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» leído en la biblioteca, leído en la web · 17 noviembre, 2015

La cultura norteamericana y la recombinación digital puritano-poshumanista

Nos ha resultado muy interesante la lectura de Generación post-alfa del filósofo italiano Franco Berardi “Bifo” (PDF), pues sintetiza muchos de los temas que nos interesan. Habría demasiado que citar, así que hemos elaborado un pequeño compendio de nuestros subrayados. Aquí nos centraremos en la descripción cualitativa de la cultura estadounidense llevada a cabo por Bifo, que parte de un encuadre de la idiosincrasia del protestantismo/puritanismo. Citando a Camile Paglia:

El problema primario del protestantismo es la fijación sobre la palabra: el estudio de la Escritura es su corazón. Ningún mediador carnal es necesario entre el alma y Dios; ninguna imagen de santos, Madres o divinidad es permitida, incluso si algún retrato del Buen Pastor ha comenzado a infiltrarse en alguna denominación en el último siglo. En el catolicismo italiano y español por el contrario, existe un constante derecho reclamado a los sentidos.

Desde este otro texto, ─una versión resumida del libro─ “Puritanismo y virtualización”, continúa Bifo:

Esta purificación de la vida de todo elemento de emocionalidad, esta reducción a la abstracción del código crea las condiciones para una potencia operacional que reencontramos en toda la historia norteamericana como potencia de la tecnología. Mientras la historia de la Revolución Francesa se confrontó con las estratificaciones sociales, nacionales, antropológicas que volvían al espacio europeo densísimo, obstruido por el pasado feudal, la historia de la Revolución norteamericana se despliega en un territorio en el cual no está marcado pasado alguno. Es en este territorio depurado que puede tomar forma un modelo neo-humano, un modelo de ser humano desensibilizado a las asperezas del analógico histórico-emocional. Sensible al código, sin embargo, es por esto hiper-potente, potente a un nivel bunkerizado, a un nivel virtual. Es en el espacio depurado que puede tomar forma la tecnología, la práctica, la cultura y el imaginario digital. Pero para una perfecta operacionalidad y una perfecta seguridad de la existencia social debe cumplirse la digitalización del planeta, y con este fin es necesario remover las estratificaciones, quitar las impurezas acumuladas durante el curso de la historia humana: limpiar el mundo.

Hemos analizado anteriormente el por qué de que el pensamiento binario, evitativo de la paradoja, resulte en esta hiper-potencia resaltada por Bifo. Esta virtualización y codificación cultural tiene como efecto secundario una marcada reintroducción de los campos cognitivos asociados al lenguaje audiovisualla disolución del trance alfabético─, si bien mediados por esta influencia protestante (lo que designamos anteriormente como la paradoja animista del protestantismo). Esta globalización cultural fue recibida, nos cuenta Bifo, con los brazos abiertos por la primera generación videoelectrónica:

a excepción de pequeñas minorías ideológicamente prevenidas, la mayor parte de los jóvenes del planeta manifestaron en los años 80 y 90 una activa simpatía por Estados Unidos de América que era principalmente el efecto de una fascinación por el imaginario norteamericano. Para la mayoría de los jóvenes, aquel imaginario representaba existencia de formas de vida transgresoras, la libertad respecto a las agobiantes herencias tradicionales, la ampliación de los horizontes comunicativos y la experimentación de nuevos universos tecnológicos y culturales. Hollywood había sabido expresar este mensaje, la música rock lo había transformado en un ritmo planetario.

Sin embargo, Bifo se guarda bastante de identificar de forma romántica e ingenua las fuerzas deseantes ─como vimos que hacía la vertiente naïf del primitivismo:

A veces [se identifica] el deseo como la fuerza positiva que se opone al dominio. Pero esta vulgarización no es correcta. El deseo no es una fuerza sino un campo. Es el campo en el cual se desarrolla una densísima lucha o, mejor dicho, un espeso entrecruzamiento de fuerzas diferentes, conflictivas. El deseo no es un valiente muchacho, no es el chico bueno de la historia. El deseo es el campo psíquico sobre el que se oponen continuamente flujos imaginarios, ideológicos, intereses económicos. Existe un deseo nazi, digo, para entendernos.

En definitiva, y muy relacionado con lo que calificábamos con el entusiasmo maníaco de las redes sociales:

En la excepcionalidad norteamericana está implícita una ruptura con la herencia del Humanismo. La idea de universalidad y la noción de libertad personal son arrollados en el emerger hegemónico de la tecno-cultura norteamericana. Pero lo que más cuenta es el hecho de que la tecno-cultura norteamericana redefine el equilibrio antropológico entre cálculo y emoción, entre dimensión orgánica y esfera del artificio, entre liso y estriado. Es en la historia cultural del pueblo que se instala en el territorio norteamericano donde podríamos encontrar la génesis de un nuevo modelo de comunidad de carácter sintético. Sintético en un doble sentido de la palabra: la cultura norteamericana representa la síntesis de todas las otras culturas, porque ha importado sobre el propio territorio imaginario y político fragmentos importantes y vitales de las culturas del mundo. Pero esta síntesis se determina sobre un plano artificial, depurado del espesor emocional, psíquico, lingüístico de la historia, de la temporalidad, de la carnalidad del pasado. Ya desde el principio la historia norteamericana manifiesta una tendencia hacia lo neo-humano, con una implícita tensión a liberarse de lo humano como residualidad.

Este poshumanismo digital rompería con el sustrato análogo de las culturas tradicionales y se revela inquietante en el contexto de la poliédrica crisis actual:

La palabra “humanista” implica relación con una profundidad de estratos no formalizables: las culturas, las creencias, las tradiciones, la emoción, la corporeidad deseante. La contraposición entre globalización humanitaria y particularismo identitario ha marcado la década clintoniana. En aquella década el optimismo económico prevalecía sobre el sentimiento de inseguridad que iba difundiéndose a los márgenes de Occidente. Pero cuando se ha bloqueado la dinámica expansiva de la new economy, el discurso (identificado como) norteamericano ha terminado por derribarse, y la imagen que aparecía luminosa y seductora ha comenzado a transformarse en una imagen oscura, inquietante, antipática, terrorífica.

Como veíamos, estas digitalización de dinámicas ctónicas, no cuantificables, pueden ser las que guíen los movimientos de corte esotérico importados desde Estados Unidosel motor espiritual del tecnofeminismo. Estamos hablando de fuerzas complejas, muy paradójicas, y desde luego no pretendemos tener una respuesta definitiva al respecto; nos parece, sin embargo, muy inquietante una críptica y lapidaria frase de Bifo con la que concluiremos esta entrada:

El surgimiento de Estados Unidos de América ha tenido, desde el principio, un carácter de viraje en la evolución del mundo, pero ese viraje está hoy en cuestión. La novedad norteamericana se juega el todo por el todo. No se trata de ganar o perder la guerra contra Babilonia. Está claro que Babilonia puede ser reducida a cenizas militarmente. Pero la nueva Jerusalén podría no sobrevivir a la pira de Babilonia.

 

 

» leído en la biblioteca · 8 octubre, 2015

Golpes de estado y teoría de la conspiración

Aún no hemos acabado de leer The Illuminati Conspiracy: the Sapiens System de Donald Holmes. Sin embargo, la sola lectura de la extensa introducción de Robert Anton Wilson está haciendo que merezca la pena. Extraemos dos pares de párrafos que sumar al sostenido esfuerzo de este blog hacia la legitimación de la expresión “teoría de la conspiración”:

En la presente década, llevar a cabo una campaña para la presidencia de los EEUU supone un coste de 50.000.000$; 10.000.000$ para el senado y 5.000.000$ para la Cámara de los Representantes. (…) Esto no significa sólamente que los EEUU son propiedad (en concepto de deuda trillonaria) de los bancos, sino que además están gobernados por 1) millonarios o 2) personas fuertemente endeudadas con millonarios. En palabras del ex-senador Pettigrew, ahora tenemos un «gobierno de corporaciones, por las corporaciones y para las corporaciones».

Como documenta Edward Luttwak en su maquiavélico y jovial breve texto Coup d’État: A Practical Handbook, la mayor parte de gobiernos que han experimentado cambios desde la Segunda Guerra Mundial lo han hecho mayormente debido a golpes de estado; más gobiernos habrían cambiado debido a golpes de estado más que a otros métodos como revoluciones o elecciones democráticas.

Dado que cada golpe es por definición una conspiración, se sigue que las conspiraciones han tenido un mayor efecto en los pasados 40 años de historia mundial que la suma de todas las políticas electorales y todas las revoluciones populares. Esto resulta ciertamente ominoso en un periodo en el que la opinión “educada” considera el pensar siquiera en conspiraciones como algo infame, excéntrico, chiflado o directamente paranoico. Se nos prohibe, de hecho, el mero acto de pensar cómo es gobernado el planeta.

Si los gobiernos no pueden actuar sin el permiso de los bancos ─sin préstamos o “líneas de crédito” concedidas por los bancos─ y si el gobierno de los EEUU es “propiedad” de la élite banquera y corporativa multibillonaria , y si los otros gobiernos son cambiados más a menudo por golpes de estado que por golpes conspirativos, la mayor porción de la humanidad está controlada económica y políticamente por personas que son desconocidas en su mayoría por el público en general, nunca electas para ningún cargo. La teoría democrática es bella e inspiradora, pero no tiene nada que ver con la situación real del primate domesticado medio de este planeta en donde Cristo perdió la chancla.

La introducción data de 1987,  y se nos aparece como un argumento deductivo de bastante validez.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web, visto en la web · 31 marzo, 2015

Sexo en Babilonia


Hablábamos en la primera parte de este escrito de cómo la cultura popular estadounidense está generando una nueva ─y boyante─ religiosidad centrada en, denominémoslo así, la “brujería”. Podría pensarse que estamos ante una reacción ante el patriarcado, como así señalan numerosas lecturas que importamos de allá. El punto de vista de de William Burroughs ─quien describiera la sociedad estadounidense como un matriarcado maligno, conformista y prosaico─ era, sin embargo, diferente:

La situación ha cambiado radicalmente, digamos desde los años 20 en los que yo era un niño; podrías describir aquella época como un matriarcado de núcleo duro. Ahora, la situación se ha complicado con la píldora y la revolución de la liberación de la mujer, que presuntamente estaría debilitando dicho matriarcado. Esto es al menos lo que dicen que están haciendo, que quieren que las mujeres sean tratadas como todo el mundo y que no quieren disfrutar de prerrogativas especiales simplemente por el hecho de ser mujeres. No sabría exactamente como describir esta situación. Ciertamente, no se trata de una sociedad patriarcal ─hablo de la América contemporánea─ pero tampoco creo que puedas describirla como un matriarcado arquetípico o uniforme ─quizás con la excepción del sur de los Estados Unidos.

Para una reexaminación de la falsa dicotomía entre “norte democrático” y “sur esclavista” puede consultarse Edad Oscura Americana: La Fase Final Del Imperio de Morris Berman, y quizás puedan entenderse desde ahí piezas de la cultura popular de dignificación de la “américa profunda” de corte conservador como “Los Soprano” ─con el rechazo de la excéntrica hermana hippie del protagonista─ e incluso “True detective” ─con la insufrible pedantería del detective intelectual/existencialista y la parsimonia de su paleto compañero. Sin embargo, siguen siendo las sitcoms con personajes urbanos las que más éxito tienen a nivel global ─dándose a veces situaciones espeluznantemente paradójicas como la señalada por el mismo Berman en esta entrevista:

(…) recuerdo haber leído hace tiempo que la serie de TV más popular en la franja de Gaza era la comedia de situación americana “Friends”. ¿Puede creerlo? Ahí tiene gente que es asesinada con regularidad por misiles “Made in USA”, que detestan profundamente los EEUU, y que adoran esta comedia sobre la vida norteamericana (es decir, lo que ellos creen que es la vida norteamericana). En términos de propaganda, tiene que reconocerle un gran mérito a los EEUU.

Frank G. Rubio y Enrique Freire señalaron en Protocolos para un apocalipsis que esta asimilación por parte de Occidente tiene objetivos geopolíticos claros ante lo que se prevee una lucha cada vez más competitiva por los recursos naturales en Oriente Medio en el contexto de una disminución de la producción petrolífera. En magufoapocalipsis.com tendemos a pensar que, además del factor propagandístico ─que existe sin lugar a dudas─ también se da algo de una inercia inconsciente, una deriva hipersticiosa mezclada con el entretenimiento y la dinámica succionadora de la imagen.

Por descontado, a las mujeres de Gaza les resulta más agradable una serie en la que hombres y mujeres conviven prácticamente sin conflictos en contraposición con el machismo en Palestina de su vida diaria. Y esto no sucede sólo allá. A principios de 2015 aparecía en la revista Interviú un posado de una Arantxa Bustos ─participante de un popular “reality show” inspirado en un formato norteamericano─ ataviada con aderezos a su vez también provenientes de la cultura popular estadounidense. En la entrevista que acompaña a las fotografías, vemos repetirse el mismo patrón de Gaza: «antes mi novio me prohibía muchas cosas. Ahora hago lo que quiero, por ejemplo la portada de Interviú», cuenta Bustos.

Pero esto lleva sucediendo desde hace mucho tiempo. Por ejemplo, David. F. Noble detalla en su A world without women cómo es la huída de las mujeres de sus entornos opresivos la que impulsa el nacimiento de nuevas formas culturales de gran influencia a la hora de conformar el cristianismo primitivo. Puede resultarnos chocante, pero parece que así sucedió: los monasterios mixtos ─regidos por sacerdote y sacerdotisa─ fueron una constante durante la Edad Media en la periferia de la religión ortodoxa.

Hablando de otras sacerdotisas anteriores, David Graber cuenta en En deuda cómo se relaciona el nacimiento del patriarcado con las mismas:

el “patriarcado” se originó, ante todo en un rechazo a las grandes civilizaciones urbanas en nombre de la pureza; en una reafirmación del control paterno contra grandes ciudades como Uruk, Lagash y Babilonia, a las que se veía como lugares de burócratas, mercaderes y prostitutas. (…) Los orígenes de la prostitución comercial parecen enmarañados en una peculiar mezcla de práctica sagrada (o antaño sagrada), comercio, esclavitud y deuda.

(…) se consideraba a algunas sacerdotisas, por ejemplo, casadas o dedicadas de alguna otra manera a los dioses. Lo que esto significara en la práctica parece que varió de manera considerable. De manera similar a las posteriores devadasis, o «bailarinas del templo» de la India hindú, algunas permanecían célibes; a otras se les permitía casarse pero no tener hijos; de otras se esperaba que encontraran ricos mecenas, convirtiéndose en realidad en cortesanas para la élite. Otras vivían en los templos y tenían la responsabilidad de estar sexualmente disponibles para los fieles en ciertas ocasiones rituales. Algo que todos los textos resaltan es que a todas estas mujeres se las consideraba extraordinariamente importantes. En un sentido muy real, eran la encarnación definitiva de la civilización. Al fin y al cabo, toda la maquinaria de la economía sumeria existía para mantener los templos, considerados la morada de los dioses. Como tales, representaban el refinamiento definitivo en todo: de la música a la danza y al arte, la cocina y la gracia de vivir. Las sacerdotisas y esposas de los dioses, en los templos, eran las más elevadas encarnaciones de esta vida perfecta.

Entendiendo pues las civilizaciones agrícolas como una deriva de las dinámicas económicas de la esfera de recolección regida primordialmente por las mujeres ─en conflicto con los instintos cazadores ahora sedentarios y, por tanto, estancados─ podemos concebir entonces los estados modernos como entidades con una idiosincrasia, en el fondo, femenina. Este no es ciertamente un discurso que goce de popularidad en la mayoría de sectores afines a la revuelta. Cabría señalar, sin embargo, que lo mismo afirmó en su día Wilhelm Reich, a quien citan en este blog:

Reich aseguró que la dominación comienza en los primeros años de vida del individuo con la represión de los instintos sexuales del niño y adolescente, aplicando la prohibición, los castigos y el remordimiento. Se trata de una técnica muy eficaz porque «la inhibición sexual es el medio de ligar al individuo con la familia». El objetivo de esa unión sería convertir «el lazo biológico del niño con su madre y el de la madre con los niños en una fijación sexual indisoluble y en una falta de aptitud para contraer otros vínculos. El vínculo del niño con su madre es el núcleo de la unión familiar». Una vez pasa el tiempo y los niños se convierten en adultos, esa unión con la familia se traslada al Estado, ya que «las representaciones de patria y de nación son, en su núcleo subjetivo emocional, representaciones de la madre y de la familia».

Cantaban los Everclear en su tema “Volvo Driver Soccer Mom”: «¿dónde van las estrellas del porno cuando se apagan las luces? / creo que se han mudado a los suburbios / [y ahora son rubias] e insulsas esposas republicanas de clase media». No es de extrañar pues que desde estratos desfavorecidos de la sociedad exista una creciente animadversión hacia cualquier cosa que tenga que ver con el feminismo ─el tan traído y llevado “feminazismo”. Un texto esclarecedor en este sentido ─en el cual ciertamente se puede palpar agriedad y dolor, en paralelo a la situación en Mesopotamia citada un poco más arriba─ es “La burbuja de la misandria” (enlace):

Efectivamente hay una tiranía izquierdista que opera desde las sombras dentro de las fronteras del país pero completamente fuera de la Constitución, la cual puede someter a un hombre a horrores propios de una tiranía como Corea del Norte, (…) cualquier hombre desprevenido puede ser arrastrado por este Estado en la sombra.

Podría pensarse en un estallido ctónico de sexualidad que opera desde el centro mismo del capitalismo gracias a los avances en materia de anticoncepción y en una progresiva toma de posiciones por parte del sector femenino en las instituciones ante una mente y una líbido masculina diezmadas y aturdidas pornografía mediante. Sí, hay un factor de reintroducción al primitivismo, que puede derivar en un “revival arcaico”. Hay, sin duda, espacio y posibilidades para la experimentación. Pero también hay un retorno de lo reprimido, así que no habría que entender todo esto de forma ingenua: una madre hiperdominante con legiones de esclavos cibernéticos en colmenas cada vez más digitalizadas ciertamente suena a distopía de ciencia ficción.

Insistiremos al lector/a que se esté rasgando las vestiduras y profiriendo maldiciones ─epítetos políticamente correctos mediante─, de que nos es imposible posicionarnos a favor o en contra de todo esto. Estamos hablando de una fuerza ctónica; del mismo modo que frente a un huracán o un tsunami, resultaría estúpido y absurdo hacerlo. Intentamos, simplemente, dejar atrás nuestra ingenuidad.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web, visto en la web · 27 marzo, 2015

La magia monetaria de la Nueva Era

La cultura magufoalternativa anglosajona lleva pergeñándose bastante tiempo, y con la llegada de  Internet todo el caudal de su discurso está inundando las mentes de la población online con situaciones que se nos aparecen estrafalarias, como esta discusión de los vericuetos de la “brujería capitalista” en un medio digital no precisamente marginal. Aprovecharemos las intervenciones de Mitch Horowitz en la misma para dar salida a algunos temas que nos inquietan.

Así pues, ante el fenómeno de la Nueva Era, Horowitz no se muestra reacio a la hora de admitir ambigüedades y paradojas en este popular movimiento:

Tenemos una vasta cultura de la Nueva Era en este país, de raíces muy profundas y que es para millones de personas un lugar de auténtica expresión religiosa. (…) Hay una larga tradición de gente en este país involucrada ─a veces comercialmente─ en la realización de conjuros y otras [técnicas ocultistas]. Y, para muchos americanos, se trata de un compromiso.

Las congregaciones religiosas de muchas personas se hallan exclusivamente en Internet. (…) La gente monta iglesias online, o se une a comunidades religiosas online. La red se ha convertido en un gran eje de [dinámicas de adoración], que probablemente rebase en número a las comunidades físicas de este tipo. (…) Estamos hablando de decenas de millones. [En cuanto al dinero que se mueve], nadie lo sabe a ciencia cierta; pero se están haciendo contribuciones enormes [a este tipo de organizaciones].

El que el impulso religioso se haya trasladado a la esfera virtual y el hecho de que se muevan grandes sumas de capital da para especulaciones ya no parapolíticas, sino metapolíticas. Pero esto nos lo vamos a ahorrar por el momento, añadiendo simplemente que al aplicar la revelación de Sturgeon habría entre estas especulaciones un 10% que no descartaríamos como chaladuras. Volviendo a Horowitz y el tema monetario:

El dinero y la religión nunca se han acabado de llevar bien, incluso desde la antigüedad, y siempre ha existido esta incomodidad al respecto, que puede por ejemplo encontrarse en los evangelios, con Cristo lanzando las monedas de los comerciantes en el templo. Pero el hecho es que la luz tiene que encenderse, tienen que pagarse las facturas, comprar la comida, y la gente que está involucrada en prácticas religiosas va a cobrar por sus servicios. Esto ha sido así durante siglos.

Existe un lugar bastante común en la Nueva Era que identifica el dinero como una “energía”, en nuestra opinión como un intento de explicar intuitivamente todo un conjunto de imperativos de carácter ctónico ─y por lo tanto, en último término, no racionalizables─ como supervivencia, reproducción, abundancia o escasez y la asociación de los mismos a la esfera cultural en forma de creencias y sistemas de valores.

La contradicción la encontramos en que la Nueva Era se identifica ─superficialmente─ con tradiciones preindustriales. Sin embargo, como ha señalado el historiador e orientalista Paul Unschuld en su ensayo “Traditional Chinese Medical Theory and Real Nosological Units: The Case of Hansen’s Disease” la energía «es un concepto central de las sociedades industriales» y que «como sucede a menudo en la historia, un concepto económico primordial se aplica [a otras esferas como] la riqueza nacional o la salud personal» haciéndonos pensar sobre las mismas «en términos de energía y recursos». Lo ctónico/primordial pasado por el proceso de industrialización, en definitiva. ¿Otro caso de primitivismo naif?

Si además añadimos pastiches con ideas de corte einsteniano ─«la materia y la energía son formas distintas de la misma cosa y la materia se puede transformar en energía y la energía en materia»─ que se asemejan conceptos de estas culturas preindustriales como el de Qi o Prana, se pasa a equipar el constructo “energía” con éstos y se acaban por usar de forma intercambiable, como si fueran equivalentes. Añadiendo además a esta inercia de proyección etnocéntrica toda la maquinaria de propaganda audiovisual de nuestra propia cultura ─recientemente publican en El Estado Mental un ácido y divertidísimo retrato de la misma de la mano de Antonio Ferrer─ lo lógico es que en estas zonas intermedias acabe reinando la confusión. Esto, precisamente, es lo que defiende Horowitz:

Internet es como un gran test de Rorsasch, y la gente va a ver en él lo que quiera ver. Hay gente que se indignará y dirá: «mira lo que hacen estos, dedicándose a tangar a todos estos locos que compran esos servicios». Otros, entre los que me incluyo, dicen: «Mira, este es el mercado de la fe; es grande, es caótico, lioso, creativo, y en algunos casos es maravilloso calificarse a uno mismo como uno desee y formar las asociaciones que quiera. Es la mejor parte de la Internet. Y francamente, en cuanto al sablazo ─te lo digo como un historiador dedicado a las religiones desde hace mucho tiempo y sabiendo que esto va a sorprender a mucha gente─ en la Nueva Era veo mucha sinceridad y mucha ingenuidad. Puedes decir que son ovejas perdidas que no saben lo que hacen. Creo ─y sé que mucha gente se opondrá a esto─ que la mayoría de las veces a la gente no se la estafa, si definimos estafa como ser engañado por una cantidad ruinosa de dinero. Un intercambio monetario menor como 25 dólares por un hechizo o algo así es en el fondo un sistema de creencias. No creo que necesariamente debamos estar controlando este tipo de cosas.

En otras palabras: lo que puede ser visto como un acto malintencionado podría ser simplemente el resultado de un carácter ingenuo ─sin olvidar que las exigencias de la superviencia no dejan espacio para el pensamiento reflexivo─ lo cual no quita que el necio sea más peligroso que el malo o que el camino al infierno esté empedrado de buenas intenciones. En magufoapocalipsis.com tendemos a entender los habituales discursos en los que un interiorizado y arquetipico Jesucristo expulsa a los mercaderes de la Nueva Era del Templo (de Jerusalén) más como una admonición de inercia catecúmena que otra cosa. Retrataba esta tesitura Kiko Amat en el número 5 del fanzine “La Escuela Moderna”:

Este juicio moral sobre como se ganan la vida los demás, este medir el compromiso del vecino, esta actitud de “holier-than-thou” (soy más puro que tú, más vegano, más lanza-adoquines, más amigo-del obrero, etc) es, en nuestra opinión, el talón de Aquiles de la izquierda (…) Cuando el hambre aprieta (metafóricamente; digamos la hipoteca o el alquiler) uno necesariamente se ve obligado a coger empleos remunerados (…) Sólo los pijos y la gente demencialmente acaudalada puede permitirse pasar por la vida sin hacer concesiones de ningún tipo; e incluso así, parten del dudoso derecho de herencia. El resto del mundo hacemos lo que podemos, cómo podemos, cuando nos dejan.

El filósofo Antonio Escohotado viene defendiendo desde hace años que este popular mito sirve en el fondo a los intereses de las sociedades cristianas militaristas ─y téngase en cuenta de que gran parte del entramado tecnocientífico proviene directamente de este sustrato, como detalló exhaustivamente David F. Noble en A world without women o La religión de la tecnología. El mito en sí estaría limitando la movilidad social que implica el comercio. No diremos que comprendemos con profundidad la obra de Escohotado, básicamente porque no hemos leído ninguno de los tomos de Los enemigos del comercio. Tampoco presumimos de tener unos conocimientos acerca de “ciencias” políticas o económicas como para tirar cohetes, pero vamos, que si uno desea ponerse en contacto con este discurso existe un blog que recopila muchas de las entrevistas que se le han hecho a Escohotado al respecto. Como contra-narrativa ante una secularización del cristianismo en forma de marxismo ya nos vale.

Cualquiera que haya comparado la experiencia de ofrecer sus servicios de forma gratuita con la de hacerlo cobrando aunque sea algo simbólico apreciará este tipo de pensamiento. Con esto no queremos decir que descartemos potlatchs inmediatistas à la Hakim Bey (PDF), pero a este respecto aceptamos que es un terreno que, dada su relación con la ambigüedad ctónica que comentábamos antes ─y recordemos que el constructo occidental que hemos venido a llamar chamanismo se basa en ideas que marginan esta dimensión─ se presta a la paradoja y a la contradicción. Sin ir más lejos, Hakim Bey ha podido mantenerse a sí mismo y generar su obra durante toda su vida gracias a una cuantiosa herencia familiar.

Y es que dejando de lado mantos románticos, pareciera que el aceptar esta dimensión de incertidumbre tiene realmente efectos “mágicos” ─en el sentido de que suceden cosas─ y que por lo tanto las lecturas naif de la Nueva Era del dinero como “energía” no pueden descartarse tan fácilmente. La pionera ayahuasquera Marlene Dobkin de Ríos The Psychedelic Journey of Marlene Dobkin de Rios relata algo similar:

[Cuando empecé a leer las cartas en Perú] no se me ocurría pedir remuneración alguna. Después de todo, esa gente era muy pobre. ¿Cómo iba yo a añadir mayor carga a sus espaldas? [Volví a Nueva York] y me recomendaron cobrar por cada lectura, incluso si era una pequeña cantidad, porque éstas eran las normas de los lectores de cartas. (…) Cuando volví a Iquitos me convertí en una “curiosa” capacitada, una especialista que podía adivinar el futuro. De repente mi práctica se incrementó diez veces y la gente prácticamente hacía cola para que les leyese la fortuna.

Nuestra intuición es que influyendo esta ambigüedad se encuentra la tensión entre formas socioeconómicas agrícolas y nómadas; en la idiosincrasia estadounidense se encuentra una expresión religiosa ─una vuelta a un primitivismo mediado por el protestantismo─ que se añade a un territorio de vasta extensión, de una abundancia material superlativa y que por tanto permite formas de organización sociales y territoriales más descentralizadas que subvierten la tendencia concéntrica y vertical de la sociedades del Viejo Mundo. Es desde este movimiento de cualidad excéntrica desde el que seguimos leyendo a Horowitz:

[La etiqueta de bruja] es algo que se adopta a título personal. No hay dogmas, ni seminarios en los que uno se gradúa. Pero en cierto sentido esto es lo que es maravilloso de nuestra cultura religiosa: este caos creativo que podemos ensamblar libremente, en el que libremente podemos adoptar las etiquetas que queramos. Si quieres llevar a cabo una ceremonia de matrimonio para tus amigos, te puedes investir pastor en unos cuantos clicks de ratón. Y mucha gente rueda los ojos hacia un lado ante esto ─y es verdad que se dan abusos en estas situaciones─ pero creo que tampoco queremos una situación con centinelas que deciden con qué etiquetas podemos y no podemos definirnos a nosotros mismos. Y esta es, en cierto modo, una característica, muy buena de la cultura religiosa americana.

Sin querer ejercer de videntes, está claro que el colapso energético al que parece que el cénit del petróleo nos aboca ─en ausencia por el momento de un milagro tecnológico deus ex machina─ acabaría con la cultura de autopistas y urbanizaciones aisladas del paraje urbanístico estadounidense que posibilita esta descentralización. Por otra parte, tampoco se nos escapa el que esta libertad para autodefinirse tenga un reverso quizás contraproducente relacionado con la deriva lingüística ─«definir ha llegado a significar casi lo mismo que comprender» que decía Alan Watts, o también: «intentar definirse uno mismo es como intentar morderse uno sus propios dientes».

Pero de momento la cosa sigue en marcha e influyendo a la mente colectiva, como veremos en una segunda parte de este escrito.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 16 marzo, 2015

Repensando “la” tecnología y su neutralidad

John Michael Greer señala en esta entrada de su blog las consecuencias de nuestra inercia a la hora de discutir el mundo en términos abstractos. Al respecto de los discursos reduccionistas acerca de “la” tecnología apunta:

La noción de que la tecnología la compone tan solo una entidad monolítica es una mistificación conveniente, que se usa para ocultar el hecho de que nuestra sociedad, como tantas otras, selecciona y escoge de entre varias opciones tecnológicas existentes, implementando algunas e ignorando otras. (…) [esta mistificación] sirve a un propósito social necesario en una cultura donde hablar de las metas y valores de tecnologías específicas es tabú (…) El frecuentemente repetido argumento de que “la tecnología es neutral” es un necio sinsentido, pero mientras sigamos conceptualizando nuestras herramientas y técnicas como una sola cosa llamada “tecnología”, es también un sinsentido plausible. En realidad, por supuesto, las tecnologías encarnan individualmente los valores y las metas de sus diseñadores, y son seleccionadas por los usuarios en base a la relación de la tecnología con ciertos valores y ciertas metas. Obsérvese el conjunto de tecnologías que una persona o cultura utiliza y obsérvense las metas que persiguen. Esto es inmencionable en nuestra cultura, entre otras razones, porque los valores y metas que nuestras tecnologías revelan están muy lejos de los que dicen perseguir.

Esta crítica al argumento de la neutralidad de la tecnología lo desarrolla un poco más Jerry Mander en esta entrevista:

[El argumento de que la tecnología no es inherentemente buena o mala, sino que es el uso que se le da lo que importa] es la mayor homilía de nuestro tiempo. Y es un error muy serio. La idea de que la tecnología es neutral ─de que no tiene características sociales, políticas o ambientales─ es realmente peligrosa. Considérense la energía nuclear y la energía solar. Ambas son formas de energía, pero tienen efectos completamente diferentes en el sistema. La energía nuclear es una tecnología inherentemente centralizada, que requiere instituciones industriales y militares centralizadas. Nadie sabe qué hacer con los 250,000 años de resíduos peligrosos. Si simplemente juzgásemos la energía en términos de quien la usa, sería como decir: «Bien, si se junta un grupo de buena gente y se ponen a dirigir la industria energética nuclear, no será necesario salvaguardar los resíduos durante 250,000 años». Estas cosas son intrínsecas a la tecnología. No es una cuestión de si la manejan buenas personas. La tecnología solar es todo lo opuesto: es inherentemente localizada. Un par de personas pueden ponerla en marcha fácilmente, no es cara de usar, la comunidad puede usarla sin tener que conectarse a la red y no tiene efectos negativos duraderos.

Para John Gray las fuerzas que impulsan el desarrollo tecnológico son viejas conocidas de una cualidad más pedestre que las que se invocan en discursos tecnolátricos. Desde Contra el progreso y otras ilusiones:

No es la ciencia la que impulsa la historia, sino la historia la que impulsa la ciencia. Puede que los científicos puros hayan desarrollado la física nuclear, pero la fisión nuclear llegó a materializarse porque fue un subproducto de la guerra. Lo mismo ocurre con muchos de los avances obtenidos en la tecnología de radar, en medicina y en otros campos: fueron generados por las necesidades urgentes del conflicto militar, y su desarrollo posterior vino determinado pro las fuerzas económicas. Las nuevas biotecnologías no serán distintas. En el futuro, como en el pasado, el desarrollo de la ciencia y la tecnología lo guiará la rentabilidad.

Sin dejarse llevar por discursos condenatorios que bien podrían interpretarse como regurgitaciones de un deseo apocalíptico inconsciente mal digerido, la postura expuesta por Jorge Riechmann en Gente que no quiere viajar a Marte es llamativa precisamente por su sobriedad:

(…) no hay datos brutos, sino que toda observación está cargada teóricamente. Lo que percibimos depende tanto de las impresiones sensibles como del conocimiento previo, las expectativas, los prejuicios y el estado interno general del observador. De estas constataciones sobre límites [cabe extraer] no una conclusión escéptica, sino un importante mensaje de modestia y auto-limitación. No hay que pedir peras al olmo científico-tecnológico. Este es un árbol potente y capaz, pero dentro de sus propios límites. La ciencia es falible: cualquier información sobre el mundo que nos proporcione será siempre imperfecta y mejorable. No cabe aspirar a una ciencia perfecta (…) el mapa nunca llegará a coincidir con el territorio. (…) El criterio de evaluación último se halla en la práctica (…) Será el encuentro con lo real en la acción ─la puesta en marcha de nuestros modelos y teorías─ lo que en definitiva nos permitirá evaluar la adecuación teorética de nuestro conocimiento.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 14 marzo, 2015

La invasión de los mandalas del espacio exterior


Seguimos con nuestra particular deconstrucción de las imágenes generadas por la cultura popular y los medios audiovisuales. Volvemos a North: The rise and fall of the polar cosmology de Steven Taylor, en donde se centra en el popular icono de los mandalas:

Muchos de nosotros, al deshacernos de nuestro barniz secular, nos vemos capturados por los radiantes restos de imágenes de persistencia retiniana de la cosmología concéntrica, y sentimos que son tan fundamentales para nosotros que asumimos que son fundamentales para los seres humanos. Tales imágenes, como descubrió Carl Jung en su obsesión por los mandalas concéntricos, desatan un tremendo poder en la psique y son profundamente útiles para orientarse en el despliegue de la consciencia. Pero, incluso así, no parecen fundamentales.

Un poco más adelante pone en contexto el orígen del término, relacionándolo con el concepto de consciencia vertical que veíamos con anterioridad:

El notorio académico de religiones asiáticas David Gordon White señala que los afamados conceptos de la India védica “chakra” y “mandala” tienen su origen en mundanas nociones políticas, transfiguradas por medio de asociaciones con el cielo. White muestra como “mandala” fue en su origen «simplemente un término para una unidad administrativa o condado de la India antigua». Y la realeza védica fue idealizada bajo el término “cakravartin”, referido a «aquel que hace rodar (vartayati) la rueda (cakra) de el centro de su reino o imperio, y las ruedas de cuyo carruaje giran alrededor de este perímetro sin obstrucción». En esta combinada centralidad y abarcadura, el rey refleja la supremacía de la deidad y su reino celestial.


Este artículo de Sam Kriss titulado “Manifesto of the Committee to Abolish Outer Space” comienza con un divertido pasaje que traslada esta influencia a la imaginería contemporánea de la ciencia ficción:

Nos han mentido, hemos sido sujetos de una mentira cruel y fría, una tan vasta y total que no puede ser percibida por completo pero que se ha convertido el substrato de la vida cotidiana. Es una mentira política. Nos dijeron que el espacio exterior es bello.

Nos mostraron nebulosas, grandiosas nubes rosas y azules, rodeadas de cortinajes trenzados de estrellas moradas, danzando al ritmo del infinito cósmico y conformando formas genitales, pollas y coños de años luz de anchura. Sobreimprimieron delicadas citas cual tintineantes ondas sobre un charco sobre estas imágenes, de modo que las galaxias pudieran hablarte de las profundidades de tu soledad, susurrándote desde un insondable infinito que eres mejor que todo el mundo porque, joder, tú amas la ciencia. Las palabras son mentiras, los colores son mentira y las nebulosas son mentiras. Estas imágenes fueron cotejadas y pigmentadas por ordenadores; no son ninguna escena que realmente pudieras contemplar desde la escotilla de tu nave espacial. El espacio no es siquiera feo: no es nada. Es un vacío muerto y negro, con cuatro rocas dispersas que colisionan entre ellas conforme a un preciso sinsentido matemático hasta que todo lo que queda es polvo.

 

 

» leído en la web · 14 marzo, 2015

La mitología del primitivismo naif

Entre las subculturas que andan exportando los Estados Unidos desde hace décadas y que nos interesan en magufoapocalipsis.com se encuentra la del (neo)primitivismo ─aunque intentamos que este interés no esté configurado simplemente como un conjunto de creencias de corte naif. Como veíamos anteriormente, la contracultura estadounidense podría no verse libre de la influencia de un protestantismo subyacente ─configurando a su vez su alma inconsciente (y entendiendo alma como entidad psicocorporal). Jason Godesky ahonda un poco más en las paradojas de este movimiento en su ensayo “The Savages are Truly Noble”:

Como estereotipo, el mito del “noble salvaje” está indudablemente hueco ─es una exageración romántica. Pero al mismo tiempo, y a lo largo de la historia, alguna medida de primitivismo ha acompañado la marcha hacia mayores niveles de complejidad (…) El primitivismo es uno de los impulsos claves que inspiraron a aquellos atraídos hacia Martín Lutero y la reforma protestante. (…) Este impulso se basa en la percepción de que los sistemas sociales complejos son a la vez corruptos y opresivos (…), y por lo tanto crea una demanda de “pureza”, no sólo en la religión y en la organización social, sino en la cultura en general: “amor puro”, “pensamiento puro”, “formas puras en el arte”.

En esta entrada de su blog, John Michael Greer vuelve a abogar por el reconocimiento de que el pensamiento moderno es mítico en el fondo ─«nuestro mayor mito es que no tenemos mitos»─ y que el caso del neoprimitivismo no conforma una excepción:

(…) Gran parte del pensamiento humano podría ser descrito, sin exagerar demasiado, como el arte de encajar nuevas experiencias en mitos que ya nos son familiares. La pregunta que debería hacerse sería, pues, si los mitos que usamos se adecuan a la textura de nuestra experiencia actual. (…) El movimiento neoprimitivista busca reemplazar el mito del progreso por un mito de caída y redención, en el cual la tecnología juega el rol de pecado original. Es una narrativa clara y convincente, y cuenta con la ventaja de reformular nuestros actuales aprietos como un motivo para el optimismo. Estoy lejos de estar convencido de que [este] mito le dé a nuestra situación actual un mayor sentido que el mito del progreso ─dejando de lado el hecho de que un mito que considera como positivas la muerte de seis mil millones de personas y la pérdida de ocho mil años de cultura presenta por sí mismo obvios problemas─ pero al menos [el neoprimitivismo] se ha tomado la dimensión mítica en serio.

Otro ejemplo de esta secularización de los mitos ─y que podría leerse también desde la óptica de la adicción a las narrativas lineales proyectada al futuro─ puede encontrarse en otra entrada del blog de Greer:

Aquellos que (…) argumentan que la sociedad humana perfecta se encuentra en un futuro hipertecnológico, al igual que aquellos que argumentan que la sociedad humana perfecta se halla en un retorno a nuestro pasado de cazadores-recolectores, están simplemente proyectando el mito del paraíso sobre una u otra de las localizaciones en donde la visión del mundo secular lo permite. (…) Del mismo modo que los revolucionarios que insisten en que nada puede ser peor que el status quo se ven frecuente y desagradablemente sorprendidos cuando averigüan cómo de mal pueden ponerse las cosas, aquellos que insisten en que las actuales sociedades industriales comprenden todo lo peor de todo mundo posible podrían acabar añorando los buenos tiempos de autopistas y urbanizaciones si acaban consiguiendo el colapso que piensan que desean. (…) Si recuperásemos cierto grado de alfabetización mítica y la aplicásemos a los mitos que modelan nuestra vida pública, quizás fuésemos capaces de dejar de concebir la sociedad industrial moderna como o la mejor o la peor de las culturas humanas, y la reconoceríamos como el producto maltrecho de un largo proceso evolutivo que contiene mucho de lo que merece la pena salvar, así como mucho de lo que debe ser arrojado al cubo del compost de la historia.

 

 

» leído en la biblioteca · 18 febrero, 2015

Occidente

John Gray llama la atención sobre otro fetiche lingüístico empleado a menudo en el mundo de lo heterodoxo, a partir del cual se crea muchas veces una categoría rígida producto de la simple inercia. Desde su Misa negra: la religión apocalíptica y la muerte de la utopía:

Obviamente, “Occidente” no tiene un significado fijo y determinado. Sus límites varían en función de los cambios culturales y de los acontecimientos geopolíticos. Hay quienes piensan que el mundo medieval fue una auténtica síntesis del conjunto de la civilización occidental, pero cuando se concibe “Occidente” de ese modo, se pasa por alto el legado del politeísmo pagano, el teatro trágico, la filosofía griega, las lamentaciones de Job, la herencia de Roma y la ciencia islámica. Durante la Guerra Fría, también se decía que los países del bloque soviético se hallaban fuera del ámbito de Occidente o se oponían incluso a éste, pese a que sus gobiernos estaban adheridos a una ideología occidental. Posteriormente, se esperaba que la Rusia poscomunista entrase a formar parte de “Occidente”, aun cuando había rechazado esa anterior ideología y había retomado una identidad más antigua en la que el cristianismo ortodoxo antioccidental desempeñaba un papel de suma importancia. Actualmente, “Occidente” se define a sí mismo conforme a los términos de la democracia liberal y los derechos humanos. Con ello se da a entender que los movimientos totalitarios del pasado siglo no formaban parte de Occidente. Pero, en realidad, dichos movimientos reinstauraron algunas de las más antiguas tradiciones occidentales.

Dejando de lado las definiciones geopolíticas y desde el punto de vista filosófico,

Si hay algo que define a “Occidente” es el empeño en buscar la salvación a través de la historia. Es esa teología histórica (o creencia en que la historia tiene una finalidad o un objetivo inherente), más que las tradiciones de la democracia y la tolerancia, la que distingue a la civilización occidental de todas las demás. Ahora bien, esto, por sí solo, no genera el terror masivo; se necesitan otras condiciones previas (como la desarticulación social a gran escala) para que algo así pueda producirse. Los crímenes del siglo xx no fueron inevitables. Implicaron toda suerte de casualidades y de decisiones individuales. Tampoco el asesinato en masa es un hecho privativo de Occidente. Lo que sí es único de Occidente es la influencia formativa que aquí tiene la fe en que la violencia puede salvar al mundo.

Contextualizando este discurso ─influido por el trabajo de Norman Cohn─ en la coyuntura política actual, apunta Gray que

El terror totalitario del siglo pasado formó parte de un proyecto occidental que aspiraba a tomar la historia por asalto. El siglo XXI comenzó con un nuevo intento de llevar a la práctica dicho proyecto, cuando la derecha desplazó a la izquierda como vehículo del cambio revolucionario.

Sobre este contagio de subtextos mitológicos y culturales en los discursos políticos barruntábamos en nuestro manifiesto revolucionario gilipollesco, texto el cual tampoco debería leerse como algo excesivamente serio. Hemos visto también cómo el movimiento de salida de la historia ─casi siempre tomando una dirección vertical─ es básico en la concepción del chamanismo en Occidente, y por lo tanto en su sistema de símbolos. Un poco más adelante analizaremos esta construcción lineal del tiempo en clave mitológica.

 

 

» leído en la biblioteca · 23 enero, 2015

La paradoja animista del protestantismo

Seguimos con el tema de la influencia protestante de la contracultura norteamericana. En esta ocasión citaremos a Steven Taylor (Gyrus) desde su North: The rise and fall of the polar cosmology (sitio web). En este pasaje comienza poniendo en un contexto más amplio el problema de la ruptura entre cuerpo y mente, de modo similar a como veíamos hacía también Morris Berman ─cuya influencia reconoce Gyrus en la obra:

Bajo la administración de la ciencia, la cosmología [del giro copernicano] comenzó a ofrecer garantías de una estabilidad basadas en la percepción de que la naturaleza se comportaba racional y consistentemente.

Pero, si bien estas leyes de la naturaleza eran universalistas en términos científicos, sus garantías no fueron bien recibidas universalmente. Dejando aparte su poder explicativo puro y duro, la resonancia social de las leyes del movimiento planetario de Kepler y la ley de la gravedad de Newton eran más atractivas para aquellos más cercanos al centro del orden social concéntrico y que se beneficiaban en mayor medida de esta estabilización. Stephen Toulmin muestra que el marco newtoniano encontró un apoyo entusiasta «entre los escritores y predicadores respetables de Londres y París». Fue, sin embargo, peor recibido entre las crecientes clases bajas iletradas excluídas del poder y la influencia dado su estatus social, su no conformidad religiosa o simplemente la distancia con respecto a las capitales urbanas. Crucial en esta discrepancia fue el famoso dualismo de Descartes entre cuerpo y mente, adoptado por la visión newtoniana. Esta visión se aferró a la concepción trascendente de Dios a pesar de la estridente desespiritualización de la naturaleza. Este dualismo se intensificó e hizo absoluto un movimiento de separación del animismo que siempre había acechado a las culturas agrarias, y que finalmente redujo el mundo externo a un mundo de materia inerte: la naturaleza parecía comportarse más racionalmente cuando estaba muerta.

(…) Esta muerte se apareció como un asalto terminal a las clases bajas. Identificada con una naturaleza “inferior”, esta visión negaba completamente su agencia. Entre los no conformistas existió una notable resistencia filosófica a la doctrina cartesiana-newtoniana de que la materia se movía «sólo si es puesta en marcha por una agencia superior». Para muchos, esto hablaba de un mayor dominio absoluto por parte de “arriba” ─no de Dios, sino de los directores de la cosmópolis racional.

Las fisuras psíquicas y sociales que se proyectaron hacia afuera una vez el nomadismo y la búsqueda de alimento desaparecieron (…) acumularon un complejo de asociaciones relacionadas con la jerarquía y el poder (…) y [se reincorporaron] dentro del humano. La mente, completamente desmaterializada del mismo modo que la divinidad había sido desconectada del cosmos visible, se transformó en Dios despótico o monarca del yo microcósmico del ser humano.

Es entonces, cuenta Gyrus, cuando el protestantismo mimetiza con este estado de las cosas:

En su mayoría, la resistencia protestante a la autoridad de la Iglesia Católica siguió esta tendencia, cambiando la autoridad de-arriba-a-abajo por la del autocontrol de-arriba-a-abajo. Una equivalencia entre ambas formas puede remontarse hasta Platón, quien veía en el autocontrol como el noble intelecto dominando a las bajas pasiones. «En el individuo», comenta Bruce Lincoln, «podemos referirnos a este estado como control del ego; en la sociedad, como dominación de clase».

Para Platón, y para la tradición indoeuropea que él ejemplifica, estas dos formas de control van cogidas de la mano: el autocontrol del rey permite ejercer su dominio apropiadamente sobre la gente, siendo su propio cuerpo un microcosmos del cuerpo social. Hubo en el protestantismo cierto esfuerzo en reemplazar una forma de control por la otra. Algunos académicos creen que «la insistencia puritana en la disciplina interna es impensable en un contexto de ausencia de maestros». Su objetivo era encontrar a un nuevo maestro en sí mismos, un rígido autocontrol modelando una nueva personalidad».

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 21 enero, 2015

Detalles incómodos del mito del «somos el 99 por ciento» en la deriva hacia el colapso

John Michael Greer y su notable erudición en el campo de la historia nos refrescan un poco la memoria en esta entrada de su blog:

El colapso de los movimientos de protesta de los 60 aquí en Estados Unidos, por ejemplo, siguió rápidamente a la abolición de la conscripción militar en 1972. La fuerza real tras ese movimiento fue el simple hecho de que las clases medias americanas no estaban dispuestas a seguir enviando a sus hijos a Vietnam y utilizaron su no poca influencia política para hacerse oir (…) Estados unidos salió torpemente de la guerra de Vietnam, y el movimiento de protesta se desinfló como un globo pinchado, dejando sentados sobre sus trizas a una minoría de radicales que creían estar liderando una revolución mientras se preguntaban qué había pasado. Los intentos de crear movimientos anti-bélicos en Estados Unidos desde entonces han fracasado frente al hecho innombrable pero real de que los estadounidenses de clase media no han tenido problema en reconciliarse con la guerra, siempre que sean los críos de otros los que vayan al frente.

Es a luz de esto que deben entenderse los espasmódicos arrebatos de protesta de las clases medias [de 2011]. Desde el cénit de la producción de petróleo convencional en 2005, las economías mundiales —sobre todo EE.UU. y su círculo interno de aliados, que consumen la mayor cantidad de petróleo por cápita que nadie más en el mundo— se han visto inmersas en una espiral de disfunción, y las clases medias se han visto de forma abrupta luchando por mantener su estilo de vida. (…) Uno tras otro, cada sector económico ha tenido que experimentar reorganizaciones drásticas que han acabado com trabajos, sueldos y beneficios para cualquiera por debajo de la clase media, y de un número creciente de gente en la cola de ésta. (…) Habiendo asentido y sonreído mientras se le estaba dando patada a la parte inferior de la pirámide, la clase media no está en posición de organizar una resistencia efectiva ahora que se la está haciendo redundante. (…)

Por supuesto, esta no es la forma en que a la mayoría de personas de la clase media les gusta pensar sobre las cosas, y el espacio entre la realidad del privilegio de la clase media y la retórica que el movimiento Occupy se dedicó a esparcir el año pasado —la afirmación de que el privilegio se aplica solo al 1% de la población que son mucho más ricos que las clases medias— abre un inmenso campo de acción a fanáticos y demagogos. Dí que puedes seguir proveyendo a las clases medias de sus comodidades habituales y sus símbolos de estatus y serás capaz de tener un grueso de seguidores los próximos años. La demanda de este tipo de reconfortante sinsentido está actualmente en auge, y se prevee un aumento del mismo los próximos años; y siendo la naturaleza humana como es, probablemente no sea seguro asumir que todos los que provean dicho suministro serán bobos inofensivos.

Siendo como somos observadores, más o menos desapegados, de la subcultura de la teoría de la conspiración, no podemos descartar fácilmente la posibilidad de que tanto Occupy Wall Street como otros movimientos globales similares sean ─al menos en parte─ ejercicios de disidencia controlada. Morris Berman señala, sin embargo, un subtexto más profundo de dimensiones mitológicas:

[El arco histórico final del fallecimiento del capitalismo moderno] va a ser una lucha colosal, no sólo porque los poderosos vayan a querer aferrarse a su poder, sino porque este arco y todas sus ramificaciones han dado a su clase Significado —con ese mayúscula— por más de 500 años. Ésto es lo que los manifestantes de Occupy Wall Street —si queda alguno a día de hoy, no estoy seguro— tienen que decirle al 1%: vuestras vidas son un error. Esto es lo que un “nuevo paradigma civilizatorio” significa al final.

Y debe decirse que casi todo el mundo [bajo el influjo del sueño americano] y no sólo el 1% tiene este tipo de creencias. John Steinbeck señaló ésto hace hace varios años cuando escribió que en los EEUU los pobres se consideraban como “millonarios temporalmente en apuros”. El movimiento Occupy, hasta donde puedo llegar a comprender, quería restaurar el sueño americano, cuando de hecho el sueño necesita ser abolido de una vez.

Todo está relacionado con todo lo demás. La psicología, la economía, la crisis ambiental, nuestro modo de vida cotidiano, la estupidización [de las masas], el patético fetichismo con toda clase de cacharros electrónicos y teléfonos móviles, la farsa de las políticas electorales, (…) la gran popularidad de las películas violentas, el intento de los ricos de imponer medidas de austeridad a los pobres, las bien documentadas epidemias de enfermedad mental y obesidad —éstas no son en último término esferas separadas de la actividad humana. “Nuevo paradigma civilizatorio” significa todo o nada: no hay realmente un término medio. (…) Por decirlo sin rodeos: la escala de cambios requerida no puede darse sin una implosión masiva del sistema actual. Esto fue así durante el fin del Imperio Romano, durante el fin de la Edad Media y es cierto a día de hoy.

Siendo nosotros como somos, sin embargo, fieles al ideal de la revolución gilipollas y de momento poco habilidosos en el manejo de la bola de cristal, desconfiamos de cualquier clasificación ideológica rígida y recordamos las palabras de David Graeber en Fragmentos de antropología anarquista:

[Cuando] dejemos de insistir [en juzgar] todas las formas de acción sólo por su función en la reproducción de formas de desigualdad total cada vez mayores, seremos también capaces de ver relaciones sociales anarquistas y formas no alienadas de acción a nuestro alrededor. Y ésto es muy importante porque nos demuestra que el anarquismo siempre ha sido una de las bases principales de la interacción humana. Nos autoorganizamos y ayudamos mutuamente todo el tiempo. Siempre lo hemos hecho. (…) los momentos revolucionarios siempre implican una alianza tácita entre los menos alienados y los más oprimidos.

 

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