la paranoia:

El cerebro no evolucionó para procesar la información de las economías industriales, el terrorismo o la medicina, sino para sobrevivir en medios ambientes salvajes. Esto incluye una tendencia a asumir que depredadores fuera del alcance de la vista nos acechan o que eventos coincidentes están relacionados de alguna forma.

¿Es necesariamente negativo para el pensamiento el contacto con este sustrato más primitivo? Mathias Broeckers argumentaba en 11S que de hecho es este mismo sustrato el motor del conocimiento, moviendo así el foco de la discusión ya no al discurso racional, sino al cuerpo ─introduciendo a la vez la idea de la “guerrilla ontológica” promovida principalmente por el escritor Robert Anton Wilson  y a quien Broeckers, todo sea dicho de paso, editó en Alemania:

¿Qué es cierto? ¿Qué es falso? ¿Qué es información? ¿Qué es desinformación? ¿Qué son hechos objetivos? ¿Qué son proyecciones subjetivas? ¿Qué relación existe entre el observador y lo observado? El espacio de pensamiento [conspiranoico] es una escuela de percepción. «En el comienzo de toda ciencia» —afirma el psicoanalista Jacques Lacan— «se sitúa la histeria». El miedo al mundo, a lo intangible, a un repentino suceso trágico es el motor que impulsa la curiosidad y la necesidad de conocimiento. El pensamiento [conspiranoico] conserva todavía parte de ese celo provocado por el miedo (…) El terreno fronterizo entre el pensamiento crítico y la paranoia patológica es un campo de minas. No obstante, no sólo merece la pena adentrarse en él, sino que las conspiraciones reales y sus peligrosas consecuencias para al sociedad obligan a hacerlo.

Pero, sigue el artículo en New Scientist:

Las teorías de la conspiración reflejan como entendemos el mundo intuitivamente e, irónicamente, proveen de consuelo emocional. Son historias con buenos y malos, conflicto, resolución y otros elementos narrativos atractivos naturalmente. (…) y esto es la que las hace problemáticas: al cristalizar las intuiciones en declaraciones incontrovertibles, se limitan sus posibilidades de cara al discurso público.

Acerca de la adherencia irracional a las narrativas que subyacen a las teoría de la conspiración también ha escrito John Michael Greer en esta entrada de su blog, hablando de un mito cultural recurrente que como veíamos también puede influenciar a la racional búsqueda científica:

(…) la controversia [acerca de las teorías de la conspiración] se despliega al amparo de un mito con profundas raíces en la consciencia popular. Llamo a esta historia la de “El hombre que descubre el pastel”, la cual conoces bien: la dieron anoche en la TV; la novela de misterio que viste el otro día junto a la caja del supermercado trata sobre ella, al igual que cinco de las seis películas que alquilaste la semana pasada y posiblemente alguno de tus sueños recientes. La historia empieza con un suceso terrible: hay una obvia explicación para ella, pero también hay una persona que se da cuenta de que hay mucho más en juego de lo que está a la vista. Tras una solitaria búsqueda acompañada de ridiculizaciones y evasivas por parte de las autoridades oficiales, el héroe destapa la verdad y la revela al público en un acto de redención que frustra al villano, salva los inocentes y a menudo lo hace caer en brazos de la chica de la película.

Tampoco se trata siempre de ficción: la mayoría de mitos son son ciertos al menos durante algún tiempo (…) el mito del hombre que descubre el pastel funciona lo suficientemente como para que los departamentos de policía contraten detectives, los países establezcan agencias de inteligencia y la gente ordinaria se haga preguntas aunque las respuestas iniciales parezcan evidentes. Como cualquier otro mito, sin embargo, la historia de “el hombre que descubre el pastel” dota de sentido completo sólo a algunas situaciones, de sentido parcial a otras y de ningún sentido a otras tantas.

A pesar de las afirmaciones más entusiastas de Joseph Campbell, no existe un monomito, no existe una narrativa que dote de sentido a cualquier situación. Y sin embargo, el mito que nos hallamos discutiendo es seductor, debido a su promesa de poder implícito. “El hombre que descubre el pastel” no tiene otro tipo de poder excepto la habilidad de descubrir la verdad, y en el mito ése es todo el poder que necesita. Así pues es un mito muy llamativo para la gente que se siente impotente y que cree saber algo que los demás no saben. El problema es que este mito puede ser una distracción [dado que] el hecho de que un mito deje de ser útil no lo hace necesariamente menos llamativo.

Paradójicamente el artículo de la New Scientist acaba reconociendo el papel del pensamiento mágico en el día a día y propone ─¿condescendientemente?─ a las mentes más racionales que:

(…) más que argumentar o razonar, nuestro primer paso debería ser empatizar. Al fin y al cabo, cuando tocamos madera o le deseamos a alguien buena suerte, todos usamos el pensamiento mágico. Sólo apreciando el tirón emocional de las teorías de la conspiración será posible comunicarnos de forma más significativa con nuestros vecinos de los sombreros de aluminio.

 

 

» escuchado en la web, leído en la web · 26 noviembre, 2014

Críticas a Stanislav Grof / respiración holotrópica

Desde este episodio del podcast “Rewild Yourself”, Nora Gedgaugas pone en tela de juicio el uso de la técnica conocida como “respiración holotrópica”, introducida por el conocido psiquiatra ─y fundador de la psicología transpersonal─ Stanislav Grof:

La respiración holotrópica funciona induciendo un estado agudo de hipocapnia (…) y cuando tienes alguien que se encuentra en [este estado] (…) el cerebro se ve deprivado de oxígeno. Incluso una hipocapnia moderada puede derivar en un 40% de oxígeno menos en el cerebro. [Y éste es] un estado de emergencia, que te va a lanzar a una reacción de lucha o huída. Estás literalmente provocándote una pequeña asfixia. Entiendo que la gente tenga experiencias compensen la respiración holotrópica, pero desde el punto de vista de una entusiasta de la función cerebral no soy precisamente una partidaria de la misma. (…) Y aunque puedas usar cosas como el piracetam para proteger el cerebro en estados de hipoxemia, no creo que sea el camino más seguro a seguir.

Gedgaugas es consciente de estar «dando patadas a una vaca sagrada», y reconoce que el respeto y el reconocimiento hacia Grof son legítimos. Sin embargo, apunta, el uso de esta técnica surge de la necesidad de encontrar una alternativa a la LSD ─sustancia con la cual Grof inicia originalmente sus investigaciones─ tras la ilegalización de la misma.

Sin embargo, esta legitimidad se cuestiona en este amplio e interesante ensayo del filósofo Morten Tolbell, quien opina que las “emergencias espirituales” provocadas por estas técnicas se suelen considerar acríticamente como poseedoras de un potencial sanador y transformativo porque

las ideas de Grof se basan teorías erróneas de catarsis, que se basan a su vez en la noción de que la expresión de las emociones libera al sujeto de sus problemas personales. (…) [Se confunden] las experiencias místicas auténticas ─a las que sigue una comprensión─ con las experiencias no-ordinarias, en las que esta comprensión no tiene lugar. (…)  De este modo, la práctica espiritual incide en la forma de la consciencia (la comprensión) y no en sus contenidos (experiencia).

Tolbell continúa citando al filósofo independiente Kevin Shepard, para quien:

las prácticas de las que la respiración holotrópica dice inspirarse sólo pueden comprenderse correctamente en el contexto de sus culturas originales. [Son cuestionables también] los motivos de los facilitadores (…) en un contexto comercial.

También se hace referencia a Kate Thomas, quien critica a Grof por

alardear de poder ser capaz de convertir a un rabino judío en un monje Zen usando sus dosis de LSD, [sin tener en realidad] idea alguna de cómo un monje Zen vive o piensa, siendo incapaz de realizar el ideal tradicional.

¿Estamos ante críticas justificadas? ¿O quizás ante reacciones tradicionalistas?

 

 

» leído en la web · 21 noviembre, 2014

Inteligencia emocional

Otro de los lugares comunes de la psicología asociada a lo que se ha denominado ampliamente como “pensamiento holístico” es la idea de “inteligencia emocional”. A este respecto, la escritora Casilda Rodrigañez señala desde su obra La sexualidad y el funcionamiento de la dominación que:

Hoy (…) se está desarrollando una psicología que nos aleja de la recuperación de la sexualidad, al desarrollar una “alfabetización emocional” que en lugar de buscar la liberación del deseo, la reconexión con la pulsatilidad corporal y el derretimiento de la coraza, lo que hace es adaptar las emociones al orden social; en definitiva, que lo que hoy se llama educación emocional o inteligencia emocional es un eufemismo de la sublimación descrita por la sexología científica del siglo pasado. La resignación ya no se propicia en nombre de unos mandamientos divinos, o de la supremacía de un alma espiritual sobre el cuerpo, sino en nombre del pragmatismo: hay que funcionar en este mundo. No obstante, esto no evita el malestar ni el sufrimiento humano. (…) La “inteligencia emocional” no es más que un eufemismo de la “nadificación” de los sentimientos para conseguir que la voluntad vaya en contra de la autorregulación del cuerpo, lo cual, en muchos casos, de ningún otro modo sería posible.

Pueden encontrarse muchas de las obras de Rodrigáñez en su sitio web.

 

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