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» leído en la biblioteca, leído en la web · 16 enero, 2016

El cruel potlatch

Nos ha llamado la atención un pasaje de Bajo Sospecha de Boris Groy (recomendado por Frank G. Rubio) como contranarrativa ante versiones idealizadas, románticas ─a las que nos referimos en este blog como primitivismo naíf─ de la noción del potlacht. Sirva como introducción previa a la reproducción de dicho pasaje este otro párrafo de Casilda Rodrigañez directamente extraído de “Un comentario sobre el libro: EL ENSAYO SOBRE EL DON de Marcel Mauss” (enlace):

Así pues, cuando decimos que el “hau” [o el “maná”] es el espíritu del objeto regalado, desde nuestra perspectiva actual, no entendemos lo mismo que entendían [los polinesios]. Pues el “espíritu” es un término traducido del original desde nuestro universo conceptual; lo mismo que el del famoso “jefe” indio de las tribus norteamericanas, que parece ser que no tiene nada que ver con nuestra noción de “jefe”, pues el término original designa una función distinta por completo a la función de jefatura o mando. Por eso creo que debemos utilizar otro término, por ejemplo decir que el “hau” es la empatía que acompaña el objeto regalado, o el deseo que recorre el campo social: el deseo debe fluir y los afectos deben ser correspondidos; y así los bienes fluir también con los afectos.

Habiéndonos guardado pues de proyecciones etnocéntricas ─aunque el concepto de “empatía” o “deseo” bien podría ser otra de estas─, leamos a Groy:

Después de que haya sido dado y aceptado, el regalo conserva para su receptor, durante un tiempo determinado, un efecto de apoyo y ayuda el maná del regalo permanece, si se puede decir así, mágicamente positivo. Pero más tarde, el alma del regalo siente nostalgia de su origen, de quien ha hecho el regale el regalo quiere abandonar al regalado y volver al que regala.

Y a partir de ese momento, el regalo se convierte en algo peligroso para el receptor: el maná deviene mágicamente negativo, y eso significa que ha llegado el momento de responder con otro regalo o de regalar, a su vez, el objeto recibido como regalo. En algún momento ─gracias a ese continuo estar siempre regalando─ el regalo completa el círculo y vuelve a su origen, aunque en realidad resulta imposible hablar propiamente de un origen determinado, porque todos los regalos están circulando permanentemente en el circuito de la economía de los dones.

Sigue más adelante:

El maná en el regalo siempre es, de entrada, amable, pero más tarde comienza, de un modo igualmente necesario, a tener efectos negativos, justamente cuando la relación entre el regalo y quien lo regala cae en el olvido. El carácter extraño del regalo, aún no olvidado, garantiza el buen maná: el regalo como un signo nuevo, extraño, en medio de un contexto conocido, “propio”, produce el efecto de una visión en el interior, que concede a ese signo el buen maná de la sinceridad mediática. La posterior domesticación del regalo, que acontece inevitablemente, no sólo lleva a la pérdida del maná positivo, sino también a la aparición del maná negativo. Puede decirse que en cuanto el signo de lo nuevo y lo extraño se convierte en una parte de la superficie mediática se convierte, al mismo tiempo, en el lugar de una sospecha especialmente intensa.

Es en este punto en donde el deseo se transformaría, en palabras de Bifo que reproducíamos anteriormente, en «el campo en el cual se desarrolla (…) un espeso entrecruzamiento de fuerzas diferentes, conflictivas», lejos de la concepción idílica del deseo como «valiente muchacho» o «chico bueno de la historia»:

La descripción del intercambio simbólico como una dura competición y no como un idilio comunitario es —y esto es interesante— más característico de aquellos autores que han entendido el maná justamente como una fuerza perteneciente al orden de la realidad. Esos autores se remiten —de modo directo o indirecto— sobre todo a la descripción del potlacht por parte de Mauss, quien, como se ha dicho, sustituye el intercambio de los bienes simbólicos por la competición en la ostentosa destrucción de aquellos bienes. En Mauss, el potlatch funciona como una competición entre los protagonistas individuales de la economía simbólica, que, como consecuencia del sacrificio que llevan a cabo en esa competición, ganan fama, honor e influencia social.

O sea, que aquí se trata precisamente de una competición, aparentemente paradójica, de renuncia y pérdida, en la que gana aquel que más pierde. Por lo demás, en el caso de posteriores teóricos del potlatch la competición entre los sujetos individuales se retira, hasta cierto punto, tras la competición con el maná mismo. Como el maná se entiende como una fuerza real, que arruina al hombre incluso cuando éste no hace sacrificios, esa competición consiste, en el fondo, en sacrificar voluntariamente más riquezas propias, unas riquezas que, de todos modos, serán destruidas por el destino. En efecto: con fuerzas infinitas, tanto si son espíritus como si son fuerzas naturales, sólo puede organizarse un intercambio en la forma de un potfacht. Y un potlatch como ése sólo puede ganarlo aquel que consigue hacer un sacrificio infinito.

Finalmente enlaza esta idea con la de la deriva burocrática ─y que por aquí entendemos pareja a los procesos acumulativos de las sociedades agrícolas:

Pues ocurre que toda competición necesita un jurado independiente, una lista de participantes y de resultados, acuerdos sobre criterios comparativos, recuerdos de los records anteriores y archivos en los que esos recuerdos se conserven. Una competición en pérdidas exige también una burocracia desarrollada y un sistema de archivos bien organizado. Y ahí reside el auténtico peligro: aun cuando lo que deba realizarse sea un sacrificio infinito, el hombre sólo puede esperar un precio finito por él, a saber: su inscripción en los archivos de esa competición en pérdidas. Ese premio finito, con todo, conduce al hombre al premio infinito de hacer del mensaje del medio su propio mensaje y, con ello, convertirse en señor del medio. Se trata, obviamente, de la cruel astucia del maná, que sustituye a la benéfica astucia de la razón de la que Hegel habló en su tiempo.

 

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