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» leído en la biblioteca · 12 abril, 2016

¿Hasta dónde llega la madriguera de conejos? ¿Hasta la sala-cuna de La Gran Madre?

Habíamos comentado con anterioridad que el poder aprovecha «el lazo biológico del niño con su madre y el de la madre con los niños» como método de control. Para Morris Berman esta dinámica es más compleja ─más “fractal” o sujeta a bucles “retroprogresivos” o de “retroalimentación”, si se prefiere─ yaciendo en la misma raíz de la civilización «el legado ambivalente del vínculo madre-hijo y la intensidad de las relaciones con límites confusos». Le citamos directamente desde Una Historia de la Consciencia:

«La madre», escribió Freud, «puede transferir a su hijo toda la ambición que ha tenido que suprimir en sí misma y luego vivir vicariamente a través de la vida heroica de su hijo». (…) La civilización necesita [de la intensa y vertical “santidad” de la díada madre-hijo] a manera de combustible cultural. Tampoco puede renunciar a este sistema vertical sin sufrir una inmensa sensación de pérdida.

Un poco más adelante se desarrolla la esencia del complejo:

la exclusión de las mujeres de la vida cívica y de todos los ámbitos de importancia en la antigua Grecia, significó que el dominio sobre sus hijos fuera la única válvula de escape para su necesidad de autonomía. Esto hizo que la madre tendiera a proyectar en el hijo sus propias ansias de vida y de destino: él se convertiría en su héroe y viviría la vida que ella nunca tuvo la libertad de vivir. (…) Las fronteras entre madre e hijo eran borrosas. La madre griega no trataba a su hijo como a una persona separada sino como a un remedio para sus propias heridas narcisistas (…) Esto creaba sentimientos ambivalentes en ambos. El niño deseaba “salvar” a su madre (darle la vida que nunca había tenido), pero a la vez se sentía aterrado por la intensidad que ella depositaba en él. La madre se preciaba de sus logros, pero también, en algún nivel inconsciente, buscaba destruirlo, porque esos mismos logros representaban la negación de su propio poder. Dado tal ordenamiento, el ego del varón era muy precario; el honor en Grecia estaba ligado a un hondo pesimismo. Más aún, (…) la naturaleza de esta neurótica intensidad diádica creaba un tipo de personalidad que podría llamarse de “gradiente empinado” —personas que ponen todos sus huevos en la misma canasta—, en oposición a las personas “niveladas” (…) capaces de considerar muchas cosas como fuentes de gratificación. Las díadas producen un “gradiente empinado”; (…) la crianza múltiple es más conducente a la nivelación”.

Este “gradiente empinado” cristalizará, según Berman, en el arquetipo del héroe:

El varón crecía sintiendo que si no era héroe, no era nada. Orgullo y prestigio [lo definen]. [Los hombres aman] la auto-glorificación, el derroche de riquezas y la humillación de sus rivales. (…) En el corazón de este modelo energético está la privación del placer, la incapacidad de alegrarse fisicamente ante lo que el mundo ofrece de bueno. Esto conduce a los hombres de estas culturas a renunciar al amor —el cual temen no poder conseguir— y a disfrazar su dolor con la ambición y la búsqueda de engrandecimiento personal. El ciclo continúa cuando esa persona finalmente mira en menos a su esposa y se convierte en un marido inadecuado, empujando a su mujer “a los brazos” del hijo. El hijo, por su lado, empieza a temer a las mujeres, necesita tener éxito, etc.”. (…) los niños crecen aprendiendo a temer esta energía, a convertirse en seres “racionales” y a distanciarse de sus cuerpos y emociones, las cuales ven como femeninas. (Enamorarse, seguir a líderes carismáticos, ir a la guerra o convertirse en alcohólicos son a menudo las únicas conductas que constituyen una excepción a la regla del distanciamiento).

Pero, atención, esta dinámica tendría también influencia sobre el arquetipo de la Diosa:

Estoy de acuerdo con lo que la psicóloga Clara Thompson planteó hace ya varias décadas y que el academicismo feminista ahora considera obvio: la ambición y las ansias de poder se encuentran presentes tanto en las mujeres como en los hombres, y si la cultura está ordenada de tal manera que esta tendencia no encuentra escapes directos, se canalizará en forma indirecta. Aún más, si las mujeres se encuentran atrapadas en una situación de dependencia económica, no tienen ninguna seguridad más allá de la que les brinde una relación amorosa. El amor se convierte entonces en su “carrera”; el ser amada, en su “profesión”. (…) Las niñas también se ponen nerviosas (…) y crecen temiendo jamás llegar a transformarse en la “diosa” que sus madres, inconscientemente, han diseñado para ellas. Luego, como mujeres, optan por coludirse con el orden patriarcal, dado que la premisa no escrita es: «si abandonas la razón y la lógica,desencadenarás un infierno» (lo que en nuestra cultura es absolutamente cierto).

Hasta aquí el breve resumen de la sección del libro titulada “Madre e hijo: La Gran Madre en la sala-cuna”; por considerarla de sumo interés la hemos reproducido por completo en este hilo del foro. Parece que, al final, era preferible tomarse la pastilla azul para ─como decía Morfeo─, optar por el «fin de la historia» (o fin del drama).

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 22 octubre, 2015

Consciencia paradójica y crisis civilizatoria

Leíamos recientemente a Morris Berman acerca de su idea de la consciencia paradójica. No es, claro, una noción novedosa; ya Carl Jung señalaba en su Psicología y alquimia que

la paradoja es uno de los supremos bienes espirituales; el carácter unívoco, empero, es un signo de debilidad. Por eso una religión se empobrece interiormente cuando pierde o disminuye sus paradojas, el aumento de las cuales, en cambio, la enriquece, pues sólo la paradoja es capaz de abrazar aproximadamente la plenitud de la vida, en tanto que lo unívoco y lo falto de contradicción son cosas unilaterales y por tanto inadecuadas para expresar lo inasible.

Complementariamente Berman presentaba en Una cuestión de valores este carácter unívoco no como una debilidad, sino como una fortaleza superficial:

La identidad negativa es un fenómeno por el cual uno se define a sí mismo por lo que uno no es. Ésto confiere enormes ventajas, especialmente en términos de endurecimiento de las barreras psicológicas y de la fortificación del ego: uno puede movilizar una gran cantidad de energía de este modo. (…) El inconveniente es que esta forma de generar una identidad para uno mismo deja (…) un vacío en el centro, de modo que siempre se habrá de estar en oposición a algo ─incluso en guerra con algo─ para poder sentirse real.

Desde esta entrada de su último sitio web, Steven Taylor reflexiona acerca esta concepción paradójica al contexto de la actual crisis civilizatoria, concretamente al enfrentamiento entre tradición y modernidad ─entre religión y ciencia─ proponiendo al mundo primitivo como una suerte de tercera vía entre ambas tendencias:

Al final, cada pensamiento maduro necesita ser capaz de admitir y gestionar aspectos sombríos de un fenómeno, y este proceso se ve estorbado al ocupar posiciones opuestas al fenómeno. (…) La teología civilizatoria no es la ancestral tierra de valores humanos de los que la ciencia nos está arrancando : nuestros valores ya estaban siendo forjados y experimentados decenas de milenios antes de que la idea de Dios siquiera surgiese. Pero, igualmente, la religión no es una tierra sumida en la ignorancia y el oscurantismo desde la que la ciencia nos estaría elevando hacia la luz. Ésta tiene importantes precedentes en el mundo del animismo, precedentes que fueron a menudo mucho más sofisticados que los monoteísmos monoculturales ulteriores. Esta polaridad entre ciencia moderna y la religión necesita desesperadamente de una distensión, y el “tercer término” del animismo de forrajeo es una herramienta importante para esta tarea. (…) El genio está ya fuera de la botella y no es posible el retorno al mundo del forrajeo, del mismo modo que no es posible la vuelta a la religión. Sin embargo, si permitimos la vuelta de modos de pensamiento y de existencia pre-civilizados, podemos catalizar debates más interesantes que el del choque entre ciencia y religión ─y así aligerar la polaridad que ha enloquecido a ambas.

Nos despedimos con John Michael Greer, quien desde esta otra entrada de su blog, insistirá en este mismo punto destacando la terribilidad de este modo paradójico de pensamiento:

Muchos de nosotros queremos o todo o nada, o todo bueno o todo malo, sin la terrible ambivalencia que late, inexorablemente como la sangre, en todos los asuntos humanos. Así, muchos de nosotros queremos ver en la civilización actual o bien la única esperanza de la humanidad o bien el ecocidio encarnado, y anhelamos un futuro que se presentará o bien como la apoteosis o bien como la refutación final del presente. Es mucho menos popular, y argumentablemente mucho más difícil, abrazar la ambivalencia y aceptar a la vez tanto lo asombroso como lo inmensamente trágico de nuestra época. Sin embargo, me parece que si vamos a enfrentarnos a los retos que nos aguardan en el futuro, esta difícil comprensión inicial es un punto de comienzo esencial.

 

 

» leído en la biblioteca · 30 septiembre, 2015

Más allá (o más acá) del glamour chamánico

Hemos estado leyendo este verano la novela Destiny de Morris Berman. A continuación transcribimos algunos párrafos de un pasaje en el que un maestro sufí transmite sus enseñanzas a su discípulo. Éstas contienen muchos de los temas que Berman ha tratado en su obra más filosófica ─y que hemos mencionado más de una vez en este blog. Comienza el discurso con una búsqueda de los orígenes de lo que en otra entrada nos hemos referido como “glamour chamánico”:

“Molar” ─o al menos intentarlo─ es una conducta humana muy antigua que puede remontarse al Paleolítico que no consistiría exclusivamente en atraer al sexo opuesto, aunque de ningún modo descartaría dicha posibilidad. Ha sido el causante de muchas travesuras en la historia humana, pero desde luego no puede decirse que sea algo trivial. Cuando se desentierran esqueletos del paleolítico de hace unos 35.000 años y se les encuentra portando joyas, ¿qué otra cosa puede significar sino el intento de decir que uno es especial ─que se es, de hecho, mejor que los demás? Los seres humanos modernos, también conocidos como cromañones, han estado anunciándose esto los unos a los otros desde hace mucho tiempo.

«¿Por cuanto tiempo?», le pregunta el discípulo. A lo que el maestro responde:

[Esto sucede], como digo, desde hace unos 35.000 años, quizás más. Es cuando cultura y tecnología realmente despegan, y aparecen el arte rupestre y nuevos tipos de herramientas. Los artefactos encontrados en las tumbas de aquel entonces incluyen abalorios, colgantes y collares. Es muy probable que el adorno personal consista en último término en estatus y diferenciación ─o como me gusta decir: Vance Packard en el Paleolítico. Toda la evidencia apunta a un nuevo tipo de reorganización de la personalidad en aquella época, lo cual hizo posible la cultura tal y como la conocemos ─y que incluía la necesidad de sentirse superior a otros. Afrontémoslo: para que algo “mole” ha de existir un acuerdo, ¿no? Esencialmente es algo que se define en relación a una otredad. No “se mola” sin una audiencia, hasta donde puedo entender.

Replica el discípulo: «así que mi interés en lo paranormal para molar fue legítimo? Pensaba que estaba siendo sólo un gilipollas superficial». Y sigue el maestro:

Bueno, lo eras, amigo mío: bienvenido al club. Lo que quiero decir es que la necesidad de molar tiene un linaje que se remonta muy atrás en el tiempo ─lo cual no lo hace ni profundo ni digno de admiración, por cierto. Quizás sea más exacto describir a los seres humanos como infantiles. Si molar es superficial, entonces el Homo Sapiens moderno ha sido superficial desde tiempos inmemoriales. Muy pocos seres humanos consiguen escapar de la tentación de la superioridad. Quiero decir: ahí tienes a derviches compitiendo por ver quién consigue el trance más profundo, y he conocido a unos cuantos maestros Zen muy orgullosos de su humildad. [Además] mantener el estatus no es fácil: requiere de [un aporte contínuo] de mucha energía.

Un poco más adelante, el maestro continúa hablando de los estados alterados de consciencia, introduciendo las nociones de consciencia vertical y consciencia horizontal:

En el mundo que se extiende más allá de la consciencia ordinaria, hay dos tipos de estados alterados: el paranormal y el normal aumentado. El primero tiene que ver con la transformación, y es el que la mayoría de [seekers] espirituales buscan, porque confiere mucho poder al practicante. El chamanismo viene bajo esta guisa. El poder puede ser político, lo que a menudo se llama carisma; o sexual, lo que se llama atractivo; o puede ser poder en el deporte, en un negocio o en la música: lo que se llama habilidad o talento ─y que a menudo resulta carismático también. Y así con todo. Lo importante aquí es que su naturaleza es “vertical”, y pone al practicante por encima del resto.

Vuelve a interrumpir el discípulo: «así que consiste en molar, ¿no?».

En cierto modo sí, pero típicamente se vuelve más intenso que eso. En la práctica mágica o chamánica, este tipo de experiencia es conocida como “la tradición del ascenso”, e históricamente constituye el núcleo de las religiones mistéricas de la antigua Grecia. Platón recibió una fuerte influencia de la misma, tal y como se muestra en La República con la diferencia entre los dormidos y los despiertos, su descripción de una escalera vertical de conocimiento iluminado y la noción del estado autoritario. Subyace a toda práctica gnóstica, de la cual el sufismo es un ejemplo.

«¿Entonces es algo bueno?» ─pregunta el discípulo.

Bien, puede serlo. Depende de tu propósito. El error que se ha cometido con este tipo de experiencias trascendentes es el de verlas como eternas, como una parte de la condición humana. Esto es lo que sucede con los arquetipos de Carl Jung, el chamanismo de Mircea Eliade o el heroísmo de Joseph Campbell. Si hilas la evidencia de cierto modo y no te importa ser ahistórico, la tradición del ascenso acaba pareciendo la eterna experiencia espiritual de la humanidad. De nuevo: es transformativa y se encuentra fuera del mundo. El problema es que de hecho se remonta no más de 4000 años en el pasado. Los intentos de encontrarla en las pinturas rupestres del paleolítico han acabado probándose como proyecciones de los deseos de los investigadores sobre las mismas. De hecho, en el caso del más famoso de estos investigadores, Henri Breuil, las ilustraciones transcritas fueron manipuladas, probablemente inconscientemente. A pesar de la creencia popular ─y quizás con la excepción de los aborígenes australianos─ los cazadores-recolectores no eran “chamánicos”, y su arte trata de la normalidad aumentada, no de una paranormalidad. Lo que vemos en las cuevas de Lascaux es una celebración de la intensa vitalidad de la vida animal: no son criaturas mitológicas.

«Así que es algo como el Zen» ─interrumpe una vez más el discípulo.

Quizás sea lo más cercano que tenemos en la actualidad, aunque esta experiencia ─que yo llamo “paradoja”─ no es exactamente lo mismo que el satori del Zen. El satori consiste en el reconocimiento radical de la otredad, y como tal puede ser una gran experiencia que tener. Tiene que ver con la misma naturaleza de estar en el mundo, la cruda cualidad de ser; quizás el “dasein” de Heidegger. Pero en el estado de paradoja uno reconoce la radical otredad del otro a la vez que es plenamente consciente de sí mismo. Trata de equilibrio, no de transformación, y no confiere de ningún poder particular al practicante. Hay que tener en mente que los cazadores-recolectores practicaban una igualdad política relativa y eran decididamente no carismáticos. Su atención, no focalizada y difusa, estaba puesta sobre los ríos, las montañas, los bosques, los animales ─la forma más basica de animismo. La civilización, por otra parte, requiere de un centro sagrado, un foco de concentración afilado y tanto su espiritulidad como su política son verticales. La única recompensa de la espiritualidad horizontal es, de hecho, el fin de la inquietud. En ese sentido, el camino horizontal es mucho más maduro que el vertical, a la vez que mucho más difícil de vivir. Santa Teresa de Ávila decía que tras años de éxtasis espiritual pasó años caminando por el desierto ─metafóricamente hablando─ hasta que poco a poco fue creciendo hacia una espiritualidad más horizontal. Le costó diez años. Algo parecido le sucedió a Wittgestein ─una figura incomprendida en la historia de la filosofía. Gente como Jung o Campbell no llegaron a tener ni un sólo atisbo de este otro mundo. (…) “Dios” acabó por deslumbrarlos y al final acabaron haciéndose aburridos ─como guitarras con una sola cuerda.

 

 

» leído en la biblioteca · 18 febrero, 2015

Occidente

John Gray llama la atención sobre otro fetiche lingüístico empleado a menudo en el mundo de lo heterodoxo, a partir del cual se crea muchas veces una categoría rígida producto de la simple inercia. Desde su Misa negra: la religión apocalíptica y la muerte de la utopía:

Obviamente, “Occidente” no tiene un significado fijo y determinado. Sus límites varían en función de los cambios culturales y de los acontecimientos geopolíticos. Hay quienes piensan que el mundo medieval fue una auténtica síntesis del conjunto de la civilización occidental, pero cuando se concibe “Occidente” de ese modo, se pasa por alto el legado del politeísmo pagano, el teatro trágico, la filosofía griega, las lamentaciones de Job, la herencia de Roma y la ciencia islámica. Durante la Guerra Fría, también se decía que los países del bloque soviético se hallaban fuera del ámbito de Occidente o se oponían incluso a éste, pese a que sus gobiernos estaban adheridos a una ideología occidental. Posteriormente, se esperaba que la Rusia poscomunista entrase a formar parte de “Occidente”, aun cuando había rechazado esa anterior ideología y había retomado una identidad más antigua en la que el cristianismo ortodoxo antioccidental desempeñaba un papel de suma importancia. Actualmente, “Occidente” se define a sí mismo conforme a los términos de la democracia liberal y los derechos humanos. Con ello se da a entender que los movimientos totalitarios del pasado siglo no formaban parte de Occidente. Pero, en realidad, dichos movimientos reinstauraron algunas de las más antiguas tradiciones occidentales.

Dejando de lado las definiciones geopolíticas y desde el punto de vista filosófico,

Si hay algo que define a “Occidente” es el empeño en buscar la salvación a través de la historia. Es esa teología histórica (o creencia en que la historia tiene una finalidad o un objetivo inherente), más que las tradiciones de la democracia y la tolerancia, la que distingue a la civilización occidental de todas las demás. Ahora bien, esto, por sí solo, no genera el terror masivo; se necesitan otras condiciones previas (como la desarticulación social a gran escala) para que algo así pueda producirse. Los crímenes del siglo xx no fueron inevitables. Implicaron toda suerte de casualidades y de decisiones individuales. Tampoco el asesinato en masa es un hecho privativo de Occidente. Lo que sí es único de Occidente es la influencia formativa que aquí tiene la fe en que la violencia puede salvar al mundo.

Contextualizando este discurso ─influido por el trabajo de Norman Cohn─ en la coyuntura política actual, apunta Gray que

El terror totalitario del siglo pasado formó parte de un proyecto occidental que aspiraba a tomar la historia por asalto. El siglo XXI comenzó con un nuevo intento de llevar a la práctica dicho proyecto, cuando la derecha desplazó a la izquierda como vehículo del cambio revolucionario.

Sobre este contagio de subtextos mitológicos y culturales en los discursos políticos barruntábamos en nuestro manifiesto revolucionario gilipollesco, texto el cual tampoco debería leerse como algo excesivamente serio. Hemos visto también cómo el movimiento de salida de la historia ─casi siempre tomando una dirección vertical─ es básico en la concepción del chamanismo en Occidente, y por lo tanto en su sistema de símbolos. Un poco más adelante analizaremos esta construcción lineal del tiempo en clave mitológica.

 

 

» leído en la web · 1 febrero, 2015

El contraasalto del vacío

En nuestra experiencia, tras una temporada larga en el paro ─en soledad la mayoría de las veces─, la práctica de artes marciales y diversos ejercicios meditativos y psicocorporales,  puede dar lugar a algo parecido a algo a lo que se refiere Boyd Collins en su texto “Unlearning civilization”:

El primer paso para desenmarañar el dolor de la civilización es adentrarse en el silencio. Una vez dejamos atrás nuestra ansiosa necesidad de distracción constante nos enfrentamos cara a cara con nosotros mismos, y ésto es intensamente doloroso. Pero si tenemos el coraje de mantenernos en ese dolor descubriremos un poder curativo, una relajación de la tensión que nos conduce. La máquina ha configurado una forma falsa en la carne viva, en nuestra carne y en la carne de la tierra. Ha retorcido [nuestra vida interna] y la curación llevará tiempo. Pero debe empezar con el vacío.

Si puedes mantenerte dentro de ese vacío, sin buscar “mejorarlo” o hacerlo una posesión, podrás empezar a sentir lo que habías querido sentir desde hace tiempo, pero nunca te habías permitido. (…) Dentro del vacío existe el poder del cambio: un cambio no limitado por las categorías de una visión del mundo moribunda, encapsuladas en la prisión de la “objetividad”. Ser objetivo significa hacer un objeto de todo lo que es perceptible. Es dibujar un círculo sobre las presencias resonantes que nos llenan de gozo y negar vehementemente que puedan extenderse más allá de los límites de su “objeto”. La habilidad de trascender la consciencia con objeto surge del silencio porque la objetividad es un intento de silenciar el ruido de la vida.

No pretendemos haber llegado al nivel que describe Collins ni mucho menos. Pero en el cara a cara, en la relación corporal con el resto de congéneres, pensamos que el regreso desde ese estado ─aunque haya sido mínimamente rozado─ puede acabar resultando bastante patente para quien lo experimente.

 

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