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» leído en la biblioteca, leído en la web · 4 abril, 2016

Políticas de la imaginación

Repasando la conferencia/ensayo de Philip K Dick “Cómo construir un universo que no se derrumbe dos días después” (enlace) nos encontramos con una matización interesante acerca del tema hipersticioso. Tras relatar episodios personales de escritura que contenía material precognitivo, Dick especula que

(…) los productores, los que escriben guiones, y los directores que crean estos mundos de audio/video, no saben cuánto de su contenido es verdad. En otras palabras, son víctimas de su propio producto, junto con nosotros. Hablando por mí, no sé cuanto de lo que escribo es verdad, o qué partes (si alguna) es cierta. Esta es una situación potencialmente letal. Tenemos ficción imitando a la verdad, y verdad imitando ficción. Tenemos un solapamiento peligroso, una peligrosa zona borrosa. Y probablemente no es deliberado. De hecho, eso es parte del problema. No puedes legislar para que un autor etiquete correctamente su producto, como una lata de pudding cuyos ingredientes vienen listados en la etiqueta… no puedes hacerle declarar qué parte es verdad y qué parte no cuando él mismo lo ignora. (…)

Es reconfortante que Dick, más allá de actitudes glamourizadoras, ─y convendrá aquí cuestionarse el constructo artista-mago-demiurgo─ entienda el fenómeno como algo básicamente problemático y sujeto a contradicciones y enantidromías. A este respecto, y concretamente en relación con la cultura pop de la mediesfera, se manifestaba Collin Bennet en Politics of the Imagination:

Cuando Shakespearre habla de la imaginación lo hace siempre con sobrecogimiento. Yeats, DeQuincey y Shelley casi fueron destruídos al volverse esta furiosa y descontrolada en su interior. Los dictadores intentan aniquilarla, las religiones intentan controlarla, los políticos la censuran, los militantes de la izquierda la odian, los psicólogos intentan cambiarla, la ciencia desconfía de ella casi por completo y en su acepción popular la imaginación se identifica con algo difícil de definir llamado “irrealidad”. Solo los medios de comunicación de masas de nuestro tiempo usan la imaginación de una forma creativa, pero son muy cuidadosos a la hora de confinar el “espíritu formativo” de Coleridge a los estrechos y anodinos confines de los medios electrónicos y sus diversiones efímeras.

Esto nos lleva a lo que Dick, en el mencionado ensayo, describe como «el bombardeo de pseudo-realidades [que] rápidamente comienza a producir hombres de mentira, hombres falsos (…): falsas realidades [que] crearán falsos humanos. O falsos humanos [que] crearán falsas realidades y se las venderán a otros humanos, volviéndolos a su vez falsificaciones de sí mismos». Mitch Fraas proponía en su blog una aproximación más cauta del uso de la imaginación:

Cuando Van Gogh acabó en el psiquiátrico, pintaba la vista que veía desde su ventana exceptuando los barrotes. (…) hay una diferencia entre usar la imaginación para hacerse una imagen de lo que realmente hay ahí y entre usarla para crear un reino de fantasía al cual escapar. (…) La ilusión más grande de todas se ha hecho muy popular estos días. Es la idea de que nosotros creamos nuestra propia realidad. Y parece que podemos hacerlo, pero creo que en verdad no se trata de la realidad. Y podría ser que no hubiese peor destino que acabar en una realidad que hubiésemos creado para nosotros mismos. La cama que has hecho es la cama en la que duermes, y la cama en la que morirás. Lo que quizás sí podemos hacer es descubrir la realidad a nuestro modo, y la imaginación puede ayudarnos a hacerlo, del mismo modo que Van Gogh se imaginaba la ventana sin barrotes para poder tener una mejor vista.

La imaginación fuera de control puede, pues, ser un problema. Así la entendía Jim De Korne en Psychedelic Shamanism:

La imaginación humana es la fuerza motora de la creatividad, y la conceptualización es la construcción de imágenes en el espacio mental. Una creencia —cualquier complejo de conceptos imaginados coherentemente— es una forma de conceptualización particularmente poderosa porque, una vez creada, se autoperpetúa. La intensidad de cada creencia determina la fuerza de su imagen —su existencia en el espacio mental— y por consiguiente la de los efectos que pueda llegar a tener en el mundo físico. Una creencia fuertemente arraigada tiene vida propia y puede extenderse de mente en mente como un virus, siendo capaz de defenderse —a través de sus huéspedes— cuando su supervivencia se ve amenazada.

Es posible imaginar implicaciones ulteriores a todo esto; pero quizás sea más eficiente cimentarlas con prácticas psicocorporales.

 

 

» leído en la web · 15 marzo, 2015

La conspiración del lenguaje (2)

El blog La Manzana Dorada nos ofrece la traducción del prólogo de Everything is under control de Robert Anton Wilson, del que extraemos un pasaje a colación de la conspiración del lenguaje a la que nos referíamos hace algunos meses:

Los grupos temidos por los ardientes conspirólogos no pueden existir en la realidad, claro, ya que todos los grupos están formados por individuos, y cada uno de ellos difiere en algunos aspectos de todos los demás. (No hay dos cerebros totalmente iguales, como no hay dos huellas dactilares idénticas). Sin embargo, la mayoría de las teorías conspirativas tienden a moverse hacia la hipótesis de que los grupos demonizados son intercambiables entre sí, y esto parece el resultado tanto del estilo “paranoico” (o “el Señor Fiscal de Distrito”) de la mente del cazador de conspiraciones y de la estructura de nuestro lenguaje, que hace que sea fácil hablar de los judíos, los católicos, los profesionales del derecho, la profesión médica, los banqueros, los masones, los políticos, los machos de nuestra especie, etc., como un mal fungible y uniforme.

Como señaló Nietzsche, cuando la humanidad se cansó de decir “esta hoja”, “aquella hoja” y “esa otra hoja”, etc., inventamos la categoría gramatical/mística “la hoja”, en la cual participan todas las hojas individuales específicas. Sin embargo, “la hoja” no existe fuera de la gramática y la filosofía platónica ─y por ende nuestro lenguaje tiende a promover el neoplatonismo al poblar el mundo con abstracciones gramaticales. Cualquier teoría conspirativa que se mueve hacia la conmutabilidad evoluciona también hacia el idealismo platónico. Esta “hipnosis lingüística” parece tan generalizada que el conde Alfred Korzybski inventó la ciencia de la semántica general como un intento de cura para esto.

En otras palabras, ya que podemos decir “los judíos” o “el Nuevo Orden Mundial” o “el patriarcado”, podemos creer, o casi creer, que estas abstracciones gramaticales tienen el mismo tipo de realidad que las pelotas de baloncesto, los perros ladrando, y los frijoles horneados. El individuo, con su pelo, uñas, ideales, ilusiones y aromas distintivos, desaparece ─por así decirlo─ y el mundo se convierte en un lugar embrujado por los sustantivos colectivos.

Bily Lopez profundiza un poco más en este ensayo acerca de la dicotomía del universalismo de la filosofía de Platón y el relativismo de la de Nietzsche, destacando a la vez el papel determinante de la ficción a la hora de construir la realidad:

¿Qué es una palabra? «La reproducción en sonidos de un impulso nervioso»—responde Nietzsche. El lenguaje no reproduce la realidad, sino que nos la traduce, nos la transporta metafóricamente. La verdad y la mentira se nos presentan así como una serie de convenciones que no dicen nada del mundo, sino de nuestra manera de verlo y de nuestra manera de relacionarnos. El mentiroso es aquel que dice lo contrario de lo que comúnmente se acepta. La verdad es una imposición. La verdad es «una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son».

Concebir a la verdad como ilusión y a los hechos como interpretaciones nos transporta de inmediato al reino de la ficción —ese ámbito desacreditado ya por Platón mismo, quien menospreciaba la labor de los artistas y de los poetas por presentarnos solamente copias de las copias de las ideas. Ficción: el ámbito de la fantasía, de la invención, de lo no-real; ámbito menospreciado por la ciencia, menoscabado por los hechos. Sin embargo, para Nietzsche la ficción es, y será, nuestra única realidad. Caer en cuenta de que hemos sido engañados es el primer paso para poder escapar de las garras del discurso racional de Occidente. Afirmar nuestro conocimiento como ficción y asumir nuestras interpretaciones como perspectivas nos permite valorar el mundo desde otro anclaje; nos abre la posibilidad de, en cualquier momento, cambiar nuestro punto de referencia y ver que las cosas son algo distinto de lo que creímos alguna vez; nos abre el mundo a nuevas experiencias; nos hace caer en el siniestro abismo de la tentativa; nos aleja de lo probable y nos acerca a lo posible y a lo imposible también.

 

 

» leído en la web, visto en la web · 2 marzo, 2015

La adicción a las narrativas lineales

«La gente cree que la clave es el sexo, el humor o los animales, pero lo que hemos descubierto es que la base de un gran anuncio es si cuenta una historia o no». Es lo que concluye Keith A. Quesenberry tras conducir un estudio en el que

las personas calificaron anuncios con tramas dramáticas ─los mismos arcos narrativos favorecidos por clasicistas como William Shakespeare─ de forma significativamente más alta que aquellos sin un planteamiento claro, desarrollo, nudo, clímax y desenlace.

En la siempre interesante revista digital Aeon hay colgado un vídeo de Paul Zak en el que se analiza cómo esta estructura del arco dramático ─descrita por Gustav Freytag hace 150 años─ «cambia nuestro comportamiento cambiando nuestra química cerebral», mediante una poderosa reacción que involucra hormonas del estrés y de la empatía: cortisol y oxitocina, respectivamente. No se registraron cambios significativos cuando los sujetos del experimento de Zak se vieron expuestos a narrativas que no incluyesen un clímax dramático.

No es un tema baladí; si tanto la industria publicitaria como DARPA ─según este artículo en Pijamasurf─ están investigando acerca de este tema no es descabellado albergar al respecto sospechas relacionadas con el control mental aplicado a la cultura audiovisual. «Diría que hay ciertas historias que pueden ser adictivas ─comenta el coronel William Casebeer─ y, neurobiológicamente hablando, no tan distintas a inhalar algo de cocaína».

¿Adictos al arco dramático? Usando el popular modelo de lateralidad hemisférica cerebral ─del que ciertamente se hacen demasiadas interpretaciones de tono naif─ el psiquiatra Dan Siegel señala que

(…) el hemisferio izquierdo del cerebro se ve impulsado a la construcción de narrativas que usan secuencias de eventos lineales, con un lenguaje muy literal del tipo “pasó esto, luego esto otro y luego esto de más allá”. (…) En el hemisferio derecho, por otra parte, reside la conexión al cuerpo; así que son los sentimientos en los músculos, en el corazón y en los músculos los que modelan una experiencia. (…) las emociones de tristeza, ira, pertenencia, frustración o decepción se experimentan de una forma muy poderosa en el hemisferio derecho del cerebro. (…) El hemisferio derecho contiene nuestras vivencias, pero el hemisferio izquierdo quiere contar una historia lineal.

Siegel sugiere que la narrativa del hemisferio izquierdo es de hecho autopacificadora, y tiene entonces sentido leer esta adicción a las narrativas lineales como un ejercicio de huída del cuerpo, del silencio. También puede leerse esta tendencia autopacificadora como un mecanismo de defensa ante la actual disolución del trance alfabético.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 17 diciembre, 2014

Mircea Eliade y la construcción ficticia del chamanismo

Otra figura muy influyente para la corriente del neochamanismo en occidente ha sido, sin lugar a dudas, Mircea Eliade. Sin embargo, desde que escribiese su seminal obra Chamanismo: técnicas arcaicas del éxtasis en 1951 ha llovido mucho. Si bien en el prefacio a la nueva edición de 2004 su discípula Wendy Doniger descarta tajantemente las acusaciones que se le hicieron ─relacionándolo con el antisemitismo o el fascismo─, sí reconoce un exceso de universalismo en la obra del académico rumano.

Volvemos de nuevo pues a The soul of shamanism de Daniel C Noel, en donde repasa algunas de las críticas formuladas por parte de la antropología más contemporánea. Nos habla, por ejemplo, del libro de Jonathan Z. Smith titulado To Take Place en el cual

se cuestiona la forma que Eliade tiene de tratar con la noción del “centro” en las tradiciones religiosas, un concepto que se vuelve importante en sus ulteriores interpretaciones del chamanismo. Smith también criticó la lectura incorrecta del mito aborígen australiano del “polo sagrado” al que la figura del ancestro supuestamente escalaba para desaparecer en el cielo. Al contrario, Smith observa que «el patrón típico australiano no es uno de retirada celestial», como implica la lectura de Eliade, «sino uno de transformación terrestre y presencia contínua».

Noel continúa analizando el simbolismo de las novelas de Eliade que precedieron a su texto sobre el chamanismo ─El bosque prohibido y Sambo─, argumentando que en ellas se gesta la simbología de ascenso que más tarde repercutiría en la interpretación y en la propia construcción de este -ismo:

la insistente imaginería de ascenso en particular (…) [en las novelas de Eliade demuestra] sus preocupaciones espaciales y temporales (…) El escape de la historia (…) es un escape hacia arriba que estaría reviertiendo “la caída” a la misma. (…) Los símbolos cristianos de ascensión son dignos de atención (…) [y estos espacios sagrados] prometen el acceso al [tiempo sagrado]. (…) Y así como el escape se busca siempre (…) hacia arriba, de igual modo el “éxtasis” como experiencia definitoria chamánica parece llevar a estas figuras hacia arriba, no hacia abajo. (…) Chamanismo: técnicas arcaicas del éxtasis(…) está modelado para exagerar los viajes del chamán a los mundos superiores y para ignorar ─o demonizar─ los igualmente definitorios viajes al inframundo.

Noel justifica esta demonización del inframundo cuando observa que Eliade

emplea el término “infernal” casi de forma intercambiable con “inframundo”. Esta terminología inevitablemente proyecta un aura de maldad sobre los viajes de descenso, y cierto es que lo que encontramos en los infiernos chamánicos de Eliade son “demonios”, en contraste con los “espíritus” más benignos de los viajes celestiales. Además, los viajes descendentes que se describen son tratados como preludios a la experiencia de ascensión, y no como una experiencia válida por sí misma.

Por lo tanto:

un ancestro chamánico primordial de tiempos míticos, que puede estar involucrado en narrativas de comunicación sencilla con los reinos superiores se toma como modelo definitorio de los practicantes que le siguen. Estos chamanes más tardíos, a menudo menos orientados a lo celeste, son infravalorados a la hora de establecer qué es un chamán y qué es lo que hace.

Para Noel, pues, «fue (…) la ficción imaginativa y no (…) los hechos sólidos la que moldeó nuestro chamanismo a través de su sensibilidad». Pero, lejos de querer señalar esta circunstancia simplemente como un error, Noel reconoce el potencial de estas ficciones imaginativas ─en este blog nos referimos a ellas genéricamente como hiperstición─ como «el secreto para la recuperación occidental de los poderes chamánicos».

Para acabar de afianzar esta línea de pensamiento se refiere al ensayo de Michael Taussig “Shamanic flight: the magic of narrative”, en donde el antropólogo

ve el viaje del chamán y el del contador de historias entrelazados. Pero siente que la estructura narrativa de las historias convencionales de introducción, nudo y desenlace puede ser una forma de magia perniciosa, pues transmite la idea injusta de un proceso chamánico completado exitosamente (una rara excepción, desde su punto de vista), como una especie de “regla de ficción”. (…) [Lo] que llamamos chamanismo (…) ─una etiqueta que descarta como «una categoría moderna occidental inventada»─ no se comportan de forma ordenada como sugiere el modelo de Eliade, [sino que implica] una incertidumbre que carece de la resolución catárquica de un vuelo mágico (…) en donde el practicante se ve reafirmado por el patrón de retorno heróico con el bálsamo curativo.

Para Taussig, las experiencias chamánicas se asemejan a la ficción experimental moderna o posmoderna,

en donde las partes están tan sólo conectadas las unas a las otras, sin una fuerza catártica que las centralice, y en donde se presentan una serie de técnicas de distanciamiento que invitan al lector o espectador a involucrarse y desinvolucrarse sucesivamente, desmantelando ─potencialmente al menos─ cualquier noción fija o fijadora de identidad.

 

 

» leído en la web, visto en la web · 9 diciembre, 2014

Hiperstición

Aprovechamos que Francisco Jota-Pérez cuelga en Youtube su charla en la MIRcon de 2014 sobre la hiperstición para recuperar un párrafo sobre este concepto que se tradujo para el fanzine Le Mutant Diplomatique (puede descargarse aquí), y que da cuenta de una serie de temas que por aquí nos fascinan: la porosidad entre la realidad y la ficción, el arte como conjuro, la guerrilla ontólogica o la vida más allá del posmodernismo. El pasaje en cuestión (descarga) se extrae del libro Retaking The Universe: William S. Burroughs in the Age of Globalization:

La ecuación entre realidad y ficción ha sido aceptada más en su aspecto negativo —una variedad de un escepticismo ontológico posmoderno— que en el positivo, como una investigación de los poderes mágicos del conjuro y la manifestación: la eficacia de lo virtual (…) La asimilación de la [hiperstición] por parte del posmodernismo textualista constituye un acto de “sabotaje interpretativo” dirigido a restar funcionalidad [a estos textos] convirtiéndolos en ejercicios estéticos de estilo. Lejos de constituir una subversión del realismo representativo, la celebración posmoderna del texto sin un referente meramente consuma un proceso que el realismo representativo había iniciado. El realismo representativo despoja a la escritura de cualquier función activa, sometiéndolo al rol de la reflexión —y no la intervención— sobre el mundo. Es un camino rápido hacia una dimensión de textualidad prístina, en la que se niega la existencia de un mundo independiente del discurso. (…)

Para los posmodernos, la distinción entre lo real y lo irreal o no es sustantiva o no se trae a colación, mientras que para los adeptos a la hiperstición la diferenciación entre “grados de comprensión” es crucial. La escritura opera no como una representación pasiva, sino como un agente de transformación a partir del cual ciertas entidades pueden emerger. (…) Pero estas operaciones no ocurren en territorio neutral (…) todas las condiciones de la existencia [son] resultado de conflictos cósmicos entre agencias de inteligencia enfrentadas entre sí.  En el proceso de hacerse reales, las entidades deben también manufacturar realidades para sí mismas: realidades cuya potencia a menudo depende de la estupefacción, subyugación y esclavización de las poblaciones y cuya existencia se halla en conflicto con otros “programas de realidad”. (…)

Mientras que el realismo meramente reproduce el programa de realidad dominante desde dentro, sin identificar nunca dicho programa, [las narrativas activas] buscan salirse de los códigos de control para desmantelarlos y cambiarlos de lugar. Cada acto de escritura es una operación de hechicería, una acción de la resistencia en una guerra en la que multitud de hechos objetivos son guiados por los poderes de la ilusión. Incluso el realismo representativo es partícipe —aunque sin ser conscientede ello— en esta guerra mágica, colaborando con el sistema de control dominante al apoyar implícitamente sus afirmaciones acerca de ser la única realidad posible».

En el blog de Jota-Pérez una lista con más referencias al respecto.

 

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