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» leído en la biblioteca · 12 abril, 2016

¿Hasta dónde llega la madriguera de conejos? ¿Hasta la sala-cuna de La Gran Madre?

Habíamos comentado con anterioridad que el poder aprovecha «el lazo biológico del niño con su madre y el de la madre con los niños» como método de control. Para Morris Berman esta dinámica es más compleja ─más “fractal” o sujeta a bucles “retroprogresivos” o de “retroalimentación”, si se prefiere─ yaciendo en la misma raíz de la civilización «el legado ambivalente del vínculo madre-hijo y la intensidad de las relaciones con límites confusos». Le citamos directamente desde Una Historia de la Consciencia:

«La madre», escribió Freud, «puede transferir a su hijo toda la ambición que ha tenido que suprimir en sí misma y luego vivir vicariamente a través de la vida heroica de su hijo». (…) La civilización necesita [de la intensa y vertical “santidad” de la díada madre-hijo] a manera de combustible cultural. Tampoco puede renunciar a este sistema vertical sin sufrir una inmensa sensación de pérdida.

Un poco más adelante se desarrolla la esencia del complejo:

la exclusión de las mujeres de la vida cívica y de todos los ámbitos de importancia en la antigua Grecia, significó que el dominio sobre sus hijos fuera la única válvula de escape para su necesidad de autonomía. Esto hizo que la madre tendiera a proyectar en el hijo sus propias ansias de vida y de destino: él se convertiría en su héroe y viviría la vida que ella nunca tuvo la libertad de vivir. (…) Las fronteras entre madre e hijo eran borrosas. La madre griega no trataba a su hijo como a una persona separada sino como a un remedio para sus propias heridas narcisistas (…) Esto creaba sentimientos ambivalentes en ambos. El niño deseaba “salvar” a su madre (darle la vida que nunca había tenido), pero a la vez se sentía aterrado por la intensidad que ella depositaba en él. La madre se preciaba de sus logros, pero también, en algún nivel inconsciente, buscaba destruirlo, porque esos mismos logros representaban la negación de su propio poder. Dado tal ordenamiento, el ego del varón era muy precario; el honor en Grecia estaba ligado a un hondo pesimismo. Más aún, (…) la naturaleza de esta neurótica intensidad diádica creaba un tipo de personalidad que podría llamarse de “gradiente empinado” —personas que ponen todos sus huevos en la misma canasta—, en oposición a las personas “niveladas” (…) capaces de considerar muchas cosas como fuentes de gratificación. Las díadas producen un “gradiente empinado”; (…) la crianza múltiple es más conducente a la nivelación”.

Este “gradiente empinado” cristalizará, según Berman, en el arquetipo del héroe:

El varón crecía sintiendo que si no era héroe, no era nada. Orgullo y prestigio [lo definen]. [Los hombres aman] la auto-glorificación, el derroche de riquezas y la humillación de sus rivales. (…) En el corazón de este modelo energético está la privación del placer, la incapacidad de alegrarse fisicamente ante lo que el mundo ofrece de bueno. Esto conduce a los hombres de estas culturas a renunciar al amor —el cual temen no poder conseguir— y a disfrazar su dolor con la ambición y la búsqueda de engrandecimiento personal. El ciclo continúa cuando esa persona finalmente mira en menos a su esposa y se convierte en un marido inadecuado, empujando a su mujer “a los brazos” del hijo. El hijo, por su lado, empieza a temer a las mujeres, necesita tener éxito, etc.”. (…) los niños crecen aprendiendo a temer esta energía, a convertirse en seres “racionales” y a distanciarse de sus cuerpos y emociones, las cuales ven como femeninas. (Enamorarse, seguir a líderes carismáticos, ir a la guerra o convertirse en alcohólicos son a menudo las únicas conductas que constituyen una excepción a la regla del distanciamiento).

Pero, atención, esta dinámica tendría también influencia sobre el arquetipo de la Diosa:

Estoy de acuerdo con lo que la psicóloga Clara Thompson planteó hace ya varias décadas y que el academicismo feminista ahora considera obvio: la ambición y las ansias de poder se encuentran presentes tanto en las mujeres como en los hombres, y si la cultura está ordenada de tal manera que esta tendencia no encuentra escapes directos, se canalizará en forma indirecta. Aún más, si las mujeres se encuentran atrapadas en una situación de dependencia económica, no tienen ninguna seguridad más allá de la que les brinde una relación amorosa. El amor se convierte entonces en su “carrera”; el ser amada, en su “profesión”. (…) Las niñas también se ponen nerviosas (…) y crecen temiendo jamás llegar a transformarse en la “diosa” que sus madres, inconscientemente, han diseñado para ellas. Luego, como mujeres, optan por coludirse con el orden patriarcal, dado que la premisa no escrita es: «si abandonas la razón y la lógica,desencadenarás un infierno» (lo que en nuestra cultura es absolutamente cierto).

Hasta aquí el breve resumen de la sección del libro titulada “Madre e hijo: La Gran Madre en la sala-cuna”; por considerarla de sumo interés la hemos reproducido por completo en este hilo del foro. Parece que, al final, era preferible tomarse la pastilla azul para ─como decía Morfeo─, optar por el «fin de la historia» (o fin del drama).

 

 

» leído en la biblioteca · 30 septiembre, 2015

Más allá (o más acá) del glamour chamánico

Hemos estado leyendo este verano la novela Destiny de Morris Berman. A continuación transcribimos algunos párrafos de un pasaje en el que un maestro sufí transmite sus enseñanzas a su discípulo. Éstas contienen muchos de los temas que Berman ha tratado en su obra más filosófica ─y que hemos mencionado más de una vez en este blog. Comienza el discurso con una búsqueda de los orígenes de lo que en otra entrada nos hemos referido como “glamour chamánico”:

“Molar” ─o al menos intentarlo─ es una conducta humana muy antigua que puede remontarse al Paleolítico que no consistiría exclusivamente en atraer al sexo opuesto, aunque de ningún modo descartaría dicha posibilidad. Ha sido el causante de muchas travesuras en la historia humana, pero desde luego no puede decirse que sea algo trivial. Cuando se desentierran esqueletos del paleolítico de hace unos 35.000 años y se les encuentra portando joyas, ¿qué otra cosa puede significar sino el intento de decir que uno es especial ─que se es, de hecho, mejor que los demás? Los seres humanos modernos, también conocidos como cromañones, han estado anunciándose esto los unos a los otros desde hace mucho tiempo.

«¿Por cuanto tiempo?», le pregunta el discípulo. A lo que el maestro responde:

[Esto sucede], como digo, desde hace unos 35.000 años, quizás más. Es cuando cultura y tecnología realmente despegan, y aparecen el arte rupestre y nuevos tipos de herramientas. Los artefactos encontrados en las tumbas de aquel entonces incluyen abalorios, colgantes y collares. Es muy probable que el adorno personal consista en último término en estatus y diferenciación ─o como me gusta decir: Vance Packard en el Paleolítico. Toda la evidencia apunta a un nuevo tipo de reorganización de la personalidad en aquella época, lo cual hizo posible la cultura tal y como la conocemos ─y que incluía la necesidad de sentirse superior a otros. Afrontémoslo: para que algo “mole” ha de existir un acuerdo, ¿no? Esencialmente es algo que se define en relación a una otredad. No “se mola” sin una audiencia, hasta donde puedo entender.

Replica el discípulo: «así que mi interés en lo paranormal para molar fue legítimo? Pensaba que estaba siendo sólo un gilipollas superficial». Y sigue el maestro:

Bueno, lo eras, amigo mío: bienvenido al club. Lo que quiero decir es que la necesidad de molar tiene un linaje que se remonta muy atrás en el tiempo ─lo cual no lo hace ni profundo ni digno de admiración, por cierto. Quizás sea más exacto describir a los seres humanos como infantiles. Si molar es superficial, entonces el Homo Sapiens moderno ha sido superficial desde tiempos inmemoriales. Muy pocos seres humanos consiguen escapar de la tentación de la superioridad. Quiero decir: ahí tienes a derviches compitiendo por ver quién consigue el trance más profundo, y he conocido a unos cuantos maestros Zen muy orgullosos de su humildad. [Además] mantener el estatus no es fácil: requiere de [un aporte contínuo] de mucha energía.

Un poco más adelante, el maestro continúa hablando de los estados alterados de consciencia, introduciendo las nociones de consciencia vertical y consciencia horizontal:

En el mundo que se extiende más allá de la consciencia ordinaria, hay dos tipos de estados alterados: el paranormal y el normal aumentado. El primero tiene que ver con la transformación, y es el que la mayoría de [seekers] espirituales buscan, porque confiere mucho poder al practicante. El chamanismo viene bajo esta guisa. El poder puede ser político, lo que a menudo se llama carisma; o sexual, lo que se llama atractivo; o puede ser poder en el deporte, en un negocio o en la música: lo que se llama habilidad o talento ─y que a menudo resulta carismático también. Y así con todo. Lo importante aquí es que su naturaleza es “vertical”, y pone al practicante por encima del resto.

Vuelve a interrumpir el discípulo: «así que consiste en molar, ¿no?».

En cierto modo sí, pero típicamente se vuelve más intenso que eso. En la práctica mágica o chamánica, este tipo de experiencia es conocida como “la tradición del ascenso”, e históricamente constituye el núcleo de las religiones mistéricas de la antigua Grecia. Platón recibió una fuerte influencia de la misma, tal y como se muestra en La República con la diferencia entre los dormidos y los despiertos, su descripción de una escalera vertical de conocimiento iluminado y la noción del estado autoritario. Subyace a toda práctica gnóstica, de la cual el sufismo es un ejemplo.

«¿Entonces es algo bueno?» ─pregunta el discípulo.

Bien, puede serlo. Depende de tu propósito. El error que se ha cometido con este tipo de experiencias trascendentes es el de verlas como eternas, como una parte de la condición humana. Esto es lo que sucede con los arquetipos de Carl Jung, el chamanismo de Mircea Eliade o el heroísmo de Joseph Campbell. Si hilas la evidencia de cierto modo y no te importa ser ahistórico, la tradición del ascenso acaba pareciendo la eterna experiencia espiritual de la humanidad. De nuevo: es transformativa y se encuentra fuera del mundo. El problema es que de hecho se remonta no más de 4000 años en el pasado. Los intentos de encontrarla en las pinturas rupestres del paleolítico han acabado probándose como proyecciones de los deseos de los investigadores sobre las mismas. De hecho, en el caso del más famoso de estos investigadores, Henri Breuil, las ilustraciones transcritas fueron manipuladas, probablemente inconscientemente. A pesar de la creencia popular ─y quizás con la excepción de los aborígenes australianos─ los cazadores-recolectores no eran “chamánicos”, y su arte trata de la normalidad aumentada, no de una paranormalidad. Lo que vemos en las cuevas de Lascaux es una celebración de la intensa vitalidad de la vida animal: no son criaturas mitológicas.

«Así que es algo como el Zen» ─interrumpe una vez más el discípulo.

Quizás sea lo más cercano que tenemos en la actualidad, aunque esta experiencia ─que yo llamo “paradoja”─ no es exactamente lo mismo que el satori del Zen. El satori consiste en el reconocimiento radical de la otredad, y como tal puede ser una gran experiencia que tener. Tiene que ver con la misma naturaleza de estar en el mundo, la cruda cualidad de ser; quizás el “dasein” de Heidegger. Pero en el estado de paradoja uno reconoce la radical otredad del otro a la vez que es plenamente consciente de sí mismo. Trata de equilibrio, no de transformación, y no confiere de ningún poder particular al practicante. Hay que tener en mente que los cazadores-recolectores practicaban una igualdad política relativa y eran decididamente no carismáticos. Su atención, no focalizada y difusa, estaba puesta sobre los ríos, las montañas, los bosques, los animales ─la forma más basica de animismo. La civilización, por otra parte, requiere de un centro sagrado, un foco de concentración afilado y tanto su espiritulidad como su política son verticales. La única recompensa de la espiritualidad horizontal es, de hecho, el fin de la inquietud. En ese sentido, el camino horizontal es mucho más maduro que el vertical, a la vez que mucho más difícil de vivir. Santa Teresa de Ávila decía que tras años de éxtasis espiritual pasó años caminando por el desierto ─metafóricamente hablando─ hasta que poco a poco fue creciendo hacia una espiritualidad más horizontal. Le costó diez años. Algo parecido le sucedió a Wittgestein ─una figura incomprendida en la historia de la filosofía. Gente como Jung o Campbell no llegaron a tener ni un sólo atisbo de este otro mundo. (…) “Dios” acabó por deslumbrarlos y al final acabaron haciéndose aburridos ─como guitarras con una sola cuerda.

 

 

» leído en la biblioteca · 17 marzo, 2015

Robert Crumb vs. artistas del trance heróico

En el recopilatorio Entrevistas y cómics Robert Crumb reflexiona acerca de los procesos de mitopóyesis que generan los medios de masas:

Bueno, es como dijo Marshall McLuhan, los medios de con reflejan las tensiones o ansiedades de una cultura de manera indirecta porque la gente no puede mirarlas de frente. Una de las razones es que están demasiado metidos en un trance hipnótico de negación y de engaño como para ser realmente capaces de hacerles frente. Coge una película como “Terminator 2″, que he visto hace poco. No podía creer el nivel de violencia y gritos que había en ella. Salía una mujer que gritaba: «Joder, maldición, hijo de puta!» a pleno pulmón durante toda la película, ¿sabes? Obviamente, es un reflejo indirecto de Estados Unidos, de cómo se siente aquí la gente. Por supuesto, esto es la pescadilla que se muerde la cola una y otra vez.

[Sin embargo, novelistas, poetas y dramaturgos sí tratan muy directamente los problemas contemporáneos de Estados Unidos]. Pero es una parte muy pequeña de la población la que puede enfrentarse a estos problemas cara a cara, de una forma analítica o crítica. La mayoría de la gente necesita tener un reflejo indirecto de lo que pasa y que esté disfrazado de ficción, y que es [un reflejo tan indirecto que se convierte en un sinsentido]. Aunque es una salida, la verdad. Convierte la realidad en un mito, que es lo que la mayor parte del mundo necesita para mantener los pies en la tierra.

Acerca de la incapacidad que tenemos, personal y culturalmente de mirar directamente al subconsciente, Crumb apunta:

(…) es muy posible silenciar al subconsciente. Muchas veces la gente ni siquiera sabe que lo está silenciando; hacen, simplemente, lo que está de moda o lo que creen que está de moda. Es raro encontrar a alguien que deje aflorar al subconsciente, porque a la gente eso le asusta. (…) Muchas veces se revela de una forma inconsciente. Puedes leer cómics de Marvel y encontrar revelaciones del subconsciente colectivas y reprimidas. No son personales, sino que son declaraciones colectivas. Las formas artísticas de la cultura popular te muestran lo que está pasando realmente bajo la superficie. Te lo muestran hasta los cómics de mierda de Marvel, pero ni los mismos artistas lo saben. No están dejando aflorar realmente a su subconsciente; es él el que se revela de manera indirecta. Básicamente es una locura colectiva. Es lo que hace el comportamiento de la clase media tan fascinante de estudiar. Ahí puedes ver esa locura colectiva. [La cultura popular no la saca a la luz], es una locura de comportamiento colectivo. Ya está en la superficie. Tienes que alejarte para ver lo loco que es. A medida que pasa el tiempo te das cuenta de que era una locura de comportamiento, pero es dificil verlo en tu propia época. Pero los artistas que sí que permiten que su subconsciente tome parte en su obra son poco comunes.

¿Por qué serían poco comunes? Para Crumb, la mayoría de artistas

(…) se mueren por complacer a los demás; por darles lo que quieren o lo que ellos creen que quieren. Lo hacen por dinero o por obtener su aprobación. Puedes tener las ideas políticas más acérrimas del mundo y querer ayudar a la humanidad, pero si tu subconsciente está completamente anulado para conseguir la aprobación de los demás, no vas a ninguna parte. Aunque muchas veces es más por razones de egoísmo, para obtener algún tipo de beneficio. Muchos hacen eso, se convierten en personas muy hábiles y cautivadoras de cojones en su trabajo, y en el fondo no hay nada real ahí, pero eso vende. Satisface el deseo de todos de formar parte del grupo. Crea un sueño de cuento de hadas de cómo debería ser el mundo. [El deseo de formar parte del grupo es un impulso subconsciente del que no se dan cuenta y que quizá sea imposible dominar]. No piensan que lo hacen por formar parte del grupo; solo piensan que es guay, que mola. Aunque con algunos matices también. Muchos artistas que son así tienen algunos elementos de verdad en su trabajo. No es todo blanco o negro.

Un poco más adelante señala que las narrativas autobiográficas pueden emparejarse demasiado fácilmente con el arquetipo del héroe y dar lugar a ficciones distorsionadas:

[La obra autobiográfica] puede arrebatar la capacidad de hacer ficción por completo. Justo después de acabar una obra autobiográfica intensa, es muy dificil cambiar el chip y hacer algo imaginativo. (…) Contar la verdad sobre tus vivencias y hacerlo de forma divertida y entretenida, eso es tener un don. Me atrae mucho todo ese rollo del autodesprecio, de convertirte a ti mismo en un personaje absurdo. Es muy irritante que algunos hagan cosas autobiográficas y se pinten como héroes. Lo han hecho muchos dibujantes, pintarse como súper guays. (…) es como neutralizarte. Todos los demás son unos locos, todo a tu alrededor está loco, pero tú molas. Algo así. Eso es deshonesto, es no ser honesto contigo mismo. Cuando te encuentras con gente que ha hecho esto, es como que tienen la cualidad de la imbecilidad. Se ve que no saben plantarle cara por sí mismos.

Frente a esta cualidad, que identifica con una deriva cristiana y protestante, contrapone el rasgo de carácter judío de autodesprecio cómico (de un modo similar a la contraposición entre héroe trágico y héroe cómico que mencionábamos en nuestro manifiesto gilipollas):

El humor de muchos artistas y humoristas judíos tiene una vena de que han heredado de su cultura. Es como que tienen muy arraigado lo de saber reírse de sí mismos. Esto es muy dificil de hacer para los cristianos, para los protestantes blancos y anglosajones o para los católicos. Para mí, adoptar ese rasgo judío ha sido como un ejercicio de yoga. Como a los cristianos se les enseña desde que nacen a aspirar a la perfección, es muy difícil admitir que no eres perfecto, sobre todo en público. Hay una especie de rigidez en los protestantes o en los católicos que no tienen los judíos. Los judíos son bien capaces de poner de los nervios a los gentiles riéndose de su rigidez sobre la autoperfección. Cuando dirigía la revista Weirdo, lo que me gustaba publicar, por rudimentario o poco profesional que fuera el dibujo, era aquello que destilaba una verdad inconsciente. Era un espécimen raro de encontrar. Normalmente no tenía nada que ver con las aptitudes profesionales de la persona. Algunos de los que lo hacían tenían mucha formación y aptitudes, otros no. Es una peculiaridad que tiene la gente que puede hacerlo.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 10 marzo, 2015

El heróico turista romántico

Carlos Suárez Álvarez da cuenta en su novela testimonial Ayahuasca, amor y mezquindad de las exóticas proyecciones que efectúa la mente “occidental” en su contacto con el mundo “chamánico” contemporáneo:

«Queremos hacer un episodio donde una o dos parejas pueda encontrarse con una tribu más auténtica». Ahí ya la jodió Stefan; hasta el momento me había agradado su tono pero lo de la “tribu más auténtica” … era de esperar. «Una tribu que viva de la caza y de otros tesoros en el bosque y todavía mantenga sus tradiciones, rituales, chamanismo de una forma más real, no para turistas». (…) Mi respuesta fue contundente, y te la voy a resumir. Primero: que lo sentía mucho pero que el taparrabos estaba pasado de moda, y que si querían taparrabos e indios con plumas que yo les podía llevar a pueblos en los que los indígenas se vestían a la antigua cuando oían el motor de una embarcación turística, que de esos había muchos. Segundo: que si querían colaborar con las comunidades indígenas tendrían que pagar porque allí ya estaban bien al tanto de lo que eran los programas de televisión y el dinero que generaban. Tercero: que tenían la cabeza llena de esterotipos y que si querían que les mostrara la vida indígena tal y como era, con sus objetos de plástico, sus ropas “occidentales” y sus necesidades monetarias, yo se la podía enseñar con mucho gusto, y le advertía de que así la experiencia resultaría mucho más enriquecedora que los brillantes clichés de los cuchés coloreados.

La mención final de los cuchés coloreados adquiere una dimensión adicional si se analiza, como veíamos previamente, desde la dinámica succionadora de las tecnologías de la imagen. Volvemos también al texto Historia social del comic, en donde Terenci Moix hace una lectura de corte marxista de los orígenes culturales de la figura del héroe romántico que subyace al fragmento que acabamos de citar:

[El héroe romántico nace] en una especie de preconización de retorno a la pureza inicial del hombre, que entronca con la idea del salvaje ideal de Rousseau y cuyo signo externo sería la desnudez y el contacto con la naturaleza. [Los postrománticos] que intuyeron las alienaciones del mundo moderno (…) se lanzaron a huir de ellas a caballo de otra alienación particular [transmisora] de otros mitos de rebelión individualista que entroncan con la idea (…) del posterior titanismo en el cómic Norteamericano.

[El héroe romántico es] el resultado de una dialéctica permanente de rebelión contra la ideología burguesa partiendo, sin embargo, de una sujeción a la misma y acabando siempre por hacerle el juego. (…) Que todo romántico sea en esencia un precursor de turista (en la acepción moderna del término) justifica (…) la mentalidad de huida que (…) éste [fomenta] en el consumidor moderno, cuya idealización de la selva como sustitutivo permanente del sueño provisional que representan quince días en [algún destino turístico tropical] es digno de tener en cuenta. [El héroe romántico] no puede representar en absoluto una totalidad de ensueño para el individuo medio, cuyo proceso de evasión siempre provisional, un reflejo condicionado a la idea, también moderna, de las vacaciones.

No podemos evitar pensar en el sesgo ideológico de esta lectura, y contemplamos la posibilidad de que además existan otros elementos presentes en esta figura ─como por ejemplo la filtración de cierto tipo de deriva animista en una cultura popular que se aleja por momentos del trance alfabético, o una reacción del “holismo marxista” ante la autonomía individual de las sociedades pre-agrícolas. (¿Podría leerse la dialéctica hegeliana desde la adicción a las narrativas lineales?). Con todo, este binomio entre romanticismo y turismo que señala Moix está a la orden del día en el creciente fenómeno del “turismo chamánico”. En palabras de antropóloga Evgenia Fotiou desde su artículo “El turismo chamánico y la comercialización de la ayahuasca”:

(…) la mayor parte de estos occidentales (…) piensan que esta forma de chamanismo ha sido practicada por miles de años sin ser alterada. Pasan por alto el contexto histórico y cultural del chamanismo, como por ejemplo la cosmología amazónica que no tiene cabida en occidente. También ignoran aspectos ambiguos del chamanismo, como la hechicería, tema de creciente interés para los académicos. Adicionalmente, los turistas tienen percepciones irreales acerca de los indígenas y la población local. Los idealizan románticamente solo para desilusionarse días después. Algunos conceptos extranjeros son adoptados por los chamanes para poder ajustarse a las expectativas y necesidades de los turistas. Notablemente, un chamán con el que trabajé se refería constantemente a los chakras del cuerpo, o puntos de energía, un concepto tomado de la espiritualidad oriental.

Finalizamos con Hakim Bey y su ensayo “Superar el turismo” ─existe un fragmento traducido en decondicionamiento.org desde el original en hermetic.com─ que explora la psicología alienada del turista:

El turista busca Cultura porque en nuestro mundo, la cultura ha desaparecido en el estómago de la cultura del Espectáculo, ha sido derribada y sustituida con el Centro Comercial y el show televisivo. Porque nuestra educación sólo es una preparación para una vida de trabajo y consumo, porque nosotros mismos hemos dejado de crear. A pesar de que los turistas parezcan estar físicamente presentes en la Naturaleza o la Cultura, uno podría considerarles fantasmas encantando ruinas, carentes de toda presencia física. No están realmente ahí, sino que se mueven a través de un paisaje mental, una abstracción (“Naturaleza”, “Cultura”), coleccionando imágenes en lugar de experiencia. Demasiado frecuentemente sus vacaciones suceden entre la miseria de otras personas e incluso se añaden a esta.

 

 

» leído en la biblioteca · 18 enero, 2015

Consciencia vertical / consciencia horizontal: descorporeización y adicción a los nuevos paradigmas

El núcleo de la “trilogía de la consciencia” de Morris Berman podría resumirse en la búsqueda e identificación de las formas de consciencia pre-agrícolas ─“consciencia horizontal”─ y  en la diferenciación de las mismas con respecto a las surgidas a partir de la agricultura. Éstas últimas ─denominadas por Berman “consciencia vertical”, y que se caracterizarían por un mayor grado de alienación con respecto a la experiencia corporal─ serían las que inconscientemente estarían dando forma a discursos contemporáneos “alternativos” tales como el de la Nueva Era, el pensamiento holístico, la psicología transpersonal e incluso la cultura psicodélica:

Años de trabajo corporal y meditación me llevaron a creer que el fervor del paradigma está enraizado en una negación de nuestra experiencia somática. Las emociones, a menudo dolorosas, viven en el cuerpo; la adicción al cambio de paradigma (como la adicción a las sustancias) nos permite escapar de estas emociones y valiosas percepciones. [Muchos de los filósofos transpersonales] estuvieron (y están) alienados de la experiencia corporal. Crearon una mente más amplia que el paradigma intelectual predominante, pero cuando todo estuvo dicho y hecho, seguía siendo sólo la mente. En mi opinión, su clamor por una espiritualidad renovada solo llegó hasta ahí; claramente [necesitamos] una renovada corporalidad si no queremos reprimir el cuerpo y caer en la trampa de una nueva mitología ─haciendo un fetiche de nuestra supuestamente nueva espiritualidad. (Una historia de la consciencia).

Otra explicación ampliada desde Cuerpo y espíritu sobre esta dicotomía ─denominada así a efectos prácticos, pues el propio Berman ya se encarga de dejar claro que hay una amplia gama de gradaciones de por medio─ entre consciencia vertical y horizontal:

El alejamiento del ascenso hacia la presencia corporal en el mundo implica (…) un desligamiento con el modo de contraste binario de conciencia y estructura de la personalidad. Como he argüido, [este tipo de consciencia] parece inherente, pero no lo es; constituye un artefacto neolítico, una [extensión de la dicotomía “Domado contra Salvaje”] a “Sí Mismo contra lo Otro” y “tierra contra ciclos [agrícolas]”. Por debajo del estrato dualístico de la [psique] humana hay otro (…) que sospecho poseían las culturas cazadoras-recolectoras, y que en gran parte consiste en encontrar el éxtasis en los detalles.

La vida “primitiva” se caracteriza por un compromiso directo con la naturaleza y las funciones corporales. (…) No hay ascenso en este “éxtasis”; todo lo vital es sagrado, no sólo el “cielo”. La estructura es horizontal más que vertical, y tiene en sí un elemento mucho más “femenino” que el que posee nuestra actual conciencia. Todas las estructuras verticales tienen tras de sí una búsqueda del Grial; todas son una forma de heroicidad masculina. Así, la mayor parte de nuestra historia ha sido una especie de artefacto innecesario.

La oposición Sí Mismo/Otro, la estructura binaria, los Objetos transicionales, lo que tendemos a considerar como creatividad, “la herejía contra la ortodoxia”, “la experiencia extática contra la vida ordinaria” ─todo esto, en el análisis final, puede ser [en realidad algo ajeno a nosotros] y (…) no parte de la “naturaleza humana”.

Las figuras arquetípicas del héroe o mitos como el del viaje del héroe serían según esta lectura, al final, un vuelo de alejamiento del cuerpo:

[Éste] significado que [experimentamos] sólo por vías de conflicto, o dialécticas, puede que sólo refleje una noción muy superficial del significado. Este “significado” depende de una división mente/cuerpo; sin ese juego dicotómico, gran parte de nuestra historia se desvanecería simplemente en el aire, dado que tanto de ella es acerca del viaje del héroe para cicatrizar esa brecha. Pero los viajes se hacen principalmente por desasosiego; lo típico es que exista alguna clase de carencia o necesidad. Las cosas “no están bien” aquí, hay algo mejor que encontrar en alguna otra parte.

Los viajes extáticos verticales que como vimos anteriormente caracterizan y dominan la noción occidental de lo que hemos etiquetado como “chamanismo”, podrían de hecho ocupar en las sociedades imbuidas en la consciencia horizontal un papel menos relevante:

Quizás las búsquedas de visiones y los viajes extáticos estaban ausentes en las sociedades cazadoras-recolectoras, o si presentes, probablemente recibían mucho menos énfasis hasta el advenimiento de la edad neolítica. En lugar de ello, la vida era su propio propósito. El éxtasis es necesario sólo en un mundo bifurcado; el héroe sólo tiene sentido en un contexto religioso (binario-mítico).

Volviendo pues al grueso de los discursos contraculturales argumenta Berman:

Esta es la razón por la cual el “cambio de paradigma” propio de la Nueva Era finalmente no funcionará; no importa cuán radicalmente distinto pueda ser el contenido (y de todos modos soy muy escéptico al respecto), la forma es realmente idéntica. El cambio de paradigma aún es parte de la mentalidad salvacionista, un modelo mental patriarcal que aconseja al héroe perseverar, encontrar una nueva forma de conciencia que lo redima. La percepción de que toda esta estructura es ilusoria, es (…) la verdadera herejía que necesitamos abrazar.

Tanto la conciencia horizontal como la reflexividad implican también una sociedad de herramientas más que de cosmovisiones. En el momento mismo en que algo ─ciencia, feminismo, budismo, holismo, lo que sea─ empiece a tomar características de cosmología, debería ser descartado. El cómo se retienen las cosas en la mente es infinitamente más importante que qué está en la mente (…)

Pues hay gran diferencia entre ideas e ideología. Una idea es algo que uno tiene; una ideología, algo que lo tiene a uno. Todas estas creencias, técnicas e ideologías son útiles, pero no “verdaderas”. Lo que sí es verdadero es nuestra necesidad de rellenar la brecha, nuestro anhelo, nuestro impulso de crear cosmovisiones a partir de herramientas, para poder estar “seguros”. [Pero existe una] verdad más honda: [la de que] no necesitamos realmente rellenar la brecha, etc., para poder estar “seguros”. (…) Observaríamos esta necesidad de “seguridad”, pero nos negaríamos a ceder a ella. La seguridad provendría del cuerpo, no de este o aquel sistema.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 28 diciembre, 2014

La revolución gilipollas: anti-contra-ultra-manifiesto para mentes malpensantes

Los humanos viven a través de sus mitos mientras padecen sus realidades.
─Robert Anton Wilson

En este día de los Santos Inocentes escribimos reconociendo nuestra procedencia de familias de “clase media” ─asalariados estatales capital-provincianos actualmente precarizados y no-rentistas sería más exacto─ y abrazando las contradicciones de disponer en nuestras líneas familiares 1) variopintas posturas ideológicas que van desde el experimento comunista-feminista de la Guerra Civil Española al casposillo nacionalcatolicismo más tradicional y 2) también variados ejemplos de movilidad social: pastores venidos a médicos, ingenieros reconvertidos en habituales de la venta itinerante en mercadillos gitanostyle, etcétera (algún ex-adepto de la Igle$ia de la Cienciología también). Finalmente, una cosa más: también reconocemos ser malpensados por naturaleza. De todo esto se seguirá la nada despreciable empanada mental que constituye el cuerpo de esta entrada, la cual no debería ser tomada demasiado en serio y que sólo refleja nuestra ignorancia más abyecta ─y con esto último, posiblemente, una falsa humildad en busca del aplauso.

Empezamos. Nos llamó en su día la atención este fragmento del texto de Don Lindyhomer en El butano popular:

La izquierda tradicional, pensando que el pensamiento mítico es sólo una cosa que le pasa a los curas, sigue atrapada en el imaginario de la revolución heroica de la modernidad, ignorando que la sociedad, desencantada por las promesas incumplidas de la revolución, ha acogido un retorno al sentimiento trágico dionísiaco, y la esperanza del pillo que no puede cortar la cabeza del rey, pero tal vez sí su talón de Aquiles. Sobre estas nuevas estructuras simbólicas se está construyendo un nuevo decorado mítico, incomprensible para nuestros adictos al imaginario de la Ilustración. Otra revolución les pasa inadvertida porque directamente les resulta inconcebible. Son los que ora se lamentan por una anecdótica comisión de biodanza, ora se rasgan las vestiduras por no pasar a la acción violenta sistemática, ora creen haber desmontado una cúpula de Anonymous.

De forma irónica rememora también en su blog Manuel Delgado Ruiz otra anécdota similar que ilustraría esta dinámica:

no me quito de la cabeza lo que quienes nos autodenominamos Frente Culé en la acampada de Plaça de Catalunya tuvimos que soportar en nuestra defensa de que la lucha política era del todo compatible con ver y celebrar luego la victoria del Barça en la Eurocopa.

(Aclaramos que a nosotros, siendo como hemos sido niños de extremada torpeza motora, no nos gusta el fútbol). Bien. Extraeremos en lo sucesivo más fragmentos de la entrada de Delgado, pues los paralelismos que establece entre la contracultura importada desde los EEUU y el puritanismo religioso de acullá es ciertamente fascinante. Sobre esta importación puritana reflexionaba Hernán Migoya en esta entrevista que le hicieron en La paz mundial:

Es cierto que la izquierda está estos últimos años como atontada, porque ha adoptado todos los tics y estigmas estadounidenses de lo políticamente correcto, algo que no comprendo, siendo como son nuestros izquierdistas tan antiestadounidenses. En cambio, la derecha, como en España siempre ha sido campechana, rural y garrula, pues puedes decir más brutalidades y nadie se rasga las vestiduras, paradójicamente. Es como llegar al sitio correcto por el lugar equivocado (…) Cada vez estoy más convencido de que no hay diferencias reales entre la izquierda y la derecha españolas. Ambos extremos conciben al pueblo como entes diferentes, igualmente irreales pero manipulables, y dicen desear cosas diferentes: pero el atavismo en ambos bandos, su motor, me parece el mismo, una compulsión mamada en este país durante siglos, que es la de reprimir, perseguir, insultar, enjuiciar y torturar hasta la muerte. Nos encanta criticar, sentenciar y condenar al que intenta salirse de la mediocridad colectiva. En España el pueblo ─esa entelequia que a mí me provoca arcadas porque, si existe como tal, tenemos el pueblo más infame, sinvergüenza y corrupto de Europa─ siempre gana, como la Banca. Y las raíces de nuestra izquierda y derecha son totalitarias: ambos bandos provienen en su origen de la admiración hacia dictadores.

Este amor por los mesías nos recuerda a aquello otro que mencionaba Antonio Escohotado en esta entrevista en Jot down:

El mesianismo es algo que tiene un pie en la consciencia y otro en la inconsciencia, es un arquetipo universal. El Mesías es el chivo expiatorio racionalizado y el chivo expiatorio está tan conectado con nuestro sistema nervioso como la tendencia humana a desplazar el mal de un lado a otro, la transferencia del mal.

En esta otra entrada de The archdruid report John Michael Greer analiza el fenómeno mesiánico y su relación con las ideologías:

(…) las ideologías se han convertido en el modo dominante del pensamiento social occidental; la idea religiosa de la salvación obtenida a través de la creencia en el dogma correcto se secularizó transformándose en la asunción de que el hombre adecuado, valiéndose del plan adecuado, pondría fin a todos los males de la sociedad (…) una y otra vez, [sin embargo], confiar en una ideología para responder a la realidad [suele ser] la receta para los más lamentables fracasos (…) En la actualidad, por supuesto, los nuevos proveedores de ideologías insisten en que su ideología es diferente porque es la correcta, del mismo modo que los promotores de antiguas ideologías insistían en que la situación era diferente y que los errores del pasado no importaban (…) El hábito de apoyarse en una ideología (…) proviene del lenguaje de la tragedia, en la cual los grandes héroes arriesgan todo y a sí mismos en pos de un ideal. Esto, por supuesto, es campo fértil para el drama y las grandes obras literarias. Pero, dado que los héroes trágicos suelen morir, y con no poca frecuencia suelen arrastrar consigo todo lo que les importa, ¡quizás no sean el mejor modelo para el cambio constructivo!

En un tono más cáustico pero en la misma línea, reflexiona John Gray en Perros de Paja:

Aquellos para quienes la vida significa acción, perciben el mundo como un escenario sobre el que representar sus sueños. En los últimos cientos de años, la religión ha decaído, pero nosotros no hemos estado menos obsesionados con la idea de imprimir un sentido humano a las cosas. La actitud dominante ante la vida ha sido un idealismo secular de escasa enjudia, gracias al cual el mundo ha pasado a ser considerado algo que había que rehacer a nuestra propia imagen. La idea de que el objetivo de la vida no es la acción, sino la contemplación, ha desaparecido casi por completo. Quienes se esfuerzan en cambiar el mundo se ven a sí mismos como figuras nobles, incluso trágicas. Pero la mayoría de los que trabajan en la mejora del mundo no son rebeldes luchando contra el orden establecido. Buscan consuelo para una verdad que su debilidad no les permite soportar. En el fondo, su fe en que el mundo puede ser transformado a través de la voluntad humana es una negación de su propia mortalidad.

Trazando un arco más amplio e inclusivo, Morris Berman propone en Una historia de la consciencia el orígen de la figura del héroe trágico ─junto con los hábitos perceptivos de nuestro sistema nervioso que menciona Escohotado─ al inicio de la agricultura misma:

lo que la civilización (agrícola) consiguió fue desencantar el mundo en un sentido periférico y luego reencarnarlo en un sentido focalizado o centralizado. La [consciencia] vertical finalmente avasalló y reemplazó a la horizontal (…) en particular, en el trance unitivo, la [consciencia] (…) es erradicada del entorno y luego canalizada dentro de ciertas experiencias específicas miradas ahora como normas culturales: el amor romántico (que no existe entre los cazadores-recolectores), el heroísmo (las leyendas arturianas, la búsqueda del Grial) y la necesidad de ir a la guerra: (…) la guerra es crónicamente irresistible para la civilización porque provee situaciones de numinosa intensidad, de modo que uno se siente “vivo”, ligado al universo.

Aclaremos que Berman no aboga por un retorno al paleolítico ni por una instauración masiva de la “consciencia horizontal”, ni por otro lado desdeña por completo la vivencia del trance unitivo o de las “dimensiones transcendentes”. Más bien invita reflexionar sobre cómo en el fondo de toda la discusión ideológica contemporánea podría estar asentada desde hace milenios en hábitos de nuestra psique ─que conformarían un tipo específico de trance. Desde la subversión de estos hábitos psicológicos ─a los que podrían unirse los específicos de las culturas literarias─ donde podría entenderse el discurso en alza sobre la recuperación del chamanismo, aunque como hemos visto anteriormente con frecuencia éste sea un pastiche proveniente de la Nueva Era.

Acabamos volviendo al mismo texto de John Michael Greer mencionado más arriba, en donde propone que frente a la figura del héroe trágico una alternativa sería:

la inesperada posibilidad del héroe cómico. En la tradición literaria occidental, los héroes cómicos han sido a menudo personajes atolondrados, que irrumpen medio a ciegas en situaciones que no comprenden sin más intención que salir por el otro lado de una pieza (…) no son especialmente heróicos, y sus esfuerzos para ir tirando durante la crisis no inspiran la clase de atención reverencial que los defensores de los cambios sociales parecen echar en falta. Sin embargo, a diferencia de los héroes trágicos, frecuentemente llegan al otro lado de la historia, y no pocas veces acaban trayendo consigo al resto del reparto.

En esta línea pues, en magufoapocalipsis.com abrazamos sin fisuras la vía de la revolución gilipollas, aunque nuestro objetivo no es «traernos al resto del reparto» con nosotros. Rememorando pues aquello que decía Daniel Quinn de que «si el mundo va a ser salvado lo será no por mentes con nuevos programas, sino por nuevas mentes sin programa alguno» y en un ejercicio que no negamos sea en el fondo mero wishful thinkingla paradoja de la Nueva Era de nuevo─ desde nuestra posición relativamente privilegiada y acomodada, finalizamos este anti-contra-ultra-manifiesto con este pasaje de Alfredo M. Bonanno en El placer armado:

¿Alguna vez te has encontrado con un revolucionario que no tenga un proyecto revolucionario? ¿Un proyecto que está bien definido y presentado claramente a las masas? ¿Qué raza de revolucionario sería aquella que pretendiera destruir el esquema, la envoltura, el fundamento de la revolución? Golpeando los conceptos de cuantificación, clase, proyecto, modelo, misión histórica y otras antiguallas similares, uno podría correr el riesgo de no tener nada que hacer, de ser obligado a actuar en la realidad, modestamente como cualquier otro. Como millones de otros que están construyendo la revolución día a día sin esperar el signo de un fatal vencimiento de plazos. Y para hacer esto se necesita coraje. Con los esquemas y los juegos cuantitativos se está en lo ficticio, esto es, en el proyecto ilusorio de la revolución, una amplificación del espectáculo del capital; con la abolición de la ética productiva se entra directamente en la realidad revolucionaria.

Éstos son pues nuestros principios: si no les gustan tenemos otros.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 22 diciembre, 2014

La visceralidad de la teoría de la conspiración

Seguimos con nuestros ejercicios de pensamiento alrededor de la subcultura de las teorías de la conspiración. Aparece en la web de New Scientist un artículo que menciona un par de ideas que merece la pena subrayar en esta exploración. La primera versa sobre el sustrato fisiológico de la paranoia:

El cerebro no evolucionó para procesar la información de las economías industriales, el terrorismo o la medicina, sino para sobrevivir en medios ambientes salvajes. Esto incluye una tendencia a asumir que depredadores fuera del alcance de la vista nos acechan o que eventos coincidentes están relacionados de alguna forma.

¿Es necesariamente negativo para el pensamiento el contacto con este sustrato más primitivo? Mathias Broeckers argumentaba en 11S que de hecho es este mismo sustrato el motor del conocimiento, moviendo así el foco de la discusión ya no al discurso racional, sino al cuerpo ─introduciendo a la vez la idea de la “guerrilla ontológica” promovida principalmente por el escritor Robert Anton Wilson  y a quien Broeckers, todo sea dicho de paso, editó en Alemania:

¿Qué es cierto? ¿Qué es falso? ¿Qué es información? ¿Qué es desinformación? ¿Qué son hechos objetivos? ¿Qué son proyecciones subjetivas? ¿Qué relación existe entre el observador y lo observado? El espacio de pensamiento [conspiranoico] es una escuela de percepción. «En el comienzo de toda ciencia» —afirma el psicoanalista Jacques Lacan— «se sitúa la histeria». El miedo al mundo, a lo intangible, a un repentino suceso trágico es el motor que impulsa la curiosidad y la necesidad de conocimiento. El pensamiento [conspiranoico] conserva todavía parte de ese celo provocado por el miedo (…) El terreno fronterizo entre el pensamiento crítico y la paranoia patológica es un campo de minas. No obstante, no sólo merece la pena adentrarse en él, sino que las conspiraciones reales y sus peligrosas consecuencias para al sociedad obligan a hacerlo.

Pero, sigue el artículo en New Scientist:

Las teorías de la conspiración reflejan como entendemos el mundo intuitivamente e, irónicamente, proveen de consuelo emocional. Son historias con buenos y malos, conflicto, resolución y otros elementos narrativos atractivos naturalmente. (…) y esto es la que las hace problemáticas: al cristalizar las intuiciones en declaraciones incontrovertibles, se limitan sus posibilidades de cara al discurso público.

Acerca de la adherencia irracional a las narrativas que subyacen a las teoría de la conspiración también ha escrito John Michael Greer en esta entrada de su blog, hablando de un mito cultural recurrente que como veíamos también puede influenciar a la racional búsqueda científica:

(…) la controversia [acerca de las teorías de la conspiración] se despliega al amparo de un mito con profundas raíces en la consciencia popular. Llamo a esta historia la de “El hombre que descubre el pastel”, la cual conoces bien: la dieron anoche en la TV; la novela de misterio que viste el otro día junto a la caja del supermercado trata sobre ella, al igual que cinco de las seis películas que alquilaste la semana pasada y posiblemente alguno de tus sueños recientes. La historia empieza con un suceso terrible: hay una obvia explicación para ella, pero también hay una persona que se da cuenta de que hay mucho más en juego de lo que está a la vista. Tras una solitaria búsqueda acompañada de ridiculizaciones y evasivas por parte de las autoridades oficiales, el héroe destapa la verdad y la revela al público en un acto de redención que frustra al villano, salva los inocentes y a menudo lo hace caer en brazos de la chica de la película.

Tampoco se trata siempre de ficción: la mayoría de mitos son son ciertos al menos durante algún tiempo (…) el mito del hombre que descubre el pastel funciona lo suficientemente como para que los departamentos de policía contraten detectives, los países establezcan agencias de inteligencia y la gente ordinaria se haga preguntas aunque las respuestas iniciales parezcan evidentes. Como cualquier otro mito, sin embargo, la historia de “el hombre que descubre el pastel” dota de sentido completo sólo a algunas situaciones, de sentido parcial a otras y de ningún sentido a otras tantas.

A pesar de las afirmaciones más entusiastas de Joseph Campbell, no existe un monomito, no existe una narrativa que dote de sentido a cualquier situación. Y sin embargo, el mito que nos hallamos discutiendo es seductor, debido a su promesa de poder implícito. “El hombre que descubre el pastel” no tiene otro tipo de poder excepto la habilidad de descubrir la verdad, y en el mito ése es todo el poder que necesita. Así pues es un mito muy llamativo para la gente que se siente impotente y que cree saber algo que los demás no saben. El problema es que este mito puede ser una distracción [dado que] el hecho de que un mito deje de ser útil no lo hace necesariamente menos llamativo.

Paradójicamente el artículo de la New Scientist acaba reconociendo el papel del pensamiento mágico en el día a día y propone ─¿condescendientemente?─ a las mentes más racionales que:

(…) más que argumentar o razonar, nuestro primer paso debería ser empatizar. Al fin y al cabo, cuando tocamos madera o le deseamos a alguien buena suerte, todos usamos el pensamiento mágico. Sólo apreciando el tirón emocional de las teorías de la conspiración será posible comunicarnos de forma más significativa con nuestros vecinos de los sombreros de aluminio.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 17 diciembre, 2014

Mircea Eliade y la construcción ficticia del chamanismo

Otra figura muy influyente para la corriente del neochamanismo en occidente ha sido, sin lugar a dudas, Mircea Eliade. Sin embargo, desde que escribiese su seminal obra Chamanismo: técnicas arcaicas del éxtasis en 1951 ha llovido mucho. Si bien en el prefacio a la nueva edición de 2004 su discípula Wendy Doniger descarta tajantemente las acusaciones que se le hicieron ─relacionándolo con el antisemitismo o el fascismo─, sí reconoce un exceso de universalismo en la obra del académico rumano.

Volvemos de nuevo pues a The soul of shamanism de Daniel C Noel, en donde repasa algunas de las críticas formuladas por parte de la antropología más contemporánea. Nos habla, por ejemplo, del libro de Jonathan Z. Smith titulado To Take Place en el cual

se cuestiona la forma que Eliade tiene de tratar con la noción del “centro” en las tradiciones religiosas, un concepto que se vuelve importante en sus ulteriores interpretaciones del chamanismo. Smith también criticó la lectura incorrecta del mito aborígen australiano del “polo sagrado” al que la figura del ancestro supuestamente escalaba para desaparecer en el cielo. Al contrario, Smith observa que «el patrón típico australiano no es uno de retirada celestial», como implica la lectura de Eliade, «sino uno de transformación terrestre y presencia contínua».

Noel continúa analizando el simbolismo de las novelas de Eliade que precedieron a su texto sobre el chamanismo ─El bosque prohibido y Sambo─, argumentando que en ellas se gesta la simbología de ascenso que más tarde repercutiría en la interpretación y en la propia construcción de este -ismo:

la insistente imaginería de ascenso en particular (…) [en las novelas de Eliade demuestra] sus preocupaciones espaciales y temporales (…) El escape de la historia (…) es un escape hacia arriba que estaría reviertiendo “la caída” a la misma. (…) Los símbolos cristianos de ascensión son dignos de atención (…) [y estos espacios sagrados] prometen el acceso al [tiempo sagrado]. (…) Y así como el escape se busca siempre (…) hacia arriba, de igual modo el “éxtasis” como experiencia definitoria chamánica parece llevar a estas figuras hacia arriba, no hacia abajo. (…) Chamanismo: técnicas arcaicas del éxtasis(…) está modelado para exagerar los viajes del chamán a los mundos superiores y para ignorar ─o demonizar─ los igualmente definitorios viajes al inframundo.

Noel justifica esta demonización del inframundo cuando observa que Eliade

emplea el término “infernal” casi de forma intercambiable con “inframundo”. Esta terminología inevitablemente proyecta un aura de maldad sobre los viajes de descenso, y cierto es que lo que encontramos en los infiernos chamánicos de Eliade son “demonios”, en contraste con los “espíritus” más benignos de los viajes celestiales. Además, los viajes descendentes que se describen son tratados como preludios a la experiencia de ascensión, y no como una experiencia válida por sí misma.

Por lo tanto:

un ancestro chamánico primordial de tiempos míticos, que puede estar involucrado en narrativas de comunicación sencilla con los reinos superiores se toma como modelo definitorio de los practicantes que le siguen. Estos chamanes más tardíos, a menudo menos orientados a lo celeste, son infravalorados a la hora de establecer qué es un chamán y qué es lo que hace.

Para Noel, pues, «fue (…) la ficción imaginativa y no (…) los hechos sólidos la que moldeó nuestro chamanismo a través de su sensibilidad». Pero, lejos de querer señalar esta circunstancia simplemente como un error, Noel reconoce el potencial de estas ficciones imaginativas ─en este blog nos referimos a ellas genéricamente como hiperstición─ como «el secreto para la recuperación occidental de los poderes chamánicos».

Para acabar de afianzar esta línea de pensamiento se refiere al ensayo de Michael Taussig “Shamanic flight: the magic of narrative”, en donde el antropólogo

ve el viaje del chamán y el del contador de historias entrelazados. Pero siente que la estructura narrativa de las historias convencionales de introducción, nudo y desenlace puede ser una forma de magia perniciosa, pues transmite la idea injusta de un proceso chamánico completado exitosamente (una rara excepción, desde su punto de vista), como una especie de “regla de ficción”. (…) [Lo] que llamamos chamanismo (…) ─una etiqueta que descarta como «una categoría moderna occidental inventada»─ no se comportan de forma ordenada como sugiere el modelo de Eliade, [sino que implica] una incertidumbre que carece de la resolución catárquica de un vuelo mágico (…) en donde el practicante se ve reafirmado por el patrón de retorno heróico con el bálsamo curativo.

Para Taussig, las experiencias chamánicas se asemejan a la ficción experimental moderna o posmoderna,

en donde las partes están tan sólo conectadas las unas a las otras, sin una fuerza catártica que las centralice, y en donde se presentan una serie de técnicas de distanciamiento que invitan al lector o espectador a involucrarse y desinvolucrarse sucesivamente, desmantelando ─potencialmente al menos─ cualquier noción fija o fijadora de identidad.

 

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