» etiqueta:

mathias broeckers

en 4 entrada(s)

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 22 marzo, 2016

Pharmakos Illuminati: teoría de la conspiración y primitivismo

Hablábamos hace algún tiempo de la visceralidad de la que surgen de las teorías de la conspiración y de su relación con el sustrato primitivo de la mente. «El estudio del fenómeno de la conspiración como una rama de la psicología de los primates es de gran interés en sí misma, como bien sabía Maquiavelo» nos recuerda Robert Anton Wilson en su introducción a The Illuminati Conspiracy: the Sapiens System. Seguimos en esta línea con Mathias Broeckers, quien establece en esta conferencia otro paralelismo entre estos dos atractores extraños ─primitivismo y teoría de la conspiración, entendiendo esta última en su versión más ingenua y paranoica:

Una de las razones por las que es fácil tragarse la propaganda o las teorías de la conspiración que culpan a un chivo expiatorio de todos los males es que ésto es algo que mantiene las cosas simples. Reduce la complejidad; reduce circunstancias delicadas a una causa simple y permite la acción en lugar de la perplejidad ─así que el público, las masas, y especialmente en situaciones muy confusas y aterradoras, se encuentran más que receptivos a una solución simple y a un chivo expiatorio apropiado. Sabemos por las investigaciones sobre primates disponibles que el mecanismo del chivo expiatorio está presente en los simios: en caso de situaciones confusas como rayos y truenos en el cielo, tienden a correr a la colina más cercana, agarrar un palo y amenazar al malvado que se encuentra en los cielos.

Antonio Escohotado hace referencia en numerosos artículos a este mecanismo. Por ejemplo, desde aquí:

Lo que cabe llamar “terapia del chivo expiatorio” puede muy bien ser la primera cura ritual inventada, cuyos vestigios perviven todavía con fuerza en el hombre moderno, sobre todo allí donde le arropa una masa (como sucede, por ejemplo, en los linchamientos).

O también desde esta entrevista:

La medicina más antigua y universal es el esquema proyectivo, que cristaliza en la institución del chivo expiatorio. Igual que el maniqueísmo, que coagula el movimiento reduciéndolo a dos posiciones, es huella de nuestra barbarie primordial. La tarea del pensamiento no delirante —el de vocación científica o ecuánime— es superar ambas cosas. Lo real es, sin duda, analógico o evolutivo, no dualista; y tampoco premia con éxito el “pague por mí este otro” del chivo expiatorio, pero es formidablemente difícil pensar y actuar sin esas muletas.

Formidablemente difícil, desde luego. O en palabras de Broeckers: «no nos comportemos más como primates, cuestionemos la autoridad y pensemos por nosotros mismos». Más fácil de decir que hacer, desde luego ─y recordaremos aquí que el trabajo psicocorporal puede ser la clave de este distanciamiento, como argumentábamos anteriormente.

Volvemos al texto de RAW con el que abríamos la entrada para rescatar este fragmento que ahonda un poco más en el asunto:

La psicología humana sigue siendo psicología de la jungla. Como el historiador Carl Oglesby escribió en The Yankee and Cowboy War: «una multitud de conspiraciones compiten en la noche. (…) Las conspiraciones son la continuación normal de las políticas normales llevadas a cabo por los medios normales (…) y cuando no hay límite de poder, no hay límite para las conspiraciones».

Tan pronto encontremos evidencia de seres humanos en este planeta, encontraremos también evidencia de sociedades secretas. Las pinturas paleolíticas muestran que se reunían típicamente en las cuevas más oscuras, más profundas, y que planeaban jugarretas y brujería contra las especies con las que estaban en conflicto.

En toda tribu conocida por la antropología aún encontramos sociedades secretas. La mayoría tienen sociedades secretas compuestas exclusivamente por machos, pero también hay varias compuestas de hembras. La mayoría de lectores probablemente recordará como ellos mismos tuvieron sus propias sociedades secretas de niños, con sus palabras secretas y sus saludos cuasi-masónicos intencionadamente ocultos ante los adultos.

Desde esta perspectiva evolucionista, todo paranoico está parcialmente en lo cierto. El mayor error del paranoico parece ser esta creencia característica en la Mega-Conspiración-tamaño-Jumbo que lo explica todo. Esto es imposible, pues viola las leyes básicas de la psicología de los primates. Tanto los primates domesticados como los salvajes son traviesos y tienen un agudo sentido del humor: la traición es su invención más característica. (…) las teorías de la conspiración no son tan inteligentes o longevas como los idealistas y los paranoicos imaginan: son, simplemente, mucho más sucias.

 

 

» leído en la web · 21 marzo, 2016

¿Por qué lo llaman “gestión de la percepción” cuando quieren decir propaganda?

Revisando algunas conferencias que Mathias Broeckers tiene colgadas en su sitio web, resaltaremos algo que resultará obvio al magufoapocalíptico medio, pero que conviene quizás repetir como técnica de contrapropaganda. Se refiere a los mecanismos sutiles de lo que se ha venido a llamar “gestión de la percepción“:

[Podríamos llamar a] este fenómeno típico de operaciones de lavado de cerebro “información elusiva” ─información que aparece brevemente, que da cuenta de algunos fragmentos de la realidad y que desaparece del foco de los medios para siempre. No se suprime ninguna noticia o reporte: no existe una censura a la antigua, con controladores de la Gestapo situados en los despachos de las editoriales suprimiendo noticias no deseadas: en realidad se informa de todo. En este sentido, seguimos teniendo “prensa libre”. Pero la simple apariencia de reportaje informativo no significa que la imagen que pintan los medios se convierta en “noticias”, porque convertirse en “noticias” ─esto es, volverse parte de la imagen que pintan los medios─ implica que sean repetidas una y otra vez. Es sólo la repetición sin fin de un reportaje o información lo que la convierte en “noticia”, y es sobre todo esta repetición lo que la hace llegar a la atención pública. Pero lo que llega finalmente a la atención pública por repetición constante ─en oposición a la simple aparición singular en un reportaje informativo─ es controlado estrictamente, y lo que es más importante: cuanto mayor sea el alcance del medio, el control se hará más estricto. (…)

¿Por qué son los puntos de vista alternativos inmediatamente etiquetados como “teorías de la conspiración“? ¿Es por la falta de evidencia? Ciertamente no, [porque muchas veces] hay evidencia lo suficientemente convincente como para al menos iniciar investigaciones ulteriores de carácter más profundo. Pero no se les quita valor a estos puntos de vista usando la lógica o la razón, sino (…) desterrándolas de un modo medieval, calificándolas como “grotescas”. (…) Este mecanismo de declaración de ciertos puntos de vista como un tabú en la opinión pública por parte de una nueva inquisición yace en el corazón de la manipulación de los medios ─así funciona el sistema, como ya lo hizo en la Edad Media. La diferencia es que ─gracias a los medios de comunicación de masas─ la Nueva Inquisición posee herramientas más poderosas para difundir el dogma y para marcarlo a fuego en los cerebros del público. Como dijo uno de los pioneros de la emisión de propaganda ─el experto en lavado de cerebro y secretario de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels: «una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad»

Por supuesto: esto no es nada nuevo. Citemos como corolario al profesor William E. Daugherty desde A Psychological Warfare Casebook, publicado en 1950 bajo contrato con la armada estadounidense:

Si provees a un hombre de información correcta durante siete años, creerá en la información errónea el mismo primer día del octavo, cuando, desde tu punto de vista, sea necesario que lo haga. La primera tarea es cimentar la credibilidad y la autenticidad de tu propaganda y persuadir al enemigo para que confíe en tí aunque seas su enemigo.

Lo cual nos estaría llevando, claro está, a la situación descrita por Jesús García Blanca en El rapto de Higea (PDF):

(…) en los regímenes tecnodemocráticos se ha conseguido dar el paso de la interiorización del dominio: todo el mundo hace lo que debe creyendo que hace lo que quiere. En palabras de Jesús Ibáñez: «para que el orden social funcione tiene que ser inconsciente. Si la gente supiera para qué y para quién hace lo que hace, no lo haría».

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 25 enero, 2015

La inercia de la teoría de la conspiración

Alan Moore toca, a nuestro parecer, un punto importante acerca de las teorías de la conspiración en una cita que se ha hecho bastante viral:

Sí que hay una conspiración, de hecho hay un gran número de conspiraciones, todas entorpeciéndose unas a otras (…) la gran lección que he aprendido sobre las teorías de la conspiración es que los teóricos de la conspiración creen en ellas porque resulta más reconfortante. La verdad del mundo es que es caótico. Lo cierto es que el control no lo tiene la conspiración de los banqueros judíos, ni la de los alienígenas grises, ni la de los reptilianos gigantes de otra dimensión. La verdad es aún mucho más aterradora; nadie tiene el control, y el mundo marcha sin timón.

En este breve biopic de Erik Davis en donde compara a Moore con su némesis Grant Morrison ─y eh, idólatras de Alan Moore del mundo, pensamos que en esa contienda en particular Moore no lleva la razón─ se caracteriza al bardo de Northampton como un «materialista secular (…) vuelto hacia los cauces humanistas de la tradición oculta (…) [acompañados de un] didacticismo ocasional». Es por esta vertiente clasicista ─que como veremos más adelante genera adicción a las conclusiones─ que no nos acabe de convencer lo que interpretamos (maliciosa, ruin y miserablemente) como un ánimo didáctico de fondo en el párrafo de arriba.

Recordando a Marshall McLuhan con aquello de que «el medio es el mensaje» nos quedamos con la postura más difusa de Robert Anton Wilson, que viene a decir exactamente lo mismo que Moore pero quizás con un estilo de lenguaje y una estructura narrativa menos dramática. Por ejemplo, desde esta entrevista:

La mayoría de la gente no sabe por qué el mundo está cambiando tan rápido y en tantas direcciones extrañas, de modo que buscan a alguien a quien culpar; tan sólo depende de sus sistemas de creencias el que culpen a los sabios de Sión, a los Illuminati de Bavaria, a los masones o a los banqueros suizos. La gente simplemente no puede entender que algunas cosas se mueven de forma acorde a factores estructurales de la sociedad y del entorno tecnológico en el que vivimos que se hallan en contínuo movimiento, de modo que buscan una entidad monolítica que lo explique todo. Es primitivo, pero muy prevalente. (…) Las teorías de la conspiración me fascinan porque suponen un buen campo de pruebas para la lógica no-aristotélica. La mayoría de la gente o las acepta o las rechaza completamente. Yo intento aplicar la lógica difusa, preguntándome: «¿Cuanto de esto puede ser realmente probado y cuanto de esto es simplemente una afirmación ciega?». Es interesante verlas no términos de y/o, sino simplemente en términos de cuán probables son las diversas partes de la teoría.

O dicho de forma más pedestre por Mathias Broeckers en su 11S:

La mayor parte de las teorías de la conspiración caen en el error de sobreestimar la influencia lineal de los actores y subestimar la complejidad dinámica de los procesos (como es el poder de la ley de Murphy y la omnipresencia de la estupidez humana). (…) Sin embargo, [las] teclas que unas personas determinadas tocan con discreción en momentos determinados revisten gran importancia cuando se juzgan los sucesos históricos. NEGAR las conspiraciones es tan ingenuo como pensar que TODO es fruto de una conspiración.

¿Nuestra conclusión? Evidentemente no tenemos ninguna, pero a modo de cierre parcial de la entrada ofreceremos dos últimas narrativas. La primera, de la mano de Michael Parenti desde su ensayo “The JFK Assassination II: conspiracy phobia on the left” (enlace) y dirigida a personas con tendencias fóbicas hacia la teoría de la conspiración:

Aquellos que sufren de fobia a las conspiraciones suelen decir aquello de que «¿Realmente piensas que hay un grupo de gente metidos en una habitación planeando cosas en secreto?». Por alguna razón se asume que esa imagen es tan absurda que solo invita a desentenderse del asunto. Pero, ¿donde más podría reunirse la gente de poder —¿en los bancos del parque, en tiovivos?. De hecho se reunen en habitaciones: salas de juntas, salas de mando del Pentágono, en el Bohemian Grove, en los comedores más selectos de los mejores restaurantes, hoteles, centros turísticos y fincas, y varias salas de conferencia en la Casa Blanca, la NSA, la CIA o lo que sea.

Y sí, confabulan conscientemente —aunque ellos lo llaman “planificación” o “adopción de estrategias”— y lo hacen en gran secreto, a menudo resistiéndose a esfuerzos de exponerlos públicamente. Nadie confabula más que las élites políticas y financieras y sus especialistas a sueldo. Para hacer el mundo más seguro para aquellos que lo poseen, elementos políticamente activos de las clases detentoras han creado un estado de seguridad que gasta billones de dólares y recluta los esfuerzos de un vasto número de personas.

La segunda, de la mano de Morris Berman en esta entrada de su blog, para aquellos con aversión a las dinámicas caóticas:

Mientras que es indudablemente cierto que las élites actúan en ocasiones de forma deliberada y coordinada, fue [el eminente sociólogo Charles Wright] Mills quien señaló que en la realidad se da un matiz significantivo (…): no es que los super ricos se junten en una habitación y se pregunten «¿Cual sería la mejor forma de joder a los trabajadores y las clases medias?».

No, dice Mills, lo que sucede es que se relacionan entre sí y de una manera informal reconocen sus afiliaciones de clase: «Los miembros de varios círculos se conocen entre sí en calidad de amigos e incluso vecinos; se juntan los unos con los otros en el campo de golf, en los clubs de caballeros, en los complejos turísticos, en los vuelos transcontinentales y en los transatlánticos. Se conocen en las fincas de amigos mútuos, hablan cara a cara ante las cámaras de la TV o trabajan en el mismo comité filantrópico; y muchos se aseguran de cruzar sus caminos en las columnas de los periódicos, si no en los mismos cafés en donde estas columnas se originan. La concepción de una élite de poder, por lo tanto, no recae en la asunción de que la historia (…) deba ser entendida como un plan secreto, o como una gran y coordinada conspiración de los miembros de esta élite. Esta concepción surge más bien de terrenos más impersonales».

No estaríamos hablando, pues, de alguna hermandad organizada, de un cliché financiero cuasi-masónico. Sin embargo —y este es el punto crucial— si nos atenemos a los resultados concretos, bien podría ser así. Mills continúa: «Pero, una vez que la conjunción de tendencias estructurales y de la voluntad de utilizarlas dan lugar a la élite de poder, sus miembros conciben planes y programas y de hecho no es posible interpretar muchos eventos y políticas oficiales sin hacer referencia a las élites de poder».

El trabajo de Mills se sitúa más en la categoría de crítica social que de ciencias sociales en sí; no estaba muy interesado en hechos y personajes. Pero en los más de 50 años que han pasado desde que escribió estas palabras, su perfil de una democracia estadounidense ilusoria ha sido desarrollada por numerosos sociólogos y científicos políticos armados con ingentes cantidades de datos. [Un] reciente trabajo de este género (…) identifica una élite global de poco más de 6.000 individuos que estarían dirigiendo el espectáculo mundial, junto con las cincuenta instituciones financieras que controlan casi 50 trillones de dólares en activos. Con o sin complot, los resultados son los mismos.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 22 diciembre, 2014

La visceralidad de la teoría de la conspiración

Seguimos con nuestros ejercicios de pensamiento alrededor de la subcultura de las teorías de la conspiración. Aparece en la web de New Scientist un artículo que menciona un par de ideas que merece la pena subrayar en esta exploración. La primera versa sobre el sustrato fisiológico de la paranoia:

El cerebro no evolucionó para procesar la información de las economías industriales, el terrorismo o la medicina, sino para sobrevivir en medios ambientes salvajes. Esto incluye una tendencia a asumir que depredadores fuera del alcance de la vista nos acechan o que eventos coincidentes están relacionados de alguna forma.

¿Es necesariamente negativo para el pensamiento el contacto con este sustrato más primitivo? Mathias Broeckers argumentaba en 11S que de hecho es este mismo sustrato el motor del conocimiento, moviendo así el foco de la discusión ya no al discurso racional, sino al cuerpo ─introduciendo a la vez la idea de la “guerrilla ontológica” promovida principalmente por el escritor Robert Anton Wilson  y a quien Broeckers, todo sea dicho de paso, editó en Alemania:

¿Qué es cierto? ¿Qué es falso? ¿Qué es información? ¿Qué es desinformación? ¿Qué son hechos objetivos? ¿Qué son proyecciones subjetivas? ¿Qué relación existe entre el observador y lo observado? El espacio de pensamiento [conspiranoico] es una escuela de percepción. «En el comienzo de toda ciencia» —afirma el psicoanalista Jacques Lacan— «se sitúa la histeria». El miedo al mundo, a lo intangible, a un repentino suceso trágico es el motor que impulsa la curiosidad y la necesidad de conocimiento. El pensamiento [conspiranoico] conserva todavía parte de ese celo provocado por el miedo (…) El terreno fronterizo entre el pensamiento crítico y la paranoia patológica es un campo de minas. No obstante, no sólo merece la pena adentrarse en él, sino que las conspiraciones reales y sus peligrosas consecuencias para al sociedad obligan a hacerlo.

Pero, sigue el artículo en New Scientist:

Las teorías de la conspiración reflejan como entendemos el mundo intuitivamente e, irónicamente, proveen de consuelo emocional. Son historias con buenos y malos, conflicto, resolución y otros elementos narrativos atractivos naturalmente. (…) y esto es la que las hace problemáticas: al cristalizar las intuiciones en declaraciones incontrovertibles, se limitan sus posibilidades de cara al discurso público.

Acerca de la adherencia irracional a las narrativas que subyacen a las teoría de la conspiración también ha escrito John Michael Greer en esta entrada de su blog, hablando de un mito cultural recurrente que como veíamos también puede influenciar a la racional búsqueda científica:

(…) la controversia [acerca de las teorías de la conspiración] se despliega al amparo de un mito con profundas raíces en la consciencia popular. Llamo a esta historia la de “El hombre que descubre el pastel”, la cual conoces bien: la dieron anoche en la TV; la novela de misterio que viste el otro día junto a la caja del supermercado trata sobre ella, al igual que cinco de las seis películas que alquilaste la semana pasada y posiblemente alguno de tus sueños recientes. La historia empieza con un suceso terrible: hay una obvia explicación para ella, pero también hay una persona que se da cuenta de que hay mucho más en juego de lo que está a la vista. Tras una solitaria búsqueda acompañada de ridiculizaciones y evasivas por parte de las autoridades oficiales, el héroe destapa la verdad y la revela al público en un acto de redención que frustra al villano, salva los inocentes y a menudo lo hace caer en brazos de la chica de la película.

Tampoco se trata siempre de ficción: la mayoría de mitos son son ciertos al menos durante algún tiempo (…) el mito del hombre que descubre el pastel funciona lo suficientemente como para que los departamentos de policía contraten detectives, los países establezcan agencias de inteligencia y la gente ordinaria se haga preguntas aunque las respuestas iniciales parezcan evidentes. Como cualquier otro mito, sin embargo, la historia de “el hombre que descubre el pastel” dota de sentido completo sólo a algunas situaciones, de sentido parcial a otras y de ningún sentido a otras tantas.

A pesar de las afirmaciones más entusiastas de Joseph Campbell, no existe un monomito, no existe una narrativa que dote de sentido a cualquier situación. Y sin embargo, el mito que nos hallamos discutiendo es seductor, debido a su promesa de poder implícito. “El hombre que descubre el pastel” no tiene otro tipo de poder excepto la habilidad de descubrir la verdad, y en el mito ése es todo el poder que necesita. Así pues es un mito muy llamativo para la gente que se siente impotente y que cree saber algo que los demás no saben. El problema es que este mito puede ser una distracción [dado que] el hecho de que un mito deje de ser útil no lo hace necesariamente menos llamativo.

Paradójicamente el artículo de la New Scientist acaba reconociendo el papel del pensamiento mágico en el día a día y propone ─¿condescendientemente?─ a las mentes más racionales que:

(…) más que argumentar o razonar, nuestro primer paso debería ser empatizar. Al fin y al cabo, cuando tocamos madera o le deseamos a alguien buena suerte, todos usamos el pensamiento mágico. Sólo apreciando el tirón emocional de las teorías de la conspiración será posible comunicarnos de forma más significativa con nuestros vecinos de los sombreros de aluminio.

 

foro twitter Image Map