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» leído en la biblioteca, leído en la web · 3 noviembre, 2015

La teoría de la conspiración como viaje iniciático

Siguiendo nuestra exploración de la multifacética subcultura de la teoría de la conspiración, nos acercaremos esta vez a la misma desde la óptica del viaje iniciático. Como señala John Michael Greer en esta entrada de blog “The Archdruid Report”:

Las teorías de la conspiración comienzan con el reconocimiento de que las conexiones no siempre son visibles, de que lo que parece aleatorio y desconectado está, muchas veces a un nivel más profundo, atado por un nudo de propósito y significado. Esta comprensión es una herramienta crucial para encontrarle un sentido al aprieto global del mundo contemporáneo, por no hablar de un necesario primer paso hacia una consciencia ecológica, siendo dicha consciencia nuestra mayor esperanza para movernos hacia un mundo más sostenible. También se trata de un elemento espiritual fundamental: místicos y poetas han estado señalando durante miles de años que todo está conectado a todo lo demás —«no puedes deshojar una flor sin molestar a una estrella».

Para George P. Hansen, y citando desde su The Trickster and the Paranormal:

Existen similaridades entre las creencias religiosas y las conspiracionales (…) Sir Karl Popper comentó que las teorías conspirativas «vienen de abandonar a Dios y preguntarse: “¿Quién está en su lugar?”» (…) Tanto las teorías de la conspiración como las religiosas ponen [a las manifestaciones sobrenaturales] dentro de marcos, imponiéndoles por tanto cierta estructura y límites. (…) Alguien ajeno puede ver dichas creencias como paranoides o como chaladuras religiosas, pero es razonable adoptar dichas perspectivas cuando se confrontan fuertes manifestaciones de un poder inteligente y autónomo. (…) La paranoia y las teorías de la conspiración subvierten estructuras establecidas, y prosperan allí donde hay incertidumbre sobre la viabilidad del sistema establecido. (…) La paranoia y la teorización conspirativa no pueden ser reducidas simplemente a explicaciones psicológicas: las implicaciones van fundamentalmente más allá de éstas.

Existe, sin embargo, el extendido hábito de tomar literalmente estas narrativas. Para Dan Mitchell, autor del blog “Luminosity” ─y desde una entrada de una encarnación anterior del mismo:

En muchos casos los mitos conspirativos son la única mística que alguna gente puede llegar a comprender. Recuérdese que mística es simplemente la pregunta sin contestación, la que todos nos esforzamos por encontrar y sobre la que tan solo nos son dadas pistas graduales. Pienso que lo propio sería decir que la mística con un fin puramente material es degenerativa (conspiraciones, etcétera) mientras que la mística dirigida a una iniciación en el “arcanum” es el vehículo de toda regeneración y crecimiento válido. Cuando lo sagrado se destruye o se seculariza, como sucede hoy en día con la religión y la espiritualidad modernas, el crecimiento no es posible y la realidad no tiene otra opción sino la del colapso sobre sí misma. Solo la locura puede persistir.

Volvemos a John Michael Greer ─desde su otro blog, “Well of Galabes”, que dedica a temáticas esotéricas─ para atender a esta reflexión acerca de narrativas míticas e iniciación en el seno de las sociedades secretas:

[Muchas sociedades secretas trazan] la historia de sus orígenes a linajes que se remontan a casi cualquier fuente romántica que puedas nombrar: los templos del misterio de los egipcios, monasterios del Himalaya convenientemente indetectables,los sabios de la Atlántida perdida, los místicos rosacruces del siglo XVII, los Caballeros Templarios, los Pitagóricos, los Esenios. Aunque los novicios toman en ocasiones literalmente tales afirmaciones, y los encargados de la administración de estas órdenes y tradiciones defienden rotunda y categóricamente estos orígenes, los ocultistas serios saben que dichas afirmaciones se usan para revitalizar la imaginación y sacar a la mente de sus cauces habituales; (…) son herramientas para trabajar con la autoimagen, no declaraciones acerca de hechos históricos.

Desde este punto de vista, la teoría de la conspiración aparece como un artefacto de dimensiones mitológicas que en el peor de los casos, y tomado literalmente, no será más que otro sistema de creencias susceptible de ser usado para desinformar y manipular la información. En el mejor de los casos, puede convertirse en una “escuela de percepción” en el seno de una cultura en un estado de mutación acelerada.

Como veíamos anteriormente, lo previsible es que la teoría de la conspiración vaya teniendo cada vez un mayor impacto sobre la cultura de los años venideros. Inmersos irremediablemente en este nuevo ambiente simbólico, extraemos desde esta intervención en el foro de “Rigurous Intuition” una última reflexión de la mano de Jason Horsley ante la necesidad de desarrollar un sentido del escepticismo flexible mientras seguimos navegando las turbulencias de dicha subcultura:

El verdadero escepticismo consiste en aprender a discernir la verdad del engaño, empezando por nuestros héroes o maestros y terminando por nosotros mismos. El “creyente” se traga toda la historia al completo (los marcianos, los hechiceros, la democracia, lo que sea), y al embriagarse con ella empieza a sentirse mal, y es entonces cuando aparece el “escéptico” para rescatarlo. Y se pone a vomitarlo todo, y jura no volver al tema nunca más (aunque a menudo encuentra otro vicio). Esto no es tanto escepticismo como cinismo: una sobrecompensación por haberse sentido tan imbécil, dado que niega una parte suya que había respondido a la verdad, y se centra tan solo en la parte que ha convertido una pequeña verdad en un gran autoengaño. No son las mentiras las que nos engañan, sino las verdades aceptadas demasiado literalmente o demasiado rápidamente: las verdades por las que apostamos y sobre las que construimos castillos en el aire.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 24 enero, 2015

Glamour chamánico

Siguiendo con nuestro particular periplo que intenta identificar las ideas que proyectamos sobre el fenómeno del chamanismo, volvemos a “The ethnobotany of shamanism” (PDF) de Terence McKenna en donde relata sus impresiones tras pasar tiempo con chamanes en el Amazonas:

Sí, podían curar; sí, podían equilibrar a sus sociedades y actuar como paradigmas de comportamiento para los otros miembros de su tribu. Pero de lo que realmente gustaban era de juntarse y darle vueltas a las cosas: ¿qué demonios es esto? ¿Cómo demonios puede ser? Eran como científicos, como exploradores: pero carecían de un mito que abarcase sus prácticas. Eran técnicos de un mito que devolvían a sus sociedades, y esto es algo muy importante de entender acerca del chamanismo tal y como se está empaquetando y vendiendo en esta sociedad. Un chamán es principalmente un artista teatral, aunque no se pone a sí mismo enmedio de un espectáculo; es más bien que en estas sociedades las personas se convierten en actores en su propio escenario.

Los chamanes no creen ─y lo mantengo tras haber pasado tiempo con ellos─ en los poderes de las palabras mágicas, de los cristales, de los dardos curativos, etcétera. De hecho manipulan estas cosas del mismo modo que un ilusionista manipula conejos, sombreros, sierras y las cajas de madera con mujeres dentro. Entienden qué son estas cosas y cómo funcionan, y estas cosas se manipulan para crear un efecto en otras personas. Pero los chamanes entienden que la verdadera magia está en la manipulación de las señales, de los símbolos y el lenguaje. Manipulando las señales y la expectación de la gente puedes llevar a la gente a una confrontación fundamental, no sólo consigo mismos sino con lo Otro. (…)

Y no es más fácil para un indio del Amazonas el llegar a ponerse de acuerdo con ésto que para un nativo de Manhattan. En último término se trata de confrontar el misterio de la existencia. No como una frase, “el misterio de la existencia” ─quiero decir, todos hablamos de boquilla de esto. El misterio de la existencia está en todas partes: en los árboles, las piedras, los ascensores, la vida en la ciudad, la vida en el campo ─todo irradia el misterio de la existencia.

Y aunque esta caracterización de McKenna del “chamán como científico” contenga a su vez su dosis de etnocentrismo, es desde luego menos glamurosa que lo que ─en simbiosis con la sociedad del espectáculo─ pasa por chamanismo en Occidente. La antropóloga Mary Douglas ─a quien citamos desde la obra de George Hansen The trickster and the paranormal─ de hecho traza esta glamurización a nuestros prejuicios ante el mundo primitivo:

La idea de que el hombre primitivo es profundamente religioso por naturaleza es una necedad. La ilusión de que todos los hombres primitivos son piadosos, crédulos y sumisos a la enseñanza de clérigos o magos, probablemente ha contribuido más a impedirnos comprender nuestra civilización de lo que han confundido las interpretaciones de los arqueólogos que estudian el pasado muerto.

La asunción de que el chamán se estaría aprovechando de la ingenuidad del hombre primitivo para engañarlo es una proyección más de la mente moderna, bien provista como veíamos anteriormente de sus propias superticiones. En la misma obra citada más arriba, Hansen argumenta que el hombre primitivo es en general más escéptico de lo que frecuentemente presuponemos, «no viéndose a sí mismo bajo completa merced de los dioses o de los hechizos del chaman» —incluso satirizándolos a ambos— y cita el ejemplo de los indios Tahltan, los cuales «pueden creer fácilmente que un chamán o una bruja pueda usar a la vez artimañas y poderes sobrenaturales genuinos, [sin considerarlos] mutuamente exclusivos [y sin que] la exposición de un engaño desacredite necesariamente a un chamán».

 

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