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» leído en la web, visto en la web · 2 marzo, 2015

La adicción a las narrativas lineales

«La gente cree que la clave es el sexo, el humor o los animales, pero lo que hemos descubierto es que la base de un gran anuncio es si cuenta una historia o no». Es lo que concluye Keith A. Quesenberry tras conducir un estudio en el que

las personas calificaron anuncios con tramas dramáticas ─los mismos arcos narrativos favorecidos por clasicistas como William Shakespeare─ de forma significativamente más alta que aquellos sin un planteamiento claro, desarrollo, nudo, clímax y desenlace.

En la siempre interesante revista digital Aeon hay colgado un vídeo de Paul Zak en el que se analiza cómo esta estructura del arco dramático ─descrita por Gustav Freytag hace 150 años─ «cambia nuestro comportamiento cambiando nuestra química cerebral», mediante una poderosa reacción que involucra hormonas del estrés y de la empatía: cortisol y oxitocina, respectivamente. No se registraron cambios significativos cuando los sujetos del experimento de Zak se vieron expuestos a narrativas que no incluyesen un clímax dramático.

No es un tema baladí; si tanto la industria publicitaria como DARPA ─según este artículo en Pijamasurf─ están investigando acerca de este tema no es descabellado albergar al respecto sospechas relacionadas con el control mental aplicado a la cultura audiovisual. «Diría que hay ciertas historias que pueden ser adictivas ─comenta el coronel William Casebeer─ y, neurobiológicamente hablando, no tan distintas a inhalar algo de cocaína».

¿Adictos al arco dramático? Usando el popular modelo de lateralidad hemisférica cerebral ─del que ciertamente se hacen demasiadas interpretaciones de tono naif─ el psiquiatra Dan Siegel señala que

(…) el hemisferio izquierdo del cerebro se ve impulsado a la construcción de narrativas que usan secuencias de eventos lineales, con un lenguaje muy literal del tipo “pasó esto, luego esto otro y luego esto de más allá”. (…) En el hemisferio derecho, por otra parte, reside la conexión al cuerpo; así que son los sentimientos en los músculos, en el corazón y en los músculos los que modelan una experiencia. (…) las emociones de tristeza, ira, pertenencia, frustración o decepción se experimentan de una forma muy poderosa en el hemisferio derecho del cerebro. (…) El hemisferio derecho contiene nuestras vivencias, pero el hemisferio izquierdo quiere contar una historia lineal.

Siegel sugiere que la narrativa del hemisferio izquierdo es de hecho autopacificadora, y tiene entonces sentido leer esta adicción a las narrativas lineales como un ejercicio de huída del cuerpo, del silencio. También puede leerse esta tendencia autopacificadora como un mecanismo de defensa ante la actual disolución del trance alfabético.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 25 enero, 2015

La inercia de la teoría de la conspiración

Alan Moore toca, a nuestro parecer, un punto importante acerca de las teorías de la conspiración en una cita que se ha hecho bastante viral:

Sí que hay una conspiración, de hecho hay un gran número de conspiraciones, todas entorpeciéndose unas a otras (…) la gran lección que he aprendido sobre las teorías de la conspiración es que los teóricos de la conspiración creen en ellas porque resulta más reconfortante. La verdad del mundo es que es caótico. Lo cierto es que el control no lo tiene la conspiración de los banqueros judíos, ni la de los alienígenas grises, ni la de los reptilianos gigantes de otra dimensión. La verdad es aún mucho más aterradora; nadie tiene el control, y el mundo marcha sin timón.

En este breve biopic de Erik Davis en donde compara a Moore con su némesis Grant Morrison ─y eh, idólatras de Alan Moore del mundo, pensamos que en esa contienda en particular Moore no lleva la razón─ se caracteriza al bardo de Northampton como un «materialista secular (…) vuelto hacia los cauces humanistas de la tradición oculta (…) [acompañados de un] didacticismo ocasional». Es por esta vertiente clasicista ─que como veremos más adelante genera adicción a las conclusiones─ que no nos acabe de convencer lo que interpretamos (maliciosa, ruin y miserablemente) como un ánimo didáctico de fondo en el párrafo de arriba.

Recordando a Marshall McLuhan con aquello de que «el medio es el mensaje» nos quedamos con la postura más difusa de Robert Anton Wilson, que viene a decir exactamente lo mismo que Moore pero quizás con un estilo de lenguaje y una estructura narrativa menos dramática. Por ejemplo, desde esta entrevista:

La mayoría de la gente no sabe por qué el mundo está cambiando tan rápido y en tantas direcciones extrañas, de modo que buscan a alguien a quien culpar; tan sólo depende de sus sistemas de creencias el que culpen a los sabios de Sión, a los Illuminati de Bavaria, a los masones o a los banqueros suizos. La gente simplemente no puede entender que algunas cosas se mueven de forma acorde a factores estructurales de la sociedad y del entorno tecnológico en el que vivimos que se hallan en contínuo movimiento, de modo que buscan una entidad monolítica que lo explique todo. Es primitivo, pero muy prevalente. (…) Las teorías de la conspiración me fascinan porque suponen un buen campo de pruebas para la lógica no-aristotélica. La mayoría de la gente o las acepta o las rechaza completamente. Yo intento aplicar la lógica difusa, preguntándome: «¿Cuanto de esto puede ser realmente probado y cuanto de esto es simplemente una afirmación ciega?». Es interesante verlas no términos de y/o, sino simplemente en términos de cuán probables son las diversas partes de la teoría.

O dicho de forma más pedestre por Mathias Broeckers en su 11S:

La mayor parte de las teorías de la conspiración caen en el error de sobreestimar la influencia lineal de los actores y subestimar la complejidad dinámica de los procesos (como es el poder de la ley de Murphy y la omnipresencia de la estupidez humana). (…) Sin embargo, [las] teclas que unas personas determinadas tocan con discreción en momentos determinados revisten gran importancia cuando se juzgan los sucesos históricos. NEGAR las conspiraciones es tan ingenuo como pensar que TODO es fruto de una conspiración.

¿Nuestra conclusión? Evidentemente no tenemos ninguna, pero a modo de cierre parcial de la entrada ofreceremos dos últimas narrativas. La primera, de la mano de Michael Parenti desde su ensayo “The JFK Assassination II: conspiracy phobia on the left” (enlace) y dirigida a personas con tendencias fóbicas hacia la teoría de la conspiración:

Aquellos que sufren de fobia a las conspiraciones suelen decir aquello de que «¿Realmente piensas que hay un grupo de gente metidos en una habitación planeando cosas en secreto?». Por alguna razón se asume que esa imagen es tan absurda que solo invita a desentenderse del asunto. Pero, ¿donde más podría reunirse la gente de poder —¿en los bancos del parque, en tiovivos?. De hecho se reunen en habitaciones: salas de juntas, salas de mando del Pentágono, en el Bohemian Grove, en los comedores más selectos de los mejores restaurantes, hoteles, centros turísticos y fincas, y varias salas de conferencia en la Casa Blanca, la NSA, la CIA o lo que sea.

Y sí, confabulan conscientemente —aunque ellos lo llaman “planificación” o “adopción de estrategias”— y lo hacen en gran secreto, a menudo resistiéndose a esfuerzos de exponerlos públicamente. Nadie confabula más que las élites políticas y financieras y sus especialistas a sueldo. Para hacer el mundo más seguro para aquellos que lo poseen, elementos políticamente activos de las clases detentoras han creado un estado de seguridad que gasta billones de dólares y recluta los esfuerzos de un vasto número de personas.

La segunda, de la mano de Morris Berman en esta entrada de su blog, para aquellos con aversión a las dinámicas caóticas:

Mientras que es indudablemente cierto que las élites actúan en ocasiones de forma deliberada y coordinada, fue [el eminente sociólogo Charles Wright] Mills quien señaló que en la realidad se da un matiz significantivo (…): no es que los super ricos se junten en una habitación y se pregunten «¿Cual sería la mejor forma de joder a los trabajadores y las clases medias?».

No, dice Mills, lo que sucede es que se relacionan entre sí y de una manera informal reconocen sus afiliaciones de clase: «Los miembros de varios círculos se conocen entre sí en calidad de amigos e incluso vecinos; se juntan los unos con los otros en el campo de golf, en los clubs de caballeros, en los complejos turísticos, en los vuelos transcontinentales y en los transatlánticos. Se conocen en las fincas de amigos mútuos, hablan cara a cara ante las cámaras de la TV o trabajan en el mismo comité filantrópico; y muchos se aseguran de cruzar sus caminos en las columnas de los periódicos, si no en los mismos cafés en donde estas columnas se originan. La concepción de una élite de poder, por lo tanto, no recae en la asunción de que la historia (…) deba ser entendida como un plan secreto, o como una gran y coordinada conspiración de los miembros de esta élite. Esta concepción surge más bien de terrenos más impersonales».

No estaríamos hablando, pues, de alguna hermandad organizada, de un cliché financiero cuasi-masónico. Sin embargo —y este es el punto crucial— si nos atenemos a los resultados concretos, bien podría ser así. Mills continúa: «Pero, una vez que la conjunción de tendencias estructurales y de la voluntad de utilizarlas dan lugar a la élite de poder, sus miembros conciben planes y programas y de hecho no es posible interpretar muchos eventos y políticas oficiales sin hacer referencia a las élites de poder».

El trabajo de Mills se sitúa más en la categoría de crítica social que de ciencias sociales en sí; no estaba muy interesado en hechos y personajes. Pero en los más de 50 años que han pasado desde que escribió estas palabras, su perfil de una democracia estadounidense ilusoria ha sido desarrollada por numerosos sociólogos y científicos políticos armados con ingentes cantidades de datos. [Un] reciente trabajo de este género (…) identifica una élite global de poco más de 6.000 individuos que estarían dirigiendo el espectáculo mundial, junto con las cincuenta instituciones financieras que controlan casi 50 trillones de dólares en activos. Con o sin complot, los resultados son los mismos.

 

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