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» leído en la biblioteca, leído en la web · 2 abril, 2016

Rebotando paranoicos dentro de la caótica megamáquina de pinball (Illuminati)


Leemos en boingboing.net acerca de un estudio que ha encontrado una «correlación entre la creencia en supersticiones y conspiraciones y el sentimiento de impotencia referente a la propia vida y la habilidad para reconducirla»:

una falta de control no sólo afecta a nuestras percepciones, sino a nuestras acciones. (…) La necesidad de sentirse en control es tan poderosa que las personas recurrirán a soluciones psicológicas que devuelvan al mundo a un estado predecible ─extrayendo patrones del ruido y causalidad del azar.

Este análisis sigue la línea comentada en anteriores entradas ─véase por ejemplo ésta o esta otra─, aunque por aquí no somos ajenos al uso muchas veces arbitrario de la expresión “teoría de la conspiración” o de la interpretación excesivamente lineal que se hace del concepto. El artículo apunta a este mecanismo ─disparado por «el colapso de la industria y el trabajo bien remunerado»─ como el responsable del auge de las subculturas paranoicas, como también comentábamos por aquí.

Pero añadamosle a la situación el entorno electrónico-audiovisual de los medios de comunicación de masas y de la internet: el viraje de la cultura basada en alfabeto a una de tipo más sensorial conlleva también el retorno de la dimensión mítica del pensamiento. Dentro de esta caótica mega-máquina de pinball, la fusión conspiranoica-pop se presenta, pues, como un nuevo mito iniciático, consecuencia inevitable que nosotros denominamos socarronamente el magufoapocalipsis, y que puede entenderse también desde el término ─acuñado por Timothy Morton─ “hiperobjeto”: «una entidad de dimensiones espaciotemporales tan vastas que derrotan, ya de entrada, las ideas tradicionales acerca de lo que es o no es una “cosa”».

Como dice Christoph Spehr: «la paranoia no es la peor opción cuando uno no es capaz de distinguir a primera vista al amigo del enemigo». O como se preguntaba a sí mismo uno de los protagonistas del film “Primer”: «¿qué es peor, pensar que eres un paranoico o pensar que deberías serlo?». Quizás, en palabras de Justin Boland «la paranoia [sea] una vía de comprensión; el hecho de que la mayoría de gente no pueda manejarla no la hace menos verdadera —es, simplemente, más peligrosa». Quizás también sea por esta faceta autopoyética, amiga de la autonomía, por lo que merezca la pena mantenerse paranoicos, pues E.L.L.O.S. ─como nos recuerda George P. Hansen en The trickster and the paranormal─ saben que la paranoia los debilita:

Las personas que tienen trabajos seguros en corporaciones o posiciones permanentes en la academia tienden a desestimar las teorías de la conspiración como excusas de grupos marginales e incapaces debidas a sus desafortunadas penurias. Los noticieros de la élite hablan frecuentemente en tono desdeñoso de las creencias conspirativas, y la medicina y la psicología del sistema juegan también su parte denigrando esos miedos como infantiles, narcisistas o delirantes. La paranoia y las teorías de la conspiración debilitan la confianza y desestabilizan las relaciones sociales; por lo tanto las autoridades tienen una buena razón para marginalizar a aquellos que profesen este tipo de ideas. El sistema también es vulnerable a la paranoia, especialmente cuando sus seguridad se ve amenazada. Puede volverse temeroso de aquellos que no forman claramente parte de él, especialmente de aquellos que viven en los márgenes y cuyo estatus es ambiguo. Durante la caza de brujas europea, muchas mujeres sabias y pobres fueron fueron ejecutadas porque se temía que pudieran usar la magia para causar daño. Sin embargo, estas mujeres estaban en un peligro mucho mayor en las manos de las autoridades —un claro ejemplo de proyección por parte de la gente que conforma el sistema. A pesar de la abrumadora superioridad física del sistema, éste seguía temiendo la magia.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web, visto en la web · 27 marzo, 2015

La magia monetaria de la Nueva Era

La cultura magufoalternativa anglosajona lleva pergeñándose bastante tiempo, y con la llegada de  Internet todo el caudal de su discurso está inundando las mentes de la población online con situaciones que se nos aparecen estrafalarias, como esta discusión de los vericuetos de la “brujería capitalista” en un medio digital no precisamente marginal. Aprovecharemos las intervenciones de Mitch Horowitz en la misma para dar salida a algunos temas que nos inquietan.

Así pues, ante el fenómeno de la Nueva Era, Horowitz no se muestra reacio a la hora de admitir ambigüedades y paradojas en este popular movimiento:

Tenemos una vasta cultura de la Nueva Era en este país, de raíces muy profundas y que es para millones de personas un lugar de auténtica expresión religiosa. (…) Hay una larga tradición de gente en este país involucrada ─a veces comercialmente─ en la realización de conjuros y otras [técnicas ocultistas]. Y, para muchos americanos, se trata de un compromiso.

Las congregaciones religiosas de muchas personas se hallan exclusivamente en Internet. (…) La gente monta iglesias online, o se une a comunidades religiosas online. La red se ha convertido en un gran eje de [dinámicas de adoración], que probablemente rebase en número a las comunidades físicas de este tipo. (…) Estamos hablando de decenas de millones. [En cuanto al dinero que se mueve], nadie lo sabe a ciencia cierta; pero se están haciendo contribuciones enormes [a este tipo de organizaciones].

El que el impulso religioso se haya trasladado a la esfera virtual y el hecho de que se muevan grandes sumas de capital da para especulaciones ya no parapolíticas, sino metapolíticas. Pero esto nos lo vamos a ahorrar por el momento, añadiendo simplemente que al aplicar la revelación de Sturgeon habría entre estas especulaciones un 10% que no descartaríamos como chaladuras. Volviendo a Horowitz y el tema monetario:

El dinero y la religión nunca se han acabado de llevar bien, incluso desde la antigüedad, y siempre ha existido esta incomodidad al respecto, que puede por ejemplo encontrarse en los evangelios, con Cristo lanzando las monedas de los comerciantes en el templo. Pero el hecho es que la luz tiene que encenderse, tienen que pagarse las facturas, comprar la comida, y la gente que está involucrada en prácticas religiosas va a cobrar por sus servicios. Esto ha sido así durante siglos.

Existe un lugar bastante común en la Nueva Era que identifica el dinero como una “energía”, en nuestra opinión como un intento de explicar intuitivamente todo un conjunto de imperativos de carácter ctónico ─y por lo tanto, en último término, no racionalizables─ como supervivencia, reproducción, abundancia o escasez y la asociación de los mismos a la esfera cultural en forma de creencias y sistemas de valores.

La contradicción la encontramos en que la Nueva Era se identifica ─superficialmente─ con tradiciones preindustriales. Sin embargo, como ha señalado el historiador e orientalista Paul Unschuld en su ensayo “Traditional Chinese Medical Theory and Real Nosological Units: The Case of Hansen’s Disease” la energía «es un concepto central de las sociedades industriales» y que «como sucede a menudo en la historia, un concepto económico primordial se aplica [a otras esferas como] la riqueza nacional o la salud personal» haciéndonos pensar sobre las mismas «en términos de energía y recursos». Lo ctónico/primordial pasado por el proceso de industrialización, en definitiva. ¿Otro caso de primitivismo naif?

Si además añadimos pastiches con ideas de corte einsteniano ─«la materia y la energía son formas distintas de la misma cosa y la materia se puede transformar en energía y la energía en materia»─ que se asemejan conceptos de estas culturas preindustriales como el de Qi o Prana, se pasa a equipar el constructo “energía” con éstos y se acaban por usar de forma intercambiable, como si fueran equivalentes. Añadiendo además a esta inercia de proyección etnocéntrica toda la maquinaria de propaganda audiovisual de nuestra propia cultura ─recientemente publican en El Estado Mental un ácido y divertidísimo retrato de la misma de la mano de Antonio Ferrer─ lo lógico es que en estas zonas intermedias acabe reinando la confusión. Esto, precisamente, es lo que defiende Horowitz:

Internet es como un gran test de Rorsasch, y la gente va a ver en él lo que quiera ver. Hay gente que se indignará y dirá: «mira lo que hacen estos, dedicándose a tangar a todos estos locos que compran esos servicios». Otros, entre los que me incluyo, dicen: «Mira, este es el mercado de la fe; es grande, es caótico, lioso, creativo, y en algunos casos es maravilloso calificarse a uno mismo como uno desee y formar las asociaciones que quiera. Es la mejor parte de la Internet. Y francamente, en cuanto al sablazo ─te lo digo como un historiador dedicado a las religiones desde hace mucho tiempo y sabiendo que esto va a sorprender a mucha gente─ en la Nueva Era veo mucha sinceridad y mucha ingenuidad. Puedes decir que son ovejas perdidas que no saben lo que hacen. Creo ─y sé que mucha gente se opondrá a esto─ que la mayoría de las veces a la gente no se la estafa, si definimos estafa como ser engañado por una cantidad ruinosa de dinero. Un intercambio monetario menor como 25 dólares por un hechizo o algo así es en el fondo un sistema de creencias. No creo que necesariamente debamos estar controlando este tipo de cosas.

En otras palabras: lo que puede ser visto como un acto malintencionado podría ser simplemente el resultado de un carácter ingenuo ─sin olvidar que las exigencias de la superviencia no dejan espacio para el pensamiento reflexivo─ lo cual no quita que el necio sea más peligroso que el malo o que el camino al infierno esté empedrado de buenas intenciones. En magufoapocalipsis.com tendemos a entender los habituales discursos en los que un interiorizado y arquetipico Jesucristo expulsa a los mercaderes de la Nueva Era del Templo (de Jerusalén) más como una admonición de inercia catecúmena que otra cosa. Retrataba esta tesitura Kiko Amat en el número 5 del fanzine “La Escuela Moderna”:

Este juicio moral sobre como se ganan la vida los demás, este medir el compromiso del vecino, esta actitud de “holier-than-thou” (soy más puro que tú, más vegano, más lanza-adoquines, más amigo-del obrero, etc) es, en nuestra opinión, el talón de Aquiles de la izquierda (…) Cuando el hambre aprieta (metafóricamente; digamos la hipoteca o el alquiler) uno necesariamente se ve obligado a coger empleos remunerados (…) Sólo los pijos y la gente demencialmente acaudalada puede permitirse pasar por la vida sin hacer concesiones de ningún tipo; e incluso así, parten del dudoso derecho de herencia. El resto del mundo hacemos lo que podemos, cómo podemos, cuando nos dejan.

El filósofo Antonio Escohotado viene defendiendo desde hace años que este popular mito sirve en el fondo a los intereses de las sociedades cristianas militaristas ─y téngase en cuenta de que gran parte del entramado tecnocientífico proviene directamente de este sustrato, como detalló exhaustivamente David F. Noble en A world without women o La religión de la tecnología. El mito en sí estaría limitando la movilidad social que implica el comercio. No diremos que comprendemos con profundidad la obra de Escohotado, básicamente porque no hemos leído ninguno de los tomos de Los enemigos del comercio. Tampoco presumimos de tener unos conocimientos acerca de “ciencias” políticas o económicas como para tirar cohetes, pero vamos, que si uno desea ponerse en contacto con este discurso existe un blog que recopila muchas de las entrevistas que se le han hecho a Escohotado al respecto. Como contra-narrativa ante una secularización del cristianismo en forma de marxismo ya nos vale.

Cualquiera que haya comparado la experiencia de ofrecer sus servicios de forma gratuita con la de hacerlo cobrando aunque sea algo simbólico apreciará este tipo de pensamiento. Con esto no queremos decir que descartemos potlatchs inmediatistas à la Hakim Bey (PDF), pero a este respecto aceptamos que es un terreno que, dada su relación con la ambigüedad ctónica que comentábamos antes ─y recordemos que el constructo occidental que hemos venido a llamar chamanismo se basa en ideas que marginan esta dimensión─ se presta a la paradoja y a la contradicción. Sin ir más lejos, Hakim Bey ha podido mantenerse a sí mismo y generar su obra durante toda su vida gracias a una cuantiosa herencia familiar.

Y es que dejando de lado mantos románticos, pareciera que el aceptar esta dimensión de incertidumbre tiene realmente efectos “mágicos” ─en el sentido de que suceden cosas─ y que por lo tanto las lecturas naif de la Nueva Era del dinero como “energía” no pueden descartarse tan fácilmente. La pionera ayahuasquera Marlene Dobkin de Ríos The Psychedelic Journey of Marlene Dobkin de Rios relata algo similar:

[Cuando empecé a leer las cartas en Perú] no se me ocurría pedir remuneración alguna. Después de todo, esa gente era muy pobre. ¿Cómo iba yo a añadir mayor carga a sus espaldas? [Volví a Nueva York] y me recomendaron cobrar por cada lectura, incluso si era una pequeña cantidad, porque éstas eran las normas de los lectores de cartas. (…) Cuando volví a Iquitos me convertí en una “curiosa” capacitada, una especialista que podía adivinar el futuro. De repente mi práctica se incrementó diez veces y la gente prácticamente hacía cola para que les leyese la fortuna.

Nuestra intuición es que influyendo esta ambigüedad se encuentra la tensión entre formas socioeconómicas agrícolas y nómadas; en la idiosincrasia estadounidense se encuentra una expresión religiosa ─una vuelta a un primitivismo mediado por el protestantismo─ que se añade a un territorio de vasta extensión, de una abundancia material superlativa y que por tanto permite formas de organización sociales y territoriales más descentralizadas que subvierten la tendencia concéntrica y vertical de la sociedades del Viejo Mundo. Es desde este movimiento de cualidad excéntrica desde el que seguimos leyendo a Horowitz:

[La etiqueta de bruja] es algo que se adopta a título personal. No hay dogmas, ni seminarios en los que uno se gradúa. Pero en cierto sentido esto es lo que es maravilloso de nuestra cultura religiosa: este caos creativo que podemos ensamblar libremente, en el que libremente podemos adoptar las etiquetas que queramos. Si quieres llevar a cabo una ceremonia de matrimonio para tus amigos, te puedes investir pastor en unos cuantos clicks de ratón. Y mucha gente rueda los ojos hacia un lado ante esto ─y es verdad que se dan abusos en estas situaciones─ pero creo que tampoco queremos una situación con centinelas que deciden con qué etiquetas podemos y no podemos definirnos a nosotros mismos. Y esta es, en cierto modo, una característica, muy buena de la cultura religiosa americana.

Sin querer ejercer de videntes, está claro que el colapso energético al que parece que el cénit del petróleo nos aboca ─en ausencia por el momento de un milagro tecnológico deus ex machina─ acabaría con la cultura de autopistas y urbanizaciones aisladas del paraje urbanístico estadounidense que posibilita esta descentralización. Por otra parte, tampoco se nos escapa el que esta libertad para autodefinirse tenga un reverso quizás contraproducente relacionado con la deriva lingüística ─«definir ha llegado a significar casi lo mismo que comprender» que decía Alan Watts, o también: «intentar definirse uno mismo es como intentar morderse uno sus propios dientes».

Pero de momento la cosa sigue en marcha e influyendo a la mente colectiva, como veremos en una segunda parte de este escrito.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 23 marzo, 2015

Entretenimiento e hiperstición

Se lamentaba Rupert Sheldrake en Caos, creatividad y consciencia cósmica de que «cuando a los niños se les enseña literatura en el colegio (…) el profesor no les lee grandes poemas acompañados del redoble de un tambor y de la introducción de la magia y la esfera del mito» y de que por lo tanto nuestra cultura se vuelve incopórea y distanciada del cuerpo y la emoción. En magufoapocalipsis.com pensamos que es la cultura popular de corte audiovisual de los medios de masas y las tecnologías de la información la que está creando una nueva zeitgeist, aunque no sabemos exactamente de qué tipo. Para Terence McKenna esto se enmarca en lo que él llamó “revival arcaico” y no se trataría exactamente de una “nueva era”:

El fenómeno de la Nueva Era [que trivializa el significado de la próxima fase en la evolución humana] es esencialmente psicología humanista de los 80, con el añadido del neo-chamanismo, la canalización, y las terapias de cristales y hierbas. El resurgimiento de lo arcaico es mucho más amplio, un fenómeno bastante más global que asume que recuperaremos formas sociales del neolítico tardío, y que toma del siglo XX a Freud, el surrealismo, el expresionismo abstracto, e incluso un fenómeno como fue el Nazional Socialismo ─como forma negativa. Pero el énfasis en los rituales, la actividad organizada y la consciencia de nuestros ancestros son temas que han sido tratados durante el siglo XX, y el “revival arcaico” es una expresión de todo esto.

En The american replacement of nature, William Irvin Thompson vuelve sobre esta temática, haciendo énfasis en la faceta de control social del fenómeno:

Los ingenieros de la imaginación de hoy en día han llegado a un niveles de entendimiento muy sofisticados en la gestión de las muchedumbres por medio del uso subliminal del sonido. (…) Lo que realmente asusta de esta manipulación del cuerpo político mediante [estas técnicas] es que realmente funciona. (…) Como el filósofo de la evolución de la consciencia Jean Gebser reconoció mientras vagaba en Europa refugiándose del fascismo de la Alemania de Hitler y la España de Franco: el énfasis en lo visual y la perspectiva linear es característica de la Era Mental que surgió en el Renacimiento italiano; pero los niveles más antiguos de la consciencia, el Mítico y el Mágico, eran mundos auditivos en los cuales los sonidos entretejían a las personas en la fábrica de la vida.

La era moderna de del individuo es la era del individuo situado en la cúspide de un campo de vision piramidal creado por la perspectiva. El individuo moderno, el educado patriarca de clase media, es el lector, solo en su estudio con hileras de libros intentando comprender el mundo a través de los textos de la civilización. Es el mundo de la Galaxia de Gutemberg de Marshall McLuhan y de la Estructura Mental de Jean Gebser. [Ambos] reconocieron que la modernidad se estaba agotando y que entrábamos en una nueva estructura de la consciencia. La era del individuo alfabetizado con su mente trabajando en su librería y su representante en el parlamento ha acabado, y el sonido de este tránsito final es el ruido.

El ruido es el solvente de la individualidad del renacimiento; es el sonido que no asegura al individuo el espacio o la soledad para la sabia e informada reflexión. Ya sea para un adolescente en una discoteca, un yuppie en un restaurante ruidoso, o una matrona de mediana edad en el centro comercial, el silencio no es sentido como una estimulante ocasión para la reflexión; es una cosa negativa que asusta: una oscuridad auditiva.

En la misma línea de crítica ante la ingeniería social, encontramos en wikipedia una entrada acerca de un concepto de creciente y rabiosa actualidad ante la posibilidad de un colapso ─debido, entre otras cosas, a los efectos de la automatización en la coyuntura socioeconómica─ denominado como “entetanimiento”:

Los líderes reunidos en [el State Of The World Forum en 1995] llegaron a la conclusión de que es inevitable la llegada de la denominada Sociedad 20:80, aquella en la que el trabajo del 20% de la población mundial será suficiente para sostener la totalidad del aparato económico del planeta. El 80% de la población restante así, resultará superflua, no dispondrá de trabajo ni de oportunidades de ningún tipo e irá alimentando una frustración creciente. Es aquí donde entró en juego el concepto propuesto por Brzezinski. Brzezinski propuso el entetanimiento (“tittytainment”), una mezcla de alimento físico y psicológico que adormecería a las masas y controlaría su frustración y sus previsibles protestas. El mismo Brzezinski explica el origen del término entetanimiento, como una combinación de los vocablos ingleses “tits” (“pechos” en argot estadounidense) y “entertainment” que, en ningún caso, debe entenderse con connotaciones sexuales y sí, por el contrario, como alusivo al efecto adormecedor y letárgico que la lactancia materna produce en el bebé. (…) El modelo del mundo del futuro sigue la fórmula 20 a 80. Se perfila la sociedad de una quinta parte, en la que los excluidos tendrán que ser calmados con entetanimiento.

Nosotros intuímos que, a la vez, tras los efectos especiales de la Sociedad del Espectáculo yace algo más: algo que escapa al análisis racional y que tiene que ver con lo que describía el inquietante autor A.A.Attanasio en esta breve entrevista ─y que podría relacionarse con el concepto de “hiperstición”, refiriéndonos a cierta porosidad entre realidad y ficción. Una porosidad que, como hemos visto y seguiremos viendo más adelante, bien pudiera tener un substrato fisiológico:

El entretenimiento está lleno de alma. Es la acción simbólica llevada a su máximo. Cuando uno se encuentra más entretenido, más ensimismado en una obra de arte, uno ya no se encuentra simplemente con uno mismo. Uno ha entrado en un espacio psíquico compartido con el artista y con el alma colectiva. Desde las primeras historias contadas a la luz de la hoguera, el entretenimiento siempe ha sido la meta, el portal que se abre hacia lo que hay más allá de nosotros.

 

 

» leído en la web · 20 marzo, 2015

El privilegio de pensar el apocalipsis

Al hilo de la idea que comentábamos del etnocentrismo que subyace a parte de la escena cultural colapsista ─y frente a ciertos tics de rasgado de vestiduras por la incapacidad de la población de hacer frente conscientemente al problema─ cabe añadir al discurso la dimensión económica. Decía Terence Mckenna que «el apocalipsis no está por llegar, [que] el apocalipsis ha llegado a grandes porciones del planeta, y es sólo porque vivimos en una burbuja de increíbles privilegios y aislamiento social que podemos darnos el lujo de [predecirlo]». En este artículo en Jotdown Roger Senserrich expande el tema:

[Lo que una cantidad tremenda de evidencia empírica sugiere] es que los humanos tenemos un «ancho de banda» limitado a la hora de procesar información y tomar decisiones. Podemos atender unas pocas cosas a la vez, podemos preocuparnos por un número limitado de proyectos, pero llegado un determinado nivel de actividad y problemas que confrontar no damos más de sí. El “ancho de banda” disponible, sin embargo, no depende demasiado de la inteligencia o talento de cada individuo, sino que está fuertemente influenciado por el contexto. Alguien sin preocupaciones inmediatas puede procesar una cantidad considerable de información y tomar decisiones a largo plazo.

Cuando alguien afronta una situación de escasez material inmediata, sin embargo, su capacidad cognitiva se concentra en responder a esa amenaza, a ese riesgo inmediato, dejando de lado cualquier otro problema a afrontar. Alguien en la pobreza tiende a vivir obsesionado por lo inmediato, por el problema que tiene justo ahora mismo al frente. No hace planes sencillamente porque su cerebro no le deja pensar en nada más. Es una respuesta primaria, el cerebro de cazador-recolector obsesionándose con su necesidad imperativa de supervivencia. Y lo es hasta el punto de producir una reducción de la capacidad de razonamiento medible y verificable; un descenso del coeficiente intelectual de quince puntos solo por estar sufriendo ese estrés. Para haceros una idea, es el equivalente a tener que tomar decisiones tras una noche sin dormir.

Algo similar señalaba Robert Anton Wilson en el número 4 del fanzine “No Governor” (descargable aquí):

el trabajador capitalista vive en la misma ansiedad perpetua que el adicto a los opiáceos. La fuente de seguridad ante la bio-supervivencia, la neuroquímica de sentirse seguro, se ancla en un poder externo. La cadena de condicionamiento dinero=seguridad, no-dinero=terror se ve contínuamente reforzada viendo a otros ser despedidos o quedándose a la mitad del camino. Psicológicamente este estado puede ser descrito como paranoia crónica en bajo grado.

Según vayamos profundizando en el colapso, pues, este estado paranoico teñirá más intensamente el paisaje mental de la cultura popular. Como veíamos anteriormente esto se relaciona a su vez con modos de cognición primitivos y en este contexto es también bastante previsible que florezcan subculturas de corte primitivistano necesariamente exentas de concepciones naif. El pensamiento mágico va a ser moneda común en el futuro, y no estamos seguros ─como gran parte de la esfera colapsista─ de que esto sea del todo negativo.

Está claro también que morralla la hay a capazos. En fin. El magufoapocalipsis ha llegado.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 21 enero, 2015

Detalles incómodos del mito del «somos el 99 por ciento» en la deriva hacia el colapso

John Michael Greer y su notable erudición en el campo de la historia nos refrescan un poco la memoria en esta entrada de su blog:

El colapso de los movimientos de protesta de los 60 aquí en Estados Unidos, por ejemplo, siguió rápidamente a la abolición de la conscripción militar en 1972. La fuerza real tras ese movimiento fue el simple hecho de que las clases medias americanas no estaban dispuestas a seguir enviando a sus hijos a Vietnam y utilizaron su no poca influencia política para hacerse oir (…) Estados unidos salió torpemente de la guerra de Vietnam, y el movimiento de protesta se desinfló como un globo pinchado, dejando sentados sobre sus trizas a una minoría de radicales que creían estar liderando una revolución mientras se preguntaban qué había pasado. Los intentos de crear movimientos anti-bélicos en Estados Unidos desde entonces han fracasado frente al hecho innombrable pero real de que los estadounidenses de clase media no han tenido problema en reconciliarse con la guerra, siempre que sean los críos de otros los que vayan al frente.

Es a luz de esto que deben entenderse los espasmódicos arrebatos de protesta de las clases medias [de 2011]. Desde el cénit de la producción de petróleo convencional en 2005, las economías mundiales —sobre todo EE.UU. y su círculo interno de aliados, que consumen la mayor cantidad de petróleo por cápita que nadie más en el mundo— se han visto inmersas en una espiral de disfunción, y las clases medias se han visto de forma abrupta luchando por mantener su estilo de vida. (…) Uno tras otro, cada sector económico ha tenido que experimentar reorganizaciones drásticas que han acabado com trabajos, sueldos y beneficios para cualquiera por debajo de la clase media, y de un número creciente de gente en la cola de ésta. (…) Habiendo asentido y sonreído mientras se le estaba dando patada a la parte inferior de la pirámide, la clase media no está en posición de organizar una resistencia efectiva ahora que se la está haciendo redundante. (…)

Por supuesto, esta no es la forma en que a la mayoría de personas de la clase media les gusta pensar sobre las cosas, y el espacio entre la realidad del privilegio de la clase media y la retórica que el movimiento Occupy se dedicó a esparcir el año pasado —la afirmación de que el privilegio se aplica solo al 1% de la población que son mucho más ricos que las clases medias— abre un inmenso campo de acción a fanáticos y demagogos. Dí que puedes seguir proveyendo a las clases medias de sus comodidades habituales y sus símbolos de estatus y serás capaz de tener un grueso de seguidores los próximos años. La demanda de este tipo de reconfortante sinsentido está actualmente en auge, y se prevee un aumento del mismo los próximos años; y siendo la naturaleza humana como es, probablemente no sea seguro asumir que todos los que provean dicho suministro serán bobos inofensivos.

Siendo como somos observadores, más o menos desapegados, de la subcultura de la teoría de la conspiración, no podemos descartar fácilmente la posibilidad de que tanto Occupy Wall Street como otros movimientos globales similares sean ─al menos en parte─ ejercicios de disidencia controlada. Morris Berman señala, sin embargo, un subtexto más profundo de dimensiones mitológicas:

[El arco histórico final del fallecimiento del capitalismo moderno] va a ser una lucha colosal, no sólo porque los poderosos vayan a querer aferrarse a su poder, sino porque este arco y todas sus ramificaciones han dado a su clase Significado —con ese mayúscula— por más de 500 años. Ésto es lo que los manifestantes de Occupy Wall Street —si queda alguno a día de hoy, no estoy seguro— tienen que decirle al 1%: vuestras vidas son un error. Esto es lo que un “nuevo paradigma civilizatorio” significa al final.

Y debe decirse que casi todo el mundo [bajo el influjo del sueño americano] y no sólo el 1% tiene este tipo de creencias. John Steinbeck señaló ésto hace hace varios años cuando escribió que en los EEUU los pobres se consideraban como “millonarios temporalmente en apuros”. El movimiento Occupy, hasta donde puedo llegar a comprender, quería restaurar el sueño americano, cuando de hecho el sueño necesita ser abolido de una vez.

Todo está relacionado con todo lo demás. La psicología, la economía, la crisis ambiental, nuestro modo de vida cotidiano, la estupidización [de las masas], el patético fetichismo con toda clase de cacharros electrónicos y teléfonos móviles, la farsa de las políticas electorales, (…) la gran popularidad de las películas violentas, el intento de los ricos de imponer medidas de austeridad a los pobres, las bien documentadas epidemias de enfermedad mental y obesidad —éstas no son en último término esferas separadas de la actividad humana. “Nuevo paradigma civilizatorio” significa todo o nada: no hay realmente un término medio. (…) Por decirlo sin rodeos: la escala de cambios requerida no puede darse sin una implosión masiva del sistema actual. Esto fue así durante el fin del Imperio Romano, durante el fin de la Edad Media y es cierto a día de hoy.

Siendo nosotros como somos, sin embargo, fieles al ideal de la revolución gilipollas y de momento poco habilidosos en el manejo de la bola de cristal, desconfiamos de cualquier clasificación ideológica rígida y recordamos las palabras de David Graeber en Fragmentos de antropología anarquista:

[Cuando] dejemos de insistir [en juzgar] todas las formas de acción sólo por su función en la reproducción de formas de desigualdad total cada vez mayores, seremos también capaces de ver relaciones sociales anarquistas y formas no alienadas de acción a nuestro alrededor. Y ésto es muy importante porque nos demuestra que el anarquismo siempre ha sido una de las bases principales de la interacción humana. Nos autoorganizamos y ayudamos mutuamente todo el tiempo. Siempre lo hemos hecho. (…) los momentos revolucionarios siempre implican una alianza tácita entre los menos alienados y los más oprimidos.

 

 

» visto en la web · 24 noviembre, 2014

Colapso y etnocentrismo

Esto que apunta Carlos Taibo en este vídeo es ampliamente sabido, aunque también lo olvidamos de forma recurrente:

El concepto de “colapso” (…) incorpora cierta dimensión etnocéntrica. Nosotros hablamos del colapso como algo que se va a producir dentro de 15, de 20 o 40 años.  Pero la mayoría de los habitantes de los países del sur no tienen esta percepción: consideran que viven en el colapso desde siempre.

Añade Taibo:

Cada vez estoy más convencido de que el término crisis es un término nuestro, del mundo opulento (…) porque se vincula con una visión cíclica de los hechos que nos aconseja concluir que hoy estamos en una etapa de crisis y de recesión, pero que pasado mañana llegará otra de bonanza, y más allá otra de crisis, y otra de bonanza; los habitantes de los países del sur no experimentan estos altibajos: (…) [viven] en una situación de bancarrota estable, [en la que no existen] estos conceptos espasmódicos de “crisis” o “colapso”.

 

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