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» escuchado en la web, leído en la web · 7 diciembre, 2015

Contra la naturaleza

Mencionábamos con anterioridad, aunque de pasada, la noción de que el concepto de “naturaleza” es propio de la cultura occidental. Ampliamos en esta entrada el discurso bajo la guía de Erik Davis, quien desde esta entrevista en realitysandwich.com nos introduce a esta problemática:

Por un lado, tenemos lo salvaje ─lo que representa ser salvaje, o lo que supone encontrarte con lo salvaje en tu vida. Hablamos de lo desconocido, del misterio, el caos: una suerte de encuentro dionisíaco, de una intensidad tal que le lleva a uno más allá de la razón, ya se experimente en un entorno natural, en la propia cabeza o en la ciudad. Hay algo profundo que liga lo salvaje y lo humano. Tiene mucho que ver con lo que la gente busca cuando se hacen [seekers] espirituales, cuando se hacen religiosos, cuando sondean las profundidades. Cuando la gente cuestiona las demandas imperiales de razón se hace a menudo a través de alguna forma de lo salvaje ─ya sea en su forma sagrada, arcaica o no-humana.

Al mismo tiempo, puede argumentarse que toda esta idea de lo salvaje, de la naturaleza salvaje, es un constructo. Es parte de la imaginación Europea y esa imaginación está llegando a su fin: no está haciendo ya ningún bien. Algunos ambientalistas serios argumentan que las ideas de “salvaje” o incluso de “naturaleza” realmente son un obstáculo. El argumento es que las ideas religiosas o espirituales sobre la naturaleza que tan importantes  fueron para el ecologismo del siglo XX se interponen de hecho en el proceso de introducción de estos factores no-humanos en el sistema ─de una forma en que fuercen verdaderamente al sistema a reconocerlos y negociar con ellos, más que simular de forma abstracta e insidiosa que no existen. Y la verdad, no sé qué hacer con esta tensión entre estas dos formas de “lo salvaje”. Sólo sé que resulta increíblemente vital el mantener una puerta abierta a lo salvaje.

Davis entrevista a su vez a uno de estos filósofos ambientalistas serios, Timothy Morton (@the_eco_thought) en este episodio de “Expanding mind”. Extraemos un fragmento en donde se glosa la idiosincrasia del concepto, introduciendo la noción de la tensión entre formas cognitivas agrícolas/no-agrícolas:

“Naturaleza” es un concepto que se desarrolla en la era agrícola, sea llamado así o no. Es la idea de un área que está ahí ─sales por las puertas de la ciudad, caminas siguiendo el arroyo y de repente te encuentras enmedio de la naturaleza─ e incluso puede estar dentro de mí: está en mi ADN, corre por debajo de mí mismo; estoy yo pero de alguna manera hay algo subyacente a mí que es “natural”. Pero nunca está directamente: siempre está ahí, o subyacente.

Si lo piensas bien es una forma de pensar bastante agrícola: aquí estoy yo en la ciudad y todo lo que se sale de ella es “la naturaleza”; y puede serme hostil y cuando me afecta lo voy a llamar “hierba” o “plaga” y voy a intentar eliminarla. O, la versión inversa de esta idea: voy a hacer de la naturaleza algo romántico, voy a idealizarla.

Así que la “naturaleza” no va de, pongamos, el coral. No es que no crea en el coral. Es que creo en el coral. Creo que el coral es algo real: que es algo trenzado, retorcido, en oposición a las cosas “naturales”, que son rectas, regulares. Todo esto es, pienso, un síntoma de la modernidad. Es como luchar contra un virus inoculando otro virus, y así vamos gritando “naturaleza, naturaleza”. Y no está funcionando. Quizás debamos deshacernos del mismo concepto de naturaleza, que obstaculiza nuestra relación con las entidades no-humanas.

Pensémoslo de otro modo: las entidades no-humanas se encuentran ya en el espacio social. Es algo obvio: estas bacterias que están en mi nariz, que he depositado en una servilleta que a su vez he depositado en la mesa, ya están en el espacio social. Esto significa que el espacio social nunca fue completamente humano, y que realmente no hay una barrera entre el entorno en el que estoy viviendo y el entorno en el que otras criaturas viven. La idea que se sigue es que “la naturaleza” no es una cosa que está ahí: sea lo que sea, está en mi cara. O mejor: es mi cara. A partir de ahí, no tienes siquiera que usar la palabra, pues si está en todas partes y me afecta íntimamente, no existe ya distinción. Y, de modo contrario, la palabra “naturaleza” funciona de un modo normativo: se usa para distinguir entre algo que es auténtico y algo que es inauténtico; entre cosas que son buenas y cosas que son malas. Pero si todo es “naturaleza” el concepto pierde su poder. Y así el espacio social ─y también el espacio cognitivo y el espacio filosófico─ están ya habitados por entidades no-humanas.

Sigue un poco más adelante Morton definiendo el espacio cognitivo hacia el que conduce esta ruptura de barreras, relacionándolo con un concepto de animismo que intentaría deshacerse de inercias románticas e ingenuas:

En este espacio no se puede hacer una distinción rígida entre lo que está vivo y lo que no lo está. Es un espacio en el que la diferencia entre un cadáver y algo que está vivo ─o algo que es sólo química, o algo que es biológico─ se rompe. Un ejemplo de esto sería la ciencia moderna: lo que la biología contemporánea está diciendo básicamente es que las cosas vivas están hechas de cosas que no están vivas, así que no puede hacerse una distinción rígida. Y así uno debe confrontar una densa región habitada por toda clase de anomalías extrañas, de criaturas no-muertas. Y es esto lo que pienso del animismo: no es una distinción fuerte entre lo vivo y lo muerto. El animismo trata de aceptar que las cosas tienen esta asombrosa y extraña cualidad, que es inductora de paranoia y a la vez divertida y tonta. Una cualidad que confunde las categorizaciones, los límites. Está la vida y está la muerte: las cosas viven y mueren, pero no puedes hacer distinciones rígidas al respecto. Del mismo modo, no hay una distinción clara entre aparentar y ser, pero hay a la vez una diferencia entre aparentar y ser.

Así pues encontramos todas estas asombrosas y extrañas entidades y de hecho es así como creo que [las sociedades indígenas originales] experimentan el mundo: como una suerte de paranoia ontológica de la que hemos intentado deshacernos durante eras, pero que quizás contenga algo verdadero e interesante.

Esta ontología paranoica puede, además, constituir una herramienta útil ante la poliédrica crisis actual, como remarca Davis al final de la entrevista con la que hemos abierto la presente entrada:

Sea cual sea el tumulto que se encuentre ante nosotros, cualesquiera que sea la forma del caos que confrontemos ─ya sea una sociedad hipertecnológica que consiga mantener las cosas funcionado, ya sea una sociedad forzada a reorganizarse debido a un traspiés mayor o un colapso─ cuanto más capaces seamos de manejar lo salvaje, el caos, lo desconocido, el misterio, los otros, los susurros en los bordes de nuestros puntos de vista, más capaces seremos de navegar la situación tanto a nivel individual como cultural.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 25 enero, 2015

La inercia de la teoría de la conspiración

Alan Moore toca, a nuestro parecer, un punto importante acerca de las teorías de la conspiración en una cita que se ha hecho bastante viral:

Sí que hay una conspiración, de hecho hay un gran número de conspiraciones, todas entorpeciéndose unas a otras (…) la gran lección que he aprendido sobre las teorías de la conspiración es que los teóricos de la conspiración creen en ellas porque resulta más reconfortante. La verdad del mundo es que es caótico. Lo cierto es que el control no lo tiene la conspiración de los banqueros judíos, ni la de los alienígenas grises, ni la de los reptilianos gigantes de otra dimensión. La verdad es aún mucho más aterradora; nadie tiene el control, y el mundo marcha sin timón.

En este breve biopic de Erik Davis en donde compara a Moore con su némesis Grant Morrison ─y eh, idólatras de Alan Moore del mundo, pensamos que en esa contienda en particular Moore no lleva la razón─ se caracteriza al bardo de Northampton como un «materialista secular (…) vuelto hacia los cauces humanistas de la tradición oculta (…) [acompañados de un] didacticismo ocasional». Es por esta vertiente clasicista ─que como veremos más adelante genera adicción a las conclusiones─ que no nos acabe de convencer lo que interpretamos (maliciosa, ruin y miserablemente) como un ánimo didáctico de fondo en el párrafo de arriba.

Recordando a Marshall McLuhan con aquello de que «el medio es el mensaje» nos quedamos con la postura más difusa de Robert Anton Wilson, que viene a decir exactamente lo mismo que Moore pero quizás con un estilo de lenguaje y una estructura narrativa menos dramática. Por ejemplo, desde esta entrevista:

La mayoría de la gente no sabe por qué el mundo está cambiando tan rápido y en tantas direcciones extrañas, de modo que buscan a alguien a quien culpar; tan sólo depende de sus sistemas de creencias el que culpen a los sabios de Sión, a los Illuminati de Bavaria, a los masones o a los banqueros suizos. La gente simplemente no puede entender que algunas cosas se mueven de forma acorde a factores estructurales de la sociedad y del entorno tecnológico en el que vivimos que se hallan en contínuo movimiento, de modo que buscan una entidad monolítica que lo explique todo. Es primitivo, pero muy prevalente. (…) Las teorías de la conspiración me fascinan porque suponen un buen campo de pruebas para la lógica no-aristotélica. La mayoría de la gente o las acepta o las rechaza completamente. Yo intento aplicar la lógica difusa, preguntándome: «¿Cuanto de esto puede ser realmente probado y cuanto de esto es simplemente una afirmación ciega?». Es interesante verlas no términos de y/o, sino simplemente en términos de cuán probables son las diversas partes de la teoría.

O dicho de forma más pedestre por Mathias Broeckers en su 11S:

La mayor parte de las teorías de la conspiración caen en el error de sobreestimar la influencia lineal de los actores y subestimar la complejidad dinámica de los procesos (como es el poder de la ley de Murphy y la omnipresencia de la estupidez humana). (…) Sin embargo, [las] teclas que unas personas determinadas tocan con discreción en momentos determinados revisten gran importancia cuando se juzgan los sucesos históricos. NEGAR las conspiraciones es tan ingenuo como pensar que TODO es fruto de una conspiración.

¿Nuestra conclusión? Evidentemente no tenemos ninguna, pero a modo de cierre parcial de la entrada ofreceremos dos últimas narrativas. La primera, de la mano de Michael Parenti desde su ensayo “The JFK Assassination II: conspiracy phobia on the left” (enlace) y dirigida a personas con tendencias fóbicas hacia la teoría de la conspiración:

Aquellos que sufren de fobia a las conspiraciones suelen decir aquello de que «¿Realmente piensas que hay un grupo de gente metidos en una habitación planeando cosas en secreto?». Por alguna razón se asume que esa imagen es tan absurda que solo invita a desentenderse del asunto. Pero, ¿donde más podría reunirse la gente de poder —¿en los bancos del parque, en tiovivos?. De hecho se reunen en habitaciones: salas de juntas, salas de mando del Pentágono, en el Bohemian Grove, en los comedores más selectos de los mejores restaurantes, hoteles, centros turísticos y fincas, y varias salas de conferencia en la Casa Blanca, la NSA, la CIA o lo que sea.

Y sí, confabulan conscientemente —aunque ellos lo llaman “planificación” o “adopción de estrategias”— y lo hacen en gran secreto, a menudo resistiéndose a esfuerzos de exponerlos públicamente. Nadie confabula más que las élites políticas y financieras y sus especialistas a sueldo. Para hacer el mundo más seguro para aquellos que lo poseen, elementos políticamente activos de las clases detentoras han creado un estado de seguridad que gasta billones de dólares y recluta los esfuerzos de un vasto número de personas.

La segunda, de la mano de Morris Berman en esta entrada de su blog, para aquellos con aversión a las dinámicas caóticas:

Mientras que es indudablemente cierto que las élites actúan en ocasiones de forma deliberada y coordinada, fue [el eminente sociólogo Charles Wright] Mills quien señaló que en la realidad se da un matiz significantivo (…): no es que los super ricos se junten en una habitación y se pregunten «¿Cual sería la mejor forma de joder a los trabajadores y las clases medias?».

No, dice Mills, lo que sucede es que se relacionan entre sí y de una manera informal reconocen sus afiliaciones de clase: «Los miembros de varios círculos se conocen entre sí en calidad de amigos e incluso vecinos; se juntan los unos con los otros en el campo de golf, en los clubs de caballeros, en los complejos turísticos, en los vuelos transcontinentales y en los transatlánticos. Se conocen en las fincas de amigos mútuos, hablan cara a cara ante las cámaras de la TV o trabajan en el mismo comité filantrópico; y muchos se aseguran de cruzar sus caminos en las columnas de los periódicos, si no en los mismos cafés en donde estas columnas se originan. La concepción de una élite de poder, por lo tanto, no recae en la asunción de que la historia (…) deba ser entendida como un plan secreto, o como una gran y coordinada conspiración de los miembros de esta élite. Esta concepción surge más bien de terrenos más impersonales».

No estaríamos hablando, pues, de alguna hermandad organizada, de un cliché financiero cuasi-masónico. Sin embargo —y este es el punto crucial— si nos atenemos a los resultados concretos, bien podría ser así. Mills continúa: «Pero, una vez que la conjunción de tendencias estructurales y de la voluntad de utilizarlas dan lugar a la élite de poder, sus miembros conciben planes y programas y de hecho no es posible interpretar muchos eventos y políticas oficiales sin hacer referencia a las élites de poder».

El trabajo de Mills se sitúa más en la categoría de crítica social que de ciencias sociales en sí; no estaba muy interesado en hechos y personajes. Pero en los más de 50 años que han pasado desde que escribió estas palabras, su perfil de una democracia estadounidense ilusoria ha sido desarrollada por numerosos sociólogos y científicos políticos armados con ingentes cantidades de datos. [Un] reciente trabajo de este género (…) identifica una élite global de poco más de 6.000 individuos que estarían dirigiendo el espectáculo mundial, junto con las cincuenta instituciones financieras que controlan casi 50 trillones de dólares en activos. Con o sin complot, los resultados son los mismos.

 

 

» leído en la web · 14 enero, 2015

La izquierda, la derecha, la teoría de la conspiración y la fusión paranoica (pop)

Le preguntan a Erik Davis por las teorías de la conspiración en esta entrevista en Vice:

Es importante reconocer que “teoría de la conspiración” es un término derogatorio que se usa contra gente que, en ocasiones, señalan conspiraciones muy reales y dañinas. El poder, en esencia, toma la forma de conspiración. Así que ─incluso sin ser un izquierdista zumbado sino uno razonable─ hay mucho de verdadero en concebir nuestra condición actual como resultado de la conspiración.

El hecho de que existan determinados grupos en la sombra no significa necesariamente que tengan las manos puestas sobre los engranajes del control en mayor medida que otros grupos que pululan por ahí fuera ─con sus propias y alocadas agendas. Veo varios grupos manipuladores: las grandes corporaciones, las agencias de inteligencia, los super-ricos, bromistas varios y los tecnólogos transhumanistas. Todos estos grupos se están moviendo hacia el futuro, así que si sales a buscar conspiraciones las vas a encontrar en todas partes.

La izquierda suele reaccionar negativamente ante los discursos que incluyen las teorías de la conspiración ─dice Jeff Wells en su Rigurous Intuition (blog homónimo aquí)─ porque éstas se hallan asociadas «al ridículo y la apariencia de las supersticiones de la derecha reaccionaria contra las que han estado luchando durante toda su vida política».

Jonah Weiner señala sin embargo en este artículo en Slate un extraño giro que se da en la cultura estadounidense y que presumiblemente se estará extendiendo a la cultura globalizada mientras picamos estas líneas:

Hay un fuerte aroma a derecha religiosa en gran parte del discurso del Iluminismo pop (…) Sin embargo, en un giro que evade el sentido común, la paranoia Illuminati no sólo se adhiere a aquellos en la extrema derecha que temen un asalto ateo/negro/gay, sino también al otro extremo del espectro político. En la extrema izquierda ─negra─, los persistentes temores al control y a la asimilación por parte de las estructuras de poder ─blancas─ encuentra su voz en las teorías Illuminati. Michael Kelly usó el término “fusión paranoica” para describir este extraño solapamiento de la izquierda y la derecha.

Además, y atendiendo a este ensayo de Stef Aupers titulado “Trust no one: Modernization, paranoia and conspiracy culture” esta influencia de la derecha religiosa se habría venido diluyendo durante los últimos tiempos:

Las teorías de la conspiración tradicionales, las producidas alrededor de los años 50, típicamente demonizaban a judíos, musulmanes y comunistas como conspiradores —grupos que se asumía amenazaban la sociedad o perturbaban las barreras entre “nosotros” y “ellos”. Esta forma de paranoia sobre un “Otro” exótico, paradójicamente, reafirmó tanto la identidad personal como la nacional y facilitó cierto tipo de catársis cultural.

La teoría de la conspiración contemporánea es diferente: trata menos de señalar como chivo expiatorio a un “Otro” real o imaginario, pero puede caracterizarse como paranoia hacia las instituciones de la misma sociedad moderna creadas por humanos. Este tipo moderno (…) se opone diametralmente al tipo tradicional, dado que sus teorías tratan del “enemigo interno” —las desconocidas y maliciosas fuerzas que operan dentro de la maquinaria de los laboratorios científicos, de las corporaciones modernas, del estado y de la política.

Peter Knight escribe sobre este respecto acerca de una notable transición desde una “paranoia segura” a una “paranoia insegura”: «para la generación posterior a los 60, la paranoia se ha convertido más en una expresión de infatigables sospechas e incertidumbres que en una forma dogmática de alarmismo» y «el conspiracionismo popular ha mutado de una obsesión con un enemigo fijo a una sospecha generalizada sobre fuerzas conspirativas, (…) a una versión más insegura de las ansiedades infundidas por las conspiraciones que lo transporta todo a una regresión infinita de sospecha».

Esta fusión paranoica con la modernidad ─por tanto también con los medios de comunicación de masas, apunta Justin Boland (@brainsturbator, @skilluminati)─, no se verá exenta de la banalización; pero, a la vez, conformará un caldo de cultivo en la cultura popular que está por venir:

La señal siempre se degrada, se distorsiona … y se hace cada vez más popular. Lo estúpido es accesible, y a la gente le gusta lo estúpido. A la gente le gustan los extraterrestres, los malos-de-la-película satanistas y la adquisición de productos que expresen su conocimiento oculto. Es difícil exagerar cuán hueco se ha vuelto el Complejo del Conspientretenimiento en 2010. La teoría de la conspiración se está enseñando en estos momentos a los americanos en pizarras. La Visión Remota ha pasado de ser un proyecto clasificado a una mini-industria de packs de entrenamiento en DVD que compiten entre sí. Incluso Tila Tequila está siguiéndoles el rastro a los Illuminati. Estamos ante una demografía emergente que será extremadamente importante durante la próxima década.

 

 

» escuchado en la web · 18 noviembre, 2014

Meditación y discernimiento

Desde este episodio del podcast “Expanding Mind” Erik Davis hace una observación que nos invita al reconocimiento de que muchas de las técnicas que importamos desde otras culturas son de naturaleza más paradójica y compleja de lo que solemos pensar. En esta ocasión, se refiere a la contemplación de la práctica meditativa más allá de tópicos y lugares comunes, como cuando se la entiende simplemente como una forma de “relajación”:

(…) creo que existe evidencia muy buena que apoya la idea de que el discernimiento, de que el hecho de ser puntillosos y selectivos con detalles particulares no es necesariamente anti-meditación. La gente tiene la sensación de que en la meditación la finalidad es fundirse con el todo, el darse cuenta ─lo más rápido posible─ de que todo es uno, de que todo sucede a la vez; pero hay otra faceta de la misma que tiene más que ver con el desarrollo de la capacidad de discernimiento, de aislar cosas concretas para caminar hacia una participación con el entorno más rica, de mayor multidimensionalidad.

¿Una concepción, quizás, con más alma?

 

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