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» leído en la biblioteca, leído en la web · 4 abril, 2016

Políticas de la imaginación

Repasando la conferencia/ensayo de Philip K Dick “Cómo construir un universo que no se derrumbe dos días después” (enlace) nos encontramos con una matización interesante acerca del tema hipersticioso. Tras relatar episodios personales de escritura que contenía material precognitivo, Dick especula que

(…) los productores, los que escriben guiones, y los directores que crean estos mundos de audio/video, no saben cuánto de su contenido es verdad. En otras palabras, son víctimas de su propio producto, junto con nosotros. Hablando por mí, no sé cuanto de lo que escribo es verdad, o qué partes (si alguna) es cierta. Esta es una situación potencialmente letal. Tenemos ficción imitando a la verdad, y verdad imitando ficción. Tenemos un solapamiento peligroso, una peligrosa zona borrosa. Y probablemente no es deliberado. De hecho, eso es parte del problema. No puedes legislar para que un autor etiquete correctamente su producto, como una lata de pudding cuyos ingredientes vienen listados en la etiqueta… no puedes hacerle declarar qué parte es verdad y qué parte no cuando él mismo lo ignora. (…)

Es reconfortante que Dick, más allá de actitudes glamourizadoras, ─y convendrá aquí cuestionarse el constructo artista-mago-demiurgo─ entienda el fenómeno como algo básicamente problemático y sujeto a contradicciones y enantidromías. A este respecto, y concretamente en relación con la cultura pop de la mediesfera, se manifestaba Collin Bennet en Politics of the Imagination:

Cuando Shakespearre habla de la imaginación lo hace siempre con sobrecogimiento. Yeats, DeQuincey y Shelley casi fueron destruídos al volverse esta furiosa y descontrolada en su interior. Los dictadores intentan aniquilarla, las religiones intentan controlarla, los políticos la censuran, los militantes de la izquierda la odian, los psicólogos intentan cambiarla, la ciencia desconfía de ella casi por completo y en su acepción popular la imaginación se identifica con algo difícil de definir llamado “irrealidad”. Solo los medios de comunicación de masas de nuestro tiempo usan la imaginación de una forma creativa, pero son muy cuidadosos a la hora de confinar el “espíritu formativo” de Coleridge a los estrechos y anodinos confines de los medios electrónicos y sus diversiones efímeras.

Esto nos lleva a lo que Dick, en el mencionado ensayo, describe como «el bombardeo de pseudo-realidades [que] rápidamente comienza a producir hombres de mentira, hombres falsos (…): falsas realidades [que] crearán falsos humanos. O falsos humanos [que] crearán falsas realidades y se las venderán a otros humanos, volviéndolos a su vez falsificaciones de sí mismos». Mitch Fraas proponía en su blog una aproximación más cauta del uso de la imaginación:

Cuando Van Gogh acabó en el psiquiátrico, pintaba la vista que veía desde su ventana exceptuando los barrotes. (…) hay una diferencia entre usar la imaginación para hacerse una imagen de lo que realmente hay ahí y entre usarla para crear un reino de fantasía al cual escapar. (…) La ilusión más grande de todas se ha hecho muy popular estos días. Es la idea de que nosotros creamos nuestra propia realidad. Y parece que podemos hacerlo, pero creo que en verdad no se trata de la realidad. Y podría ser que no hubiese peor destino que acabar en una realidad que hubiésemos creado para nosotros mismos. La cama que has hecho es la cama en la que duermes, y la cama en la que morirás. Lo que quizás sí podemos hacer es descubrir la realidad a nuestro modo, y la imaginación puede ayudarnos a hacerlo, del mismo modo que Van Gogh se imaginaba la ventana sin barrotes para poder tener una mejor vista.

La imaginación fuera de control puede, pues, ser un problema. Así la entendía Jim De Korne en Psychedelic Shamanism:

La imaginación humana es la fuerza motora de la creatividad, y la conceptualización es la construcción de imágenes en el espacio mental. Una creencia —cualquier complejo de conceptos imaginados coherentemente— es una forma de conceptualización particularmente poderosa porque, una vez creada, se autoperpetúa. La intensidad de cada creencia determina la fuerza de su imagen —su existencia en el espacio mental— y por consiguiente la de los efectos que pueda llegar a tener en el mundo físico. Una creencia fuertemente arraigada tiene vida propia y puede extenderse de mente en mente como un virus, siendo capaz de defenderse —a través de sus huéspedes— cuando su supervivencia se ve amenazada.

Es posible imaginar implicaciones ulteriores a todo esto; pero quizás sea más eficiente cimentarlas con prácticas psicocorporales.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 17 noviembre, 2015

La cultura norteamericana y la recombinación digital puritano-poshumanista

Nos ha resultado muy interesante la lectura de Generación post-alfa del filósofo italiano Franco Berardi “Bifo” (PDF), pues sintetiza muchos de los temas que nos interesan. Habría demasiado que citar, así que hemos elaborado un pequeño compendio de nuestros subrayados. Aquí nos centraremos en la descripción cualitativa de la cultura estadounidense llevada a cabo por Bifo, que parte de un encuadre de la idiosincrasia del protestantismo/puritanismo. Citando a Camile Paglia:

El problema primario del protestantismo es la fijación sobre la palabra: el estudio de la Escritura es su corazón. Ningún mediador carnal es necesario entre el alma y Dios; ninguna imagen de santos, Madres o divinidad es permitida, incluso si algún retrato del Buen Pastor ha comenzado a infiltrarse en alguna denominación en el último siglo. En el catolicismo italiano y español por el contrario, existe un constante derecho reclamado a los sentidos.

Desde este otro texto, ─una versión resumida del libro─ “Puritanismo y virtualización”, continúa Bifo:

Esta purificación de la vida de todo elemento de emocionalidad, esta reducción a la abstracción del código crea las condiciones para una potencia operacional que reencontramos en toda la historia norteamericana como potencia de la tecnología. Mientras la historia de la Revolución Francesa se confrontó con las estratificaciones sociales, nacionales, antropológicas que volvían al espacio europeo densísimo, obstruido por el pasado feudal, la historia de la Revolución norteamericana se despliega en un territorio en el cual no está marcado pasado alguno. Es en este territorio depurado que puede tomar forma un modelo neo-humano, un modelo de ser humano desensibilizado a las asperezas del analógico histórico-emocional. Sensible al código, sin embargo, es por esto hiper-potente, potente a un nivel bunkerizado, a un nivel virtual. Es en el espacio depurado que puede tomar forma la tecnología, la práctica, la cultura y el imaginario digital. Pero para una perfecta operacionalidad y una perfecta seguridad de la existencia social debe cumplirse la digitalización del planeta, y con este fin es necesario remover las estratificaciones, quitar las impurezas acumuladas durante el curso de la historia humana: limpiar el mundo.

Hemos analizado anteriormente el por qué de que el pensamiento binario, evitativo de la paradoja, resulte en esta hiper-potencia resaltada por Bifo. Esta virtualización y codificación cultural tiene como efecto secundario una marcada reintroducción de los campos cognitivos asociados al lenguaje audiovisualla disolución del trance alfabético─, si bien mediados por esta influencia protestante (lo que designamos anteriormente como la paradoja animista del protestantismo). Esta globalización cultural fue recibida, nos cuenta Bifo, con los brazos abiertos por la primera generación videoelectrónica:

a excepción de pequeñas minorías ideológicamente prevenidas, la mayor parte de los jóvenes del planeta manifestaron en los años 80 y 90 una activa simpatía por Estados Unidos de América que era principalmente el efecto de una fascinación por el imaginario norteamericano. Para la mayoría de los jóvenes, aquel imaginario representaba existencia de formas de vida transgresoras, la libertad respecto a las agobiantes herencias tradicionales, la ampliación de los horizontes comunicativos y la experimentación de nuevos universos tecnológicos y culturales. Hollywood había sabido expresar este mensaje, la música rock lo había transformado en un ritmo planetario.

Sin embargo, Bifo se guarda bastante de identificar de forma romántica e ingenua las fuerzas deseantes ─como vimos que hacía la vertiente naïf del primitivismo:

A veces [se identifica] el deseo como la fuerza positiva que se opone al dominio. Pero esta vulgarización no es correcta. El deseo no es una fuerza sino un campo. Es el campo en el cual se desarrolla una densísima lucha o, mejor dicho, un espeso entrecruzamiento de fuerzas diferentes, conflictivas. El deseo no es un valiente muchacho, no es el chico bueno de la historia. El deseo es el campo psíquico sobre el que se oponen continuamente flujos imaginarios, ideológicos, intereses económicos. Existe un deseo nazi, digo, para entendernos.

En definitiva, y muy relacionado con lo que calificábamos con el entusiasmo maníaco de las redes sociales:

En la excepcionalidad norteamericana está implícita una ruptura con la herencia del Humanismo. La idea de universalidad y la noción de libertad personal son arrollados en el emerger hegemónico de la tecno-cultura norteamericana. Pero lo que más cuenta es el hecho de que la tecno-cultura norteamericana redefine el equilibrio antropológico entre cálculo y emoción, entre dimensión orgánica y esfera del artificio, entre liso y estriado. Es en la historia cultural del pueblo que se instala en el territorio norteamericano donde podríamos encontrar la génesis de un nuevo modelo de comunidad de carácter sintético. Sintético en un doble sentido de la palabra: la cultura norteamericana representa la síntesis de todas las otras culturas, porque ha importado sobre el propio territorio imaginario y político fragmentos importantes y vitales de las culturas del mundo. Pero esta síntesis se determina sobre un plano artificial, depurado del espesor emocional, psíquico, lingüístico de la historia, de la temporalidad, de la carnalidad del pasado. Ya desde el principio la historia norteamericana manifiesta una tendencia hacia lo neo-humano, con una implícita tensión a liberarse de lo humano como residualidad.

Este poshumanismo digital rompería con el sustrato análogo de las culturas tradicionales y se revela inquietante en el contexto de la poliédrica crisis actual:

La palabra “humanista” implica relación con una profundidad de estratos no formalizables: las culturas, las creencias, las tradiciones, la emoción, la corporeidad deseante. La contraposición entre globalización humanitaria y particularismo identitario ha marcado la década clintoniana. En aquella década el optimismo económico prevalecía sobre el sentimiento de inseguridad que iba difundiéndose a los márgenes de Occidente. Pero cuando se ha bloqueado la dinámica expansiva de la new economy, el discurso (identificado como) norteamericano ha terminado por derribarse, y la imagen que aparecía luminosa y seductora ha comenzado a transformarse en una imagen oscura, inquietante, antipática, terrorífica.

Como veíamos, estas digitalización de dinámicas ctónicas, no cuantificables, pueden ser las que guíen los movimientos de corte esotérico importados desde Estados Unidosel motor espiritual del tecnofeminismo. Estamos hablando de fuerzas complejas, muy paradójicas, y desde luego no pretendemos tener una respuesta definitiva al respecto; nos parece, sin embargo, muy inquietante una críptica y lapidaria frase de Bifo con la que concluiremos esta entrada:

El surgimiento de Estados Unidos de América ha tenido, desde el principio, un carácter de viraje en la evolución del mundo, pero ese viraje está hoy en cuestión. La novedad norteamericana se juega el todo por el todo. No se trata de ganar o perder la guerra contra Babilonia. Está claro que Babilonia puede ser reducida a cenizas militarmente. Pero la nueva Jerusalén podría no sobrevivir a la pira de Babilonia.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 14 marzo, 2015

La invasión de los mandalas del espacio exterior


Seguimos con nuestra particular deconstrucción de las imágenes generadas por la cultura popular y los medios audiovisuales. Volvemos a North: The rise and fall of the polar cosmology de Steven Taylor, en donde se centra en el popular icono de los mandalas:

Muchos de nosotros, al deshacernos de nuestro barniz secular, nos vemos capturados por los radiantes restos de imágenes de persistencia retiniana de la cosmología concéntrica, y sentimos que son tan fundamentales para nosotros que asumimos que son fundamentales para los seres humanos. Tales imágenes, como descubrió Carl Jung en su obsesión por los mandalas concéntricos, desatan un tremendo poder en la psique y son profundamente útiles para orientarse en el despliegue de la consciencia. Pero, incluso así, no parecen fundamentales.

Un poco más adelante pone en contexto el orígen del término, relacionándolo con el concepto de consciencia vertical que veíamos con anterioridad:

El notorio académico de religiones asiáticas David Gordon White señala que los afamados conceptos de la India védica “chakra” y “mandala” tienen su origen en mundanas nociones políticas, transfiguradas por medio de asociaciones con el cielo. White muestra como “mandala” fue en su origen «simplemente un término para una unidad administrativa o condado de la India antigua». Y la realeza védica fue idealizada bajo el término “cakravartin”, referido a «aquel que hace rodar (vartayati) la rueda (cakra) de el centro de su reino o imperio, y las ruedas de cuyo carruaje giran alrededor de este perímetro sin obstrucción». En esta combinada centralidad y abarcadura, el rey refleja la supremacía de la deidad y su reino celestial.


Este artículo de Sam Kriss titulado “Manifesto of the Committee to Abolish Outer Space” comienza con un divertido pasaje que traslada esta influencia a la imaginería contemporánea de la ciencia ficción:

Nos han mentido, hemos sido sujetos de una mentira cruel y fría, una tan vasta y total que no puede ser percibida por completo pero que se ha convertido el substrato de la vida cotidiana. Es una mentira política. Nos dijeron que el espacio exterior es bello.

Nos mostraron nebulosas, grandiosas nubes rosas y azules, rodeadas de cortinajes trenzados de estrellas moradas, danzando al ritmo del infinito cósmico y conformando formas genitales, pollas y coños de años luz de anchura. Sobreimprimieron delicadas citas cual tintineantes ondas sobre un charco sobre estas imágenes, de modo que las galaxias pudieran hablarte de las profundidades de tu soledad, susurrándote desde un insondable infinito que eres mejor que todo el mundo porque, joder, tú amas la ciencia. Las palabras son mentiras, los colores son mentira y las nebulosas son mentiras. Estas imágenes fueron cotejadas y pigmentadas por ordenadores; no son ninguna escena que realmente pudieras contemplar desde la escotilla de tu nave espacial. El espacio no es siquiera feo: no es nada. Es un vacío muerto y negro, con cuatro rocas dispersas que colisionan entre ellas conforme a un preciso sinsentido matemático hasta que todo lo que queda es polvo.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 10 marzo, 2015

El heróico turista romántico

Carlos Suárez Álvarez da cuenta en su novela testimonial Ayahuasca, amor y mezquindad de las exóticas proyecciones que efectúa la mente “occidental” en su contacto con el mundo “chamánico” contemporáneo:

«Queremos hacer un episodio donde una o dos parejas pueda encontrarse con una tribu más auténtica». Ahí ya la jodió Stefan; hasta el momento me había agradado su tono pero lo de la “tribu más auténtica” … era de esperar. «Una tribu que viva de la caza y de otros tesoros en el bosque y todavía mantenga sus tradiciones, rituales, chamanismo de una forma más real, no para turistas». (…) Mi respuesta fue contundente, y te la voy a resumir. Primero: que lo sentía mucho pero que el taparrabos estaba pasado de moda, y que si querían taparrabos e indios con plumas que yo les podía llevar a pueblos en los que los indígenas se vestían a la antigua cuando oían el motor de una embarcación turística, que de esos había muchos. Segundo: que si querían colaborar con las comunidades indígenas tendrían que pagar porque allí ya estaban bien al tanto de lo que eran los programas de televisión y el dinero que generaban. Tercero: que tenían la cabeza llena de esterotipos y que si querían que les mostrara la vida indígena tal y como era, con sus objetos de plástico, sus ropas “occidentales” y sus necesidades monetarias, yo se la podía enseñar con mucho gusto, y le advertía de que así la experiencia resultaría mucho más enriquecedora que los brillantes clichés de los cuchés coloreados.

La mención final de los cuchés coloreados adquiere una dimensión adicional si se analiza, como veíamos previamente, desde la dinámica succionadora de las tecnologías de la imagen. Volvemos también al texto Historia social del comic, en donde Terenci Moix hace una lectura de corte marxista de los orígenes culturales de la figura del héroe romántico que subyace al fragmento que acabamos de citar:

[El héroe romántico nace] en una especie de preconización de retorno a la pureza inicial del hombre, que entronca con la idea del salvaje ideal de Rousseau y cuyo signo externo sería la desnudez y el contacto con la naturaleza. [Los postrománticos] que intuyeron las alienaciones del mundo moderno (…) se lanzaron a huir de ellas a caballo de otra alienación particular [transmisora] de otros mitos de rebelión individualista que entroncan con la idea (…) del posterior titanismo en el cómic Norteamericano.

[El héroe romántico es] el resultado de una dialéctica permanente de rebelión contra la ideología burguesa partiendo, sin embargo, de una sujeción a la misma y acabando siempre por hacerle el juego. (…) Que todo romántico sea en esencia un precursor de turista (en la acepción moderna del término) justifica (…) la mentalidad de huida que (…) éste [fomenta] en el consumidor moderno, cuya idealización de la selva como sustitutivo permanente del sueño provisional que representan quince días en [algún destino turístico tropical] es digno de tener en cuenta. [El héroe romántico] no puede representar en absoluto una totalidad de ensueño para el individuo medio, cuyo proceso de evasión siempre provisional, un reflejo condicionado a la idea, también moderna, de las vacaciones.

No podemos evitar pensar en el sesgo ideológico de esta lectura, y contemplamos la posibilidad de que además existan otros elementos presentes en esta figura ─como por ejemplo la filtración de cierto tipo de deriva animista en una cultura popular que se aleja por momentos del trance alfabético, o una reacción del “holismo marxista” ante la autonomía individual de las sociedades pre-agrícolas. (¿Podría leerse la dialéctica hegeliana desde la adicción a las narrativas lineales?). Con todo, este binomio entre romanticismo y turismo que señala Moix está a la orden del día en el creciente fenómeno del “turismo chamánico”. En palabras de antropóloga Evgenia Fotiou desde su artículo “El turismo chamánico y la comercialización de la ayahuasca”:

(…) la mayor parte de estos occidentales (…) piensan que esta forma de chamanismo ha sido practicada por miles de años sin ser alterada. Pasan por alto el contexto histórico y cultural del chamanismo, como por ejemplo la cosmología amazónica que no tiene cabida en occidente. También ignoran aspectos ambiguos del chamanismo, como la hechicería, tema de creciente interés para los académicos. Adicionalmente, los turistas tienen percepciones irreales acerca de los indígenas y la población local. Los idealizan románticamente solo para desilusionarse días después. Algunos conceptos extranjeros son adoptados por los chamanes para poder ajustarse a las expectativas y necesidades de los turistas. Notablemente, un chamán con el que trabajé se refería constantemente a los chakras del cuerpo, o puntos de energía, un concepto tomado de la espiritualidad oriental.

Finalizamos con Hakim Bey y su ensayo “Superar el turismo” ─existe un fragmento traducido en decondicionamiento.org desde el original en hermetic.com─ que explora la psicología alienada del turista:

El turista busca Cultura porque en nuestro mundo, la cultura ha desaparecido en el estómago de la cultura del Espectáculo, ha sido derribada y sustituida con el Centro Comercial y el show televisivo. Porque nuestra educación sólo es una preparación para una vida de trabajo y consumo, porque nosotros mismos hemos dejado de crear. A pesar de que los turistas parezcan estar físicamente presentes en la Naturaleza o la Cultura, uno podría considerarles fantasmas encantando ruinas, carentes de toda presencia física. No están realmente ahí, sino que se mueven a través de un paisaje mental, una abstracción (“Naturaleza”, “Cultura”), coleccionando imágenes en lugar de experiencia. Demasiado frecuentemente sus vacaciones suceden entre la miseria de otras personas e incluso se añaden a esta.

 

 

» leído en la web, visto en la web · 2 marzo, 2015

La adicción a las narrativas lineales

«La gente cree que la clave es el sexo, el humor o los animales, pero lo que hemos descubierto es que la base de un gran anuncio es si cuenta una historia o no». Es lo que concluye Keith A. Quesenberry tras conducir un estudio en el que

las personas calificaron anuncios con tramas dramáticas ─los mismos arcos narrativos favorecidos por clasicistas como William Shakespeare─ de forma significativamente más alta que aquellos sin un planteamiento claro, desarrollo, nudo, clímax y desenlace.

En la siempre interesante revista digital Aeon hay colgado un vídeo de Paul Zak en el que se analiza cómo esta estructura del arco dramático ─descrita por Gustav Freytag hace 150 años─ «cambia nuestro comportamiento cambiando nuestra química cerebral», mediante una poderosa reacción que involucra hormonas del estrés y de la empatía: cortisol y oxitocina, respectivamente. No se registraron cambios significativos cuando los sujetos del experimento de Zak se vieron expuestos a narrativas que no incluyesen un clímax dramático.

No es un tema baladí; si tanto la industria publicitaria como DARPA ─según este artículo en Pijamasurf─ están investigando acerca de este tema no es descabellado albergar al respecto sospechas relacionadas con el control mental aplicado a la cultura audiovisual. «Diría que hay ciertas historias que pueden ser adictivas ─comenta el coronel William Casebeer─ y, neurobiológicamente hablando, no tan distintas a inhalar algo de cocaína».

¿Adictos al arco dramático? Usando el popular modelo de lateralidad hemisférica cerebral ─del que ciertamente se hacen demasiadas interpretaciones de tono naif─ el psiquiatra Dan Siegel señala que

(…) el hemisferio izquierdo del cerebro se ve impulsado a la construcción de narrativas que usan secuencias de eventos lineales, con un lenguaje muy literal del tipo “pasó esto, luego esto otro y luego esto de más allá”. (…) En el hemisferio derecho, por otra parte, reside la conexión al cuerpo; así que son los sentimientos en los músculos, en el corazón y en los músculos los que modelan una experiencia. (…) las emociones de tristeza, ira, pertenencia, frustración o decepción se experimentan de una forma muy poderosa en el hemisferio derecho del cerebro. (…) El hemisferio derecho contiene nuestras vivencias, pero el hemisferio izquierdo quiere contar una historia lineal.

Siegel sugiere que la narrativa del hemisferio izquierdo es de hecho autopacificadora, y tiene entonces sentido leer esta adicción a las narrativas lineales como un ejercicio de huída del cuerpo, del silencio. También puede leerse esta tendencia autopacificadora como un mecanismo de defensa ante la actual disolución del trance alfabético.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 1 marzo, 2015

El entusiasmo maníaco en las redes sociales y la alternativa de los pensadores tristes: respirar la alienación


Leemos en la edición digital de El País una entrevista con el psicoanalista Darian Leader, quien señala una característica del ánimo contemporáneo:

(…) estamos obligados a mostrar un entusiasmo extraordinario por cada trabajo. Incluso si vas a una clase de yoga, se te exige una entrega en cuerpo y alma. Debes afrontar cada proyecto con un entusiasmo desaforado. Eso significa que habrá un ritmo natural de agitación seguida de agotamiento, lo que puede llevar a un poco científico diagnóstico de bipolaridad. Además, en los estados de manía el sujeto tiene un compulsivo deseo de comunicarse con otra gente. Eso, que se percibía tradicionalmente como el rasgo principal del maniaco, es hoy una obligación social. Hay que estar en Facebook, en Twitter.

Esta mención de las redes sociales nos retrotrae a su vez a una reflexión de Alan Watts extraído de su conferencia “La naturaleza de la consciencia”:

(…) el juego que está jugando nuestra cultura al completo es que nada sucede realmente a menos que aparezca en los periódicos. Así que si estás en una fiesta, y la fiesta está muy bien, siempre aparece alguien que dice: «qué mala suerte que no haya una cámara». Por eso nuestros hijos empiezan a sentir que no existen auténticamente a menos que consigan que sus nombres aparezcan en el periódico. Y la forma más rápida de conseguirlo es cometer un crimen. Entonces sí serás fotografiado, irás a los tribunales y todo el mundo sabrá que existes. Ya estarás AHÍ. Así que no estás ahí a menos que se te grabe. Sucedió realmente si está grabado. En otras palabras, si gritas y tu voz no devuelve el eco, no sucedió.

La conferencia fue impartida en la década de los 60, pero es perfectamente extensible a la actualidad de los medios sociales en Internet. Es en este sentido ─y no literalmente─ en el que interpretamos el tan traído y llevado lugar común de que «los indios decían que una foto les quitaba el alma». Terenci Moix cita en Historia Social del Cómic a Roger Munier en un análisis de esta característica mágica y alienadora de las imágenes, enlazándola con ancestrales prácticas del chamanismo:

[Roger] Munier, al referirse a la originalidad de la fotografía «como figura del mundo», señala (…) que «en su esencia, la fotografía es mágica. Lejos de ser una mirada hacia el mundo que nos libere del mundo (…) nos sumerge en él, nos encadena a él». El factor mágico sería el principal medio de alienación a través de la fotografía, cuando menos en lo que tiene implícito no tanto de voluntad de reproducción como de posesión: exactamente el mismo problema de los orígenes religiosos de la pintura, en que el hombre se plantea la reproducción del ciervo como idea de posesión, dominio sobre él o —en el caso de los animales feroces— protección ante sus ataques. Sólo que el significado último de la pintura «mágica» difiere del de la fotografía (…) en lo que la fotografía tiene de invención subordinada a leyes mecánicas, a todo un proceso de perfeccionamiento técnico que sobrepasa su propio sentido.

El mismo fenómeno cinematográfico, donde la apariencia existe después de haber recorrido el largo proceso técnico que va de la toma a la proyección, y que es no menos ajeno al sentido de la imagen en sí, supera claramente toda intencionalidad mágica, por cuanto es la consecuencia, incluso científica, de una pragmática en la que lo de menos, en cuanto a pragmática, sería el resultado final, ese poder mágico que Munier atribuye a la imagen y que sólo existe en el consumidor de la misma, heredero del hombre que pintaba el ciervo, y no en la fotografía, descendiente a su vez, y en cuanto a acto, de la reproducción de ese ciervo.

Frente a esta dinámica succionadora de la imagen, está el “contraasalto del vacío” que mencionábamos en una entrada anterior. (Nótese que, al abrir esta entrada con una fotografía de un símbolo relacionado con el silencio, hemos incurrido conscientemente y a modo de ejemplo en algo contra lo que advierte dicho texto: el hacer del vacío una posesión).

Frente al maníaco entusiasmo de las redes sociales, pues, queda la opción de convertirse en pensadores tristes como defendía Eric G. Wilson en Contra la felicidad:

Sabiendo que es muy probable que la verdad esté en tierra de nadie, entre los opuestos —entre el interior y el exterior, entre la contemplación y la acción, entre lo visto y lo no visto—, los pensadores tristes hurgan en el contínuo crepuscular que se encuentra entre claridad y claridad. Piensan que los bordes, las circunferencias y los flecos son los lugares más interesantes del mundo, porque allí, en los límites, es donde las cosas revelan sus más profundos misterios: sus borrosas identidades, sus relaciones con los opuestos, su torturada duplicidad. Cuando optan por mantenerse en ese limbo entre opuestos tradicionales, los pensadores tristes se sienten entre dos fuegos. Por una parte, están comprometidos con el mundo del alma, con el reino invisible que sintoniza con la eternidad. Por otra, sienten propensión al espectro de los cuerpos, a la región visible controlada por el tiempo. Estremecidos en los intersticios de esas dos áreas —o entre la física y la metafísica, podríamos decir— estos filósofos tristes se convierten en una mezcla extraña: mitad alma, mitad cuerpo. Pero esa mezcla entre opuestos revela el rico misterio de cada extremo. En el límite entre el alma y el cuerpo, uno aprende en qué difieren y en qué son iguales esas dos antinomias, cómo están delimitados sus bordes, cómo palpitan sus centros, cómo son dobles y también plenas.

Pero, y como advierte Alexander Lowen en “Respiración, Sentimiento y Movimiento” (PDF), respirar la alienación resulta doloroso:

¿Por qué tantas personas tienen dificultad en respirar plena y fácilmente?. La respuesta es que respirar crea sentimientos y las personas tienen miedo a sentir. Se asustan al sentir su tristeza, su enojo y su miedo. De niños, retuvieron su respiración para no llorar, tiraron de sus hombros atrás y pusieron tenso el pecho para contener su enojo, y constriñeron su garganta para impedir el gritar. El efecto de cada uno de estas maniobras es limitar y reducir la respiración. Recíprocamente, la supresión de cualquier sentimiento produce inhibición de la respiración. Ahora, de adultos, inhiben su respiración para guardar estos sentimientos en la represión. Así, la incapacidad para respirar normalmente se vuelve el obstáculo principal a la recuperación de la salud emocional.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 28 febrero, 2015

Oscuridad audiovisual

Hace poco la revista digital El Estado Mental publicaba una entrevista de Frank G Rubio a Jesús Palacios, en donde se toca un tema de interés en nuestro contubernio magufoapocalíptico: la de la esfera de la cultura popular y audiovisual como mecanismo hipersticioso y, más concretamente, la del cine como trance extático moderno:

En las películas malditas que analizo en el libro entran muchos otros factores, que las dotan de inquietante atractivo: casualidades, sincronismos, rodajes accidentados, directores, estrellas y personajes carismáticos, sociedades ocultistas, mensajes subliminales, teorías de la imagen y su uso. [Estos] filmes (…) componen una suerte de historia secreta del cinematógrafo, una serie de puntos que al unirse trazan un mapa nuevo, totalmente diferente del que nos hemos acostumbrado a contemplar, del territorio de lo cinematográfico y lo real, de la ficción y la verdad, lo fantástico y lo posible, que desafía la lógica y cuestiona nuestro sentido de la realidad.

Para Palacios, Hollywood llega a conformarse como un ente autónomo, del mismo modo que como veíamos hacen los estados-nación:

En efecto, el Hollywood más siniestro, el que está detrás de las verdaderas maldiciones que acompañan nuestras películas y muchas otras, es una especie de entidad demoníaca que se ha creado en torno a la industria misma del cine estadounidense. Hollywood es mucho más que un nombre, que un lugar geográfico, unos estudios o una serie de empresas cinematográficas. Es un ser vivo, más grande que la vida misma, confeccionado como el monstruo de Frankenstein con fragmentos de todas las artes, que se alimenta como Drácula de la sangre de quienes se dejan atrapar por su poder de fascinación, un Mefistófeles que roba el alma de aquellos a los que promete inmortalizar. Desde luego, como tal, alcanza a veces majestades divinas y alturas celestiales, pero sólo a costa de hacer descender al infierno más profundo a muchos de los que contribuyen a su causa, desde técnicos, artistas y empresarios hasta los propios espectadores. Muchos de los directores que están relacionados con las películas malditas de mi libro sufrieron las consecuencias de este Hollywood/Moloch devorador.

Nuestro único problema frente al análisis de Rubio y Palacios es simplemente formal; el campo simbólico que emplean tiene para nuestro gusto demasiadas reminiscencias estacionadas en el paradigma dominante. Por ejemplo, el ascenso a los cielos y el descenso a los infiernos puede verse como la enésima encarnación del vuelo extático vertical. Del mismo modo, la caracterización como entidad demoníaca, la aparición de Moloch o Mefistóteles nos hace reflexionar acerca de la posibilidad de que la crítica derive a su vez de los tics protestantes de la crítica contracultural estadounidense. Lo mismo con la asociación entre oscuridad y negatividad ─la entrevista la han titulado “La luz oscura de Hollywood”─ tan frecuente en el imaginario Occidental. Frente a lo que interpretamos como cierta inercia simbólica, ofrecemos como contrapunto una cita de Mawa del colectivo Corazón Terrícola:

Sépase que la luz no es más que una chispa en la fertilidad silenciosa del ser, una eyaculación fugaz en la inmensa y oscura matriz del infinito. La oscuridad contiene todas las sabidurías, todas las cumbres y todos los abismos; la oscuridad es fértil y se basta a sí misma, nada busca ni impone, nada obliga o resigna; no le temas, abrígate en ella.

Observaba Terenci Moix en Historia Social del Cómic que muchas veces el sentido apocalíptico empleado por los detractores de la civilización de la imagen «basan sus diatribas más en lo que de alienador ha producido el reciente reinado de [la imagen] que en una consideración detenida de las posibilidades que puede ofrecer en el futuro».

Siendo como somos conscientes de que estar viviendo la disolución del trance alfabético, en magufoapocalipsis.com preferimos de momento instalarnos en la paradoja, la ambigüedad y ─sin llegar a aceptar la indefensión aprendida─ la aceptación de una profunda e impotente ignorancia (aunque esto último lo decimos porque queda muy bien lo de ir de humildes, ojo). Desde luego opinamos que todo parece tomar tintes distópicos, y que la imagen es sin duda uno de los mecanismos hipnóticos más potentes; pero frente al hábito occidental de proyectar un futuro lineal abrazamos la idea del futuro fractal, en el cual nos vamos adentrando, momento a momento, dando cortos pasos.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 21 enero, 2015

Paradojas en la disolución contemporánea del trance alfabético

Comenzaremos citando una hipótesis de Terence Mckenna desde “The ethnobotany of shamanism” (PDF) al respecto de la evolución del lenguaje:

Hay un extraño fenómeno (…) de la evolución de las culturas (…) por el cual cada paso hacia la libertad contiene en sí el potencial de una serie de ataduras mayores. [Por ejemplo], pienso que las mujeres de las tribus de cazadores-recolectores a cargo de la fase de recolección desarrollaron el lenguaje, (…) pues necesitaban hacer distinciones sutiles. Quiero decir, ahí tienes cincuenta tipos de hierbas, caracoles, raíces, frutas, bayas [y existe] la necesidad de discutir asuntos extremadamente importantes como qué comer y qué no, dónde encontrar el alimento, cómo preservarlo, como combinarlo, etcétera. Los hombres, por otra parte, son responsables de la caza debido a tipos corporales diferentes, vejigas de mayor capacidad, etcétera ─lo valioso ahí es pues el silencio, el estoicismo, la capacidad de acecho durante días sin hacer ruido y todo ese tipo de cosas.

Pero este paso hacia la libertad potencialmente cegador se da en el esfuerzo chamánico de encauzar la cultura mediante métodos mnemotécnicos, pues incluso los más grandes artistas de la memoria se ven abrumados por la cantidad de datos, por el tamaño (…) y la longitud de las genealogías [a memorizar]; y, entonces, la notación simbólica se introduce. El chamanismo se transforma en un arte de escribas, y las fuerzas mágicas (…) se convierten en nombres escritos, y se produce una ceguera brutal, una compresión, una limitación de la libertad derivada del hecho de que la propia estrategia de liberación se ha vuelto demasiado exitosa.

Continuamos esta línea especulativa con un pasaje desde The time falling bodies take to light de William Irwin Thompson, y que toca temas similares:

A medida que las actividades de los hombres se hacían más insignificantes y las actividades de las mujeres producían más riqueza, más se veían atraidos algunos hombres a robar, mientras que otros se veían más atraidos a defender las nuevas acquisiciones. Los hombres descubrieron otra forma de juntarse y nació la guerra. No fue debido a la presión ecológica o a falta de proteínas, como ha afirmado el antropólogo Marvin Harris; la violencia institucionalizada (…) fue el lado oscuro de la revolución neolítica.

Es ingenuo tomar siempre las cosas negativas como causa de la conducta negativa; en las enantidromías de la historia tenemos que comprender que, incluso un cambio positivo, proyecta una sombra. Necesitamos comprender que la excelencia única de una cosa es a la vez su trágico defecto. La recolección de cereales produce riqueza e incrementa la distancia cultural entre hombres y mujeres, y ambos fenómenos han probado ser muy peligrosos.

Y la rematamos con la sugerente descripción de A.A.Attanasio desde esta breve pieza titulada “Creative Writing Is a Yinsane Asylum”:

El protocuneiforme sumerio, la escritura más antigua, no se ajusta a la sintaxis del lenguaje de las narrativas, sino que más bien sirve para generar listas e inventarios de propiedades e impuestos. «Las listas son una forma de histeria cultural», comenta el escritor de ficción Don De Lillo. La misma élite dominante que acorraló a la gente en un laberinto de calles y muros en Uruk, los mismos sacerdotes-hechiceros que paralizaron el tiempo con su sistema sexagesimal —base-60— de magia, los mismos acumuladores de grano de la antigua Mesopotamia que inventaron la banca, los recibos y los impuestos, dieron origen al delirio del toma y daca que ha barrido el mundo —y que arrastra a nuestra especie hacia el olvido y la extinción.

La gente está muriendo debido a este delirio en la misma tierra que originó esta locura hace 5000 años. El valle de las primeras ciudades, donde el tiempo se convirtió en dinero, es hoy una zona de guerra, y la gente se está matando entre sí en una competición por el control y la coherción que empezó con la civilización. Esta es la prueba factual de que la escritura —toda la escritura: listas, catálogos, no-ficción, poesía y ficción— se lleva a cabo no con tinta, sino con sangre humana.

El argumento de que la génesis de las sociedades jerárquicas es pareja al alza de las culturas literarias lo hizo también, por ejemplo, Leonard Shlein en su El alfabeto contra la diosa. Otro estupendo libro que también cuenta con traducción al castellano, La magia de los sentidos de David Abram, expande el arco de influencia de este vector cultural a la esfera de la crisis medioambiental; desde esta entrevista, nos cuenta Abram:

(…) sólo cuando el alfabeto se instala en una cultura, cuando llega el alfabeto fonético, sólo entonces esa cultura genera la extraña noción de que el lenguaje es una propiedad o una posesión exclusivamente humana: el resto de la tierra enmudece. Esto es algo que no se experimenta en culturas Orientales que trabajan con escrituras más ideográficas o icónicas. Ciertamente no sucede entre los Mayas, ni obviamente entre los Egipcios. Pero nuestro sistema de escritura no sólo impacta poderosamente en la experiencia de nuestra propia subjetividad, sino que impacta profundamente en nuestra experiencia de la sensualidad de nuestro entorno. Tanto es así que yo diría que el alfabeto ha jugado un muy crucial papel en la agudización de la crisis ambiental —la crisis ecológica que hoy en día nos rodea.

«Este mecanismo de amarre», continúa McKenna en el texto citado más arriba,

ha estado en marcha a través de la evolución del lenguaje, de la evolución del chamanismo. En la actualidad hemos llegado a un punto ciego similar que tiene que ver con el desmoronamiento del pensamiento analítico y el racionalismo. [Éstos] nos han conducido a un dominio prácticamente completo de la materia inerte; pero, cuando se ven empujados hacia el área de influencia de la cuántica, provocan repentinas contradicciones que se multiplican y que fuerzan a los investigadores a contemplar conclusiones imposibles; lo cual significa que el racionalismo ha alcanzado su límite.

En este contexto y desde otra conferencia, McKenna interpreta la disolución de la cultura literaria tradicional por parte de la cultura audiovisual contemporánea como un interín hacia otra estado:

Los joviales escenarios de los constructores de mitos de Hollywood serán de hecho poco confortables cuando empecemos a vislumbrar lo realmente “alienígenas” que somos , y cuán alienígenas podemos llegar a ser. Esto se debe a que estamos distanciándonos del nexo con el racionalismo y la geometría creado por la imprenta y que llamamos “espacio público”. Vino a la existencia hace unos 500 años, y va a ir disolviéndose [en los próximos]. Y donde todo ésto nos va llevar es a los dominios de la Imaginación, sin ser ésta claramente ni pública ni privada, pero sí intensamente numinosa.

El problema con todo esto: existe la tentación de entender narrativas como las de McKenna de forma excesivamente literal, asumiendo de forma pasiva esta narrativa de deriva hacia un “nuevo paradigma” de reintroducción extática de las formas de consciencia pre-lingüísticas, “chamánicas”, sin reconocer que estas categorías son en buena parte creaciones y proyecciones de la mente occidental ─lo cual ciertamente se ha criticado en el caso concreto de McKenna.

En ese sentido, advierte Daniel C. Noel en The Soul of Shamanism:

Para los [seekers] modernos un libro (…) puede ser el mejor “tambor chamánico” para inducir un vuelo a los cielos (…) o al inframundo ─incluso si el acto de leer no puede replicar las técnicas arcaicas adscritas al chamanismo. Los pocos occidentales que han participado en chamanismos tribales han dado cuenta de experiencias que parecen derribar nuestras confortables categorías. (…) Sin embargo, la lectura no se reconoce por lo general como un acto de imaginamiento que puede ser chamánico para cualquiera de nosotros ─una vez es entendido y honrado como tal.

En otras palabras: no podemos huir del hecho de que nuestra introducción a este tipo de conocimiento pre-literario viene mediado en gran medida por una cultura literaria: no podemos evitar, pues, esta contradicción. Estas lecturas pueden volverse por tanto “guías” inconscientemente literalizadas:

Negar esto parece ser una suerte de ceguera voluntaria en torno a esta opción espiritual exótica, que puede entenderse más bien como el reflejo de una condición cultural [propia]: (…) el deseo de encontrar una fe satisfactoria. (…) Un libro leído de forma inconsciente (…) nos transporta en una especie de “deriva semántica”. Sus evocaciones [pueden] seguir fórmulas narrativas convencionales y provocar una baja demanda de lectura consciente tanto al lector como al escritor.

Para Noel, pues, esta faceta hipersticiosa tiene sus reveses; pero, a la vez, supone un reto importante de nuestra época:

Con la ayuda de una psicología convenientemente sintonizada, [la deliteralización] de nuestras fantasías occidentales (…) puede conducirnos hacia las realidades imaginales, análogas a las que se encuentran en lo que hemos llamado “chamanismo”.

 

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