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» leído en la biblioteca, leído en la web · 1 marzo, 2015

El entusiasmo maníaco en las redes sociales y la alternativa de los pensadores tristes: respirar la alienación


Leemos en la edición digital de El País una entrevista con el psicoanalista Darian Leader, quien señala una característica del ánimo contemporáneo:

(…) estamos obligados a mostrar un entusiasmo extraordinario por cada trabajo. Incluso si vas a una clase de yoga, se te exige una entrega en cuerpo y alma. Debes afrontar cada proyecto con un entusiasmo desaforado. Eso significa que habrá un ritmo natural de agitación seguida de agotamiento, lo que puede llevar a un poco científico diagnóstico de bipolaridad. Además, en los estados de manía el sujeto tiene un compulsivo deseo de comunicarse con otra gente. Eso, que se percibía tradicionalmente como el rasgo principal del maniaco, es hoy una obligación social. Hay que estar en Facebook, en Twitter.

Esta mención de las redes sociales nos retrotrae a su vez a una reflexión de Alan Watts extraído de su conferencia “La naturaleza de la consciencia”:

(…) el juego que está jugando nuestra cultura al completo es que nada sucede realmente a menos que aparezca en los periódicos. Así que si estás en una fiesta, y la fiesta está muy bien, siempre aparece alguien que dice: «qué mala suerte que no haya una cámara». Por eso nuestros hijos empiezan a sentir que no existen auténticamente a menos que consigan que sus nombres aparezcan en el periódico. Y la forma más rápida de conseguirlo es cometer un crimen. Entonces sí serás fotografiado, irás a los tribunales y todo el mundo sabrá que existes. Ya estarás AHÍ. Así que no estás ahí a menos que se te grabe. Sucedió realmente si está grabado. En otras palabras, si gritas y tu voz no devuelve el eco, no sucedió.

La conferencia fue impartida en la década de los 60, pero es perfectamente extensible a la actualidad de los medios sociales en Internet. Es en este sentido ─y no literalmente─ en el que interpretamos el tan traído y llevado lugar común de que «los indios decían que una foto les quitaba el alma». Terenci Moix cita en Historia Social del Cómic a Roger Munier en un análisis de esta característica mágica y alienadora de las imágenes, enlazándola con ancestrales prácticas del chamanismo:

[Roger] Munier, al referirse a la originalidad de la fotografía «como figura del mundo», señala (…) que «en su esencia, la fotografía es mágica. Lejos de ser una mirada hacia el mundo que nos libere del mundo (…) nos sumerge en él, nos encadena a él». El factor mágico sería el principal medio de alienación a través de la fotografía, cuando menos en lo que tiene implícito no tanto de voluntad de reproducción como de posesión: exactamente el mismo problema de los orígenes religiosos de la pintura, en que el hombre se plantea la reproducción del ciervo como idea de posesión, dominio sobre él o —en el caso de los animales feroces— protección ante sus ataques. Sólo que el significado último de la pintura «mágica» difiere del de la fotografía (…) en lo que la fotografía tiene de invención subordinada a leyes mecánicas, a todo un proceso de perfeccionamiento técnico que sobrepasa su propio sentido.

El mismo fenómeno cinematográfico, donde la apariencia existe después de haber recorrido el largo proceso técnico que va de la toma a la proyección, y que es no menos ajeno al sentido de la imagen en sí, supera claramente toda intencionalidad mágica, por cuanto es la consecuencia, incluso científica, de una pragmática en la que lo de menos, en cuanto a pragmática, sería el resultado final, ese poder mágico que Munier atribuye a la imagen y que sólo existe en el consumidor de la misma, heredero del hombre que pintaba el ciervo, y no en la fotografía, descendiente a su vez, y en cuanto a acto, de la reproducción de ese ciervo.

Frente a esta dinámica succionadora de la imagen, está el “contraasalto del vacío” que mencionábamos en una entrada anterior. (Nótese que, al abrir esta entrada con una fotografía de un símbolo relacionado con el silencio, hemos incurrido conscientemente y a modo de ejemplo en algo contra lo que advierte dicho texto: el hacer del vacío una posesión).

Frente al maníaco entusiasmo de las redes sociales, pues, queda la opción de convertirse en pensadores tristes como defendía Eric G. Wilson en Contra la felicidad:

Sabiendo que es muy probable que la verdad esté en tierra de nadie, entre los opuestos —entre el interior y el exterior, entre la contemplación y la acción, entre lo visto y lo no visto—, los pensadores tristes hurgan en el contínuo crepuscular que se encuentra entre claridad y claridad. Piensan que los bordes, las circunferencias y los flecos son los lugares más interesantes del mundo, porque allí, en los límites, es donde las cosas revelan sus más profundos misterios: sus borrosas identidades, sus relaciones con los opuestos, su torturada duplicidad. Cuando optan por mantenerse en ese limbo entre opuestos tradicionales, los pensadores tristes se sienten entre dos fuegos. Por una parte, están comprometidos con el mundo del alma, con el reino invisible que sintoniza con la eternidad. Por otra, sienten propensión al espectro de los cuerpos, a la región visible controlada por el tiempo. Estremecidos en los intersticios de esas dos áreas —o entre la física y la metafísica, podríamos decir— estos filósofos tristes se convierten en una mezcla extraña: mitad alma, mitad cuerpo. Pero esa mezcla entre opuestos revela el rico misterio de cada extremo. En el límite entre el alma y el cuerpo, uno aprende en qué difieren y en qué son iguales esas dos antinomias, cómo están delimitados sus bordes, cómo palpitan sus centros, cómo son dobles y también plenas.

Pero, y como advierte Alexander Lowen en “Respiración, Sentimiento y Movimiento” (PDF), respirar la alienación resulta doloroso:

¿Por qué tantas personas tienen dificultad en respirar plena y fácilmente?. La respuesta es que respirar crea sentimientos y las personas tienen miedo a sentir. Se asustan al sentir su tristeza, su enojo y su miedo. De niños, retuvieron su respiración para no llorar, tiraron de sus hombros atrás y pusieron tenso el pecho para contener su enojo, y constriñeron su garganta para impedir el gritar. El efecto de cada uno de estas maniobras es limitar y reducir la respiración. Recíprocamente, la supresión de cualquier sentimiento produce inhibición de la respiración. Ahora, de adultos, inhiben su respiración para guardar estos sentimientos en la represión. Así, la incapacidad para respirar normalmente se vuelve el obstáculo principal a la recuperación de la salud emocional.

 

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