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» leído en la web · 12 octubre, 2015

Conspientretenimiento y la segunda Matrix: el memeplex del ghetto conspiranoico

Extraemos de una reciente entrada del blog de Jason Horsley algunos subrayados en torno a las subculturas alternativas asociadas con la teoría de la conspiración ─más conocidas en la infoesfera hispana con el término “conspiranoia”. En primer lugar, tenemos la frecuente deriva hacia el ghetto que no será ajena a cualquiera que haya formado parte de ésta u otra subcultura:

Las “percepciones alternativas” no son alternativas si acaban siendo confinadas en la “comunidad de las percepciones alternativas”. Al contrario: son englobadas en una narrativa dominante ─aunque marginal─ y se vuelven cada vez más irrelevantes.

Más adelante habla de la posibilidad de que esta subcultura esté siendo de hecho diseñada ─o al menos dirigida o encauzada─ de forma consciente con fines desinformativos:

Siento bastantes recelos ante términos como el de “Illuminati”, los cuales han sido minuciosamente separados de cualquier significado histórico y encadenados a una industria del Conspientretenimiento dirigida a una audiencia sectaria de verdaderos creyentes paranoicos ─habiendo sido a la vez concebida y diseñada para crear dicha audiencia. Su misma existencia hace que el trabajo de los [debunkers] sea muchísimo más fácil.

[Una actitud mucho más rigurosa y neutra consistiría en contemplar con el mismo escepticismo tanto a los transmisores de esta jerga-conspiranoica-manoseada como a los encubridores que mantienen en marcha el Consenso. Llamé a esta industria del conspientretenimiento “la segunda Matrix” por razones de conveniencia, pero no es algo tan simple como una ideología; es más bien una energía que una vez que se agarra a lo que hacemos lo distorsiona todo y lo transforma en algo, bueno, Ickeano.]

Este factor hipersticioso está, claro, estrechamente relacionado con el lenguaje:

El contexto lo es todo, y una sola palabra puede arrastrar con ella un contexto lo suficientemente fuerte que contrarreste e incluso deshaga otro contexto que hayamos trabajado duramente para trae a la luz. (…) Palabras como “Illuminati” o “satánico” o incluso “pedófilo” tienden a crear este efecto: son palabras que están de moda que transportan y activan en las personas que ese exponen a ellas un complejo memético ─un memeplex─ de asociaciones y asunciones concretas,  y que por lo tanto desactivan posibles pesquisas ulteriores de carácter más profundo.

Para terminar, Horsley señala también la posibilidad de una deriva inconsciente propia de los integrantes de dichas subculturas, y de cómo ésta podría de hecho ser un mero reflejo de la de sus oponentes ─una de sus ideas que ya habíamos traído a colación con anterioridad:

También siento bastantes recelos a la hora de confundir investigación y exploración con activismo social y el deseo de traer cambio. Estoy bastante convencido de que esto último sólo puede ser efectivo como un efecto secundario de lo primero, y nunca como algo conscientemente dirigido o deseado. Nuestras razones conscientes para desear cambio son, creo, no meramente secundarias sino prácticamente irrelevantes cuando se comparan con las razones inconscientes ─razón por la cual las reformas sociales sólo funcionan a un nivel superficial. Después de todo, los mismos perpetradores identificados por estas investigaciones profundas, ¡son reformistas sociales! ¿Qué es la ingeniería social sino un tipo de activismo a gran escala? Iluminismo o Satanismo son, desde este punto de vista, máscaras, marionetas y memes armamentísticos como lo puedan ser Socialismo y Conservadurismo, Cristianismo o Democracia.

 

 

» leído en la web · 15 marzo, 2015

La conspiración del lenguaje (2)

El blog La Manzana Dorada nos ofrece la traducción del prólogo de Everything is under control de Robert Anton Wilson, del que extraemos un pasaje a colación de la conspiración del lenguaje a la que nos referíamos hace algunos meses:

Los grupos temidos por los ardientes conspirólogos no pueden existir en la realidad, claro, ya que todos los grupos están formados por individuos, y cada uno de ellos difiere en algunos aspectos de todos los demás. (No hay dos cerebros totalmente iguales, como no hay dos huellas dactilares idénticas). Sin embargo, la mayoría de las teorías conspirativas tienden a moverse hacia la hipótesis de que los grupos demonizados son intercambiables entre sí, y esto parece el resultado tanto del estilo “paranoico” (o “el Señor Fiscal de Distrito”) de la mente del cazador de conspiraciones y de la estructura de nuestro lenguaje, que hace que sea fácil hablar de los judíos, los católicos, los profesionales del derecho, la profesión médica, los banqueros, los masones, los políticos, los machos de nuestra especie, etc., como un mal fungible y uniforme.

Como señaló Nietzsche, cuando la humanidad se cansó de decir “esta hoja”, “aquella hoja” y “esa otra hoja”, etc., inventamos la categoría gramatical/mística “la hoja”, en la cual participan todas las hojas individuales específicas. Sin embargo, “la hoja” no existe fuera de la gramática y la filosofía platónica ─y por ende nuestro lenguaje tiende a promover el neoplatonismo al poblar el mundo con abstracciones gramaticales. Cualquier teoría conspirativa que se mueve hacia la conmutabilidad evoluciona también hacia el idealismo platónico. Esta “hipnosis lingüística” parece tan generalizada que el conde Alfred Korzybski inventó la ciencia de la semántica general como un intento de cura para esto.

En otras palabras, ya que podemos decir “los judíos” o “el Nuevo Orden Mundial” o “el patriarcado”, podemos creer, o casi creer, que estas abstracciones gramaticales tienen el mismo tipo de realidad que las pelotas de baloncesto, los perros ladrando, y los frijoles horneados. El individuo, con su pelo, uñas, ideales, ilusiones y aromas distintivos, desaparece ─por así decirlo─ y el mundo se convierte en un lugar embrujado por los sustantivos colectivos.

Bily Lopez profundiza un poco más en este ensayo acerca de la dicotomía del universalismo de la filosofía de Platón y el relativismo de la de Nietzsche, destacando a la vez el papel determinante de la ficción a la hora de construir la realidad:

¿Qué es una palabra? «La reproducción en sonidos de un impulso nervioso»—responde Nietzsche. El lenguaje no reproduce la realidad, sino que nos la traduce, nos la transporta metafóricamente. La verdad y la mentira se nos presentan así como una serie de convenciones que no dicen nada del mundo, sino de nuestra manera de verlo y de nuestra manera de relacionarnos. El mentiroso es aquel que dice lo contrario de lo que comúnmente se acepta. La verdad es una imposición. La verdad es «una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son».

Concebir a la verdad como ilusión y a los hechos como interpretaciones nos transporta de inmediato al reino de la ficción —ese ámbito desacreditado ya por Platón mismo, quien menospreciaba la labor de los artistas y de los poetas por presentarnos solamente copias de las copias de las ideas. Ficción: el ámbito de la fantasía, de la invención, de lo no-real; ámbito menospreciado por la ciencia, menoscabado por los hechos. Sin embargo, para Nietzsche la ficción es, y será, nuestra única realidad. Caer en cuenta de que hemos sido engañados es el primer paso para poder escapar de las garras del discurso racional de Occidente. Afirmar nuestro conocimiento como ficción y asumir nuestras interpretaciones como perspectivas nos permite valorar el mundo desde otro anclaje; nos abre la posibilidad de, en cualquier momento, cambiar nuestro punto de referencia y ver que las cosas son algo distinto de lo que creímos alguna vez; nos abre el mundo a nuevas experiencias; nos hace caer en el siniestro abismo de la tentativa; nos aleja de lo probable y nos acerca a lo posible y a lo imposible también.

 

 

» visto en la web · 29 enero, 2015

Diga: natura vexata

Una observación de Jeremy Narby desde esta conferencia, que encajamos en nuestra archivo de sutilezas lingüísticas que podrían estar configurando de forma inconsciente nuestra percepción de la realidad:

“Naturaleza” es un concepto delicado. Los diccionarios lo definen como los fenómenos del mundo material ─incluyendo plantas y animales─ que excluyen a humanos y a sus creaciones: la Naturaleza es todo lo que no es humano. Y como varios antropólogos han señalado, éste es un concepto propio de la cultura occidental. Si vas por ejemplo al Amazonas y le preguntas a la gente de allí por su palabra para la naturaleza, para todo lo que no es humano, te dirán: «¿Qué? No tenemos un concepto así. De hecho para nosotros es al revés: para nosotros todo es humano». No establecen ninguna diferencia entre los seres humanos y el resto de especies.

En la cultura occidental tendemos a dicotomizarlo todo, a construir conceptos que se definen oponiéndose entre sí: naturaleza/cultura, cuerpo/mente, bien/mal, sujeto/objeto. Las dicotomías son herramientas poderosas para obtener conocimiento, pero también pueden distorsionar el entendimiento de aquellos que las usan ─introduciendo las separaciones que contienen. Al utilizar lenguajes occidentales usamos dicotomías continuamente sin darnos cuenta.

Así que, amigos de la Naturaleza: dáos cuenta de que la misma palabra “naturaleza” introduce una separación entre nosotros y el resto de especies.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 25 enero, 2015

La inercia de la teoría de la conspiración

Alan Moore toca, a nuestro parecer, un punto importante acerca de las teorías de la conspiración en una cita que se ha hecho bastante viral:

Sí que hay una conspiración, de hecho hay un gran número de conspiraciones, todas entorpeciéndose unas a otras (…) la gran lección que he aprendido sobre las teorías de la conspiración es que los teóricos de la conspiración creen en ellas porque resulta más reconfortante. La verdad del mundo es que es caótico. Lo cierto es que el control no lo tiene la conspiración de los banqueros judíos, ni la de los alienígenas grises, ni la de los reptilianos gigantes de otra dimensión. La verdad es aún mucho más aterradora; nadie tiene el control, y el mundo marcha sin timón.

En este breve biopic de Erik Davis en donde compara a Moore con su némesis Grant Morrison ─y eh, idólatras de Alan Moore del mundo, pensamos que en esa contienda en particular Moore no lleva la razón─ se caracteriza al bardo de Northampton como un «materialista secular (…) vuelto hacia los cauces humanistas de la tradición oculta (…) [acompañados de un] didacticismo ocasional». Es por esta vertiente clasicista ─que como veremos más adelante genera adicción a las conclusiones─ que no nos acabe de convencer lo que interpretamos (maliciosa, ruin y miserablemente) como un ánimo didáctico de fondo en el párrafo de arriba.

Recordando a Marshall McLuhan con aquello de que «el medio es el mensaje» nos quedamos con la postura más difusa de Robert Anton Wilson, que viene a decir exactamente lo mismo que Moore pero quizás con un estilo de lenguaje y una estructura narrativa menos dramática. Por ejemplo, desde esta entrevista:

La mayoría de la gente no sabe por qué el mundo está cambiando tan rápido y en tantas direcciones extrañas, de modo que buscan a alguien a quien culpar; tan sólo depende de sus sistemas de creencias el que culpen a los sabios de Sión, a los Illuminati de Bavaria, a los masones o a los banqueros suizos. La gente simplemente no puede entender que algunas cosas se mueven de forma acorde a factores estructurales de la sociedad y del entorno tecnológico en el que vivimos que se hallan en contínuo movimiento, de modo que buscan una entidad monolítica que lo explique todo. Es primitivo, pero muy prevalente. (…) Las teorías de la conspiración me fascinan porque suponen un buen campo de pruebas para la lógica no-aristotélica. La mayoría de la gente o las acepta o las rechaza completamente. Yo intento aplicar la lógica difusa, preguntándome: «¿Cuanto de esto puede ser realmente probado y cuanto de esto es simplemente una afirmación ciega?». Es interesante verlas no términos de y/o, sino simplemente en términos de cuán probables son las diversas partes de la teoría.

O dicho de forma más pedestre por Mathias Broeckers en su 11S:

La mayor parte de las teorías de la conspiración caen en el error de sobreestimar la influencia lineal de los actores y subestimar la complejidad dinámica de los procesos (como es el poder de la ley de Murphy y la omnipresencia de la estupidez humana). (…) Sin embargo, [las] teclas que unas personas determinadas tocan con discreción en momentos determinados revisten gran importancia cuando se juzgan los sucesos históricos. NEGAR las conspiraciones es tan ingenuo como pensar que TODO es fruto de una conspiración.

¿Nuestra conclusión? Evidentemente no tenemos ninguna, pero a modo de cierre parcial de la entrada ofreceremos dos últimas narrativas. La primera, de la mano de Michael Parenti desde su ensayo “The JFK Assassination II: conspiracy phobia on the left” (enlace) y dirigida a personas con tendencias fóbicas hacia la teoría de la conspiración:

Aquellos que sufren de fobia a las conspiraciones suelen decir aquello de que «¿Realmente piensas que hay un grupo de gente metidos en una habitación planeando cosas en secreto?». Por alguna razón se asume que esa imagen es tan absurda que solo invita a desentenderse del asunto. Pero, ¿donde más podría reunirse la gente de poder —¿en los bancos del parque, en tiovivos?. De hecho se reunen en habitaciones: salas de juntas, salas de mando del Pentágono, en el Bohemian Grove, en los comedores más selectos de los mejores restaurantes, hoteles, centros turísticos y fincas, y varias salas de conferencia en la Casa Blanca, la NSA, la CIA o lo que sea.

Y sí, confabulan conscientemente —aunque ellos lo llaman “planificación” o “adopción de estrategias”— y lo hacen en gran secreto, a menudo resistiéndose a esfuerzos de exponerlos públicamente. Nadie confabula más que las élites políticas y financieras y sus especialistas a sueldo. Para hacer el mundo más seguro para aquellos que lo poseen, elementos políticamente activos de las clases detentoras han creado un estado de seguridad que gasta billones de dólares y recluta los esfuerzos de un vasto número de personas.

La segunda, de la mano de Morris Berman en esta entrada de su blog, para aquellos con aversión a las dinámicas caóticas:

Mientras que es indudablemente cierto que las élites actúan en ocasiones de forma deliberada y coordinada, fue [el eminente sociólogo Charles Wright] Mills quien señaló que en la realidad se da un matiz significantivo (…): no es que los super ricos se junten en una habitación y se pregunten «¿Cual sería la mejor forma de joder a los trabajadores y las clases medias?».

No, dice Mills, lo que sucede es que se relacionan entre sí y de una manera informal reconocen sus afiliaciones de clase: «Los miembros de varios círculos se conocen entre sí en calidad de amigos e incluso vecinos; se juntan los unos con los otros en el campo de golf, en los clubs de caballeros, en los complejos turísticos, en los vuelos transcontinentales y en los transatlánticos. Se conocen en las fincas de amigos mútuos, hablan cara a cara ante las cámaras de la TV o trabajan en el mismo comité filantrópico; y muchos se aseguran de cruzar sus caminos en las columnas de los periódicos, si no en los mismos cafés en donde estas columnas se originan. La concepción de una élite de poder, por lo tanto, no recae en la asunción de que la historia (…) deba ser entendida como un plan secreto, o como una gran y coordinada conspiración de los miembros de esta élite. Esta concepción surge más bien de terrenos más impersonales».

No estaríamos hablando, pues, de alguna hermandad organizada, de un cliché financiero cuasi-masónico. Sin embargo —y este es el punto crucial— si nos atenemos a los resultados concretos, bien podría ser así. Mills continúa: «Pero, una vez que la conjunción de tendencias estructurales y de la voluntad de utilizarlas dan lugar a la élite de poder, sus miembros conciben planes y programas y de hecho no es posible interpretar muchos eventos y políticas oficiales sin hacer referencia a las élites de poder».

El trabajo de Mills se sitúa más en la categoría de crítica social que de ciencias sociales en sí; no estaba muy interesado en hechos y personajes. Pero en los más de 50 años que han pasado desde que escribió estas palabras, su perfil de una democracia estadounidense ilusoria ha sido desarrollada por numerosos sociólogos y científicos políticos armados con ingentes cantidades de datos. [Un] reciente trabajo de este género (…) identifica una élite global de poco más de 6.000 individuos que estarían dirigiendo el espectáculo mundial, junto con las cincuenta instituciones financieras que controlan casi 50 trillones de dólares en activos. Con o sin complot, los resultados son los mismos.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 21 enero, 2015

Paradojas en la disolución contemporánea del trance alfabético

Comenzaremos citando una hipótesis de Terence Mckenna desde “The ethnobotany of shamanism” (PDF) al respecto de la evolución del lenguaje:

Hay un extraño fenómeno (…) de la evolución de las culturas (…) por el cual cada paso hacia la libertad contiene en sí el potencial de una serie de ataduras mayores. [Por ejemplo], pienso que las mujeres de las tribus de cazadores-recolectores a cargo de la fase de recolección desarrollaron el lenguaje, (…) pues necesitaban hacer distinciones sutiles. Quiero decir, ahí tienes cincuenta tipos de hierbas, caracoles, raíces, frutas, bayas [y existe] la necesidad de discutir asuntos extremadamente importantes como qué comer y qué no, dónde encontrar el alimento, cómo preservarlo, como combinarlo, etcétera. Los hombres, por otra parte, son responsables de la caza debido a tipos corporales diferentes, vejigas de mayor capacidad, etcétera ─lo valioso ahí es pues el silencio, el estoicismo, la capacidad de acecho durante días sin hacer ruido y todo ese tipo de cosas.

Pero este paso hacia la libertad potencialmente cegador se da en el esfuerzo chamánico de encauzar la cultura mediante métodos mnemotécnicos, pues incluso los más grandes artistas de la memoria se ven abrumados por la cantidad de datos, por el tamaño (…) y la longitud de las genealogías [a memorizar]; y, entonces, la notación simbólica se introduce. El chamanismo se transforma en un arte de escribas, y las fuerzas mágicas (…) se convierten en nombres escritos, y se produce una ceguera brutal, una compresión, una limitación de la libertad derivada del hecho de que la propia estrategia de liberación se ha vuelto demasiado exitosa.

Continuamos esta línea especulativa con un pasaje desde The time falling bodies take to light de William Irwin Thompson, y que toca temas similares:

A medida que las actividades de los hombres se hacían más insignificantes y las actividades de las mujeres producían más riqueza, más se veían atraidos algunos hombres a robar, mientras que otros se veían más atraidos a defender las nuevas acquisiciones. Los hombres descubrieron otra forma de juntarse y nació la guerra. No fue debido a la presión ecológica o a falta de proteínas, como ha afirmado el antropólogo Marvin Harris; la violencia institucionalizada (…) fue el lado oscuro de la revolución neolítica.

Es ingenuo tomar siempre las cosas negativas como causa de la conducta negativa; en las enantidromías de la historia tenemos que comprender que, incluso un cambio positivo, proyecta una sombra. Necesitamos comprender que la excelencia única de una cosa es a la vez su trágico defecto. La recolección de cereales produce riqueza e incrementa la distancia cultural entre hombres y mujeres, y ambos fenómenos han probado ser muy peligrosos.

Y la rematamos con la sugerente descripción de A.A.Attanasio desde esta breve pieza titulada “Creative Writing Is a Yinsane Asylum”:

El protocuneiforme sumerio, la escritura más antigua, no se ajusta a la sintaxis del lenguaje de las narrativas, sino que más bien sirve para generar listas e inventarios de propiedades e impuestos. «Las listas son una forma de histeria cultural», comenta el escritor de ficción Don De Lillo. La misma élite dominante que acorraló a la gente en un laberinto de calles y muros en Uruk, los mismos sacerdotes-hechiceros que paralizaron el tiempo con su sistema sexagesimal —base-60— de magia, los mismos acumuladores de grano de la antigua Mesopotamia que inventaron la banca, los recibos y los impuestos, dieron origen al delirio del toma y daca que ha barrido el mundo —y que arrastra a nuestra especie hacia el olvido y la extinción.

La gente está muriendo debido a este delirio en la misma tierra que originó esta locura hace 5000 años. El valle de las primeras ciudades, donde el tiempo se convirtió en dinero, es hoy una zona de guerra, y la gente se está matando entre sí en una competición por el control y la coherción que empezó con la civilización. Esta es la prueba factual de que la escritura —toda la escritura: listas, catálogos, no-ficción, poesía y ficción— se lleva a cabo no con tinta, sino con sangre humana.

El argumento de que la génesis de las sociedades jerárquicas es pareja al alza de las culturas literarias lo hizo también, por ejemplo, Leonard Shlein en su El alfabeto contra la diosa. Otro estupendo libro que también cuenta con traducción al castellano, La magia de los sentidos de David Abram, expande el arco de influencia de este vector cultural a la esfera de la crisis medioambiental; desde esta entrevista, nos cuenta Abram:

(…) sólo cuando el alfabeto se instala en una cultura, cuando llega el alfabeto fonético, sólo entonces esa cultura genera la extraña noción de que el lenguaje es una propiedad o una posesión exclusivamente humana: el resto de la tierra enmudece. Esto es algo que no se experimenta en culturas Orientales que trabajan con escrituras más ideográficas o icónicas. Ciertamente no sucede entre los Mayas, ni obviamente entre los Egipcios. Pero nuestro sistema de escritura no sólo impacta poderosamente en la experiencia de nuestra propia subjetividad, sino que impacta profundamente en nuestra experiencia de la sensualidad de nuestro entorno. Tanto es así que yo diría que el alfabeto ha jugado un muy crucial papel en la agudización de la crisis ambiental —la crisis ecológica que hoy en día nos rodea.

«Este mecanismo de amarre», continúa McKenna en el texto citado más arriba,

ha estado en marcha a través de la evolución del lenguaje, de la evolución del chamanismo. En la actualidad hemos llegado a un punto ciego similar que tiene que ver con el desmoronamiento del pensamiento analítico y el racionalismo. [Éstos] nos han conducido a un dominio prácticamente completo de la materia inerte; pero, cuando se ven empujados hacia el área de influencia de la cuántica, provocan repentinas contradicciones que se multiplican y que fuerzan a los investigadores a contemplar conclusiones imposibles; lo cual significa que el racionalismo ha alcanzado su límite.

En este contexto y desde otra conferencia, McKenna interpreta la disolución de la cultura literaria tradicional por parte de la cultura audiovisual contemporánea como un interín hacia otra estado:

Los joviales escenarios de los constructores de mitos de Hollywood serán de hecho poco confortables cuando empecemos a vislumbrar lo realmente “alienígenas” que somos , y cuán alienígenas podemos llegar a ser. Esto se debe a que estamos distanciándonos del nexo con el racionalismo y la geometría creado por la imprenta y que llamamos “espacio público”. Vino a la existencia hace unos 500 años, y va a ir disolviéndose [en los próximos]. Y donde todo ésto nos va llevar es a los dominios de la Imaginación, sin ser ésta claramente ni pública ni privada, pero sí intensamente numinosa.

El problema con todo esto: existe la tentación de entender narrativas como las de McKenna de forma excesivamente literal, asumiendo de forma pasiva esta narrativa de deriva hacia un “nuevo paradigma” de reintroducción extática de las formas de consciencia pre-lingüísticas, “chamánicas”, sin reconocer que estas categorías son en buena parte creaciones y proyecciones de la mente occidental ─lo cual ciertamente se ha criticado en el caso concreto de McKenna.

En ese sentido, advierte Daniel C. Noel en The Soul of Shamanism:

Para los [seekers] modernos un libro (…) puede ser el mejor “tambor chamánico” para inducir un vuelo a los cielos (…) o al inframundo ─incluso si el acto de leer no puede replicar las técnicas arcaicas adscritas al chamanismo. Los pocos occidentales que han participado en chamanismos tribales han dado cuenta de experiencias que parecen derribar nuestras confortables categorías. (…) Sin embargo, la lectura no se reconoce por lo general como un acto de imaginamiento que puede ser chamánico para cualquiera de nosotros ─una vez es entendido y honrado como tal.

En otras palabras: no podemos huir del hecho de que nuestra introducción a este tipo de conocimiento pre-literario viene mediado en gran medida por una cultura literaria: no podemos evitar, pues, esta contradicción. Estas lecturas pueden volverse por tanto “guías” inconscientemente literalizadas:

Negar esto parece ser una suerte de ceguera voluntaria en torno a esta opción espiritual exótica, que puede entenderse más bien como el reflejo de una condición cultural [propia]: (…) el deseo de encontrar una fe satisfactoria. (…) Un libro leído de forma inconsciente (…) nos transporta en una especie de “deriva semántica”. Sus evocaciones [pueden] seguir fórmulas narrativas convencionales y provocar una baja demanda de lectura consciente tanto al lector como al escritor.

Para Noel, pues, esta faceta hipersticiosa tiene sus reveses; pero, a la vez, supone un reto importante de nuestra época:

Con la ayuda de una psicología convenientemente sintonizada, [la deliteralización] de nuestras fantasías occidentales (…) puede conducirnos hacia las realidades imaginales, análogas a las que se encuentran en lo que hemos llamado “chamanismo”.

 

 

» leído en la web · 13 enero, 2015

Etiquetas psicodélicas

En la conferencia de título “The ethnobotany of shamanism” (transcripción PDF) Terence McKenna hace una observación al respecto de uno de los lugares comunes al referirse a sustancias psicoactivas:

El término psicodélico significa simplemente “que manifiesta la mente”, [y] esto me gusta porque es fenomenológicamente neutro. Algunas personas han intentado acuñar el término “enteógeno” (…) que significa “que induce a dios” ─y ésto en mi opinión arrastra una carga ideológica a la que quizás no querramos tragarnos.

Sin embargo, Jan Irvin se opone a esta idea de neutralidad en este ensayo ─en todo caso, remarca, él hablaría de “ambiguo” como un término «más apropiado». El tema central del ensayo de Irvin es que disposición, entorno y las expectativas creadas ante la experiencia ─en las cuales pueden influir el término (el lenguaje) que se utilice alrededor de las sustancias─ son tanto o más importantes que la sustancia en sí. A este respecto, cita un par de veces a Marlene Dobkin de Rios incidiendo en este mismo punto:

Las plantas alucinógenas parecen haber sido usadas por religiones regionales y líderes políticos para el control de áreas políticas, psicológicas y sociales usando el poder [desplegado] por los estados alterados de consciencia. Las sustancias psicodélicas (…) crean un estado de hipersugestibilidad en las cuales las personas están muy abiertas a ser influenciados por otros. Varias culturas tradicionales han usado ésto para inculcar los valores culturales y las conductas de los jóvenes al recibir su iniciación en el mundo adulto.

Incluso en sociedades modernas no religiosas ─o que al menos se ven a sí mismas de ese modo─ este tipo de ideas y expectativas inconscientes pueden ser negativas para la subcultura psicodélica. Así lo señala James Kent desde su Psychedelic Information Theory (disponible online de forma gratuita) y que conecta con la ambigüedad señalada por Irvin:

En el ámbito cultural los psicodélicos (…) pueden ser un catalizador para la innovación y la expresión creativa. Más allá de esto, su valor es ambiguo. Podrían discutirse algunos debates en este área, como el que apunta a que Francis Crick concibió la estructura espiral del ADN tras ingerir LSD, o que el LSD ayudó a Kary Mullis a imaginar el proceso de la PCR ─lo cual le supuso el premio Nobel de genética.

Un argumento en contra sería el de que tanto Crick como Mullis estudiaron biología molecular durante años tratando de desenmarañar estos mismos problemas; no puede atribuirse a la LSD ningún crédito más allá de ayudar a Crick y a Mullis a organizar sus pensamientos de una nueva forma.

Podemos señalar sus grandes descubrimientos como ejemplos de información psicodélica, pero tan sólo una pequeña fracción de toda la información psicodélica puede adjudicarse este nivel de importancia. Aún peor: la información psicodélica que dice ser importante para toda la especie pero acaba siendo errónea adquiere un valor cultural negativo y diluye el grueso de la misma, conviertiéndose en la práctica en algo estadísticamente irrelevante.

 

 

» leído en la biblioteca · 10 diciembre, 2014

Nombres bárbaros de evocación

Turn off your mind de Gary Lachman contiene una interesante discusión acerca de las conexiones entre la obra de Crowley y H.P. Lovecraft. La parte final de la misma solapa con algunas líneas de exploración de este blog, referidas a la subversión del lenguaje o a la faceta hipersticiosa de la cultura popular:

Existe sin embargo una conexión Lovecraft-Crowley que resulta muy sugerente, y cuyo significado se extiende más allá del trabajo del escritor y el mago. Un método para atraer a las entidades sobrenaturales emplea el uso de los “nombres bárbaros de evocación”. La potencia de estos nombres bárbaros radica en el hecho de que son ininteligibles para la mente consciente. El “sinsentido” es una potente herramienta para estimular la aparición de estados alterados de consciencia, como han sabido los magos a lo largo de la historia: desde los antiguos magos de Oriente Próximo, a André Bretón y los surrealistas o los maestros Zen que preguntan sobre el sonido de una sola mano. La no-palabra “abracadabra”, la cual asociamos con la predistigitación y con el “hocus-pocus” (otro ejemplo) son nombres bárbaros que han pasado al uso general. Es probable que la palabra inglesa para designar sinsentidos, “gibberish”, provenga de la obra de un alquimista del siglo VIII, Geber (…)

Pero la potencia de los nombres bárbaros no se limita a los antiguos alquimistas. John Lennon sabía mucho sobre ellos, y los utilizó en varias canciones como en “I am the Walrus” con “goo ga joob” y en “Come together” con “toe jam footbal” o “spinal cracker” (otros exponentes más tardíos fueron Los Ramones con “Gabba Gabba Hey”). Antes de Lennon, escritores beat como Allen Ginsberg y William Burroughs usaron variaciones sobre estos nombres bárbaros para conseguir sus propios y particulares efectos: los largos y jadeantes cánticos de Ginsberg arrullan a la mente crítica y consciente hasta dormirla, mientras que los “cut-ups” de Burroughs son un método exitoso para «exterminar todo pensamiento racional». La palabra medieval para los conjuros mágicos, goetia, significa “aullar” ─igual que el título poema más famoso de Ginsberg.

En [el ritual] “Liber Samekh” (…) Crowley provee de varios ejemplos de algunos de estos nombres bárbaros. “Phalartao”, “Athorebalo”, “Sotou” y “Arogogoruabrao” no están muy lejos de los acuñados por Lovecraft, como Nyarlathotep y Yog-Sothoth. Los nombres bárbaros de Crowley pueden ser efectivos; he conocido “magos” que han llevado a cabo este ritual y dan fe de su potencia, y si el lector tiene alguna duda, puede probar a cantar repetidamente “Arogogoruabrao” en una habitación iluminada por velas y llena de incienso.

Un último pensamiento para ponderar, y siguiendo esta misma línea: ¿podría haber contribuído al proceso de hipnosis global por parte de la cultura popular anglosajona el hecho de que la gran mayoría de los hipnotizados no entendiese el significado de un idioma extranjero, viéndose por tanto sumidas sus mentes en una especie de esfera mántrica de estribillos pegadizos?

 

 

» visto en la web · 8 diciembre, 2014

Suerte, chamanismo, brujería

Tenemos en esta conferencia de título “Guerrilla Psychonautics” otra interesante pieza en nuestro proceso de deconstrucción del (neo)chamanismo. En esta ocasión, Neil Kramer nos informa acerca del orígen de un vocablo ampliamente utilizado en la literatura anglosajona al respecto: “sorcery” o “sorcerer”:

En el túnel de realidad consensual, [sorcery] puede sugerir poderes sobrenaturales negativos, magia negra o malas intenciones. La palabra [sorcery] viene del latín “sors”, que significa destino u oráculo, o las palabras de un oráculo. El complejo de memes asociados con las prácticas de [sorcery] son un resíduo del exterminio masivo de los practicantes de la espiritualidad indígena en Europa por parte de la Iglesia Católica durante los siglos XV a XVII.

Quizás el hecho de que no dispongamos en castellano de una palabra asociada a dicho significado pueda deberse a dicha influencia del catolicismo. Y, si bien no presuponemos una interpretación ingénua del término, reconocemos a la vez que la imaginería cultural a la que va asociada opera inconscientemente sobre nosotros y puede tener más fuerza de la que pensamos.

No hemos traducido “sorcery” como “brujería” o “hechicería” ─como se hace habitualmente─, para no incurrir pues de nuevo en esta deformación semántica. Al parecer, “sorcerer” deriva del latín vulgar “sortiarius”: «alguien que influye en el destino o en la fortuna». Palabras derivadas de “sors” en castellano incluyen “suerte” o “sortilegio” ─esta última, literalmente, “lectura de la suerte”. En este sentido, Kramer continúa refiriéndose a las tendencias proyectivas y exotistas de buena parte del movimiento neochamánico:

Cuando decimos “chamanismo” quizás imaginamos personas en Perú, en Siberia o en contextos de los indígenas americanos, y esto no es necesariamente así: esto es una interpretación popular moderna. Yo diría que el “chamanismo” es indígena de cada país, de cada continente, y ese impulso chamánico ocurre naturalmente en todos nosotros.

“Sorcery” aparece entonces como concepto cosmológico y filosófico, como una vía hacia la fusión con el propio destino, como pudiera buscarse también ─dentro del marco cultural oriental─ en el taoísmo o, sin ir más lejos, en el epicureísmo de la época helenística.

 

 

» leído en la biblioteca · 4 diciembre, 2014

Microagresiones onirófobas

O algo así. Otro extracto desde The soul of shamanism, de Daniel C. Noel:

Al acordarnos de un sueño solemos decir: «anoche tuve un sueño». Y así, con una inocente frase reducimos y tomamos posesión de algo que nos tuvo a nosotros. Pues sabemos que cuando soñamos estamos en el sueño, que nos rodea, y no al contrario. ¿Es entonces esta forma de hablar ya una resistencia, una defensa inicial ante la realidad del sueño? ¿Es el equivalente verbal a la cafeína con la que, cada mañana, pulverizamos las imágenes del sueño en preparación para un día de trabajo en el mundo compartido de Occidente, que no quiere tener nada que ver con el otro mundo, el inframundo, en el que los sueños suceden?

 

 

» leído en la biblioteca · 2 noviembre, 2014

La conspiración del lenguaje y el dadaísmo

¿Hasta qué punto puede concebirse la dinámica del poder con una deriva lingüística? Paul Feyerabend reflexiona acerca de esta cuestión en Tratado contra el método, a la vez situando en este contexto al dadaísmo, el movimiento artístico que fue precursor inmediato del surrealismo:

Supongamos que destrozamos el lenguaje y vivimos durante horas, días y semanas en un mundo de ruidos cacofónicos, palabras mezcladas al azar, sucesos absurdos. Después de esta preparación uno se sienta y escribe: «El gato está sobre la alfombra». Esta frase sencilla, que normalmente nosotros decimos sin pensar, como máquinas parlantes, aparece de pronto como la creación del mundo ─y Dios dijo: «¡Hágase la luz!, y la luz se hizo».

Nadie ha entendido tan bien como los dadaístas el milagro del lenguaje y del pensamiento, pues nadie ha sido capaz de imaginar —ni de crear, claro está— un mundo en el que no desempeñaran ningún papel. Después de haber descubierto la naturaleza de un orden vivo, de una razón que no era sólo mecánica, los dadaístas fueron también los primeros en descubrir la decadencia de este orden hasta convertirse en rutina. Diagnosticaron de la manera más efectiva la degradación del lenguaje que precedió a la Primera Guerra Mundial y que creó la mentalidad que hizo posible aquel acontecimiento.

Después de este diagnóstico, los ejercicios dadaístas adoptaron un significado más sombrío: pusieron al descubierto la temible semejanza entre el lenguaje de los accionistas principales de lo «importante», el lenguaje de los filósofos, de los políticos y los teólogos y la pura inarticulación animal. El elogio del honor, del patriotismo, de la verdad, del racionalismo que llena nuestras escuelas, nuestras cátedras y nuestras asambleas políticas se convierte, inadvertidamente, en esta inarticulación, por mucho que aparezca envuelto en un lenguaje literario y por mucho que se hayan esforzado sus autores en imitar el estilo de los clásicos (o lo que ellos creen que sus lectores consideran como tal).

El dadaísmo se convierte en un test práctico, en una especie de piedra de toque para el descubrimiento de absurdos y simulacros. No los supera —al fin y al cabo, la gente tiene derecho a farolear—, pero sí los saca a la luz.

 

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