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» leído en la web · 6 marzo, 2016

Revisando el paradigma clásico de las sincronicidades

Por aquí andamos últimamente muy interesados en el discurso de Erik Wargo ─aquí su blog, “The Nightshirt”─ sobre todo en lo concerniente al fenómeno de las sincronicidades y a la conceptualización de las mismas. Dada la importancia capital de Jung en el establecimiento del concepto y las sombras de autoritarismo platónico que rodean su obra ─en 1928 escribiría que «la vasta mayoría de la humanidad necesita de autoridad, guía y ley»─ es reconfortante que alguien cuestione el corsé filosófico desde el que por lo general se entiende el fenómeno. Sintetizaremos rudimentariamente el argumento de Wargo usando como referencia dos entradas (1, 2) de su blog.

Resumiendo: «Jung y Platón deben morir para que las facultades psi puedan vivir». O expandiendo un poco más el argumento: «no sólo las sincronicidades sino los arquetipos y las formas ideales son ilusiones causadas por nuestra incapacidad de reconocer el modo verdaderamente ‘cienciaficcional’ en el que los bucles temporales de información/emoción pueden intensificar la potencia de eventos y símbolos confluyentes en nuestras vidas, así como el rol que nosotros mismos jugamos en dicho proceso».

En otras palabras: el argumento de Wargo estaría desplazando concéntricamente ─hacia un orígen endógeno─, a una cosmovisión exógena irradiada por cierto atractor cultural identificado por diversos críticos; entre ellos se encuentra, por ejemplo, Antonio Escohotado, quien lo denominará en su ensayo “Ciencia y cientismo” (enlace) como “la construcción cientista”, la cual

arranca con Galileo y Descartes, y obtiene su primera forma acabada algo más tarde, gracias al genio de Newton. Es en principio fiel al puro criterio experimental de Bacon, con su propuesta de centrarse en la inducción, aunque procede mediante geometría y experimentos mentales, orientados a mostrar que la naturaleza es “reductible a leyes matemáticas”. Unido al absolutismo metafísico, político y religioso, del que toma una rígida separación entre material e inmaterial, el ideario cientista se lanza a una redefinición cosmológica apoyada sobre tres conceptos desconocidos por completo hasta entonces: 1) una materia rigurosamente pasiva (“masa inercial”); 2) traída y llevada por vectores inmateriales (“fuerzas matemáticas”); 3) cuyo movimiento resulta previsible con exactitud (calculándolo a partir de sus condiciones iniciales).

Estas son las ideas que podrían estar influyendo en la concepción del “principio conector acausal” de Jung ─quien, no olvidemos, estuvo obsesionado por que sus ideas fuesen respetables ante la ortodoxia científica de su época─, e incluso otros constructos posteriores que también se han relacionado con las sincronicidades como el del “orden implicado” de David Bohm. En un giro que podríamos considerar como un ejemplo de lo que anteriormente nos referíamos como “la paradoja animista del protestantismo”, Wargo propone el pensamiento de Philip K. Dick como narrativa alternativa acerca del fenómeno:

[PKD] sugirió que las sincronicidades ocurren porque en el futuro nos hallamos viajando en el tiempo, cultivando nuestro propio desarrollo; que nuestra consciencia expandida tiene el poder de “dirigir el escenario” no porque una deidad de barba blanca sentada sobre una nube se incline y juegue con nosotros como si fuésemos piezas del ajedrez, sino debido a la propia naturaleza del tiempo. Las coincidencias podrían ser el producto de alteraciones temporales: de nuestras propias alteraciones temporales en el futuro.

«Los bucles de retroalimentación temporales», especula Wargo, «podrían estar amplificando el significado personal de las formaciones simbólicas, las cuales, debido a nuestra incapacidad de reconocer los fenómenos psi, se aparecen como objetivas o externas ante nosotros».

Este desplazamiento de las sincronicidades desde las esferas celestes al cuerpo lleva a Wargo a rastrear la cualidad sensorial, fenomenológica, de las mismas: las describe como «momentos transitorios de claridad y de presencia fuera y más allá de la imaginación». Estos momentos de trance, señala además, son susceptibles de ser diseñados ─«cosechar el espacio-tiempo para inducir sensaciones de presencia probablemente se remonta a los orígenes mismos de la religión»─ y desde aquí podríamos leerlos como el incienso de las nuevas catedrales audiovisuales:

Incontables críticos culturales han señalado la naturaleza cercana a las drogas de los medios electrónicos y visuales, y ésto no es simplemente una función de la función de estimulación dopamínica provocada por el movimiento y los cortes rápidos. Incluso la actuación es una especie de “efecto especial chamánico”: una persona que asume la personalidad de alguien más ─un héroe o un espíritu o un Dios o incluso Papá Noel─ es una transformación asombrosa para un niño; también provoca algo de asombro a un adulto el ver una celebridad del cine o de la TV en la vida real: una disonancia cognitiva moderadamente placentera, a la que seguramente se deba nuestra fascinación con las celebridades.

El texto establece un paralelismo entre esta inducción de sincronicidades y la astroteología ─la ingeniería de lugares sagrados rituales/escenarios del tipo de Stonehenge como artefactos en los que sincronizar con eventos anómalos de los astros─, el cual ofrece ciertamente lecturas sugerentes del “star-system” del mundo de la cinematografía. También examina temas recurrente de este blog ─el de la dinámica succionadora de las imágenes o el del arte como portador de determinadas dinámicas psicocorporales─ a través del ejemplo la invención de la perspectiva y su relación con la configuración del campo de percepciones actual:

Trabajos tempranos en el campo de la psicología perceptual mostraron que contemplar cosas a través de agujeros influye en la experiencia de visualización, engañando a los sistemas mental y visual a creer en la veracidad de las escenas contempladas de forma más poderosa que si se viesen en condiciones más típicas y más libres de trabas. (…) El modelo conceptual implícito de la perspectiva ─rayos de luz entrando a un espacio cerebral privado a través de los ojos─ informó a la psicología y la filosofía europea moderna, amarradas al ego y al “centrado del sujeto”.

Llegados hasta este punto, y si como Wargo menciona «las sincronicidades son, en cierto sentido, el placer solitario definitivo», cabría reflexionar acerca de la tensión paradójica entre una deriva cultural y tecnológica que nos arrastra a lugares de un solipsismo cada vez más acusado ─siendo la realidad virtual el próximo paroxismo de esta tendencia hasta que, como apunta Wargo, nos habituemos a ella y necesitemos de un estímulo todavía más fuerte. A la vez, la participación en este juego de abalorios que es Internet ─de algún modo, un artefacto de sincronización de la materia de proporciones “noosféricas”─ estaría llevando a habituarse a nuestro campo sensorial (o al menos a una parte del mismo) a este tipo de modalidad perceptiva. Quizás sean estas inercias cognitivas las que estén haciendo que la subcultura conspiranoica esté dotando de intencionalidad ─como veíamos hace poco─ a los memeplexes de simbología oculta hiperstición ─guiño, codazo, guiño─ mediante.

Sea como fuere, parece que son cuestiones que deberían examinarse desde un movimiento contínuo que evite, o al menos atenúe, la cristalización de una perspectiva fija.

 

 

» leído en la biblioteca · 23 enero, 2015

La paradoja animista del protestantismo

Seguimos con el tema de la influencia protestante de la contracultura norteamericana. En esta ocasión citaremos a Steven Taylor (Gyrus) desde su North: The rise and fall of the polar cosmology (sitio web). En este pasaje comienza poniendo en un contexto más amplio el problema de la ruptura entre cuerpo y mente, de modo similar a como veíamos hacía también Morris Berman ─cuya influencia reconoce Gyrus en la obra:

Bajo la administración de la ciencia, la cosmología [del giro copernicano] comenzó a ofrecer garantías de una estabilidad basadas en la percepción de que la naturaleza se comportaba racional y consistentemente.

Pero, si bien estas leyes de la naturaleza eran universalistas en términos científicos, sus garantías no fueron bien recibidas universalmente. Dejando aparte su poder explicativo puro y duro, la resonancia social de las leyes del movimiento planetario de Kepler y la ley de la gravedad de Newton eran más atractivas para aquellos más cercanos al centro del orden social concéntrico y que se beneficiaban en mayor medida de esta estabilización. Stephen Toulmin muestra que el marco newtoniano encontró un apoyo entusiasta «entre los escritores y predicadores respetables de Londres y París». Fue, sin embargo, peor recibido entre las crecientes clases bajas iletradas excluídas del poder y la influencia dado su estatus social, su no conformidad religiosa o simplemente la distancia con respecto a las capitales urbanas. Crucial en esta discrepancia fue el famoso dualismo de Descartes entre cuerpo y mente, adoptado por la visión newtoniana. Esta visión se aferró a la concepción trascendente de Dios a pesar de la estridente desespiritualización de la naturaleza. Este dualismo se intensificó e hizo absoluto un movimiento de separación del animismo que siempre había acechado a las culturas agrarias, y que finalmente redujo el mundo externo a un mundo de materia inerte: la naturaleza parecía comportarse más racionalmente cuando estaba muerta.

(…) Esta muerte se apareció como un asalto terminal a las clases bajas. Identificada con una naturaleza “inferior”, esta visión negaba completamente su agencia. Entre los no conformistas existió una notable resistencia filosófica a la doctrina cartesiana-newtoniana de que la materia se movía «sólo si es puesta en marcha por una agencia superior». Para muchos, esto hablaba de un mayor dominio absoluto por parte de “arriba” ─no de Dios, sino de los directores de la cosmópolis racional.

Las fisuras psíquicas y sociales que se proyectaron hacia afuera una vez el nomadismo y la búsqueda de alimento desaparecieron (…) acumularon un complejo de asociaciones relacionadas con la jerarquía y el poder (…) y [se reincorporaron] dentro del humano. La mente, completamente desmaterializada del mismo modo que la divinidad había sido desconectada del cosmos visible, se transformó en Dios despótico o monarca del yo microcósmico del ser humano.

Es entonces, cuenta Gyrus, cuando el protestantismo mimetiza con este estado de las cosas:

En su mayoría, la resistencia protestante a la autoridad de la Iglesia Católica siguió esta tendencia, cambiando la autoridad de-arriba-a-abajo por la del autocontrol de-arriba-a-abajo. Una equivalencia entre ambas formas puede remontarse hasta Platón, quien veía en el autocontrol como el noble intelecto dominando a las bajas pasiones. «En el individuo», comenta Bruce Lincoln, «podemos referirnos a este estado como control del ego; en la sociedad, como dominación de clase».

Para Platón, y para la tradición indoeuropea que él ejemplifica, estas dos formas de control van cogidas de la mano: el autocontrol del rey permite ejercer su dominio apropiadamente sobre la gente, siendo su propio cuerpo un microcosmos del cuerpo social. Hubo en el protestantismo cierto esfuerzo en reemplazar una forma de control por la otra. Algunos académicos creen que «la insistencia puritana en la disciplina interna es impensable en un contexto de ausencia de maestros». Su objetivo era encontrar a un nuevo maestro en sí mismos, un rígido autocontrol modelando una nueva personalidad».

 

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