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john gray

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» leído en la biblioteca, leído en la web · 16 marzo, 2015

Repensando “la” tecnología y su neutralidad

John Michael Greer señala en esta entrada de su blog las consecuencias de nuestra inercia a la hora de discutir el mundo en términos abstractos. Al respecto de los discursos reduccionistas acerca de “la” tecnología apunta:

La noción de que la tecnología la compone tan solo una entidad monolítica es una mistificación conveniente, que se usa para ocultar el hecho de que nuestra sociedad, como tantas otras, selecciona y escoge de entre varias opciones tecnológicas existentes, implementando algunas e ignorando otras. (…) [esta mistificación] sirve a un propósito social necesario en una cultura donde hablar de las metas y valores de tecnologías específicas es tabú (…) El frecuentemente repetido argumento de que “la tecnología es neutral” es un necio sinsentido, pero mientras sigamos conceptualizando nuestras herramientas y técnicas como una sola cosa llamada “tecnología”, es también un sinsentido plausible. En realidad, por supuesto, las tecnologías encarnan individualmente los valores y las metas de sus diseñadores, y son seleccionadas por los usuarios en base a la relación de la tecnología con ciertos valores y ciertas metas. Obsérvese el conjunto de tecnologías que una persona o cultura utiliza y obsérvense las metas que persiguen. Esto es inmencionable en nuestra cultura, entre otras razones, porque los valores y metas que nuestras tecnologías revelan están muy lejos de los que dicen perseguir.

Esta crítica al argumento de la neutralidad de la tecnología lo desarrolla un poco más Jerry Mander en esta entrevista:

[El argumento de que la tecnología no es inherentemente buena o mala, sino que es el uso que se le da lo que importa] es la mayor homilía de nuestro tiempo. Y es un error muy serio. La idea de que la tecnología es neutral ─de que no tiene características sociales, políticas o ambientales─ es realmente peligrosa. Considérense la energía nuclear y la energía solar. Ambas son formas de energía, pero tienen efectos completamente diferentes en el sistema. La energía nuclear es una tecnología inherentemente centralizada, que requiere instituciones industriales y militares centralizadas. Nadie sabe qué hacer con los 250,000 años de resíduos peligrosos. Si simplemente juzgásemos la energía en términos de quien la usa, sería como decir: «Bien, si se junta un grupo de buena gente y se ponen a dirigir la industria energética nuclear, no será necesario salvaguardar los resíduos durante 250,000 años». Estas cosas son intrínsecas a la tecnología. No es una cuestión de si la manejan buenas personas. La tecnología solar es todo lo opuesto: es inherentemente localizada. Un par de personas pueden ponerla en marcha fácilmente, no es cara de usar, la comunidad puede usarla sin tener que conectarse a la red y no tiene efectos negativos duraderos.

Para John Gray las fuerzas que impulsan el desarrollo tecnológico son viejas conocidas de una cualidad más pedestre que las que se invocan en discursos tecnolátricos. Desde Contra el progreso y otras ilusiones:

No es la ciencia la que impulsa la historia, sino la historia la que impulsa la ciencia. Puede que los científicos puros hayan desarrollado la física nuclear, pero la fisión nuclear llegó a materializarse porque fue un subproducto de la guerra. Lo mismo ocurre con muchos de los avances obtenidos en la tecnología de radar, en medicina y en otros campos: fueron generados por las necesidades urgentes del conflicto militar, y su desarrollo posterior vino determinado pro las fuerzas económicas. Las nuevas biotecnologías no serán distintas. En el futuro, como en el pasado, el desarrollo de la ciencia y la tecnología lo guiará la rentabilidad.

Sin dejarse llevar por discursos condenatorios que bien podrían interpretarse como regurgitaciones de un deseo apocalíptico inconsciente mal digerido, la postura expuesta por Jorge Riechmann en Gente que no quiere viajar a Marte es llamativa precisamente por su sobriedad:

(…) no hay datos brutos, sino que toda observación está cargada teóricamente. Lo que percibimos depende tanto de las impresiones sensibles como del conocimiento previo, las expectativas, los prejuicios y el estado interno general del observador. De estas constataciones sobre límites [cabe extraer] no una conclusión escéptica, sino un importante mensaje de modestia y auto-limitación. No hay que pedir peras al olmo científico-tecnológico. Este es un árbol potente y capaz, pero dentro de sus propios límites. La ciencia es falible: cualquier información sobre el mundo que nos proporcione será siempre imperfecta y mejorable. No cabe aspirar a una ciencia perfecta (…) el mapa nunca llegará a coincidir con el territorio. (…) El criterio de evaluación último se halla en la práctica (…) Será el encuentro con lo real en la acción ─la puesta en marcha de nuestros modelos y teorías─ lo que en definitiva nos permitirá evaluar la adecuación teorética de nuestro conocimiento.

 

 

» leído en la biblioteca · 18 febrero, 2015

Occidente

John Gray llama la atención sobre otro fetiche lingüístico empleado a menudo en el mundo de lo heterodoxo, a partir del cual se crea muchas veces una categoría rígida producto de la simple inercia. Desde su Misa negra: la religión apocalíptica y la muerte de la utopía:

Obviamente, “Occidente” no tiene un significado fijo y determinado. Sus límites varían en función de los cambios culturales y de los acontecimientos geopolíticos. Hay quienes piensan que el mundo medieval fue una auténtica síntesis del conjunto de la civilización occidental, pero cuando se concibe “Occidente” de ese modo, se pasa por alto el legado del politeísmo pagano, el teatro trágico, la filosofía griega, las lamentaciones de Job, la herencia de Roma y la ciencia islámica. Durante la Guerra Fría, también se decía que los países del bloque soviético se hallaban fuera del ámbito de Occidente o se oponían incluso a éste, pese a que sus gobiernos estaban adheridos a una ideología occidental. Posteriormente, se esperaba que la Rusia poscomunista entrase a formar parte de “Occidente”, aun cuando había rechazado esa anterior ideología y había retomado una identidad más antigua en la que el cristianismo ortodoxo antioccidental desempeñaba un papel de suma importancia. Actualmente, “Occidente” se define a sí mismo conforme a los términos de la democracia liberal y los derechos humanos. Con ello se da a entender que los movimientos totalitarios del pasado siglo no formaban parte de Occidente. Pero, en realidad, dichos movimientos reinstauraron algunas de las más antiguas tradiciones occidentales.

Dejando de lado las definiciones geopolíticas y desde el punto de vista filosófico,

Si hay algo que define a “Occidente” es el empeño en buscar la salvación a través de la historia. Es esa teología histórica (o creencia en que la historia tiene una finalidad o un objetivo inherente), más que las tradiciones de la democracia y la tolerancia, la que distingue a la civilización occidental de todas las demás. Ahora bien, esto, por sí solo, no genera el terror masivo; se necesitan otras condiciones previas (como la desarticulación social a gran escala) para que algo así pueda producirse. Los crímenes del siglo xx no fueron inevitables. Implicaron toda suerte de casualidades y de decisiones individuales. Tampoco el asesinato en masa es un hecho privativo de Occidente. Lo que sí es único de Occidente es la influencia formativa que aquí tiene la fe en que la violencia puede salvar al mundo.

Contextualizando este discurso ─influido por el trabajo de Norman Cohn─ en la coyuntura política actual, apunta Gray que

El terror totalitario del siglo pasado formó parte de un proyecto occidental que aspiraba a tomar la historia por asalto. El siglo XXI comenzó con un nuevo intento de llevar a la práctica dicho proyecto, cuando la derecha desplazó a la izquierda como vehículo del cambio revolucionario.

Sobre este contagio de subtextos mitológicos y culturales en los discursos políticos barruntábamos en nuestro manifiesto revolucionario gilipollesco, texto el cual tampoco debería leerse como algo excesivamente serio. Hemos visto también cómo el movimiento de salida de la historia ─casi siempre tomando una dirección vertical─ es básico en la concepción del chamanismo en Occidente, y por lo tanto en su sistema de símbolos. Un poco más adelante analizaremos esta construcción lineal del tiempo en clave mitológica.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 28 diciembre, 2014

La revolución gilipollas: anti-contra-ultra-manifiesto para mentes malpensantes

Los humanos viven a través de sus mitos mientras padecen sus realidades.
─Robert Anton Wilson

En este día de los Santos Inocentes escribimos reconociendo nuestra procedencia de familias de “clase media” ─asalariados estatales capital-provincianos actualmente precarizados y no-rentistas sería más exacto─ y abrazando las contradicciones de disponer en nuestras líneas familiares 1) variopintas posturas ideológicas que van desde el experimento comunista-feminista de la Guerra Civil Española al casposillo nacionalcatolicismo más tradicional y 2) también variados ejemplos de movilidad social: pastores venidos a médicos, ingenieros reconvertidos en habituales de la venta itinerante en mercadillos gitanostyle, etcétera (algún ex-adepto de la Igle$ia de la Cienciología también). Finalmente, una cosa más: también reconocemos ser malpensados por naturaleza. De todo esto se seguirá la nada despreciable empanada mental que constituye el cuerpo de esta entrada, la cual no debería ser tomada demasiado en serio y que sólo refleja nuestra ignorancia más abyecta ─y con esto último, posiblemente, una falsa humildad en busca del aplauso.

Empezamos. Nos llamó en su día la atención este fragmento del texto de Don Lindyhomer en El butano popular:

La izquierda tradicional, pensando que el pensamiento mítico es sólo una cosa que le pasa a los curas, sigue atrapada en el imaginario de la revolución heroica de la modernidad, ignorando que la sociedad, desencantada por las promesas incumplidas de la revolución, ha acogido un retorno al sentimiento trágico dionísiaco, y la esperanza del pillo que no puede cortar la cabeza del rey, pero tal vez sí su talón de Aquiles. Sobre estas nuevas estructuras simbólicas se está construyendo un nuevo decorado mítico, incomprensible para nuestros adictos al imaginario de la Ilustración. Otra revolución les pasa inadvertida porque directamente les resulta inconcebible. Son los que ora se lamentan por una anecdótica comisión de biodanza, ora se rasgan las vestiduras por no pasar a la acción violenta sistemática, ora creen haber desmontado una cúpula de Anonymous.

De forma irónica rememora también en su blog Manuel Delgado Ruiz otra anécdota similar que ilustraría esta dinámica:

no me quito de la cabeza lo que quienes nos autodenominamos Frente Culé en la acampada de Plaça de Catalunya tuvimos que soportar en nuestra defensa de que la lucha política era del todo compatible con ver y celebrar luego la victoria del Barça en la Eurocopa.

(Aclaramos que a nosotros, siendo como hemos sido niños de extremada torpeza motora, no nos gusta el fútbol). Bien. Extraeremos en lo sucesivo más fragmentos de la entrada de Delgado, pues los paralelismos que establece entre la contracultura importada desde los EEUU y el puritanismo religioso de acullá es ciertamente fascinante. Sobre esta importación puritana reflexionaba Hernán Migoya en esta entrevista que le hicieron en La paz mundial:

Es cierto que la izquierda está estos últimos años como atontada, porque ha adoptado todos los tics y estigmas estadounidenses de lo políticamente correcto, algo que no comprendo, siendo como son nuestros izquierdistas tan antiestadounidenses. En cambio, la derecha, como en España siempre ha sido campechana, rural y garrula, pues puedes decir más brutalidades y nadie se rasga las vestiduras, paradójicamente. Es como llegar al sitio correcto por el lugar equivocado (…) Cada vez estoy más convencido de que no hay diferencias reales entre la izquierda y la derecha españolas. Ambos extremos conciben al pueblo como entes diferentes, igualmente irreales pero manipulables, y dicen desear cosas diferentes: pero el atavismo en ambos bandos, su motor, me parece el mismo, una compulsión mamada en este país durante siglos, que es la de reprimir, perseguir, insultar, enjuiciar y torturar hasta la muerte. Nos encanta criticar, sentenciar y condenar al que intenta salirse de la mediocridad colectiva. En España el pueblo ─esa entelequia que a mí me provoca arcadas porque, si existe como tal, tenemos el pueblo más infame, sinvergüenza y corrupto de Europa─ siempre gana, como la Banca. Y las raíces de nuestra izquierda y derecha son totalitarias: ambos bandos provienen en su origen de la admiración hacia dictadores.

Este amor por los mesías nos recuerda a aquello otro que mencionaba Antonio Escohotado en esta entrevista en Jot down:

El mesianismo es algo que tiene un pie en la consciencia y otro en la inconsciencia, es un arquetipo universal. El Mesías es el chivo expiatorio racionalizado y el chivo expiatorio está tan conectado con nuestro sistema nervioso como la tendencia humana a desplazar el mal de un lado a otro, la transferencia del mal.

En esta otra entrada de The archdruid report John Michael Greer analiza el fenómeno mesiánico y su relación con las ideologías:

(…) las ideologías se han convertido en el modo dominante del pensamiento social occidental; la idea religiosa de la salvación obtenida a través de la creencia en el dogma correcto se secularizó transformándose en la asunción de que el hombre adecuado, valiéndose del plan adecuado, pondría fin a todos los males de la sociedad (…) una y otra vez, [sin embargo], confiar en una ideología para responder a la realidad [suele ser] la receta para los más lamentables fracasos (…) En la actualidad, por supuesto, los nuevos proveedores de ideologías insisten en que su ideología es diferente porque es la correcta, del mismo modo que los promotores de antiguas ideologías insistían en que la situación era diferente y que los errores del pasado no importaban (…) El hábito de apoyarse en una ideología (…) proviene del lenguaje de la tragedia, en la cual los grandes héroes arriesgan todo y a sí mismos en pos de un ideal. Esto, por supuesto, es campo fértil para el drama y las grandes obras literarias. Pero, dado que los héroes trágicos suelen morir, y con no poca frecuencia suelen arrastrar consigo todo lo que les importa, ¡quizás no sean el mejor modelo para el cambio constructivo!

En un tono más cáustico pero en la misma línea, reflexiona John Gray en Perros de Paja:

Aquellos para quienes la vida significa acción, perciben el mundo como un escenario sobre el que representar sus sueños. En los últimos cientos de años, la religión ha decaído, pero nosotros no hemos estado menos obsesionados con la idea de imprimir un sentido humano a las cosas. La actitud dominante ante la vida ha sido un idealismo secular de escasa enjudia, gracias al cual el mundo ha pasado a ser considerado algo que había que rehacer a nuestra propia imagen. La idea de que el objetivo de la vida no es la acción, sino la contemplación, ha desaparecido casi por completo. Quienes se esfuerzan en cambiar el mundo se ven a sí mismos como figuras nobles, incluso trágicas. Pero la mayoría de los que trabajan en la mejora del mundo no son rebeldes luchando contra el orden establecido. Buscan consuelo para una verdad que su debilidad no les permite soportar. En el fondo, su fe en que el mundo puede ser transformado a través de la voluntad humana es una negación de su propia mortalidad.

Trazando un arco más amplio e inclusivo, Morris Berman propone en Una historia de la consciencia el orígen de la figura del héroe trágico ─junto con los hábitos perceptivos de nuestro sistema nervioso que menciona Escohotado─ al inicio de la agricultura misma:

lo que la civilización (agrícola) consiguió fue desencantar el mundo en un sentido periférico y luego reencarnarlo en un sentido focalizado o centralizado. La [consciencia] vertical finalmente avasalló y reemplazó a la horizontal (…) en particular, en el trance unitivo, la [consciencia] (…) es erradicada del entorno y luego canalizada dentro de ciertas experiencias específicas miradas ahora como normas culturales: el amor romántico (que no existe entre los cazadores-recolectores), el heroísmo (las leyendas arturianas, la búsqueda del Grial) y la necesidad de ir a la guerra: (…) la guerra es crónicamente irresistible para la civilización porque provee situaciones de numinosa intensidad, de modo que uno se siente “vivo”, ligado al universo.

Aclaremos que Berman no aboga por un retorno al paleolítico ni por una instauración masiva de la “consciencia horizontal”, ni por otro lado desdeña por completo la vivencia del trance unitivo o de las “dimensiones transcendentes”. Más bien invita reflexionar sobre cómo en el fondo de toda la discusión ideológica contemporánea podría estar asentada desde hace milenios en hábitos de nuestra psique ─que conformarían un tipo específico de trance. Desde la subversión de estos hábitos psicológicos ─a los que podrían unirse los específicos de las culturas literarias─ donde podría entenderse el discurso en alza sobre la recuperación del chamanismo, aunque como hemos visto anteriormente con frecuencia éste sea un pastiche proveniente de la Nueva Era.

Acabamos volviendo al mismo texto de John Michael Greer mencionado más arriba, en donde propone que frente a la figura del héroe trágico una alternativa sería:

la inesperada posibilidad del héroe cómico. En la tradición literaria occidental, los héroes cómicos han sido a menudo personajes atolondrados, que irrumpen medio a ciegas en situaciones que no comprenden sin más intención que salir por el otro lado de una pieza (…) no son especialmente heróicos, y sus esfuerzos para ir tirando durante la crisis no inspiran la clase de atención reverencial que los defensores de los cambios sociales parecen echar en falta. Sin embargo, a diferencia de los héroes trágicos, frecuentemente llegan al otro lado de la historia, y no pocas veces acaban trayendo consigo al resto del reparto.

En esta línea pues, en magufoapocalipsis.com abrazamos sin fisuras la vía de la revolución gilipollas, aunque nuestro objetivo no es «traernos al resto del reparto» con nosotros. Rememorando pues aquello que decía Daniel Quinn de que «si el mundo va a ser salvado lo será no por mentes con nuevos programas, sino por nuevas mentes sin programa alguno» y en un ejercicio que no negamos sea en el fondo mero wishful thinkingla paradoja de la Nueva Era de nuevo─ desde nuestra posición relativamente privilegiada y acomodada, finalizamos este anti-contra-ultra-manifiesto con este pasaje de Alfredo M. Bonanno en El placer armado:

¿Alguna vez te has encontrado con un revolucionario que no tenga un proyecto revolucionario? ¿Un proyecto que está bien definido y presentado claramente a las masas? ¿Qué raza de revolucionario sería aquella que pretendiera destruir el esquema, la envoltura, el fundamento de la revolución? Golpeando los conceptos de cuantificación, clase, proyecto, modelo, misión histórica y otras antiguallas similares, uno podría correr el riesgo de no tener nada que hacer, de ser obligado a actuar en la realidad, modestamente como cualquier otro. Como millones de otros que están construyendo la revolución día a día sin esperar el signo de un fatal vencimiento de plazos. Y para hacer esto se necesita coraje. Con los esquemas y los juegos cuantitativos se está en lo ficticio, esto es, en el proyecto ilusorio de la revolución, una amplificación del espectáculo del capital; con la abolición de la ética productiva se entra directamente en la realidad revolucionaria.

Éstos son pues nuestros principios: si no les gustan tenemos otros.

 

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