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» leído en la web · 6 marzo, 2016

Revisando el paradigma clásico de las sincronicidades

Por aquí andamos últimamente muy interesados en el discurso de Erik Wargo ─aquí su blog, “The Nightshirt”─ sobre todo en lo concerniente al fenómeno de las sincronicidades y a la conceptualización de las mismas. Dada la importancia capital de Jung en el establecimiento del concepto y las sombras de autoritarismo platónico que rodean su obra ─en 1928 escribiría que «la vasta mayoría de la humanidad necesita de autoridad, guía y ley»─ es reconfortante que alguien cuestione el corsé filosófico desde el que por lo general se entiende el fenómeno. Sintetizaremos rudimentariamente el argumento de Wargo usando como referencia dos entradas (1, 2) de su blog.

Resumiendo: «Jung y Platón deben morir para que las facultades psi puedan vivir». O expandiendo un poco más el argumento: «no sólo las sincronicidades sino los arquetipos y las formas ideales son ilusiones causadas por nuestra incapacidad de reconocer el modo verdaderamente ‘cienciaficcional’ en el que los bucles temporales de información/emoción pueden intensificar la potencia de eventos y símbolos confluyentes en nuestras vidas, así como el rol que nosotros mismos jugamos en dicho proceso».

En otras palabras: el argumento de Wargo estaría desplazando concéntricamente ─hacia un orígen endógeno─, a una cosmovisión exógena irradiada por cierto atractor cultural identificado por diversos críticos; entre ellos se encuentra, por ejemplo, Antonio Escohotado, quien lo denominará en su ensayo “Ciencia y cientismo” (enlace) como “la construcción cientista”, la cual

arranca con Galileo y Descartes, y obtiene su primera forma acabada algo más tarde, gracias al genio de Newton. Es en principio fiel al puro criterio experimental de Bacon, con su propuesta de centrarse en la inducción, aunque procede mediante geometría y experimentos mentales, orientados a mostrar que la naturaleza es “reductible a leyes matemáticas”. Unido al absolutismo metafísico, político y religioso, del que toma una rígida separación entre material e inmaterial, el ideario cientista se lanza a una redefinición cosmológica apoyada sobre tres conceptos desconocidos por completo hasta entonces: 1) una materia rigurosamente pasiva (“masa inercial”); 2) traída y llevada por vectores inmateriales (“fuerzas matemáticas”); 3) cuyo movimiento resulta previsible con exactitud (calculándolo a partir de sus condiciones iniciales).

Estas son las ideas que podrían estar influyendo en la concepción del “principio conector acausal” de Jung ─quien, no olvidemos, estuvo obsesionado por que sus ideas fuesen respetables ante la ortodoxia científica de su época─, e incluso otros constructos posteriores que también se han relacionado con las sincronicidades como el del “orden implicado” de David Bohm. En un giro que podríamos considerar como un ejemplo de lo que anteriormente nos referíamos como “la paradoja animista del protestantismo”, Wargo propone el pensamiento de Philip K. Dick como narrativa alternativa acerca del fenómeno:

[PKD] sugirió que las sincronicidades ocurren porque en el futuro nos hallamos viajando en el tiempo, cultivando nuestro propio desarrollo; que nuestra consciencia expandida tiene el poder de “dirigir el escenario” no porque una deidad de barba blanca sentada sobre una nube se incline y juegue con nosotros como si fuésemos piezas del ajedrez, sino debido a la propia naturaleza del tiempo. Las coincidencias podrían ser el producto de alteraciones temporales: de nuestras propias alteraciones temporales en el futuro.

«Los bucles de retroalimentación temporales», especula Wargo, «podrían estar amplificando el significado personal de las formaciones simbólicas, las cuales, debido a nuestra incapacidad de reconocer los fenómenos psi, se aparecen como objetivas o externas ante nosotros».

Este desplazamiento de las sincronicidades desde las esferas celestes al cuerpo lleva a Wargo a rastrear la cualidad sensorial, fenomenológica, de las mismas: las describe como «momentos transitorios de claridad y de presencia fuera y más allá de la imaginación». Estos momentos de trance, señala además, son susceptibles de ser diseñados ─«cosechar el espacio-tiempo para inducir sensaciones de presencia probablemente se remonta a los orígenes mismos de la religión»─ y desde aquí podríamos leerlos como el incienso de las nuevas catedrales audiovisuales:

Incontables críticos culturales han señalado la naturaleza cercana a las drogas de los medios electrónicos y visuales, y ésto no es simplemente una función de la función de estimulación dopamínica provocada por el movimiento y los cortes rápidos. Incluso la actuación es una especie de “efecto especial chamánico”: una persona que asume la personalidad de alguien más ─un héroe o un espíritu o un Dios o incluso Papá Noel─ es una transformación asombrosa para un niño; también provoca algo de asombro a un adulto el ver una celebridad del cine o de la TV en la vida real: una disonancia cognitiva moderadamente placentera, a la que seguramente se deba nuestra fascinación con las celebridades.

El texto establece un paralelismo entre esta inducción de sincronicidades y la astroteología ─la ingeniería de lugares sagrados rituales/escenarios del tipo de Stonehenge como artefactos en los que sincronizar con eventos anómalos de los astros─, el cual ofrece ciertamente lecturas sugerentes del “star-system” del mundo de la cinematografía. También examina temas recurrente de este blog ─el de la dinámica succionadora de las imágenes o el del arte como portador de determinadas dinámicas psicocorporales─ a través del ejemplo la invención de la perspectiva y su relación con la configuración del campo de percepciones actual:

Trabajos tempranos en el campo de la psicología perceptual mostraron que contemplar cosas a través de agujeros influye en la experiencia de visualización, engañando a los sistemas mental y visual a creer en la veracidad de las escenas contempladas de forma más poderosa que si se viesen en condiciones más típicas y más libres de trabas. (…) El modelo conceptual implícito de la perspectiva ─rayos de luz entrando a un espacio cerebral privado a través de los ojos─ informó a la psicología y la filosofía europea moderna, amarradas al ego y al “centrado del sujeto”.

Llegados hasta este punto, y si como Wargo menciona «las sincronicidades son, en cierto sentido, el placer solitario definitivo», cabría reflexionar acerca de la tensión paradójica entre una deriva cultural y tecnológica que nos arrastra a lugares de un solipsismo cada vez más acusado ─siendo la realidad virtual el próximo paroxismo de esta tendencia hasta que, como apunta Wargo, nos habituemos a ella y necesitemos de un estímulo todavía más fuerte. A la vez, la participación en este juego de abalorios que es Internet ─de algún modo, un artefacto de sincronización de la materia de proporciones “noosféricas”─ estaría llevando a habituarse a nuestro campo sensorial (o al menos a una parte del mismo) a este tipo de modalidad perceptiva. Quizás sean estas inercias cognitivas las que estén haciendo que la subcultura conspiranoica esté dotando de intencionalidad ─como veíamos hace poco─ a los memeplexes de simbología oculta hiperstición ─guiño, codazo, guiño─ mediante.

Sea como fuere, parece que son cuestiones que deberían examinarse desde un movimiento contínuo que evite, o al menos atenúe, la cristalización de una perspectiva fija.

 

 

» escuchado en la web, leído en la web · 7 diciembre, 2015

Contra la naturaleza

Mencionábamos con anterioridad, aunque de pasada, la noción de que el concepto de “naturaleza” es propio de la cultura occidental. Ampliamos en esta entrada el discurso bajo la guía de Erik Davis, quien desde esta entrevista en realitysandwich.com nos introduce a esta problemática:

Por un lado, tenemos lo salvaje ─lo que representa ser salvaje, o lo que supone encontrarte con lo salvaje en tu vida. Hablamos de lo desconocido, del misterio, el caos: una suerte de encuentro dionisíaco, de una intensidad tal que le lleva a uno más allá de la razón, ya se experimente en un entorno natural, en la propia cabeza o en la ciudad. Hay algo profundo que liga lo salvaje y lo humano. Tiene mucho que ver con lo que la gente busca cuando se hacen [seekers] espirituales, cuando se hacen religiosos, cuando sondean las profundidades. Cuando la gente cuestiona las demandas imperiales de razón se hace a menudo a través de alguna forma de lo salvaje ─ya sea en su forma sagrada, arcaica o no-humana.

Al mismo tiempo, puede argumentarse que toda esta idea de lo salvaje, de la naturaleza salvaje, es un constructo. Es parte de la imaginación Europea y esa imaginación está llegando a su fin: no está haciendo ya ningún bien. Algunos ambientalistas serios argumentan que las ideas de “salvaje” o incluso de “naturaleza” realmente son un obstáculo. El argumento es que las ideas religiosas o espirituales sobre la naturaleza que tan importantes  fueron para el ecologismo del siglo XX se interponen de hecho en el proceso de introducción de estos factores no-humanos en el sistema ─de una forma en que fuercen verdaderamente al sistema a reconocerlos y negociar con ellos, más que simular de forma abstracta e insidiosa que no existen. Y la verdad, no sé qué hacer con esta tensión entre estas dos formas de “lo salvaje”. Sólo sé que resulta increíblemente vital el mantener una puerta abierta a lo salvaje.

Davis entrevista a su vez a uno de estos filósofos ambientalistas serios, Timothy Morton (@the_eco_thought) en este episodio de “Expanding mind”. Extraemos un fragmento en donde se glosa la idiosincrasia del concepto, introduciendo la noción de la tensión entre formas cognitivas agrícolas/no-agrícolas:

“Naturaleza” es un concepto que se desarrolla en la era agrícola, sea llamado así o no. Es la idea de un área que está ahí ─sales por las puertas de la ciudad, caminas siguiendo el arroyo y de repente te encuentras enmedio de la naturaleza─ e incluso puede estar dentro de mí: está en mi ADN, corre por debajo de mí mismo; estoy yo pero de alguna manera hay algo subyacente a mí que es “natural”. Pero nunca está directamente: siempre está ahí, o subyacente.

Si lo piensas bien es una forma de pensar bastante agrícola: aquí estoy yo en la ciudad y todo lo que se sale de ella es “la naturaleza”; y puede serme hostil y cuando me afecta lo voy a llamar “hierba” o “plaga” y voy a intentar eliminarla. O, la versión inversa de esta idea: voy a hacer de la naturaleza algo romántico, voy a idealizarla.

Así que la “naturaleza” no va de, pongamos, el coral. No es que no crea en el coral. Es que creo en el coral. Creo que el coral es algo real: que es algo trenzado, retorcido, en oposición a las cosas “naturales”, que son rectas, regulares. Todo esto es, pienso, un síntoma de la modernidad. Es como luchar contra un virus inoculando otro virus, y así vamos gritando “naturaleza, naturaleza”. Y no está funcionando. Quizás debamos deshacernos del mismo concepto de naturaleza, que obstaculiza nuestra relación con las entidades no-humanas.

Pensémoslo de otro modo: las entidades no-humanas se encuentran ya en el espacio social. Es algo obvio: estas bacterias que están en mi nariz, que he depositado en una servilleta que a su vez he depositado en la mesa, ya están en el espacio social. Esto significa que el espacio social nunca fue completamente humano, y que realmente no hay una barrera entre el entorno en el que estoy viviendo y el entorno en el que otras criaturas viven. La idea que se sigue es que “la naturaleza” no es una cosa que está ahí: sea lo que sea, está en mi cara. O mejor: es mi cara. A partir de ahí, no tienes siquiera que usar la palabra, pues si está en todas partes y me afecta íntimamente, no existe ya distinción. Y, de modo contrario, la palabra “naturaleza” funciona de un modo normativo: se usa para distinguir entre algo que es auténtico y algo que es inauténtico; entre cosas que son buenas y cosas que son malas. Pero si todo es “naturaleza” el concepto pierde su poder. Y así el espacio social ─y también el espacio cognitivo y el espacio filosófico─ están ya habitados por entidades no-humanas.

Sigue un poco más adelante Morton definiendo el espacio cognitivo hacia el que conduce esta ruptura de barreras, relacionándolo con un concepto de animismo que intentaría deshacerse de inercias románticas e ingenuas:

En este espacio no se puede hacer una distinción rígida entre lo que está vivo y lo que no lo está. Es un espacio en el que la diferencia entre un cadáver y algo que está vivo ─o algo que es sólo química, o algo que es biológico─ se rompe. Un ejemplo de esto sería la ciencia moderna: lo que la biología contemporánea está diciendo básicamente es que las cosas vivas están hechas de cosas que no están vivas, así que no puede hacerse una distinción rígida. Y así uno debe confrontar una densa región habitada por toda clase de anomalías extrañas, de criaturas no-muertas. Y es esto lo que pienso del animismo: no es una distinción fuerte entre lo vivo y lo muerto. El animismo trata de aceptar que las cosas tienen esta asombrosa y extraña cualidad, que es inductora de paranoia y a la vez divertida y tonta. Una cualidad que confunde las categorizaciones, los límites. Está la vida y está la muerte: las cosas viven y mueren, pero no puedes hacer distinciones rígidas al respecto. Del mismo modo, no hay una distinción clara entre aparentar y ser, pero hay a la vez una diferencia entre aparentar y ser.

Así pues encontramos todas estas asombrosas y extrañas entidades y de hecho es así como creo que [las sociedades indígenas originales] experimentan el mundo: como una suerte de paranoia ontológica de la que hemos intentado deshacernos durante eras, pero que quizás contenga algo verdadero e interesante.

Esta ontología paranoica puede, además, constituir una herramienta útil ante la poliédrica crisis actual, como remarca Davis al final de la entrevista con la que hemos abierto la presente entrada:

Sea cual sea el tumulto que se encuentre ante nosotros, cualesquiera que sea la forma del caos que confrontemos ─ya sea una sociedad hipertecnológica que consiga mantener las cosas funcionado, ya sea una sociedad forzada a reorganizarse debido a un traspiés mayor o un colapso─ cuanto más capaces seamos de manejar lo salvaje, el caos, lo desconocido, el misterio, los otros, los susurros en los bordes de nuestros puntos de vista, más capaces seremos de navegar la situación tanto a nivel individual como cultural.

 

 

» leído en la web · 14 marzo, 2015

La mitología del primitivismo naif

Entre las subculturas que andan exportando los Estados Unidos desde hace décadas y que nos interesan en magufoapocalipsis.com se encuentra la del (neo)primitivismo ─aunque intentamos que este interés no esté configurado simplemente como un conjunto de creencias de corte naif. Como veíamos anteriormente, la contracultura estadounidense podría no verse libre de la influencia de un protestantismo subyacente ─configurando a su vez su alma inconsciente (y entendiendo alma como entidad psicocorporal). Jason Godesky ahonda un poco más en las paradojas de este movimiento en su ensayo “The Savages are Truly Noble”:

Como estereotipo, el mito del “noble salvaje” está indudablemente hueco ─es una exageración romántica. Pero al mismo tiempo, y a lo largo de la historia, alguna medida de primitivismo ha acompañado la marcha hacia mayores niveles de complejidad (…) El primitivismo es uno de los impulsos claves que inspiraron a aquellos atraídos hacia Martín Lutero y la reforma protestante. (…) Este impulso se basa en la percepción de que los sistemas sociales complejos son a la vez corruptos y opresivos (…), y por lo tanto crea una demanda de “pureza”, no sólo en la religión y en la organización social, sino en la cultura en general: “amor puro”, “pensamiento puro”, “formas puras en el arte”.

En esta entrada de su blog, John Michael Greer vuelve a abogar por el reconocimiento de que el pensamiento moderno es mítico en el fondo ─«nuestro mayor mito es que no tenemos mitos»─ y que el caso del neoprimitivismo no conforma una excepción:

(…) Gran parte del pensamiento humano podría ser descrito, sin exagerar demasiado, como el arte de encajar nuevas experiencias en mitos que ya nos son familiares. La pregunta que debería hacerse sería, pues, si los mitos que usamos se adecuan a la textura de nuestra experiencia actual. (…) El movimiento neoprimitivista busca reemplazar el mito del progreso por un mito de caída y redención, en el cual la tecnología juega el rol de pecado original. Es una narrativa clara y convincente, y cuenta con la ventaja de reformular nuestros actuales aprietos como un motivo para el optimismo. Estoy lejos de estar convencido de que [este] mito le dé a nuestra situación actual un mayor sentido que el mito del progreso ─dejando de lado el hecho de que un mito que considera como positivas la muerte de seis mil millones de personas y la pérdida de ocho mil años de cultura presenta por sí mismo obvios problemas─ pero al menos [el neoprimitivismo] se ha tomado la dimensión mítica en serio.

Otro ejemplo de esta secularización de los mitos ─y que podría leerse también desde la óptica de la adicción a las narrativas lineales proyectada al futuro─ puede encontrarse en otra entrada del blog de Greer:

Aquellos que (…) argumentan que la sociedad humana perfecta se encuentra en un futuro hipertecnológico, al igual que aquellos que argumentan que la sociedad humana perfecta se halla en un retorno a nuestro pasado de cazadores-recolectores, están simplemente proyectando el mito del paraíso sobre una u otra de las localizaciones en donde la visión del mundo secular lo permite. (…) Del mismo modo que los revolucionarios que insisten en que nada puede ser peor que el status quo se ven frecuente y desagradablemente sorprendidos cuando averigüan cómo de mal pueden ponerse las cosas, aquellos que insisten en que las actuales sociedades industriales comprenden todo lo peor de todo mundo posible podrían acabar añorando los buenos tiempos de autopistas y urbanizaciones si acaban consiguiendo el colapso que piensan que desean. (…) Si recuperásemos cierto grado de alfabetización mítica y la aplicásemos a los mitos que modelan nuestra vida pública, quizás fuésemos capaces de dejar de concebir la sociedad industrial moderna como o la mejor o la peor de las culturas humanas, y la reconoceríamos como el producto maltrecho de un largo proceso evolutivo que contiene mucho de lo que merece la pena salvar, así como mucho de lo que debe ser arrojado al cubo del compost de la historia.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 28 febrero, 2015

Oscuridad audiovisual

Hace poco la revista digital El Estado Mental publicaba una entrevista de Frank G Rubio a Jesús Palacios, en donde se toca un tema de interés en nuestro contubernio magufoapocalíptico: la de la esfera de la cultura popular y audiovisual como mecanismo hipersticioso y, más concretamente, la del cine como trance extático moderno:

En las películas malditas que analizo en el libro entran muchos otros factores, que las dotan de inquietante atractivo: casualidades, sincronismos, rodajes accidentados, directores, estrellas y personajes carismáticos, sociedades ocultistas, mensajes subliminales, teorías de la imagen y su uso. [Estos] filmes (…) componen una suerte de historia secreta del cinematógrafo, una serie de puntos que al unirse trazan un mapa nuevo, totalmente diferente del que nos hemos acostumbrado a contemplar, del territorio de lo cinematográfico y lo real, de la ficción y la verdad, lo fantástico y lo posible, que desafía la lógica y cuestiona nuestro sentido de la realidad.

Para Palacios, Hollywood llega a conformarse como un ente autónomo, del mismo modo que como veíamos hacen los estados-nación:

En efecto, el Hollywood más siniestro, el que está detrás de las verdaderas maldiciones que acompañan nuestras películas y muchas otras, es una especie de entidad demoníaca que se ha creado en torno a la industria misma del cine estadounidense. Hollywood es mucho más que un nombre, que un lugar geográfico, unos estudios o una serie de empresas cinematográficas. Es un ser vivo, más grande que la vida misma, confeccionado como el monstruo de Frankenstein con fragmentos de todas las artes, que se alimenta como Drácula de la sangre de quienes se dejan atrapar por su poder de fascinación, un Mefistófeles que roba el alma de aquellos a los que promete inmortalizar. Desde luego, como tal, alcanza a veces majestades divinas y alturas celestiales, pero sólo a costa de hacer descender al infierno más profundo a muchos de los que contribuyen a su causa, desde técnicos, artistas y empresarios hasta los propios espectadores. Muchos de los directores que están relacionados con las películas malditas de mi libro sufrieron las consecuencias de este Hollywood/Moloch devorador.

Nuestro único problema frente al análisis de Rubio y Palacios es simplemente formal; el campo simbólico que emplean tiene para nuestro gusto demasiadas reminiscencias estacionadas en el paradigma dominante. Por ejemplo, el ascenso a los cielos y el descenso a los infiernos puede verse como la enésima encarnación del vuelo extático vertical. Del mismo modo, la caracterización como entidad demoníaca, la aparición de Moloch o Mefistóteles nos hace reflexionar acerca de la posibilidad de que la crítica derive a su vez de los tics protestantes de la crítica contracultural estadounidense. Lo mismo con la asociación entre oscuridad y negatividad ─la entrevista la han titulado “La luz oscura de Hollywood”─ tan frecuente en el imaginario Occidental. Frente a lo que interpretamos como cierta inercia simbólica, ofrecemos como contrapunto una cita de Mawa del colectivo Corazón Terrícola:

Sépase que la luz no es más que una chispa en la fertilidad silenciosa del ser, una eyaculación fugaz en la inmensa y oscura matriz del infinito. La oscuridad contiene todas las sabidurías, todas las cumbres y todos los abismos; la oscuridad es fértil y se basta a sí misma, nada busca ni impone, nada obliga o resigna; no le temas, abrígate en ella.

Observaba Terenci Moix en Historia Social del Cómic que muchas veces el sentido apocalíptico empleado por los detractores de la civilización de la imagen «basan sus diatribas más en lo que de alienador ha producido el reciente reinado de [la imagen] que en una consideración detenida de las posibilidades que puede ofrecer en el futuro».

Siendo como somos conscientes de que estar viviendo la disolución del trance alfabético, en magufoapocalipsis.com preferimos de momento instalarnos en la paradoja, la ambigüedad y ─sin llegar a aceptar la indefensión aprendida─ la aceptación de una profunda e impotente ignorancia (aunque esto último lo decimos porque queda muy bien lo de ir de humildes, ojo). Desde luego opinamos que todo parece tomar tintes distópicos, y que la imagen es sin duda uno de los mecanismos hipnóticos más potentes; pero frente al hábito occidental de proyectar un futuro lineal abrazamos la idea del futuro fractal, en el cual nos vamos adentrando, momento a momento, dando cortos pasos.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 21 enero, 2015

Detalles incómodos del mito del «somos el 99 por ciento» en la deriva hacia el colapso

John Michael Greer y su notable erudición en el campo de la historia nos refrescan un poco la memoria en esta entrada de su blog:

El colapso de los movimientos de protesta de los 60 aquí en Estados Unidos, por ejemplo, siguió rápidamente a la abolición de la conscripción militar en 1972. La fuerza real tras ese movimiento fue el simple hecho de que las clases medias americanas no estaban dispuestas a seguir enviando a sus hijos a Vietnam y utilizaron su no poca influencia política para hacerse oir (…) Estados unidos salió torpemente de la guerra de Vietnam, y el movimiento de protesta se desinfló como un globo pinchado, dejando sentados sobre sus trizas a una minoría de radicales que creían estar liderando una revolución mientras se preguntaban qué había pasado. Los intentos de crear movimientos anti-bélicos en Estados Unidos desde entonces han fracasado frente al hecho innombrable pero real de que los estadounidenses de clase media no han tenido problema en reconciliarse con la guerra, siempre que sean los críos de otros los que vayan al frente.

Es a luz de esto que deben entenderse los espasmódicos arrebatos de protesta de las clases medias [de 2011]. Desde el cénit de la producción de petróleo convencional en 2005, las economías mundiales —sobre todo EE.UU. y su círculo interno de aliados, que consumen la mayor cantidad de petróleo por cápita que nadie más en el mundo— se han visto inmersas en una espiral de disfunción, y las clases medias se han visto de forma abrupta luchando por mantener su estilo de vida. (…) Uno tras otro, cada sector económico ha tenido que experimentar reorganizaciones drásticas que han acabado com trabajos, sueldos y beneficios para cualquiera por debajo de la clase media, y de un número creciente de gente en la cola de ésta. (…) Habiendo asentido y sonreído mientras se le estaba dando patada a la parte inferior de la pirámide, la clase media no está en posición de organizar una resistencia efectiva ahora que se la está haciendo redundante. (…)

Por supuesto, esta no es la forma en que a la mayoría de personas de la clase media les gusta pensar sobre las cosas, y el espacio entre la realidad del privilegio de la clase media y la retórica que el movimiento Occupy se dedicó a esparcir el año pasado —la afirmación de que el privilegio se aplica solo al 1% de la población que son mucho más ricos que las clases medias— abre un inmenso campo de acción a fanáticos y demagogos. Dí que puedes seguir proveyendo a las clases medias de sus comodidades habituales y sus símbolos de estatus y serás capaz de tener un grueso de seguidores los próximos años. La demanda de este tipo de reconfortante sinsentido está actualmente en auge, y se prevee un aumento del mismo los próximos años; y siendo la naturaleza humana como es, probablemente no sea seguro asumir que todos los que provean dicho suministro serán bobos inofensivos.

Siendo como somos observadores, más o menos desapegados, de la subcultura de la teoría de la conspiración, no podemos descartar fácilmente la posibilidad de que tanto Occupy Wall Street como otros movimientos globales similares sean ─al menos en parte─ ejercicios de disidencia controlada. Morris Berman señala, sin embargo, un subtexto más profundo de dimensiones mitológicas:

[El arco histórico final del fallecimiento del capitalismo moderno] va a ser una lucha colosal, no sólo porque los poderosos vayan a querer aferrarse a su poder, sino porque este arco y todas sus ramificaciones han dado a su clase Significado —con ese mayúscula— por más de 500 años. Ésto es lo que los manifestantes de Occupy Wall Street —si queda alguno a día de hoy, no estoy seguro— tienen que decirle al 1%: vuestras vidas son un error. Esto es lo que un “nuevo paradigma civilizatorio” significa al final.

Y debe decirse que casi todo el mundo [bajo el influjo del sueño americano] y no sólo el 1% tiene este tipo de creencias. John Steinbeck señaló ésto hace hace varios años cuando escribió que en los EEUU los pobres se consideraban como “millonarios temporalmente en apuros”. El movimiento Occupy, hasta donde puedo llegar a comprender, quería restaurar el sueño americano, cuando de hecho el sueño necesita ser abolido de una vez.

Todo está relacionado con todo lo demás. La psicología, la economía, la crisis ambiental, nuestro modo de vida cotidiano, la estupidización [de las masas], el patético fetichismo con toda clase de cacharros electrónicos y teléfonos móviles, la farsa de las políticas electorales, (…) la gran popularidad de las películas violentas, el intento de los ricos de imponer medidas de austeridad a los pobres, las bien documentadas epidemias de enfermedad mental y obesidad —éstas no son en último término esferas separadas de la actividad humana. “Nuevo paradigma civilizatorio” significa todo o nada: no hay realmente un término medio. (…) Por decirlo sin rodeos: la escala de cambios requerida no puede darse sin una implosión masiva del sistema actual. Esto fue así durante el fin del Imperio Romano, durante el fin de la Edad Media y es cierto a día de hoy.

Siendo nosotros como somos, sin embargo, fieles al ideal de la revolución gilipollas y de momento poco habilidosos en el manejo de la bola de cristal, desconfiamos de cualquier clasificación ideológica rígida y recordamos las palabras de David Graeber en Fragmentos de antropología anarquista:

[Cuando] dejemos de insistir [en juzgar] todas las formas de acción sólo por su función en la reproducción de formas de desigualdad total cada vez mayores, seremos también capaces de ver relaciones sociales anarquistas y formas no alienadas de acción a nuestro alrededor. Y ésto es muy importante porque nos demuestra que el anarquismo siempre ha sido una de las bases principales de la interacción humana. Nos autoorganizamos y ayudamos mutuamente todo el tiempo. Siempre lo hemos hecho. (…) los momentos revolucionarios siempre implican una alianza tácita entre los menos alienados y los más oprimidos.

 

 

» leído en la web · 14 enero, 2015

La izquierda, la derecha, la teoría de la conspiración y la fusión paranoica (pop)

Le preguntan a Erik Davis por las teorías de la conspiración en esta entrevista en Vice:

Es importante reconocer que “teoría de la conspiración” es un término derogatorio que se usa contra gente que, en ocasiones, señalan conspiraciones muy reales y dañinas. El poder, en esencia, toma la forma de conspiración. Así que ─incluso sin ser un izquierdista zumbado sino uno razonable─ hay mucho de verdadero en concebir nuestra condición actual como resultado de la conspiración.

El hecho de que existan determinados grupos en la sombra no significa necesariamente que tengan las manos puestas sobre los engranajes del control en mayor medida que otros grupos que pululan por ahí fuera ─con sus propias y alocadas agendas. Veo varios grupos manipuladores: las grandes corporaciones, las agencias de inteligencia, los super-ricos, bromistas varios y los tecnólogos transhumanistas. Todos estos grupos se están moviendo hacia el futuro, así que si sales a buscar conspiraciones las vas a encontrar en todas partes.

La izquierda suele reaccionar negativamente ante los discursos que incluyen las teorías de la conspiración ─dice Jeff Wells en su Rigurous Intuition (blog homónimo aquí)─ porque éstas se hallan asociadas «al ridículo y la apariencia de las supersticiones de la derecha reaccionaria contra las que han estado luchando durante toda su vida política».

Jonah Weiner señala sin embargo en este artículo en Slate un extraño giro que se da en la cultura estadounidense y que presumiblemente se estará extendiendo a la cultura globalizada mientras picamos estas líneas:

Hay un fuerte aroma a derecha religiosa en gran parte del discurso del Iluminismo pop (…) Sin embargo, en un giro que evade el sentido común, la paranoia Illuminati no sólo se adhiere a aquellos en la extrema derecha que temen un asalto ateo/negro/gay, sino también al otro extremo del espectro político. En la extrema izquierda ─negra─, los persistentes temores al control y a la asimilación por parte de las estructuras de poder ─blancas─ encuentra su voz en las teorías Illuminati. Michael Kelly usó el término “fusión paranoica” para describir este extraño solapamiento de la izquierda y la derecha.

Además, y atendiendo a este ensayo de Stef Aupers titulado “Trust no one: Modernization, paranoia and conspiracy culture” esta influencia de la derecha religiosa se habría venido diluyendo durante los últimos tiempos:

Las teorías de la conspiración tradicionales, las producidas alrededor de los años 50, típicamente demonizaban a judíos, musulmanes y comunistas como conspiradores —grupos que se asumía amenazaban la sociedad o perturbaban las barreras entre “nosotros” y “ellos”. Esta forma de paranoia sobre un “Otro” exótico, paradójicamente, reafirmó tanto la identidad personal como la nacional y facilitó cierto tipo de catársis cultural.

La teoría de la conspiración contemporánea es diferente: trata menos de señalar como chivo expiatorio a un “Otro” real o imaginario, pero puede caracterizarse como paranoia hacia las instituciones de la misma sociedad moderna creadas por humanos. Este tipo moderno (…) se opone diametralmente al tipo tradicional, dado que sus teorías tratan del “enemigo interno” —las desconocidas y maliciosas fuerzas que operan dentro de la maquinaria de los laboratorios científicos, de las corporaciones modernas, del estado y de la política.

Peter Knight escribe sobre este respecto acerca de una notable transición desde una “paranoia segura” a una “paranoia insegura”: «para la generación posterior a los 60, la paranoia se ha convertido más en una expresión de infatigables sospechas e incertidumbres que en una forma dogmática de alarmismo» y «el conspiracionismo popular ha mutado de una obsesión con un enemigo fijo a una sospecha generalizada sobre fuerzas conspirativas, (…) a una versión más insegura de las ansiedades infundidas por las conspiraciones que lo transporta todo a una regresión infinita de sospecha».

Esta fusión paranoica con la modernidad ─por tanto también con los medios de comunicación de masas, apunta Justin Boland (@brainsturbator, @skilluminati)─, no se verá exenta de la banalización; pero, a la vez, conformará un caldo de cultivo en la cultura popular que está por venir:

La señal siempre se degrada, se distorsiona … y se hace cada vez más popular. Lo estúpido es accesible, y a la gente le gusta lo estúpido. A la gente le gustan los extraterrestres, los malos-de-la-película satanistas y la adquisición de productos que expresen su conocimiento oculto. Es difícil exagerar cuán hueco se ha vuelto el Complejo del Conspientretenimiento en 2010. La teoría de la conspiración se está enseñando en estos momentos a los americanos en pizarras. La Visión Remota ha pasado de ser un proyecto clasificado a una mini-industria de packs de entrenamiento en DVD que compiten entre sí. Incluso Tila Tequila está siguiéndoles el rastro a los Illuminati. Estamos ante una demografía emergente que será extremadamente importante durante la próxima década.

 

 

» leído en la web · 16 noviembre, 2014

La paradoja de la Nueva Era

¿Es en el círculo social del lector el vocablo “Nueva Era” un fetiche o, por el contrario, objeto de desdén? John Michael Greer, desde esta entrada en “The Archdruid Report”, da cuenta de la paradoja que envuelve a un movimiento que, leído desde una óptica más sútil, puede ser indicativo de las tendencias socioculturales que están por venir en los próximos años:

Es común que las personas que quieren ser tomadas en serio por una audiencia más amplia vuelvan sarcásticamente sus ojos a un lado cuando se discute la Nueva Era o alguno de los movimientos de pensamiento asociados a ella. Este desdén tan de moda, sin embargo, hace que se pierda la oportunidad de observar un barómetro crucial de las tendencias sociales. En cualquier civilización son las sectas, las manías y las pasiones de las áreas marginales las que señalan los caminos que el resto de la sociedad va a tomar en el presente. Si, digamos, algún académico romano con vocación profética del reino de Nerón o Claudio hubiese querido tener una ligera idea del mundo que iba a suplantar al suyo, habría estado desperdiciando su tiempo escuchando discursos en el foro o en las conferencias de las academias de la época. Habría tenido que que buscar fuera del vientre de su época, donde extrañas sectas venidas de tierras distantes pujaban por la lealtad de los alienados por la adoración a Jupiter Optimus Maximus. La Edad Media ya existía ahí en forma larval, mucho antes de que Roma hubiese oído hablar de los godos o de los hunos, o de que pensara que Jesús de Nazaret no era otra cosa sino una nota al pie de página en la historia de una provincia menor del este.

Pero ya se sabe: lo cortés no quita lo valiente, y rescatamos como contrapunto un extracto de esta entrevista a Morris Berman, en la que da cuenta de otra tendencia bastante pronunciada en dichos entornos:

(…) en cuanto al pensamiento lateral, bien, hace unos años escribí un libro llamado El reencantamiento de mundo en el cual argumentaba acerca de la importancia del pensamiento lateral, oponiéndolo al pensamiento crítico o lineal. Visto lo sucedido desde entonces, ahora me siento como un Loyola antes de la contrarreforma. Así, tenemos a alguien como Deepak Chopra diciéndole a sus admiradores: «¡debéis salir de la prisión del intelecto!». El problema es que se dirige a una audiencia de la Nueva Era que en primer lugar nunca estuvo en la prisión del intelecto. ¡Deben ser tan afortunados! Dejemos que pasen unos veinte años dentro de la “prisión” y ya hablaremos de la importancia del pensamiento lateral.

 

 

» escuchado en la web, visto en la web · 14 noviembre, 2014

Bolas de cristal / Ficciones profilácticas

En el episodio 435 del podcast “C-Realm” se cita a Karl Schraeder reflexionando acerca del hecho de quedarse estancando cuando se anticipan acontecimientos futuros, y del verdadero papel de la CiFi en dicha empresa:

No creo que debamos ─incluso si éste es el más plausible─ imaginar tan sólo un único futuro. (…) La ciencia ficción no va de predecir el futuro, sino de minimizar las sorpresas. Y si crees en un futuro en particular, lo que interpreto personalmente es que ése es el único futuro que no va a sorprenderte.

La postura de Schraeder está íntimamente relacionada con la noción de “túneles de realidad” acuñada por Timothy Leary y popularizada por Robert Anton Wilson, quien, desde el documental “Maybe Logic”, nos ilustra acerca del concepto:

Todos tenemos nuestro propio túnel de realidad, y desde nuestro túnel de realidad elegimos algunas cosas e ignoramos otras. Tenemos 10 mil millones de células en nuestro cerebro recibiendo cientos y cientos de millones de señales en todo momento. Y elegimos las que se adaptan a los moldes de nuestro cerebro, a los túneles de realidad que han sido grabados por la experiencia pasada: todos tenemos nuestro sistema de creencias, y las señales que encajan en nuestro sistema de creencias. Ignoramos las señales que no encajan en nuestro sistema de creencias, y en caso de que insistan en volver repetidamente, acudimos al psiquiatra para espantarlas.

En este sentido, Schraeder tiene la lección aprendida cuando por ejemplo afirma ─en este otro vídeo─ que su objetivo no es hacer predicciones exactas, sino «proveer a la gente de una serie de herramientas para pensar sobre el futuro».

 

 

» leído en la biblioteca · 11 noviembre, 2014

Arthur C. Clarke: Futuro fractal / Futurología fallida

Arthur C. Clarke hacía un ejercicio de futurología en la New Scientist del 1/XII/2007 sobre el caos cultural en el que nos adentramos:

Es el futuro fractal. Aunque todo el mundo esté conectado a todos los demás, las ramas del universo fractal son de tantos ordenes de magnitud entre ellas que realmente nadie podrá conocer a los demás. No tendremos un universo común de discurso. Tú y yo podemos charlar porque menciono, por ejemplo, a un poeta, y ambos sabemos a lo que me estoy refieriendo. Pero para la próxima generación este tipo de conversación será imposible porque todo el mundo tendrá marcos de experiencia enormes aunque superficiales, que se intersectarán en porcentajes muy pequeños.

No es que Clarke sea un futurólogo infalible, y de hecho muchas de sus predicciones, como tantas otras de la CF, no se han cumplido ─aquí una lista con algunas de ellas. Por poner un ejemplo, estamos a 2014 y, que sepamos, nadie se ha puesto todavía con el proyecto de «construcción del Hotel Hilton Orbital mediante la reconversión y ensamblaje de los gigantescos tanques de combustible empleados por la lanzadera espacial».

Aunque trazas de esta tendencia cultural se adivinen ya en el presente, ¿constituye el postulado de Clarke otra predicción extrema? ¿O quizás debiera entenderse no desde el afán del diagnóstico exacto, sino de la ficción profiláctica?

 

 

» leído en la web · 11 noviembre, 2014

Ciencia ficción de ir por casa

Mireia Pérez disecciona en esta entrevista nuestro ingreso en el brillante futuro prometido de la ciencia ficción:

Internet es muy jodido. Mucha gente conectada entre sí. Es que ni en las peores pesadillas de Philip K. Dick habría pasado esto. Así que, no sé. Disfrutémoslo, ¿no? (…) Además, mola, porque la ciencia ficción está aquí, ahora, pero es muy de andar por casa. Es en plan: ¿así que el futuro era esta puta mierda?

Una exposición de nuestro zeitgeist elocuente, escueta y concisa. Reminiscencias del futuro fractal que predecía no hace mucho Arthur C. Clarke.

 

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