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» leído en la biblioteca, leído en la web · 14 marzo, 2015

La invasión de los mandalas del espacio exterior


Seguimos con nuestra particular deconstrucción de las imágenes generadas por la cultura popular y los medios audiovisuales. Volvemos a North: The rise and fall of the polar cosmology de Steven Taylor, en donde se centra en el popular icono de los mandalas:

Muchos de nosotros, al deshacernos de nuestro barniz secular, nos vemos capturados por los radiantes restos de imágenes de persistencia retiniana de la cosmología concéntrica, y sentimos que son tan fundamentales para nosotros que asumimos que son fundamentales para los seres humanos. Tales imágenes, como descubrió Carl Jung en su obsesión por los mandalas concéntricos, desatan un tremendo poder en la psique y son profundamente útiles para orientarse en el despliegue de la consciencia. Pero, incluso así, no parecen fundamentales.

Un poco más adelante pone en contexto el orígen del término, relacionándolo con el concepto de consciencia vertical que veíamos con anterioridad:

El notorio académico de religiones asiáticas David Gordon White señala que los afamados conceptos de la India védica “chakra” y “mandala” tienen su origen en mundanas nociones políticas, transfiguradas por medio de asociaciones con el cielo. White muestra como “mandala” fue en su origen «simplemente un término para una unidad administrativa o condado de la India antigua». Y la realeza védica fue idealizada bajo el término “cakravartin”, referido a «aquel que hace rodar (vartayati) la rueda (cakra) de el centro de su reino o imperio, y las ruedas de cuyo carruaje giran alrededor de este perímetro sin obstrucción». En esta combinada centralidad y abarcadura, el rey refleja la supremacía de la deidad y su reino celestial.


Este artículo de Sam Kriss titulado “Manifesto of the Committee to Abolish Outer Space” comienza con un divertido pasaje que traslada esta influencia a la imaginería contemporánea de la ciencia ficción:

Nos han mentido, hemos sido sujetos de una mentira cruel y fría, una tan vasta y total que no puede ser percibida por completo pero que se ha convertido el substrato de la vida cotidiana. Es una mentira política. Nos dijeron que el espacio exterior es bello.

Nos mostraron nebulosas, grandiosas nubes rosas y azules, rodeadas de cortinajes trenzados de estrellas moradas, danzando al ritmo del infinito cósmico y conformando formas genitales, pollas y coños de años luz de anchura. Sobreimprimieron delicadas citas cual tintineantes ondas sobre un charco sobre estas imágenes, de modo que las galaxias pudieran hablarte de las profundidades de tu soledad, susurrándote desde un insondable infinito que eres mejor que todo el mundo porque, joder, tú amas la ciencia. Las palabras son mentiras, los colores son mentira y las nebulosas son mentiras. Estas imágenes fueron cotejadas y pigmentadas por ordenadores; no son ninguna escena que realmente pudieras contemplar desde la escotilla de tu nave espacial. El espacio no es siquiera feo: no es nada. Es un vacío muerto y negro, con cuatro rocas dispersas que colisionan entre ellas conforme a un preciso sinsentido matemático hasta que todo lo que queda es polvo.

 

 

» leído en la biblioteca · 18 febrero, 2015

Occidente

John Gray llama la atención sobre otro fetiche lingüístico empleado a menudo en el mundo de lo heterodoxo, a partir del cual se crea muchas veces una categoría rígida producto de la simple inercia. Desde su Misa negra: la religión apocalíptica y la muerte de la utopía:

Obviamente, “Occidente” no tiene un significado fijo y determinado. Sus límites varían en función de los cambios culturales y de los acontecimientos geopolíticos. Hay quienes piensan que el mundo medieval fue una auténtica síntesis del conjunto de la civilización occidental, pero cuando se concibe “Occidente” de ese modo, se pasa por alto el legado del politeísmo pagano, el teatro trágico, la filosofía griega, las lamentaciones de Job, la herencia de Roma y la ciencia islámica. Durante la Guerra Fría, también se decía que los países del bloque soviético se hallaban fuera del ámbito de Occidente o se oponían incluso a éste, pese a que sus gobiernos estaban adheridos a una ideología occidental. Posteriormente, se esperaba que la Rusia poscomunista entrase a formar parte de “Occidente”, aun cuando había rechazado esa anterior ideología y había retomado una identidad más antigua en la que el cristianismo ortodoxo antioccidental desempeñaba un papel de suma importancia. Actualmente, “Occidente” se define a sí mismo conforme a los términos de la democracia liberal y los derechos humanos. Con ello se da a entender que los movimientos totalitarios del pasado siglo no formaban parte de Occidente. Pero, en realidad, dichos movimientos reinstauraron algunas de las más antiguas tradiciones occidentales.

Dejando de lado las definiciones geopolíticas y desde el punto de vista filosófico,

Si hay algo que define a “Occidente” es el empeño en buscar la salvación a través de la historia. Es esa teología histórica (o creencia en que la historia tiene una finalidad o un objetivo inherente), más que las tradiciones de la democracia y la tolerancia, la que distingue a la civilización occidental de todas las demás. Ahora bien, esto, por sí solo, no genera el terror masivo; se necesitan otras condiciones previas (como la desarticulación social a gran escala) para que algo así pueda producirse. Los crímenes del siglo xx no fueron inevitables. Implicaron toda suerte de casualidades y de decisiones individuales. Tampoco el asesinato en masa es un hecho privativo de Occidente. Lo que sí es único de Occidente es la influencia formativa que aquí tiene la fe en que la violencia puede salvar al mundo.

Contextualizando este discurso ─influido por el trabajo de Norman Cohn─ en la coyuntura política actual, apunta Gray que

El terror totalitario del siglo pasado formó parte de un proyecto occidental que aspiraba a tomar la historia por asalto. El siglo XXI comenzó con un nuevo intento de llevar a la práctica dicho proyecto, cuando la derecha desplazó a la izquierda como vehículo del cambio revolucionario.

Sobre este contagio de subtextos mitológicos y culturales en los discursos políticos barruntábamos en nuestro manifiesto revolucionario gilipollesco, texto el cual tampoco debería leerse como algo excesivamente serio. Hemos visto también cómo el movimiento de salida de la historia ─casi siempre tomando una dirección vertical─ es básico en la concepción del chamanismo en Occidente, y por lo tanto en su sistema de símbolos. Un poco más adelante analizaremos esta construcción lineal del tiempo en clave mitológica.

 

 

» leído en la web · 14 enero, 2015

La izquierda, la derecha, la teoría de la conspiración y la fusión paranoica (pop)

Le preguntan a Erik Davis por las teorías de la conspiración en esta entrevista en Vice:

Es importante reconocer que “teoría de la conspiración” es un término derogatorio que se usa contra gente que, en ocasiones, señalan conspiraciones muy reales y dañinas. El poder, en esencia, toma la forma de conspiración. Así que ─incluso sin ser un izquierdista zumbado sino uno razonable─ hay mucho de verdadero en concebir nuestra condición actual como resultado de la conspiración.

El hecho de que existan determinados grupos en la sombra no significa necesariamente que tengan las manos puestas sobre los engranajes del control en mayor medida que otros grupos que pululan por ahí fuera ─con sus propias y alocadas agendas. Veo varios grupos manipuladores: las grandes corporaciones, las agencias de inteligencia, los super-ricos, bromistas varios y los tecnólogos transhumanistas. Todos estos grupos se están moviendo hacia el futuro, así que si sales a buscar conspiraciones las vas a encontrar en todas partes.

La izquierda suele reaccionar negativamente ante los discursos que incluyen las teorías de la conspiración ─dice Jeff Wells en su Rigurous Intuition (blog homónimo aquí)─ porque éstas se hallan asociadas «al ridículo y la apariencia de las supersticiones de la derecha reaccionaria contra las que han estado luchando durante toda su vida política».

Jonah Weiner señala sin embargo en este artículo en Slate un extraño giro que se da en la cultura estadounidense y que presumiblemente se estará extendiendo a la cultura globalizada mientras picamos estas líneas:

Hay un fuerte aroma a derecha religiosa en gran parte del discurso del Iluminismo pop (…) Sin embargo, en un giro que evade el sentido común, la paranoia Illuminati no sólo se adhiere a aquellos en la extrema derecha que temen un asalto ateo/negro/gay, sino también al otro extremo del espectro político. En la extrema izquierda ─negra─, los persistentes temores al control y a la asimilación por parte de las estructuras de poder ─blancas─ encuentra su voz en las teorías Illuminati. Michael Kelly usó el término “fusión paranoica” para describir este extraño solapamiento de la izquierda y la derecha.

Además, y atendiendo a este ensayo de Stef Aupers titulado “Trust no one: Modernization, paranoia and conspiracy culture” esta influencia de la derecha religiosa se habría venido diluyendo durante los últimos tiempos:

Las teorías de la conspiración tradicionales, las producidas alrededor de los años 50, típicamente demonizaban a judíos, musulmanes y comunistas como conspiradores —grupos que se asumía amenazaban la sociedad o perturbaban las barreras entre “nosotros” y “ellos”. Esta forma de paranoia sobre un “Otro” exótico, paradójicamente, reafirmó tanto la identidad personal como la nacional y facilitó cierto tipo de catársis cultural.

La teoría de la conspiración contemporánea es diferente: trata menos de señalar como chivo expiatorio a un “Otro” real o imaginario, pero puede caracterizarse como paranoia hacia las instituciones de la misma sociedad moderna creadas por humanos. Este tipo moderno (…) se opone diametralmente al tipo tradicional, dado que sus teorías tratan del “enemigo interno” —las desconocidas y maliciosas fuerzas que operan dentro de la maquinaria de los laboratorios científicos, de las corporaciones modernas, del estado y de la política.

Peter Knight escribe sobre este respecto acerca de una notable transición desde una “paranoia segura” a una “paranoia insegura”: «para la generación posterior a los 60, la paranoia se ha convertido más en una expresión de infatigables sospechas e incertidumbres que en una forma dogmática de alarmismo» y «el conspiracionismo popular ha mutado de una obsesión con un enemigo fijo a una sospecha generalizada sobre fuerzas conspirativas, (…) a una versión más insegura de las ansiedades infundidas por las conspiraciones que lo transporta todo a una regresión infinita de sospecha».

Esta fusión paranoica con la modernidad ─por tanto también con los medios de comunicación de masas, apunta Justin Boland (@brainsturbator, @skilluminati)─, no se verá exenta de la banalización; pero, a la vez, conformará un caldo de cultivo en la cultura popular que está por venir:

La señal siempre se degrada, se distorsiona … y se hace cada vez más popular. Lo estúpido es accesible, y a la gente le gusta lo estúpido. A la gente le gustan los extraterrestres, los malos-de-la-película satanistas y la adquisición de productos que expresen su conocimiento oculto. Es difícil exagerar cuán hueco se ha vuelto el Complejo del Conspientretenimiento en 2010. La teoría de la conspiración se está enseñando en estos momentos a los americanos en pizarras. La Visión Remota ha pasado de ser un proyecto clasificado a una mini-industria de packs de entrenamiento en DVD que compiten entre sí. Incluso Tila Tequila está siguiéndoles el rastro a los Illuminati. Estamos ante una demografía emergente que será extremadamente importante durante la próxima década.

 

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