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» leído en la web · 17 enero, 2015

La deriva milenarista / puritana de la contracultura estadounidense

Le preguntaban a Hans Jonas si el “estremecimiento religioso” propio de la antigüedad no había desaparecido ya irremediablemente con la era racionalista. Contestaba el filósofo alemán:

Muchas veces estamos tentados de creerlo, [pero] por otra parte, se constata la emergencia de formas de conciencia que substituyen a lo sagrado, como muestra el hecho que los humanos, especialmente entre la juventud, se insurgen contra la injusticia cometida a otros hombres. El movimiento por los derechos civiles en [Estados Unidos], por ejemplo, no nació exclusivamente de los propios desfavorecidos, sino que encuentra su origen en individuos para quienes precisamente todo va bien, que se movieron no por necesidad, sino por su conciencia. Es un fenómeno nuevo.

Es pues de recibo preguntarse desde el maelstrom magufoapocalíptico qué subtexto inconsciente podríamos estar recibiendo de la contracultura estadounidense ─o, al menos, de buena parte de la misma. Reproducimos algunas pinceladas que Manuel Delgado Ruiz ofrece en esta entrada de su blog a la vez que recomendamos la lectura de la misma al completo:

Yo no veo más que grupos, movimientos y teorías que no hacen sino darle vueltas al típico reconocimiento de los “signos de los tiempos” (…) [obsesionados] por la hegemonía del mal sobre la tierra que de veras creo que es un préstamo cultural del utopismo protestante norteamericano, con su nostalgia de la vieja comunidad hecha de individuos aislados vinculados entre sí por lazos de verdad y franqueza personal, postuladores de un cambio que, empezando por la propia subjetividad, acabe abarcando la globalidad de la vida humana, o, lo que es igual, el advenimiento del mundo nuevo prometido por la profecía bíblica.

No siempre de manera explícita, pero hay algo o mucho en los discursos de la postpolítica actual que nos devuelve a los movimientos prepolíticos (…) con esa renovación de la denuncia moral de las ciudades malditas de las Escrituras ─Babel, Sodoma, Gomorra, Babilonia, Roma─, negaciones absolutas del reino de Dios anunciado en el Apocalipsis de Juan. Como en ellas, en la sociedad capitalista se rinde culto a falsos ídolos, imágenes engañosas tras las cuales se agita la voluntad de nuevas encarnaciones del Demonio: el Poder, el Neoliberalismo, la Globalización, el Pensamiento Único, las Multinacionales, el Banco Mundial, la Trilateral. Nuestra sociedad se presume racional, pero en cambio, se señala, está hundida de hecho en la idolatría y el paganismo más absolutos y nos depara paraísos fáciles y falsos en los que los mortales iríamos cayendo, trampas que tiende el Maligno para atontar su espíritu e inmovilizar su voluntad. Mucho más eficaces que el alcohol o las drogas, los cantos de sirena procedentes del mercado aseguran la esclavitud del hombre moderno al servicio de la materia y hacen irreversible su condenación.

Ese regreso de la sociedad a nuevas formas de idolatría ─culto a los falsos dioses de la materia, del placer y de lo mundano─ se integra de manera plenamente lógica dentro del clima milenarista general. De hecho, el consumismo y la banalización mediática expresarían una especie de estúpida celebración del Apocalipsis. Millones de seres humanos abandonados al disfrute irresponsable y ciego, un placer necio que adormece la evidencia de que todo está próximo a su fin. De ahí todas las perspectivas que, desde ópticas de cambio radical que se presumen seculares, apenas si disimulan su matriz apocalíptica y puritana. Desde el nuevo ascetismo izquierdista ─presentado como «alternativo»─ se denuncia con la máxima gravedad la condición estupefaciente del bien de consumo y de aquellos espacios ─los centros comerciales, los grandes almacenes, la televisión─ donde la mercancía consigue sus máximas cotas de eficacia hipnótica. A través suyo el consumismo no se basa en la apropiación de la mercancía, sino en la apropiación del consumidor. El consumismo es, para el puritanismo de izquierdas, un instrumento al servicio de la opresión y la miserabilización moral de los seres humanos, un dispositivo de control ideológico y de esclavización de las masas, ejercido a partir de la planificación de los mensajes y la constelación de un universo amoral, cuya falsa luminosidad contrasta con las tristes e injustas condiciones objetivas de la vida real.

En otras palabras, una versión 2.0 del “mea culpa”:

Se trata de lo que bien podríamos llamar una «culpa civilizatoria», una nueva edición del pecado original que afectaría a todos los seres humanos por el simple hecho de haber nacido en las sociedades urbano-industriales. Esos males son consecuencia merecida de la opulencia, la decadencia y los vicios de la sociedad industrializada.

El principal revés de este tipo de pensamiento sería pues la aniquilación de la complejidad, de la paradoja, con todas las consecuencias psicológicas que esto conlleva:

(…) Ansían el triunfo final de una nueva claridad que disipe las incongruencias, las paradojas y las contradicciones de una sociedad vivida como caótica, impredecible, en constante agitación y sin certezas. Perdidos en un mundo complejo que ya no se puede entender, tan sólo quieren reencontrar un principio de autoridad moral que superior (…) Lo importante es encontrar esa nueva e inequívoca certeza que estructure sus vidas, una causa cierta, una nueva legitimidad, un proyecto que ilumine sus experiencias, que las arranque de la inconsistencia de la vida cotidiana (…) que les devuelva, por fin, al mundo perdido de las evidencias.

 

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