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» leído en la web · 18 abril, 2016

La dictadura de las emociones

Explorar en la red vectores discordianos siempre acaba teniendo su recompensa. En esta ocasión llegamos al sitio web anxietyculture.com, en donde el texto “Empire of emotion” discute la relación entre emociones y sistemas de control social. Se incluyen en el mismo fragmentos de The Politics of Ecstasy de Timothy Leary, que traducimos seguidamente:

Las emociones son la forma de consciencia más baja. Las acciones basadas en las emociones son la forma de conducta más constreñida, limitante y peligrosa. La ficción y la poesía romántica de los últimos 200 años nos han cegado ante el hecho de que las emociones son una forma activa y dañina de estupor.

Te lo puede decir cualquier campesino: cuidado con las emociones. Te lo puede decir cualquier niño: vigila a la persona emocional, pues es un lunático que se tambalea.

Las emociones son provocadas por agentes bioquímicos que sirven al cuerpo en estados de emergencia aguda. Una persona emocional es un maníaco ciego, enloquecido. Las emociones son adictivas, narcóticas y estupefacientes.

No confíes en nadie a quien percibas como emocional.

¿Qué son las emociones? (…) En un libro titulado Interpersonal Diagnosis of Personality, que escribí cuando era un psicólogo, presenté clasificaciones de las emociones y descripciones detalladas de sus manifestaciones moderadas y extremas. La persona emocional no puede pensar; no puede llevar a cabo ninguna acción [de intercambio] efectiva  ─excepto en actos de agresión física y fuerza. La persona emocional está desprovista de sensualidad. Su cuerpo es el de un robot que se agita. (…) El único estado en el que nos mezclamos, aprendemos, armonizamos, crecemos y comprendemos es en el de ausencia de emociones. Llamamos a esto dicha o éxtasis, y llegamos a él al centrar nuestras emociones.

El amor consciente no es una emoción; es una fusión serena contigo mismo, con otras personas, con otras forma de energía. El amor no puede existir en un estado emocional. (…) Las emociones se hallan fuertemente atadas a los juegos de ego.

¿Por qué, entonces, las emociones se hallan incluídas en el repertorio humano si son tan dolorosas, demandantes y cegadoras? Tienen un propósito básico de supervivencia: las emociones son alarmas de emergencia. El organismo llevado hacia el miedo a la muerte se retuerce entre paroxismos de actividad frenética. Como un pez aleteando ciegamente fuera del algua, o un animal al que acaban de cornear.

Hay momentos en los que las emociones son apropiadas y relevantes. El repentino reflejo bioquímico a chorro: lucha o huída. (…) Pero el animal sensible evita las situaciones que provocan miedo y la emoción que lo acompaña. El animal sabio prefiere relajarse y jugar.

La forma de desconectar las emociones es conectar los sentidos: conectar el cuerpo.

Habíamos hecho mención anteriormente de críticas acerca de la desconexión con el cuerpo que subyace a la obra de Leary: «ciertamente [escribía] acerca del cuerpo, pero su lenguaje se hallaba impregnado por el lenguaje de la mente, explicándolo todo con todo lujo de detalles en términos racionales y científicos [fallando] en su apelación a los sentidos». Sin embargo opinamos que el texto adquiere una nueva lectura si se lleva el discurso a la acción en forma de una práctica sostenida de técnicas psicocorporales ─y por aquí somos cada vez más partidarios de que artes marciales u otros sistemas en los que se trabaje el cuerpo al completo deberían preceder a otra clase de ejercicios meditativos más pasivos.

El artículo en anxietyculture.com sigue más adelante señalando las «profundamente arraigadas resistencias sociales hacia este punto de vista»:

incluso los “iluminados” tienen una sospecha residual acerca de verse libre de emociones como algo “antinatural” o “erróneo”. Esto se debe probablemente a que contemplan las emociones dentro del marco de una falsa dicotomía de expresión contra supresión ─de modo que cualquier estado carente de emociones se ve como “supresión” (o “represión”)─ y por lo tanto “insano”. Sólo rechazando esta dicotomía podemos percibir la relativa libertad con respecto a las emociones como “bueno”. Otro lugar común de la sabiduría convencional que merece la pena rechazar es el de que necesitamos ser emocionales para poder “sentir” o “ser sensibles” hacia los animales, la naturaleza, el arte o las personas ─lo cual es una falsedad equiparable a la de que necesitamos estar crónicamente distraídos con trivialidades para poder ser capaces de sentir placer.

Este estado “sin emociones” podría contemplarse de forma análoga a las nociones de vacío de las culturas orientales ─algo a lo que nos hemos referido en otra entrada del blog como “el contraasalto del vacío”.

 

 

» leído en la web · 6 marzo, 2016

Revisando el paradigma clásico de las sincronicidades

Por aquí andamos últimamente muy interesados en el discurso de Erik Wargo ─aquí su blog, “The Nightshirt”─ sobre todo en lo concerniente al fenómeno de las sincronicidades y a la conceptualización de las mismas. Dada la importancia capital de Jung en el establecimiento del concepto y las sombras de autoritarismo platónico que rodean su obra ─en 1928 escribiría que «la vasta mayoría de la humanidad necesita de autoridad, guía y ley»─ es reconfortante que alguien cuestione el corsé filosófico desde el que por lo general se entiende el fenómeno. Sintetizaremos rudimentariamente el argumento de Wargo usando como referencia dos entradas (1, 2) de su blog.

Resumiendo: «Jung y Platón deben morir para que las facultades psi puedan vivir». O expandiendo un poco más el argumento: «no sólo las sincronicidades sino los arquetipos y las formas ideales son ilusiones causadas por nuestra incapacidad de reconocer el modo verdaderamente ‘cienciaficcional’ en el que los bucles temporales de información/emoción pueden intensificar la potencia de eventos y símbolos confluyentes en nuestras vidas, así como el rol que nosotros mismos jugamos en dicho proceso».

En otras palabras: el argumento de Wargo estaría desplazando concéntricamente ─hacia un orígen endógeno─, a una cosmovisión exógena irradiada por cierto atractor cultural identificado por diversos críticos; entre ellos se encuentra, por ejemplo, Antonio Escohotado, quien lo denominará en su ensayo “Ciencia y cientismo” (enlace) como “la construcción cientista”, la cual

arranca con Galileo y Descartes, y obtiene su primera forma acabada algo más tarde, gracias al genio de Newton. Es en principio fiel al puro criterio experimental de Bacon, con su propuesta de centrarse en la inducción, aunque procede mediante geometría y experimentos mentales, orientados a mostrar que la naturaleza es “reductible a leyes matemáticas”. Unido al absolutismo metafísico, político y religioso, del que toma una rígida separación entre material e inmaterial, el ideario cientista se lanza a una redefinición cosmológica apoyada sobre tres conceptos desconocidos por completo hasta entonces: 1) una materia rigurosamente pasiva (“masa inercial”); 2) traída y llevada por vectores inmateriales (“fuerzas matemáticas”); 3) cuyo movimiento resulta previsible con exactitud (calculándolo a partir de sus condiciones iniciales).

Estas son las ideas que podrían estar influyendo en la concepción del “principio conector acausal” de Jung ─quien, no olvidemos, estuvo obsesionado por que sus ideas fuesen respetables ante la ortodoxia científica de su época─, e incluso otros constructos posteriores que también se han relacionado con las sincronicidades como el del “orden implicado” de David Bohm. En un giro que podríamos considerar como un ejemplo de lo que anteriormente nos referíamos como “la paradoja animista del protestantismo”, Wargo propone el pensamiento de Philip K. Dick como narrativa alternativa acerca del fenómeno:

[PKD] sugirió que las sincronicidades ocurren porque en el futuro nos hallamos viajando en el tiempo, cultivando nuestro propio desarrollo; que nuestra consciencia expandida tiene el poder de “dirigir el escenario” no porque una deidad de barba blanca sentada sobre una nube se incline y juegue con nosotros como si fuésemos piezas del ajedrez, sino debido a la propia naturaleza del tiempo. Las coincidencias podrían ser el producto de alteraciones temporales: de nuestras propias alteraciones temporales en el futuro.

«Los bucles de retroalimentación temporales», especula Wargo, «podrían estar amplificando el significado personal de las formaciones simbólicas, las cuales, debido a nuestra incapacidad de reconocer los fenómenos psi, se aparecen como objetivas o externas ante nosotros».

Este desplazamiento de las sincronicidades desde las esferas celestes al cuerpo lleva a Wargo a rastrear la cualidad sensorial, fenomenológica, de las mismas: las describe como «momentos transitorios de claridad y de presencia fuera y más allá de la imaginación». Estos momentos de trance, señala además, son susceptibles de ser diseñados ─«cosechar el espacio-tiempo para inducir sensaciones de presencia probablemente se remonta a los orígenes mismos de la religión»─ y desde aquí podríamos leerlos como el incienso de las nuevas catedrales audiovisuales:

Incontables críticos culturales han señalado la naturaleza cercana a las drogas de los medios electrónicos y visuales, y ésto no es simplemente una función de la función de estimulación dopamínica provocada por el movimiento y los cortes rápidos. Incluso la actuación es una especie de “efecto especial chamánico”: una persona que asume la personalidad de alguien más ─un héroe o un espíritu o un Dios o incluso Papá Noel─ es una transformación asombrosa para un niño; también provoca algo de asombro a un adulto el ver una celebridad del cine o de la TV en la vida real: una disonancia cognitiva moderadamente placentera, a la que seguramente se deba nuestra fascinación con las celebridades.

El texto establece un paralelismo entre esta inducción de sincronicidades y la astroteología ─la ingeniería de lugares sagrados rituales/escenarios del tipo de Stonehenge como artefactos en los que sincronizar con eventos anómalos de los astros─, el cual ofrece ciertamente lecturas sugerentes del “star-system” del mundo de la cinematografía. También examina temas recurrente de este blog ─el de la dinámica succionadora de las imágenes o el del arte como portador de determinadas dinámicas psicocorporales─ a través del ejemplo la invención de la perspectiva y su relación con la configuración del campo de percepciones actual:

Trabajos tempranos en el campo de la psicología perceptual mostraron que contemplar cosas a través de agujeros influye en la experiencia de visualización, engañando a los sistemas mental y visual a creer en la veracidad de las escenas contempladas de forma más poderosa que si se viesen en condiciones más típicas y más libres de trabas. (…) El modelo conceptual implícito de la perspectiva ─rayos de luz entrando a un espacio cerebral privado a través de los ojos─ informó a la psicología y la filosofía europea moderna, amarradas al ego y al “centrado del sujeto”.

Llegados hasta este punto, y si como Wargo menciona «las sincronicidades son, en cierto sentido, el placer solitario definitivo», cabría reflexionar acerca de la tensión paradójica entre una deriva cultural y tecnológica que nos arrastra a lugares de un solipsismo cada vez más acusado ─siendo la realidad virtual el próximo paroxismo de esta tendencia hasta que, como apunta Wargo, nos habituemos a ella y necesitemos de un estímulo todavía más fuerte. A la vez, la participación en este juego de abalorios que es Internet ─de algún modo, un artefacto de sincronización de la materia de proporciones “noosféricas”─ estaría llevando a habituarse a nuestro campo sensorial (o al menos a una parte del mismo) a este tipo de modalidad perceptiva. Quizás sean estas inercias cognitivas las que estén haciendo que la subcultura conspiranoica esté dotando de intencionalidad ─como veíamos hace poco─ a los memeplexes de simbología oculta hiperstición ─guiño, codazo, guiño─ mediante.

Sea como fuere, parece que son cuestiones que deberían examinarse desde un movimiento contínuo que evite, o al menos atenúe, la cristalización de una perspectiva fija.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 13 diciembre, 2015

Las trampas de la díada arte/chamanismo

Frente a las narrativa de lo que por aquí denominamos como “artistas del trance heróico” ─el artista como héroe cultural, como adalid de la contestación y destilador de mágicos y creativos elixires curativos─ conviene plantearse puntos de vista divergentes, ya no con intenciones meramente destructivas sino de acercamiento a posturas lindantes con la paradoja y el pensamiento flexible. Este lugar común acerca del arte es, por ejemplo para Hakim Bey, una idea simple más cercana a la cosmética que a otra cosa; desde sus “Radio Sermonettes” (PDF):

lo divertido del Arte (…) es la visión del cadáver que rehusa yacer, esta juerga de zombies, este juego de marionetas de osario con todas las cuerdas unidas al Capital (…) este simulacro moribundo vagando frenéticamente, pretendiendo ser la cosa más viva del universo. (…)  No es suficiente con ocupar un seguro asiento sagrado llamado Arte desde el que burlarse de la estupidez e injusticia del mundo “carroza”. El arte es parte del problema. (…) Por supuesto uno debe de seguir “ganándose la vida” de alguna manera —pero lo esencial es hacer una vida. Sea lo que sea lo que hagamos, sea la que sea la opción que tomemos (…), o por mucho que nos comprometamos, deberíamos rezar para no confundir nunca el arte con la vida. El Arte es breve, la Vida es larga.

Pero, ¿por qué respondemos positivamente ante el arte? Ésto se preguntaba el pope primitivista John Zerzan ─quien ciertamente ha sido señalado como naíf por algunos críticos─ en “Contra el Arte” (PDF), y en su opinión lo hacemos como compensación y como paliativo, debido a una relación fragmentada con la vida y la “naturaleza”. Citando a Henry de Montherlant, afirma que «uno entrega a su arte lo que no ha sido capaz de dar a su existencia», y esto es cierto tanto para el artista como para el público; el arte, como la religión, se eleva desde el deseo insatisfecho. El arte debería ser considerado una actividad y una categoría religiosa también en el sentido del aforismo de Nietzsche: «tenemos el Arte para no perecer por la Verdad». Para Zerzan, pues, la díada chamán/artista es sobre todo un signo de alienación:

Es significativo que la teoría de la caza o de la «magia simpática» referida al arte más primitivo esté ahora en declive a la luz de las pruebas de que la naturaleza era generosa más que amenazadora. La auténtica explosión del arte de aquella época revela una ansiedad que no se había sentido antes: en palabras de [Wilhelm] Worringer, «la creación con el fin de someter el tormento de la percepción». Aquí aparece lo simbólico, como un momento de descontento. Era una ansiedad social; la gente sentía que algo valioso se desvanecía. (…) La representación pictórica suscitaba la creencia en controlar la pérdida, la creencia en la coacción misma. (…) Parte del proceso de entrenar la vista para apreciar los objetos de la cultura estuvo constituido por la represión de la inmediatez en un sentido intelectual: la realidad fue eliminada a favor de una experiencia puramente estética. El arte anestesia los órganos sensoriales y aleja de su alcance el mundo natural. Esto reproduce la cultura, que nunca puede compensar esa incapacidad. (…) El origen chamanístico del arte visual y la música ha sido subrayado a menudo, poniendo el énfasis en que el artista-chamán fue primero el especialista. Parece probable que las ideas de excedente y mercancía aparecieran con el chamán, cuya orquestación de actividad simbólica presagiaba una nueva alienación y estratificación.

Se incluye en el Alucinógenos y chamanismo que editó Michael Harner el ensayo de Gerald Weiss “Chamanismo y sacerdocio a la luz de la ceremonia del ayahuasca entre los campa” (en inglés aquí). En él se explora la frecuente dicotomía establecida entre chamanes y sacerdotes, concluyendo con la posibilidad de que tal división no sea tan clara como se cree por lo general:

Es posible que el conjunto de los fenómenos chamánicos y sus variaciones no afectadas por un sacerdocio ya existente incluya una variante especial del ritual chamánico habitual. Esta variante no es necesariamente común, pero sus características son ambivalentes de tal forma que un pequeño giro en el modo en que los participantes interpretan lo que están haciendo podría de hecho transformar una sesión esencialmente chamánica en un ritual sacerdotal. Si se diera este caso, podríamos haber descubierto el enlace conductual entre los chamanes generalistas y los sacerdotes especializados que podría haber permitido la transición entre unos y otros.

Esta idea la hallamos en el texto de Zerzan citado más arriba, y entronca con algunas ideas exploradas en este blog ─por ejemplo aquí o aquí─ con anterioridad:

El rápido desarrollo del ritual o la ceremonia es paralelo al nacimiento del arte, y nos recuerda las primeras representaciones del momento del «principio», el paraíso primordial del presente intemporal. En las más antiguas muestras de división simbólica, como por ejemplo los rostros de piedra mitad humanos, mitad animales de El Juyo, el mundo queda dividido en dos fuerzas opuestas, distinción binaria mediante la cual empieza el contraste entre cultura y naturaleza y tal vez se prefigura una sociedad produccionista y jerárquica.

Si bien pues el orígen de esta dicotomía se perdería en la noche de los tiempos, Luis Racionero ubica en Del paro al ocio la consagración de este dualismo en el asentamiento del paradigma científico positivista del siglo XVII, consecuencia de «la entronización por Platón y Aristóteles del método dialéctico racionalista como método para llegar al fin último de la filosofía, que, según ellos, sería la Verdad». En este sentido, hace una lectura de la figura del artista contemporáneo como síntoma de estas dinámicas de especialización ─y represión─ social:

el sistema racionalista dualista ha provocado el mito del «artista genio», a quien se le permite volcar en una producción para minorías todo el subjetivismo que se niega al operario. En contrapeso siniestro, especie de vasos comunicantes de la represión, los «artistas genios» de nuestra época, incluso comunistas como Picasso, Tapies o Visconti, han sido utilizados por el sistema racionalista dualista como engañoso escape compensatorio de todos los juicios de valor que se prohíbe a los operarios. En vez de fusión de arte y técnica en una artesanía que permita al operario juicios de valor, se ha provocado una escisión arte-técnica en dos grupos separados: uno de productores alienados a los que no se les tolera juicios de valor en el trabajo, y otro de «artistas genios» a los que se les desvía, como vaso comunicante, toda la creatividad reprimida.

Para Franco Berardo “Bifo” esta dinámica cristaliza en el contexto socioeconómico actual ─en simbiosis con las tecnologías de la información─ en lo que él denomina “cognitariado”. Lo explicaba en Generación pos-alfa (PDF):

El trabajo digitalizado manipula signos absolutamente abstractos, pero su funcionamiento recombinante es cada vez más específico, cada vez más personalizado y por lo tanto cada vez menos intercambiable. Por eso los empleados high-tech (que crean o utilizan alta tecnología) tienden a considerar al trabajo como la parte más esencial de su vida, la más singular y personalizada. Exactamente lo contrario de lo que le sucedía al obrero industrial, para quien las ocho horas de prestación asalariada eran una especie de muerte temporaria de la que se despertaba sólo cuando sonaba la sirena del fin de la jornada. Esto vuelve al trabajador cognitivo enormemente más frágil. El semiocapital ha puesto el alma a trabajar.

¿Cómo romper con esta dinámica? Autores como Morris Berman han tratado con  profundidad el tema de esta “falla básica” cultural, y abogan por la exploración de técnicas psicocorporales como método para (empezar a) vencer esta escisión. Citaremos pues un pasaje de Cuerpo y espíritu con su aproximación a lo que, en relación a este enfoque, creyó identificar Berman como creatividad no-neurótica:

Un candidato posible para la [creatividad no-neurótica] podría ser el arte infantil. Hace muchos años vi tal expresión artística cuando trabajaba en un jardín infantil Montessori alternativo para niños de tres años, quienes aún no habían sido afectados por demasiada represión. (…) Como ayudantes o consejeros, se nos instruía no poner jamás a los niños en el aprieto de preguntarles qué estaban pintando o construyendo, y en realidad ellos no demostraban ni la más mínima ansiedad sobre lo que estaban realizando. Era un placer observar su júbilo al sumirse en su “trabajo”. Mirando hacia atrás, no podría llamarlo arte mayor, pero ciertamente no era compulsivo ni plagado de conflictos. Para mejor o para peor, no había Van Goghs en ese jardín. (…). Lo que deseo argumentar es que la [creatividad no-neurótica] constituye un modo de expresión que abarca a casi todo el arte medieval, el arte de las culturas no-occidentales y el arte de las sociedades tradicionales. Se aproxima a lo que llamamos artesanía, en contraposición al arte como tal. Como resultado, pone agudamente de relieve la creatividad del mundo occidental post-renacentista, ya que involucra una psicodinámica enteramente diferente a la de la [creatividad neurótica]. La creatividad moderna ([creatividad neurótica]) debería ser vista por lo que es: un  fenómeno local, y bastante reciente por lo demás, que organiza la energía corporal  en forma peculiar. Al hacerlo produce un modo de expresión tremendamente poderoso y  localizado, pero, yo argüiría, extremadamente empobrecedor, tanto para el individuo  como para la cultura en general. Y dado que es reciente y localizado, es posible alegar que el proceso creativo mismo tiene una historia y que gran parte de la vida somática de una civilización puede sernos revelada basándonos en su forma de expresión creativa.

Es pertinente señalar que Berman se aproxima a este tema desde una perspectiva que incluye la paradoja y la contradicción, y no necesariamente con un ánimo destructor adolescente. Dejamos pues constancia de esto mismo con otro fragmento de la obra citada más arriba:

Mi objetivo no es condenar como “mala” la creatividad occidental moderna y ensalzar como “buena” la creatividad oriental o premoderna. Es más bien discutir que en cada caso hay involucrados diferentes procesos somáticos. Existe una forma, dada mi propia educación, por la que ninguna raga india me emocionará tanto como Mozart, ni ningún paisaje japonés resonará tan hondamente para mí como las evocadoras escenas del Mediodía pintadas por Cézanne. De hecho, el arte occidental moderno tiene una brillantez a la que ningún icono medieval o pintura oriental puede, en mi opinión, alguna vez aproximársele. Pero mi punto aquí es que se necesita una configuración energética especial para crear tal efecto, y si Freud está en lo correcto respecto a la [creatividad neurótica], ello en verdad requiere de un daño somático precoz que lleve a una desconfianza por el cuerpo y a un correspondiente desplazamiento ascendente de esa energía corporal, hacia la cabeza. Digamos que el centro de gravedad está demasiado alto; de alguna forma, la brillantez misma de la creatividad occidental depende de su inestabilidad, de su extremadamente alto nivel de tensión y esfuerzo. Ello es, en esencia, una experiencia de ascensión, una forma de búsqueda visionaria codificada a lo largo de las líneas de la oposición Sí Mismo/Otro. Quizás, como resultado, el genio sigue (en nuestra cultura) siendo considerado como afín a la locura, y los individuos creativos son de alguna manera vistos como miembros de una especie aparte, habitantes de mundos que la mayoría de nosotros nunca veremos o siquiera comprenderemos. El arte es la actividad de un “círculo de triunfadores”, reservado para unos pocos afortunados; y sus productos, más que ser difundidos a través de la cultura, son alojados en instituciones especialmente diseñadas para este fin. No logramos darnos cuenta de cuan ahistórica y etnocéntrica es tal visión de la creatividad.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 23 marzo, 2015

Entretenimiento e hiperstición

Se lamentaba Rupert Sheldrake en Caos, creatividad y consciencia cósmica de que «cuando a los niños se les enseña literatura en el colegio (…) el profesor no les lee grandes poemas acompañados del redoble de un tambor y de la introducción de la magia y la esfera del mito» y de que por lo tanto nuestra cultura se vuelve incopórea y distanciada del cuerpo y la emoción. En magufoapocalipsis.com pensamos que es la cultura popular de corte audiovisual de los medios de masas y las tecnologías de la información la que está creando una nueva zeitgeist, aunque no sabemos exactamente de qué tipo. Para Terence McKenna esto se enmarca en lo que él llamó “revival arcaico” y no se trataría exactamente de una “nueva era”:

El fenómeno de la Nueva Era [que trivializa el significado de la próxima fase en la evolución humana] es esencialmente psicología humanista de los 80, con el añadido del neo-chamanismo, la canalización, y las terapias de cristales y hierbas. El resurgimiento de lo arcaico es mucho más amplio, un fenómeno bastante más global que asume que recuperaremos formas sociales del neolítico tardío, y que toma del siglo XX a Freud, el surrealismo, el expresionismo abstracto, e incluso un fenómeno como fue el Nazional Socialismo ─como forma negativa. Pero el énfasis en los rituales, la actividad organizada y la consciencia de nuestros ancestros son temas que han sido tratados durante el siglo XX, y el “revival arcaico” es una expresión de todo esto.

En The american replacement of nature, William Irvin Thompson vuelve sobre esta temática, haciendo énfasis en la faceta de control social del fenómeno:

Los ingenieros de la imaginación de hoy en día han llegado a un niveles de entendimiento muy sofisticados en la gestión de las muchedumbres por medio del uso subliminal del sonido. (…) Lo que realmente asusta de esta manipulación del cuerpo político mediante [estas técnicas] es que realmente funciona. (…) Como el filósofo de la evolución de la consciencia Jean Gebser reconoció mientras vagaba en Europa refugiándose del fascismo de la Alemania de Hitler y la España de Franco: el énfasis en lo visual y la perspectiva linear es característica de la Era Mental que surgió en el Renacimiento italiano; pero los niveles más antiguos de la consciencia, el Mítico y el Mágico, eran mundos auditivos en los cuales los sonidos entretejían a las personas en la fábrica de la vida.

La era moderna de del individuo es la era del individuo situado en la cúspide de un campo de vision piramidal creado por la perspectiva. El individuo moderno, el educado patriarca de clase media, es el lector, solo en su estudio con hileras de libros intentando comprender el mundo a través de los textos de la civilización. Es el mundo de la Galaxia de Gutemberg de Marshall McLuhan y de la Estructura Mental de Jean Gebser. [Ambos] reconocieron que la modernidad se estaba agotando y que entrábamos en una nueva estructura de la consciencia. La era del individuo alfabetizado con su mente trabajando en su librería y su representante en el parlamento ha acabado, y el sonido de este tránsito final es el ruido.

El ruido es el solvente de la individualidad del renacimiento; es el sonido que no asegura al individuo el espacio o la soledad para la sabia e informada reflexión. Ya sea para un adolescente en una discoteca, un yuppie en un restaurante ruidoso, o una matrona de mediana edad en el centro comercial, el silencio no es sentido como una estimulante ocasión para la reflexión; es una cosa negativa que asusta: una oscuridad auditiva.

En la misma línea de crítica ante la ingeniería social, encontramos en wikipedia una entrada acerca de un concepto de creciente y rabiosa actualidad ante la posibilidad de un colapso ─debido, entre otras cosas, a los efectos de la automatización en la coyuntura socioeconómica─ denominado como “entetanimiento”:

Los líderes reunidos en [el State Of The World Forum en 1995] llegaron a la conclusión de que es inevitable la llegada de la denominada Sociedad 20:80, aquella en la que el trabajo del 20% de la población mundial será suficiente para sostener la totalidad del aparato económico del planeta. El 80% de la población restante así, resultará superflua, no dispondrá de trabajo ni de oportunidades de ningún tipo e irá alimentando una frustración creciente. Es aquí donde entró en juego el concepto propuesto por Brzezinski. Brzezinski propuso el entetanimiento (“tittytainment”), una mezcla de alimento físico y psicológico que adormecería a las masas y controlaría su frustración y sus previsibles protestas. El mismo Brzezinski explica el origen del término entetanimiento, como una combinación de los vocablos ingleses “tits” (“pechos” en argot estadounidense) y “entertainment” que, en ningún caso, debe entenderse con connotaciones sexuales y sí, por el contrario, como alusivo al efecto adormecedor y letárgico que la lactancia materna produce en el bebé. (…) El modelo del mundo del futuro sigue la fórmula 20 a 80. Se perfila la sociedad de una quinta parte, en la que los excluidos tendrán que ser calmados con entetanimiento.

Nosotros intuímos que, a la vez, tras los efectos especiales de la Sociedad del Espectáculo yace algo más: algo que escapa al análisis racional y que tiene que ver con lo que describía el inquietante autor A.A.Attanasio en esta breve entrevista ─y que podría relacionarse con el concepto de “hiperstición”, refiriéndonos a cierta porosidad entre realidad y ficción. Una porosidad que, como hemos visto y seguiremos viendo más adelante, bien pudiera tener un substrato fisiológico:

El entretenimiento está lleno de alma. Es la acción simbólica llevada a su máximo. Cuando uno se encuentra más entretenido, más ensimismado en una obra de arte, uno ya no se encuentra simplemente con uno mismo. Uno ha entrado en un espacio psíquico compartido con el artista y con el alma colectiva. Desde las primeras historias contadas a la luz de la hoguera, el entretenimiento siempe ha sido la meta, el portal que se abre hacia lo que hay más allá de nosotros.

 

 

» leído en la web, visto en la web · 2 marzo, 2015

La adicción a las narrativas lineales

«La gente cree que la clave es el sexo, el humor o los animales, pero lo que hemos descubierto es que la base de un gran anuncio es si cuenta una historia o no». Es lo que concluye Keith A. Quesenberry tras conducir un estudio en el que

las personas calificaron anuncios con tramas dramáticas ─los mismos arcos narrativos favorecidos por clasicistas como William Shakespeare─ de forma significativamente más alta que aquellos sin un planteamiento claro, desarrollo, nudo, clímax y desenlace.

En la siempre interesante revista digital Aeon hay colgado un vídeo de Paul Zak en el que se analiza cómo esta estructura del arco dramático ─descrita por Gustav Freytag hace 150 años─ «cambia nuestro comportamiento cambiando nuestra química cerebral», mediante una poderosa reacción que involucra hormonas del estrés y de la empatía: cortisol y oxitocina, respectivamente. No se registraron cambios significativos cuando los sujetos del experimento de Zak se vieron expuestos a narrativas que no incluyesen un clímax dramático.

No es un tema baladí; si tanto la industria publicitaria como DARPA ─según este artículo en Pijamasurf─ están investigando acerca de este tema no es descabellado albergar al respecto sospechas relacionadas con el control mental aplicado a la cultura audiovisual. «Diría que hay ciertas historias que pueden ser adictivas ─comenta el coronel William Casebeer─ y, neurobiológicamente hablando, no tan distintas a inhalar algo de cocaína».

¿Adictos al arco dramático? Usando el popular modelo de lateralidad hemisférica cerebral ─del que ciertamente se hacen demasiadas interpretaciones de tono naif─ el psiquiatra Dan Siegel señala que

(…) el hemisferio izquierdo del cerebro se ve impulsado a la construcción de narrativas que usan secuencias de eventos lineales, con un lenguaje muy literal del tipo “pasó esto, luego esto otro y luego esto de más allá”. (…) En el hemisferio derecho, por otra parte, reside la conexión al cuerpo; así que son los sentimientos en los músculos, en el corazón y en los músculos los que modelan una experiencia. (…) las emociones de tristeza, ira, pertenencia, frustración o decepción se experimentan de una forma muy poderosa en el hemisferio derecho del cerebro. (…) El hemisferio derecho contiene nuestras vivencias, pero el hemisferio izquierdo quiere contar una historia lineal.

Siegel sugiere que la narrativa del hemisferio izquierdo es de hecho autopacificadora, y tiene entonces sentido leer esta adicción a las narrativas lineales como un ejercicio de huída del cuerpo, del silencio. También puede leerse esta tendencia autopacificadora como un mecanismo de defensa ante la actual disolución del trance alfabético.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 1 marzo, 2015

El entusiasmo maníaco en las redes sociales y la alternativa de los pensadores tristes: respirar la alienación


Leemos en la edición digital de El País una entrevista con el psicoanalista Darian Leader, quien señala una característica del ánimo contemporáneo:

(…) estamos obligados a mostrar un entusiasmo extraordinario por cada trabajo. Incluso si vas a una clase de yoga, se te exige una entrega en cuerpo y alma. Debes afrontar cada proyecto con un entusiasmo desaforado. Eso significa que habrá un ritmo natural de agitación seguida de agotamiento, lo que puede llevar a un poco científico diagnóstico de bipolaridad. Además, en los estados de manía el sujeto tiene un compulsivo deseo de comunicarse con otra gente. Eso, que se percibía tradicionalmente como el rasgo principal del maniaco, es hoy una obligación social. Hay que estar en Facebook, en Twitter.

Esta mención de las redes sociales nos retrotrae a su vez a una reflexión de Alan Watts extraído de su conferencia “La naturaleza de la consciencia”:

(…) el juego que está jugando nuestra cultura al completo es que nada sucede realmente a menos que aparezca en los periódicos. Así que si estás en una fiesta, y la fiesta está muy bien, siempre aparece alguien que dice: «qué mala suerte que no haya una cámara». Por eso nuestros hijos empiezan a sentir que no existen auténticamente a menos que consigan que sus nombres aparezcan en el periódico. Y la forma más rápida de conseguirlo es cometer un crimen. Entonces sí serás fotografiado, irás a los tribunales y todo el mundo sabrá que existes. Ya estarás AHÍ. Así que no estás ahí a menos que se te grabe. Sucedió realmente si está grabado. En otras palabras, si gritas y tu voz no devuelve el eco, no sucedió.

La conferencia fue impartida en la década de los 60, pero es perfectamente extensible a la actualidad de los medios sociales en Internet. Es en este sentido ─y no literalmente─ en el que interpretamos el tan traído y llevado lugar común de que «los indios decían que una foto les quitaba el alma». Terenci Moix cita en Historia Social del Cómic a Roger Munier en un análisis de esta característica mágica y alienadora de las imágenes, enlazándola con ancestrales prácticas del chamanismo:

[Roger] Munier, al referirse a la originalidad de la fotografía «como figura del mundo», señala (…) que «en su esencia, la fotografía es mágica. Lejos de ser una mirada hacia el mundo que nos libere del mundo (…) nos sumerge en él, nos encadena a él». El factor mágico sería el principal medio de alienación a través de la fotografía, cuando menos en lo que tiene implícito no tanto de voluntad de reproducción como de posesión: exactamente el mismo problema de los orígenes religiosos de la pintura, en que el hombre se plantea la reproducción del ciervo como idea de posesión, dominio sobre él o —en el caso de los animales feroces— protección ante sus ataques. Sólo que el significado último de la pintura «mágica» difiere del de la fotografía (…) en lo que la fotografía tiene de invención subordinada a leyes mecánicas, a todo un proceso de perfeccionamiento técnico que sobrepasa su propio sentido.

El mismo fenómeno cinematográfico, donde la apariencia existe después de haber recorrido el largo proceso técnico que va de la toma a la proyección, y que es no menos ajeno al sentido de la imagen en sí, supera claramente toda intencionalidad mágica, por cuanto es la consecuencia, incluso científica, de una pragmática en la que lo de menos, en cuanto a pragmática, sería el resultado final, ese poder mágico que Munier atribuye a la imagen y que sólo existe en el consumidor de la misma, heredero del hombre que pintaba el ciervo, y no en la fotografía, descendiente a su vez, y en cuanto a acto, de la reproducción de ese ciervo.

Frente a esta dinámica succionadora de la imagen, está el “contraasalto del vacío” que mencionábamos en una entrada anterior. (Nótese que, al abrir esta entrada con una fotografía de un símbolo relacionado con el silencio, hemos incurrido conscientemente y a modo de ejemplo en algo contra lo que advierte dicho texto: el hacer del vacío una posesión).

Frente al maníaco entusiasmo de las redes sociales, pues, queda la opción de convertirse en pensadores tristes como defendía Eric G. Wilson en Contra la felicidad:

Sabiendo que es muy probable que la verdad esté en tierra de nadie, entre los opuestos —entre el interior y el exterior, entre la contemplación y la acción, entre lo visto y lo no visto—, los pensadores tristes hurgan en el contínuo crepuscular que se encuentra entre claridad y claridad. Piensan que los bordes, las circunferencias y los flecos son los lugares más interesantes del mundo, porque allí, en los límites, es donde las cosas revelan sus más profundos misterios: sus borrosas identidades, sus relaciones con los opuestos, su torturada duplicidad. Cuando optan por mantenerse en ese limbo entre opuestos tradicionales, los pensadores tristes se sienten entre dos fuegos. Por una parte, están comprometidos con el mundo del alma, con el reino invisible que sintoniza con la eternidad. Por otra, sienten propensión al espectro de los cuerpos, a la región visible controlada por el tiempo. Estremecidos en los intersticios de esas dos áreas —o entre la física y la metafísica, podríamos decir— estos filósofos tristes se convierten en una mezcla extraña: mitad alma, mitad cuerpo. Pero esa mezcla entre opuestos revela el rico misterio de cada extremo. En el límite entre el alma y el cuerpo, uno aprende en qué difieren y en qué son iguales esas dos antinomias, cómo están delimitados sus bordes, cómo palpitan sus centros, cómo son dobles y también plenas.

Pero, y como advierte Alexander Lowen en “Respiración, Sentimiento y Movimiento” (PDF), respirar la alienación resulta doloroso:

¿Por qué tantas personas tienen dificultad en respirar plena y fácilmente?. La respuesta es que respirar crea sentimientos y las personas tienen miedo a sentir. Se asustan al sentir su tristeza, su enojo y su miedo. De niños, retuvieron su respiración para no llorar, tiraron de sus hombros atrás y pusieron tenso el pecho para contener su enojo, y constriñeron su garganta para impedir el gritar. El efecto de cada uno de estas maniobras es limitar y reducir la respiración. Recíprocamente, la supresión de cualquier sentimiento produce inhibición de la respiración. Ahora, de adultos, inhiben su respiración para guardar estos sentimientos en la represión. Así, la incapacidad para respirar normalmente se vuelve el obstáculo principal a la recuperación de la salud emocional.

 

 

» leído en la biblioteca · 4 febrero, 2015

El romanticismo como ocaso

Hablábamos el otro día sobre las dicotomías simples al referirnos a la naturaleza; citamos a William Irwin Thompson desde su The american replacement of nature para expandir un poco más el tema:

La oposición cultural entre el poeta y el ingeniero es profundamente más ambigua que la simple elección entre [“naturaleza buena” y “tecnología mala”] (…) La tecnología puede expresar una espiritualidad inconsciente, y la religión y la literatura pueden convertirse en sectas reaccionarias y movimientos fascistas autoritarios. En los años 70, por ejemplo, muchos grupos “espirituales” derivaron en sectas bastante desagradables, poseídas por los demonios tradicionales del sexo, el dinero y el poder; a su vez, algunos ingenieros electrónicos proveyeron a la gente de [ordenadores personales], módems y faxes que permitieron fortalecer su individualidad.

El verdadero campo de batalla es el cuerpo (…) y quizás revolución sexual del siglo XX haya sido más bien el ocaso de Eros que el amanecer de la liberación.

Cuando la revolución industrial estaba barriendo Europa en el siglo XVIII, poetas y pintores respondieron con un romanticismo que celebraba la naturaleza que se desvanecía. Ahora, con la ingeniería genética por un lado, la inteligencia artificial del otro y las nanotecnologías de por medio, la reproducción sexual lo va a tener difícil a la hora de comportarse de forma innata. Así que no es sorprendente que el romanticismo de la Nueva Era sea una celebración de la consciencia mística y del sexo místico, tántrico. Dado que tanto el ingeniero mecanicista como el místico de la Nueva Era han encendido la vela del materialismo desde extremos opuestos, parece que existe poca posibilidad de salir de este siglo con la misma naturaleza humana con la que entramos en él.

 

 

» leído en la web · 1 febrero, 2015

El contraasalto del vacío

En nuestra experiencia, tras una temporada larga en el paro ─en soledad la mayoría de las veces─, la práctica de artes marciales y diversos ejercicios meditativos y psicocorporales,  puede dar lugar a algo parecido a algo a lo que se refiere Boyd Collins en su texto “Unlearning civilization”:

El primer paso para desenmarañar el dolor de la civilización es adentrarse en el silencio. Una vez dejamos atrás nuestra ansiosa necesidad de distracción constante nos enfrentamos cara a cara con nosotros mismos, y ésto es intensamente doloroso. Pero si tenemos el coraje de mantenernos en ese dolor descubriremos un poder curativo, una relajación de la tensión que nos conduce. La máquina ha configurado una forma falsa en la carne viva, en nuestra carne y en la carne de la tierra. Ha retorcido [nuestra vida interna] y la curación llevará tiempo. Pero debe empezar con el vacío.

Si puedes mantenerte dentro de ese vacío, sin buscar “mejorarlo” o hacerlo una posesión, podrás empezar a sentir lo que habías querido sentir desde hace tiempo, pero nunca te habías permitido. (…) Dentro del vacío existe el poder del cambio: un cambio no limitado por las categorías de una visión del mundo moribunda, encapsuladas en la prisión de la “objetividad”. Ser objetivo significa hacer un objeto de todo lo que es perceptible. Es dibujar un círculo sobre las presencias resonantes que nos llenan de gozo y negar vehementemente que puedan extenderse más allá de los límites de su “objeto”. La habilidad de trascender la consciencia con objeto surge del silencio porque la objetividad es un intento de silenciar el ruido de la vida.

No pretendemos haber llegado al nivel que describe Collins ni mucho menos. Pero en el cara a cara, en la relación corporal con el resto de congéneres, pensamos que el regreso desde ese estado ─aunque haya sido mínimamente rozado─ puede acabar resultando bastante patente para quien lo experimente.

 

 

» leído en la biblioteca · 23 enero, 2015

La paradoja animista del protestantismo

Seguimos con el tema de la influencia protestante de la contracultura norteamericana. En esta ocasión citaremos a Steven Taylor (Gyrus) desde su North: The rise and fall of the polar cosmology (sitio web). En este pasaje comienza poniendo en un contexto más amplio el problema de la ruptura entre cuerpo y mente, de modo similar a como veíamos hacía también Morris Berman ─cuya influencia reconoce Gyrus en la obra:

Bajo la administración de la ciencia, la cosmología [del giro copernicano] comenzó a ofrecer garantías de una estabilidad basadas en la percepción de que la naturaleza se comportaba racional y consistentemente.

Pero, si bien estas leyes de la naturaleza eran universalistas en términos científicos, sus garantías no fueron bien recibidas universalmente. Dejando aparte su poder explicativo puro y duro, la resonancia social de las leyes del movimiento planetario de Kepler y la ley de la gravedad de Newton eran más atractivas para aquellos más cercanos al centro del orden social concéntrico y que se beneficiaban en mayor medida de esta estabilización. Stephen Toulmin muestra que el marco newtoniano encontró un apoyo entusiasta «entre los escritores y predicadores respetables de Londres y París». Fue, sin embargo, peor recibido entre las crecientes clases bajas iletradas excluídas del poder y la influencia dado su estatus social, su no conformidad religiosa o simplemente la distancia con respecto a las capitales urbanas. Crucial en esta discrepancia fue el famoso dualismo de Descartes entre cuerpo y mente, adoptado por la visión newtoniana. Esta visión se aferró a la concepción trascendente de Dios a pesar de la estridente desespiritualización de la naturaleza. Este dualismo se intensificó e hizo absoluto un movimiento de separación del animismo que siempre había acechado a las culturas agrarias, y que finalmente redujo el mundo externo a un mundo de materia inerte: la naturaleza parecía comportarse más racionalmente cuando estaba muerta.

(…) Esta muerte se apareció como un asalto terminal a las clases bajas. Identificada con una naturaleza “inferior”, esta visión negaba completamente su agencia. Entre los no conformistas existió una notable resistencia filosófica a la doctrina cartesiana-newtoniana de que la materia se movía «sólo si es puesta en marcha por una agencia superior». Para muchos, esto hablaba de un mayor dominio absoluto por parte de “arriba” ─no de Dios, sino de los directores de la cosmópolis racional.

Las fisuras psíquicas y sociales que se proyectaron hacia afuera una vez el nomadismo y la búsqueda de alimento desaparecieron (…) acumularon un complejo de asociaciones relacionadas con la jerarquía y el poder (…) y [se reincorporaron] dentro del humano. La mente, completamente desmaterializada del mismo modo que la divinidad había sido desconectada del cosmos visible, se transformó en Dios despótico o monarca del yo microcósmico del ser humano.

Es entonces, cuenta Gyrus, cuando el protestantismo mimetiza con este estado de las cosas:

En su mayoría, la resistencia protestante a la autoridad de la Iglesia Católica siguió esta tendencia, cambiando la autoridad de-arriba-a-abajo por la del autocontrol de-arriba-a-abajo. Una equivalencia entre ambas formas puede remontarse hasta Platón, quien veía en el autocontrol como el noble intelecto dominando a las bajas pasiones. «En el individuo», comenta Bruce Lincoln, «podemos referirnos a este estado como control del ego; en la sociedad, como dominación de clase».

Para Platón, y para la tradición indoeuropea que él ejemplifica, estas dos formas de control van cogidas de la mano: el autocontrol del rey permite ejercer su dominio apropiadamente sobre la gente, siendo su propio cuerpo un microcosmos del cuerpo social. Hubo en el protestantismo cierto esfuerzo en reemplazar una forma de control por la otra. Algunos académicos creen que «la insistencia puritana en la disciplina interna es impensable en un contexto de ausencia de maestros». Su objetivo era encontrar a un nuevo maestro en sí mismos, un rígido autocontrol modelando una nueva personalidad».

 

 

» leído en la web · 23 enero, 2015

Reacciones condicionadas ante el terrorismo mediático (una historia corporal de las falsas banderas)

Jason Horsley reflexiona en esta entrada de su blog acerca de los paisajes inconscientes en los que uno se adentra al explorar el territorio de las teorías de la conspiración:

Pienso que lo que estamos observando cuando entramos en la “consciencia paranoica” es la manera en la que todos somos juguetes en manos del inconsciente. Ciertos grupos han aprendido a explotar este conocimiento para hacerse con un poder relativo sobre los demás: una conspiración local (individual) se extiende a un nivel colectivo, global. Desde este punto de vista, las “masas-objeto-de-control” son a su vez simbólicas para el inconsciente de las “élites-que-quieren-el control”, que desean controlar lo que no puede ser controlado, esto es, ¡su propio inconsciente!

Así pues, mientras sigamos buscando el control sobre lo que no puede ser controlado y mientras estemos siendo guiados por el mismo deseo (inconsciente) de intentar controlar a los demás, somos cómplices de un sistema de control que al final no puede controlar nada excepto los cuerpos y las mentes de los demás.

En otro lugar, Horsley detalla esta idea de control social en el contexto de las reacciones viscerales ante sucesos geopolíticos claves (mediatizados) especialmente traumáticos ─interpretados por la subcultura de la teoría de la conspiración como montajes intencionados o “falsas banderas”:

(…) la experiencia dispara las memorias corporales de crecer en un entorno en el cual verdades obvias son encubiertas [y en el que se infunde miedo y coerción] con el objetivo de consentir la falsa narrativa. Opino que los poderes fácticos organizan sus pequeñas piezas de teatro terroristas de forma en que estas formativas tensiones psicológicas (familiares) se reactivan en la psique de las personas. [Esto hace] que el doble vínculo sea revivido, y la fractura de la psique colectiva se hace más profunda ─quizás entre aquellos que escapan a la disonancia cognitiva provocada por el doble vínculo haciendo más profundo su doblepensar versus aquellos que experimentan una disonancia cognitiva incrementada, ya no tanto [por la tensión entre] lo que los medios de comunicación de masas les dicen que está sucediendo y lo que ven con sus propios ojos (…), sino entre la necesidad de sentirse seguros en su grupo social y [la experiencia] de verse cada vez más alienados del mismo.

[En este sentido], el que se esté volviendo imposible incluso señalar la falsedad o inexactitud de las informaciones sin ser etiquetado como un teórico de la conspiración (…) [es] una experiencia bastante similar a la de un niño al que se le dice que calle y que deje de hacer el tonto si lo que quiere es sentarse con los adultos.

 

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