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» leído en la biblioteca · 12 abril, 2016

¿Hasta dónde llega la madriguera de conejos? ¿Hasta la sala-cuna de La Gran Madre?

Habíamos comentado con anterioridad que el poder aprovecha «el lazo biológico del niño con su madre y el de la madre con los niños» como método de control. Para Morris Berman esta dinámica es más compleja ─más “fractal” o sujeta a bucles “retroprogresivos” o de “retroalimentación”, si se prefiere─ yaciendo en la misma raíz de la civilización «el legado ambivalente del vínculo madre-hijo y la intensidad de las relaciones con límites confusos». Le citamos directamente desde Una Historia de la Consciencia:

«La madre», escribió Freud, «puede transferir a su hijo toda la ambición que ha tenido que suprimir en sí misma y luego vivir vicariamente a través de la vida heroica de su hijo». (…) La civilización necesita [de la intensa y vertical “santidad” de la díada madre-hijo] a manera de combustible cultural. Tampoco puede renunciar a este sistema vertical sin sufrir una inmensa sensación de pérdida.

Un poco más adelante se desarrolla la esencia del complejo:

la exclusión de las mujeres de la vida cívica y de todos los ámbitos de importancia en la antigua Grecia, significó que el dominio sobre sus hijos fuera la única válvula de escape para su necesidad de autonomía. Esto hizo que la madre tendiera a proyectar en el hijo sus propias ansias de vida y de destino: él se convertiría en su héroe y viviría la vida que ella nunca tuvo la libertad de vivir. (…) Las fronteras entre madre e hijo eran borrosas. La madre griega no trataba a su hijo como a una persona separada sino como a un remedio para sus propias heridas narcisistas (…) Esto creaba sentimientos ambivalentes en ambos. El niño deseaba “salvar” a su madre (darle la vida que nunca había tenido), pero a la vez se sentía aterrado por la intensidad que ella depositaba en él. La madre se preciaba de sus logros, pero también, en algún nivel inconsciente, buscaba destruirlo, porque esos mismos logros representaban la negación de su propio poder. Dado tal ordenamiento, el ego del varón era muy precario; el honor en Grecia estaba ligado a un hondo pesimismo. Más aún, (…) la naturaleza de esta neurótica intensidad diádica creaba un tipo de personalidad que podría llamarse de “gradiente empinado” —personas que ponen todos sus huevos en la misma canasta—, en oposición a las personas “niveladas” (…) capaces de considerar muchas cosas como fuentes de gratificación. Las díadas producen un “gradiente empinado”; (…) la crianza múltiple es más conducente a la nivelación”.

Este “gradiente empinado” cristalizará, según Berman, en el arquetipo del héroe:

El varón crecía sintiendo que si no era héroe, no era nada. Orgullo y prestigio [lo definen]. [Los hombres aman] la auto-glorificación, el derroche de riquezas y la humillación de sus rivales. (…) En el corazón de este modelo energético está la privación del placer, la incapacidad de alegrarse fisicamente ante lo que el mundo ofrece de bueno. Esto conduce a los hombres de estas culturas a renunciar al amor —el cual temen no poder conseguir— y a disfrazar su dolor con la ambición y la búsqueda de engrandecimiento personal. El ciclo continúa cuando esa persona finalmente mira en menos a su esposa y se convierte en un marido inadecuado, empujando a su mujer “a los brazos” del hijo. El hijo, por su lado, empieza a temer a las mujeres, necesita tener éxito, etc.”. (…) los niños crecen aprendiendo a temer esta energía, a convertirse en seres “racionales” y a distanciarse de sus cuerpos y emociones, las cuales ven como femeninas. (Enamorarse, seguir a líderes carismáticos, ir a la guerra o convertirse en alcohólicos son a menudo las únicas conductas que constituyen una excepción a la regla del distanciamiento).

Pero, atención, esta dinámica tendría también influencia sobre el arquetipo de la Diosa:

Estoy de acuerdo con lo que la psicóloga Clara Thompson planteó hace ya varias décadas y que el academicismo feminista ahora considera obvio: la ambición y las ansias de poder se encuentran presentes tanto en las mujeres como en los hombres, y si la cultura está ordenada de tal manera que esta tendencia no encuentra escapes directos, se canalizará en forma indirecta. Aún más, si las mujeres se encuentran atrapadas en una situación de dependencia económica, no tienen ninguna seguridad más allá de la que les brinde una relación amorosa. El amor se convierte entonces en su “carrera”; el ser amada, en su “profesión”. (…) Las niñas también se ponen nerviosas (…) y crecen temiendo jamás llegar a transformarse en la “diosa” que sus madres, inconscientemente, han diseñado para ellas. Luego, como mujeres, optan por coludirse con el orden patriarcal, dado que la premisa no escrita es: «si abandonas la razón y la lógica,desencadenarás un infierno» (lo que en nuestra cultura es absolutamente cierto).

Hasta aquí el breve resumen de la sección del libro titulada “Madre e hijo: La Gran Madre en la sala-cuna”; por considerarla de sumo interés la hemos reproducido por completo en este hilo del foro. Parece que, al final, era preferible tomarse la pastilla azul para ─como decía Morfeo─, optar por el «fin de la historia» (o fin del drama).

 

 

» leído en la biblioteca · 8 octubre, 2015

Golpes de estado y teoría de la conspiración

Aún no hemos acabado de leer The Illuminati Conspiracy: the Sapiens System de Donald Holmes. Sin embargo, la sola lectura de la extensa introducción de Robert Anton Wilson está haciendo que merezca la pena. Extraemos dos pares de párrafos que sumar al sostenido esfuerzo de este blog hacia la legitimación de la expresión “teoría de la conspiración”:

En la presente década, llevar a cabo una campaña para la presidencia de los EEUU supone un coste de 50.000.000$; 10.000.000$ para el senado y 5.000.000$ para la Cámara de los Representantes. (…) Esto no significa sólamente que los EEUU son propiedad (en concepto de deuda trillonaria) de los bancos, sino que además están gobernados por 1) millonarios o 2) personas fuertemente endeudadas con millonarios. En palabras del ex-senador Pettigrew, ahora tenemos un «gobierno de corporaciones, por las corporaciones y para las corporaciones».

Como documenta Edward Luttwak en su maquiavélico y jovial breve texto Coup d’État: A Practical Handbook, la mayor parte de gobiernos que han experimentado cambios desde la Segunda Guerra Mundial lo han hecho mayormente debido a golpes de estado; más gobiernos habrían cambiado debido a golpes de estado más que a otros métodos como revoluciones o elecciones democráticas.

Dado que cada golpe es por definición una conspiración, se sigue que las conspiraciones han tenido un mayor efecto en los pasados 40 años de historia mundial que la suma de todas las políticas electorales y todas las revoluciones populares. Esto resulta ciertamente ominoso en un periodo en el que la opinión “educada” considera el pensar siquiera en conspiraciones como algo infame, excéntrico, chiflado o directamente paranoico. Se nos prohibe, de hecho, el mero acto de pensar cómo es gobernado el planeta.

Si los gobiernos no pueden actuar sin el permiso de los bancos ─sin préstamos o “líneas de crédito” concedidas por los bancos─ y si el gobierno de los EEUU es “propiedad” de la élite banquera y corporativa multibillonaria , y si los otros gobiernos son cambiados más a menudo por golpes de estado que por golpes conspirativos, la mayor porción de la humanidad está controlada económica y políticamente por personas que son desconocidas en su mayoría por el público en general, nunca electas para ningún cargo. La teoría democrática es bella e inspiradora, pero no tiene nada que ver con la situación real del primate domesticado medio de este planeta en donde Cristo perdió la chancla.

La introducción data de 1987,  y se nos aparece como un argumento deductivo de bastante validez.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 16 marzo, 2015

Repensando “la” tecnología y su neutralidad

John Michael Greer señala en esta entrada de su blog las consecuencias de nuestra inercia a la hora de discutir el mundo en términos abstractos. Al respecto de los discursos reduccionistas acerca de “la” tecnología apunta:

La noción de que la tecnología la compone tan solo una entidad monolítica es una mistificación conveniente, que se usa para ocultar el hecho de que nuestra sociedad, como tantas otras, selecciona y escoge de entre varias opciones tecnológicas existentes, implementando algunas e ignorando otras. (…) [esta mistificación] sirve a un propósito social necesario en una cultura donde hablar de las metas y valores de tecnologías específicas es tabú (…) El frecuentemente repetido argumento de que “la tecnología es neutral” es un necio sinsentido, pero mientras sigamos conceptualizando nuestras herramientas y técnicas como una sola cosa llamada “tecnología”, es también un sinsentido plausible. En realidad, por supuesto, las tecnologías encarnan individualmente los valores y las metas de sus diseñadores, y son seleccionadas por los usuarios en base a la relación de la tecnología con ciertos valores y ciertas metas. Obsérvese el conjunto de tecnologías que una persona o cultura utiliza y obsérvense las metas que persiguen. Esto es inmencionable en nuestra cultura, entre otras razones, porque los valores y metas que nuestras tecnologías revelan están muy lejos de los que dicen perseguir.

Esta crítica al argumento de la neutralidad de la tecnología lo desarrolla un poco más Jerry Mander en esta entrevista:

[El argumento de que la tecnología no es inherentemente buena o mala, sino que es el uso que se le da lo que importa] es la mayor homilía de nuestro tiempo. Y es un error muy serio. La idea de que la tecnología es neutral ─de que no tiene características sociales, políticas o ambientales─ es realmente peligrosa. Considérense la energía nuclear y la energía solar. Ambas son formas de energía, pero tienen efectos completamente diferentes en el sistema. La energía nuclear es una tecnología inherentemente centralizada, que requiere instituciones industriales y militares centralizadas. Nadie sabe qué hacer con los 250,000 años de resíduos peligrosos. Si simplemente juzgásemos la energía en términos de quien la usa, sería como decir: «Bien, si se junta un grupo de buena gente y se ponen a dirigir la industria energética nuclear, no será necesario salvaguardar los resíduos durante 250,000 años». Estas cosas son intrínsecas a la tecnología. No es una cuestión de si la manejan buenas personas. La tecnología solar es todo lo opuesto: es inherentemente localizada. Un par de personas pueden ponerla en marcha fácilmente, no es cara de usar, la comunidad puede usarla sin tener que conectarse a la red y no tiene efectos negativos duraderos.

Para John Gray las fuerzas que impulsan el desarrollo tecnológico son viejas conocidas de una cualidad más pedestre que las que se invocan en discursos tecnolátricos. Desde Contra el progreso y otras ilusiones:

No es la ciencia la que impulsa la historia, sino la historia la que impulsa la ciencia. Puede que los científicos puros hayan desarrollado la física nuclear, pero la fisión nuclear llegó a materializarse porque fue un subproducto de la guerra. Lo mismo ocurre con muchos de los avances obtenidos en la tecnología de radar, en medicina y en otros campos: fueron generados por las necesidades urgentes del conflicto militar, y su desarrollo posterior vino determinado pro las fuerzas económicas. Las nuevas biotecnologías no serán distintas. En el futuro, como en el pasado, el desarrollo de la ciencia y la tecnología lo guiará la rentabilidad.

Sin dejarse llevar por discursos condenatorios que bien podrían interpretarse como regurgitaciones de un deseo apocalíptico inconsciente mal digerido, la postura expuesta por Jorge Riechmann en Gente que no quiere viajar a Marte es llamativa precisamente por su sobriedad:

(…) no hay datos brutos, sino que toda observación está cargada teóricamente. Lo que percibimos depende tanto de las impresiones sensibles como del conocimiento previo, las expectativas, los prejuicios y el estado interno general del observador. De estas constataciones sobre límites [cabe extraer] no una conclusión escéptica, sino un importante mensaje de modestia y auto-limitación. No hay que pedir peras al olmo científico-tecnológico. Este es un árbol potente y capaz, pero dentro de sus propios límites. La ciencia es falible: cualquier información sobre el mundo que nos proporcione será siempre imperfecta y mejorable. No cabe aspirar a una ciencia perfecta (…) el mapa nunca llegará a coincidir con el territorio. (…) El criterio de evaluación último se halla en la práctica (…) Será el encuentro con lo real en la acción ─la puesta en marcha de nuestros modelos y teorías─ lo que en definitiva nos permitirá evaluar la adecuación teorética de nuestro conocimiento.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 12 febrero, 2015

El estado holístico

En el imaginario del mundo alternativo muchas veces se presenta al pensamiento holístico en contraposición al pensamiento lineal como una suerte de panacea ante la cultura dominante. Sin embargo, y según señala Morris Berman en Una historia de la consciencia, podría darse el caso de que de hecho este holismo sea el molde cognitivo del que surgen las jerarquías sociales:

Como explica el antropólogo Joseph Berland, la “independencia del campo” (i/c) es una tendencia a ver las partes de un campo perceptual de forma discreta, separadas del todo, mientras que la “dependencia del campo” (d/c) es una percepción holística, en las cuales partes de un sólo campo se ven fundidas con el todo. La primera es especialmente valiosa en las culturas de cazadores-recolectores nomádicas, pues la supervivencia a menudo depende de ver las cosas rápidamente a larga distancia. Sin embargo, la percepción holística se adapta más a las sociedades sedentarias, en donde la presión del grupo y la conformidad hacen que estas sociedades “funcionen”. De hecho, Berland cita estudios interculturales que demuestran claramente que un alto grado de i/c se corresponde con una mayor autonomía individual y es característica de sociedades más igualitarias, mientras que las d/c son típicamente jerárquicas por naturaleza.

De nuevo, la variable clave es la movilidad: la alta movilidad se corresponde con i/c mientras que la baja movilidad se corresponde con d/c. Por supuesto, en muchas actividades como las de distribución de alimento entre los cazadores-recolectores, son las actividades d/c las que son más adaptativas. Sin embargo, los cazadores-recolectores y los nómadas están marcadamente en el extremo i/c del espectro.

Algo similar señala Michael Taussig en su ensayo “El estado como fetiche” al analizar el subtexto holístico en la construcción de las naciones estado:

Con el fetichismo de estado quiero decir una cierta aura de poder como es figurado por el Leviathan o, de modo bien diferente, por la visión del Estado intrincadamente argumentado por Hegel como no una simple encarnación de la razón, de la Idea, sino también como una unidad sensitivamente orgánica, algo mucho más grande que sus partes. Tratamos de un tema obvio pero ignorado, con torpeza, sí articulado precisamente como la constitución cultural del Estado moderno —con E mayúscula— la cualidad fetichista de su holismo traído a nuestra autoconsciencia, señalando no solamente la manera habitual que tenemos de identificar “el Estado” como un ser, animado con una voluntad y una mente en sí mismo, sino también a través de señalar las no infrecuentes señas de exasperación provocadas por el aura de la E mayúscula —como con Shlomo Avineri, por ejemplo, escribiendo en la introducción de su libro La teoría del estado moderno de Hegel: «Una vez que uno escribe “Estado” en vez de “estado”, el Leviathan ya tira su enorme y opresiva sombra».

Taussig, sin embargo, no permite que los procesos mentales asociados a la facultad de i/c configuren a su vez su propio “campo moral”, y se cuida bastante de advertir de esta trampa maniquea en el mismo ensayo cuando recuerda que «haríamos bien en recordar que para Nietzsche, el bien y el mal, entretejidos en un doble helix de atracción y repulsión, son otras tantas representaciones ascético-moralísticas de la estructura social de la fuerza. En la notable, de hecho masiva, fuerza del estado moderno encontramos la más fabulosa elaboración de tal representación».

Podría interpretarse, según estas lecturas, que el problema de las jerarquías de poder en la sociedades civilizadas devendrían de un desequilibrio ─o una incompatibilidad─ entre  los sustratos perceptivos de las sociedades agrícolas/sedentarias y cazadoras-recolectoras/nómadas. No se trataría de una conspiración en el sentido fuerte de la palabra, sino que estaríamos hablando de una inercia que deriva en conspiraciones. Este conflicto estaría influyendo además de forma determinante la presente disolución del trance alfabético.

 

 

» leído en la web · 23 enero, 2015

Reacciones condicionadas ante el terrorismo mediático (una historia corporal de las falsas banderas)

Jason Horsley reflexiona en esta entrada de su blog acerca de los paisajes inconscientes en los que uno se adentra al explorar el territorio de las teorías de la conspiración:

Pienso que lo que estamos observando cuando entramos en la “consciencia paranoica” es la manera en la que todos somos juguetes en manos del inconsciente. Ciertos grupos han aprendido a explotar este conocimiento para hacerse con un poder relativo sobre los demás: una conspiración local (individual) se extiende a un nivel colectivo, global. Desde este punto de vista, las “masas-objeto-de-control” son a su vez simbólicas para el inconsciente de las “élites-que-quieren-el control”, que desean controlar lo que no puede ser controlado, esto es, ¡su propio inconsciente!

Así pues, mientras sigamos buscando el control sobre lo que no puede ser controlado y mientras estemos siendo guiados por el mismo deseo (inconsciente) de intentar controlar a los demás, somos cómplices de un sistema de control que al final no puede controlar nada excepto los cuerpos y las mentes de los demás.

En otro lugar, Horsley detalla esta idea de control social en el contexto de las reacciones viscerales ante sucesos geopolíticos claves (mediatizados) especialmente traumáticos ─interpretados por la subcultura de la teoría de la conspiración como montajes intencionados o “falsas banderas”:

(…) la experiencia dispara las memorias corporales de crecer en un entorno en el cual verdades obvias son encubiertas [y en el que se infunde miedo y coerción] con el objetivo de consentir la falsa narrativa. Opino que los poderes fácticos organizan sus pequeñas piezas de teatro terroristas de forma en que estas formativas tensiones psicológicas (familiares) se reactivan en la psique de las personas. [Esto hace] que el doble vínculo sea revivido, y la fractura de la psique colectiva se hace más profunda ─quizás entre aquellos que escapan a la disonancia cognitiva provocada por el doble vínculo haciendo más profundo su doblepensar versus aquellos que experimentan una disonancia cognitiva incrementada, ya no tanto [por la tensión entre] lo que los medios de comunicación de masas les dicen que está sucediendo y lo que ven con sus propios ojos (…), sino entre la necesidad de sentirse seguros en su grupo social y [la experiencia] de verse cada vez más alienados del mismo.

[En este sentido], el que se esté volviendo imposible incluso señalar la falsedad o inexactitud de las informaciones sin ser etiquetado como un teórico de la conspiración (…) [es] una experiencia bastante similar a la de un niño al que se le dice que calle y que deje de hacer el tonto si lo que quiere es sentarse con los adultos.

 

 

» leído en la web · 17 enero, 2015

La deriva milenarista / puritana de la contracultura estadounidense

Le preguntaban a Hans Jonas si el “estremecimiento religioso” propio de la antigüedad no había desaparecido ya irremediablemente con la era racionalista. Contestaba el filósofo alemán:

Muchas veces estamos tentados de creerlo, [pero] por otra parte, se constata la emergencia de formas de conciencia que substituyen a lo sagrado, como muestra el hecho que los humanos, especialmente entre la juventud, se insurgen contra la injusticia cometida a otros hombres. El movimiento por los derechos civiles en [Estados Unidos], por ejemplo, no nació exclusivamente de los propios desfavorecidos, sino que encuentra su origen en individuos para quienes precisamente todo va bien, que se movieron no por necesidad, sino por su conciencia. Es un fenómeno nuevo.

Es pues de recibo preguntarse desde el maelstrom magufoapocalíptico qué subtexto inconsciente podríamos estar recibiendo de la contracultura estadounidense ─o, al menos, de buena parte de la misma. Reproducimos algunas pinceladas que Manuel Delgado Ruiz ofrece en esta entrada de su blog a la vez que recomendamos la lectura de la misma al completo:

Yo no veo más que grupos, movimientos y teorías que no hacen sino darle vueltas al típico reconocimiento de los “signos de los tiempos” (…) [obsesionados] por la hegemonía del mal sobre la tierra que de veras creo que es un préstamo cultural del utopismo protestante norteamericano, con su nostalgia de la vieja comunidad hecha de individuos aislados vinculados entre sí por lazos de verdad y franqueza personal, postuladores de un cambio que, empezando por la propia subjetividad, acabe abarcando la globalidad de la vida humana, o, lo que es igual, el advenimiento del mundo nuevo prometido por la profecía bíblica.

No siempre de manera explícita, pero hay algo o mucho en los discursos de la postpolítica actual que nos devuelve a los movimientos prepolíticos (…) con esa renovación de la denuncia moral de las ciudades malditas de las Escrituras ─Babel, Sodoma, Gomorra, Babilonia, Roma─, negaciones absolutas del reino de Dios anunciado en el Apocalipsis de Juan. Como en ellas, en la sociedad capitalista se rinde culto a falsos ídolos, imágenes engañosas tras las cuales se agita la voluntad de nuevas encarnaciones del Demonio: el Poder, el Neoliberalismo, la Globalización, el Pensamiento Único, las Multinacionales, el Banco Mundial, la Trilateral. Nuestra sociedad se presume racional, pero en cambio, se señala, está hundida de hecho en la idolatría y el paganismo más absolutos y nos depara paraísos fáciles y falsos en los que los mortales iríamos cayendo, trampas que tiende el Maligno para atontar su espíritu e inmovilizar su voluntad. Mucho más eficaces que el alcohol o las drogas, los cantos de sirena procedentes del mercado aseguran la esclavitud del hombre moderno al servicio de la materia y hacen irreversible su condenación.

Ese regreso de la sociedad a nuevas formas de idolatría ─culto a los falsos dioses de la materia, del placer y de lo mundano─ se integra de manera plenamente lógica dentro del clima milenarista general. De hecho, el consumismo y la banalización mediática expresarían una especie de estúpida celebración del Apocalipsis. Millones de seres humanos abandonados al disfrute irresponsable y ciego, un placer necio que adormece la evidencia de que todo está próximo a su fin. De ahí todas las perspectivas que, desde ópticas de cambio radical que se presumen seculares, apenas si disimulan su matriz apocalíptica y puritana. Desde el nuevo ascetismo izquierdista ─presentado como «alternativo»─ se denuncia con la máxima gravedad la condición estupefaciente del bien de consumo y de aquellos espacios ─los centros comerciales, los grandes almacenes, la televisión─ donde la mercancía consigue sus máximas cotas de eficacia hipnótica. A través suyo el consumismo no se basa en la apropiación de la mercancía, sino en la apropiación del consumidor. El consumismo es, para el puritanismo de izquierdas, un instrumento al servicio de la opresión y la miserabilización moral de los seres humanos, un dispositivo de control ideológico y de esclavización de las masas, ejercido a partir de la planificación de los mensajes y la constelación de un universo amoral, cuya falsa luminosidad contrasta con las tristes e injustas condiciones objetivas de la vida real.

En otras palabras, una versión 2.0 del “mea culpa”:

Se trata de lo que bien podríamos llamar una «culpa civilizatoria», una nueva edición del pecado original que afectaría a todos los seres humanos por el simple hecho de haber nacido en las sociedades urbano-industriales. Esos males son consecuencia merecida de la opulencia, la decadencia y los vicios de la sociedad industrializada.

El principal revés de este tipo de pensamiento sería pues la aniquilación de la complejidad, de la paradoja, con todas las consecuencias psicológicas que esto conlleva:

(…) Ansían el triunfo final de una nueva claridad que disipe las incongruencias, las paradojas y las contradicciones de una sociedad vivida como caótica, impredecible, en constante agitación y sin certezas. Perdidos en un mundo complejo que ya no se puede entender, tan sólo quieren reencontrar un principio de autoridad moral que superior (…) Lo importante es encontrar esa nueva e inequívoca certeza que estructure sus vidas, una causa cierta, una nueva legitimidad, un proyecto que ilumine sus experiencias, que las arranque de la inconsistencia de la vida cotidiana (…) que les devuelva, por fin, al mundo perdido de las evidencias.

 

 

» leído en la web · 14 enero, 2015

La izquierda, la derecha, la teoría de la conspiración y la fusión paranoica (pop)

Le preguntan a Erik Davis por las teorías de la conspiración en esta entrevista en Vice:

Es importante reconocer que “teoría de la conspiración” es un término derogatorio que se usa contra gente que, en ocasiones, señalan conspiraciones muy reales y dañinas. El poder, en esencia, toma la forma de conspiración. Así que ─incluso sin ser un izquierdista zumbado sino uno razonable─ hay mucho de verdadero en concebir nuestra condición actual como resultado de la conspiración.

El hecho de que existan determinados grupos en la sombra no significa necesariamente que tengan las manos puestas sobre los engranajes del control en mayor medida que otros grupos que pululan por ahí fuera ─con sus propias y alocadas agendas. Veo varios grupos manipuladores: las grandes corporaciones, las agencias de inteligencia, los super-ricos, bromistas varios y los tecnólogos transhumanistas. Todos estos grupos se están moviendo hacia el futuro, así que si sales a buscar conspiraciones las vas a encontrar en todas partes.

La izquierda suele reaccionar negativamente ante los discursos que incluyen las teorías de la conspiración ─dice Jeff Wells en su Rigurous Intuition (blog homónimo aquí)─ porque éstas se hallan asociadas «al ridículo y la apariencia de las supersticiones de la derecha reaccionaria contra las que han estado luchando durante toda su vida política».

Jonah Weiner señala sin embargo en este artículo en Slate un extraño giro que se da en la cultura estadounidense y que presumiblemente se estará extendiendo a la cultura globalizada mientras picamos estas líneas:

Hay un fuerte aroma a derecha religiosa en gran parte del discurso del Iluminismo pop (…) Sin embargo, en un giro que evade el sentido común, la paranoia Illuminati no sólo se adhiere a aquellos en la extrema derecha que temen un asalto ateo/negro/gay, sino también al otro extremo del espectro político. En la extrema izquierda ─negra─, los persistentes temores al control y a la asimilación por parte de las estructuras de poder ─blancas─ encuentra su voz en las teorías Illuminati. Michael Kelly usó el término “fusión paranoica” para describir este extraño solapamiento de la izquierda y la derecha.

Además, y atendiendo a este ensayo de Stef Aupers titulado “Trust no one: Modernization, paranoia and conspiracy culture” esta influencia de la derecha religiosa se habría venido diluyendo durante los últimos tiempos:

Las teorías de la conspiración tradicionales, las producidas alrededor de los años 50, típicamente demonizaban a judíos, musulmanes y comunistas como conspiradores —grupos que se asumía amenazaban la sociedad o perturbaban las barreras entre “nosotros” y “ellos”. Esta forma de paranoia sobre un “Otro” exótico, paradójicamente, reafirmó tanto la identidad personal como la nacional y facilitó cierto tipo de catársis cultural.

La teoría de la conspiración contemporánea es diferente: trata menos de señalar como chivo expiatorio a un “Otro” real o imaginario, pero puede caracterizarse como paranoia hacia las instituciones de la misma sociedad moderna creadas por humanos. Este tipo moderno (…) se opone diametralmente al tipo tradicional, dado que sus teorías tratan del “enemigo interno” —las desconocidas y maliciosas fuerzas que operan dentro de la maquinaria de los laboratorios científicos, de las corporaciones modernas, del estado y de la política.

Peter Knight escribe sobre este respecto acerca de una notable transición desde una “paranoia segura” a una “paranoia insegura”: «para la generación posterior a los 60, la paranoia se ha convertido más en una expresión de infatigables sospechas e incertidumbres que en una forma dogmática de alarmismo» y «el conspiracionismo popular ha mutado de una obsesión con un enemigo fijo a una sospecha generalizada sobre fuerzas conspirativas, (…) a una versión más insegura de las ansiedades infundidas por las conspiraciones que lo transporta todo a una regresión infinita de sospecha».

Esta fusión paranoica con la modernidad ─por tanto también con los medios de comunicación de masas, apunta Justin Boland (@brainsturbator, @skilluminati)─, no se verá exenta de la banalización; pero, a la vez, conformará un caldo de cultivo en la cultura popular que está por venir:

La señal siempre se degrada, se distorsiona … y se hace cada vez más popular. Lo estúpido es accesible, y a la gente le gusta lo estúpido. A la gente le gustan los extraterrestres, los malos-de-la-película satanistas y la adquisición de productos que expresen su conocimiento oculto. Es difícil exagerar cuán hueco se ha vuelto el Complejo del Conspientretenimiento en 2010. La teoría de la conspiración se está enseñando en estos momentos a los americanos en pizarras. La Visión Remota ha pasado de ser un proyecto clasificado a una mini-industria de packs de entrenamiento en DVD que compiten entre sí. Incluso Tila Tequila está siguiéndoles el rastro a los Illuminati. Estamos ante una demografía emergente que será extremadamente importante durante la próxima década.

 

 

» leído en la web · 13 enero, 2015

Etiquetas psicodélicas

En la conferencia de título “The ethnobotany of shamanism” (transcripción PDF) Terence McKenna hace una observación al respecto de uno de los lugares comunes al referirse a sustancias psicoactivas:

El término psicodélico significa simplemente “que manifiesta la mente”, [y] esto me gusta porque es fenomenológicamente neutro. Algunas personas han intentado acuñar el término “enteógeno” (…) que significa “que induce a dios” ─y ésto en mi opinión arrastra una carga ideológica a la que quizás no querramos tragarnos.

Sin embargo, Jan Irvin se opone a esta idea de neutralidad en este ensayo ─en todo caso, remarca, él hablaría de “ambiguo” como un término «más apropiado». El tema central del ensayo de Irvin es que disposición, entorno y las expectativas creadas ante la experiencia ─en las cuales pueden influir el término (el lenguaje) que se utilice alrededor de las sustancias─ son tanto o más importantes que la sustancia en sí. A este respecto, cita un par de veces a Marlene Dobkin de Rios incidiendo en este mismo punto:

Las plantas alucinógenas parecen haber sido usadas por religiones regionales y líderes políticos para el control de áreas políticas, psicológicas y sociales usando el poder [desplegado] por los estados alterados de consciencia. Las sustancias psicodélicas (…) crean un estado de hipersugestibilidad en las cuales las personas están muy abiertas a ser influenciados por otros. Varias culturas tradicionales han usado ésto para inculcar los valores culturales y las conductas de los jóvenes al recibir su iniciación en el mundo adulto.

Incluso en sociedades modernas no religiosas ─o que al menos se ven a sí mismas de ese modo─ este tipo de ideas y expectativas inconscientes pueden ser negativas para la subcultura psicodélica. Así lo señala James Kent desde su Psychedelic Information Theory (disponible online de forma gratuita) y que conecta con la ambigüedad señalada por Irvin:

En el ámbito cultural los psicodélicos (…) pueden ser un catalizador para la innovación y la expresión creativa. Más allá de esto, su valor es ambiguo. Podrían discutirse algunos debates en este área, como el que apunta a que Francis Crick concibió la estructura espiral del ADN tras ingerir LSD, o que el LSD ayudó a Kary Mullis a imaginar el proceso de la PCR ─lo cual le supuso el premio Nobel de genética.

Un argumento en contra sería el de que tanto Crick como Mullis estudiaron biología molecular durante años tratando de desenmarañar estos mismos problemas; no puede atribuirse a la LSD ningún crédito más allá de ayudar a Crick y a Mullis a organizar sus pensamientos de una nueva forma.

Podemos señalar sus grandes descubrimientos como ejemplos de información psicodélica, pero tan sólo una pequeña fracción de toda la información psicodélica puede adjudicarse este nivel de importancia. Aún peor: la información psicodélica que dice ser importante para toda la especie pero acaba siendo errónea adquiere un valor cultural negativo y diluye el grueso de la misma, conviertiéndose en la práctica en algo estadísticamente irrelevante.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 10 noviembre, 2014

Secretos de estado

Esto es definitivamente del perogrullo para el magufoapocalíptico medio. Aún así, citaremos a Chris Knowles desde esta entrada en el blog “The Secret Sun” cuando nos recuerda que:

Uno de los mitos más peligrosos de nuestro tiempo es el de que los gobiernos no pueden guardar secretos. La noción de que el gobierno no puede guardar secretos es un concepto reconfortante para aquellos delirantes individuos que aún creen que vivimos en una sociedad abierta. Habiendo crecido con un abuelo que trabajó como ingeniero para MITRE, sé de primera mano que el gobierno puede de hecho guardar secretos, y que dispone de todo un repertorio de castigos para las personas que no pueden hacerlo.

Y para muestra un botón de la mano de Kenn Thomas, desde Parapolitics: conspiracy in contemporary America:

El concepto de un “gobierno en la sombra” tuvo de hecho un papel en las actividades de la nueva administración tras el 11S. Fue reconocida públicamente la existencia de búnqueres subterráneos —que ocuparían miembros de una administración alternativa en caso de que algún ataque terrorista acabase con la administración “real”. La única anécdota señalada por la dócil prensa fue la de que los ordenadores de dichos búnqueres necesitaban ser actualizados. Sin embargo, la gran ironía fue ignorada: la de que la noción de búnqueres ocultos subterráneos que albergarían a los verdaderos manipuladores del mundo —defendida durante mucho tiempo por estudiosos de las teorías de la conspiración y la parapolítica— siempre haya sido blanco de risas, siendo considerada como el producto de mentes enfermas y paranoicas.

 

 

» leído en la biblioteca · 2 noviembre, 2014

La conspiración del lenguaje y el dadaísmo

¿Hasta qué punto puede concebirse la dinámica del poder con una deriva lingüística? Paul Feyerabend reflexiona acerca de esta cuestión en Tratado contra el método, a la vez situando en este contexto al dadaísmo, el movimiento artístico que fue precursor inmediato del surrealismo:

Supongamos que destrozamos el lenguaje y vivimos durante horas, días y semanas en un mundo de ruidos cacofónicos, palabras mezcladas al azar, sucesos absurdos. Después de esta preparación uno se sienta y escribe: «El gato está sobre la alfombra». Esta frase sencilla, que normalmente nosotros decimos sin pensar, como máquinas parlantes, aparece de pronto como la creación del mundo ─y Dios dijo: «¡Hágase la luz!, y la luz se hizo».

Nadie ha entendido tan bien como los dadaístas el milagro del lenguaje y del pensamiento, pues nadie ha sido capaz de imaginar —ni de crear, claro está— un mundo en el que no desempeñaran ningún papel. Después de haber descubierto la naturaleza de un orden vivo, de una razón que no era sólo mecánica, los dadaístas fueron también los primeros en descubrir la decadencia de este orden hasta convertirse en rutina. Diagnosticaron de la manera más efectiva la degradación del lenguaje que precedió a la Primera Guerra Mundial y que creó la mentalidad que hizo posible aquel acontecimiento.

Después de este diagnóstico, los ejercicios dadaístas adoptaron un significado más sombrío: pusieron al descubierto la temible semejanza entre el lenguaje de los accionistas principales de lo «importante», el lenguaje de los filósofos, de los políticos y los teólogos y la pura inarticulación animal. El elogio del honor, del patriotismo, de la verdad, del racionalismo que llena nuestras escuelas, nuestras cátedras y nuestras asambleas políticas se convierte, inadvertidamente, en esta inarticulación, por mucho que aparezca envuelto en un lenguaje literario y por mucho que se hayan esforzado sus autores en imitar el estilo de los clásicos (o lo que ellos creen que sus lectores consideran como tal).

El dadaísmo se convierte en un test práctico, en una especie de piedra de toque para el descubrimiento de absurdos y simulacros. No los supera —al fin y al cabo, la gente tiene derecho a farolear—, pero sí los saca a la luz.

 

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