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» leído en la web · 20 marzo, 2015

El privilegio de pensar el apocalipsis

Al hilo de la idea que comentábamos del etnocentrismo que subyace a parte de la escena cultural colapsista ─y frente a ciertos tics de rasgado de vestiduras por la incapacidad de la población de hacer frente conscientemente al problema─ cabe añadir al discurso la dimensión económica. Decía Terence Mckenna que «el apocalipsis no está por llegar, [que] el apocalipsis ha llegado a grandes porciones del planeta, y es sólo porque vivimos en una burbuja de increíbles privilegios y aislamiento social que podemos darnos el lujo de [predecirlo]». En este artículo en Jotdown Roger Senserrich expande el tema:

[Lo que una cantidad tremenda de evidencia empírica sugiere] es que los humanos tenemos un «ancho de banda» limitado a la hora de procesar información y tomar decisiones. Podemos atender unas pocas cosas a la vez, podemos preocuparnos por un número limitado de proyectos, pero llegado un determinado nivel de actividad y problemas que confrontar no damos más de sí. El “ancho de banda” disponible, sin embargo, no depende demasiado de la inteligencia o talento de cada individuo, sino que está fuertemente influenciado por el contexto. Alguien sin preocupaciones inmediatas puede procesar una cantidad considerable de información y tomar decisiones a largo plazo.

Cuando alguien afronta una situación de escasez material inmediata, sin embargo, su capacidad cognitiva se concentra en responder a esa amenaza, a ese riesgo inmediato, dejando de lado cualquier otro problema a afrontar. Alguien en la pobreza tiende a vivir obsesionado por lo inmediato, por el problema que tiene justo ahora mismo al frente. No hace planes sencillamente porque su cerebro no le deja pensar en nada más. Es una respuesta primaria, el cerebro de cazador-recolector obsesionándose con su necesidad imperativa de supervivencia. Y lo es hasta el punto de producir una reducción de la capacidad de razonamiento medible y verificable; un descenso del coeficiente intelectual de quince puntos solo por estar sufriendo ese estrés. Para haceros una idea, es el equivalente a tener que tomar decisiones tras una noche sin dormir.

Algo similar señalaba Robert Anton Wilson en el número 4 del fanzine “No Governor” (descargable aquí):

el trabajador capitalista vive en la misma ansiedad perpetua que el adicto a los opiáceos. La fuente de seguridad ante la bio-supervivencia, la neuroquímica de sentirse seguro, se ancla en un poder externo. La cadena de condicionamiento dinero=seguridad, no-dinero=terror se ve contínuamente reforzada viendo a otros ser despedidos o quedándose a la mitad del camino. Psicológicamente este estado puede ser descrito como paranoia crónica en bajo grado.

Según vayamos profundizando en el colapso, pues, este estado paranoico teñirá más intensamente el paisaje mental de la cultura popular. Como veíamos anteriormente esto se relaciona a su vez con modos de cognición primitivos y en este contexto es también bastante previsible que florezcan subculturas de corte primitivistano necesariamente exentas de concepciones naif. El pensamiento mágico va a ser moneda común en el futuro, y no estamos seguros ─como gran parte de la esfera colapsista─ de que esto sea del todo negativo.

Está claro también que morralla la hay a capazos. En fin. El magufoapocalipsis ha llegado.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 28 febrero, 2015

Oscuridad audiovisual

Hace poco la revista digital El Estado Mental publicaba una entrevista de Frank G Rubio a Jesús Palacios, en donde se toca un tema de interés en nuestro contubernio magufoapocalíptico: la de la esfera de la cultura popular y audiovisual como mecanismo hipersticioso y, más concretamente, la del cine como trance extático moderno:

En las películas malditas que analizo en el libro entran muchos otros factores, que las dotan de inquietante atractivo: casualidades, sincronismos, rodajes accidentados, directores, estrellas y personajes carismáticos, sociedades ocultistas, mensajes subliminales, teorías de la imagen y su uso. [Estos] filmes (…) componen una suerte de historia secreta del cinematógrafo, una serie de puntos que al unirse trazan un mapa nuevo, totalmente diferente del que nos hemos acostumbrado a contemplar, del territorio de lo cinematográfico y lo real, de la ficción y la verdad, lo fantástico y lo posible, que desafía la lógica y cuestiona nuestro sentido de la realidad.

Para Palacios, Hollywood llega a conformarse como un ente autónomo, del mismo modo que como veíamos hacen los estados-nación:

En efecto, el Hollywood más siniestro, el que está detrás de las verdaderas maldiciones que acompañan nuestras películas y muchas otras, es una especie de entidad demoníaca que se ha creado en torno a la industria misma del cine estadounidense. Hollywood es mucho más que un nombre, que un lugar geográfico, unos estudios o una serie de empresas cinematográficas. Es un ser vivo, más grande que la vida misma, confeccionado como el monstruo de Frankenstein con fragmentos de todas las artes, que se alimenta como Drácula de la sangre de quienes se dejan atrapar por su poder de fascinación, un Mefistófeles que roba el alma de aquellos a los que promete inmortalizar. Desde luego, como tal, alcanza a veces majestades divinas y alturas celestiales, pero sólo a costa de hacer descender al infierno más profundo a muchos de los que contribuyen a su causa, desde técnicos, artistas y empresarios hasta los propios espectadores. Muchos de los directores que están relacionados con las películas malditas de mi libro sufrieron las consecuencias de este Hollywood/Moloch devorador.

Nuestro único problema frente al análisis de Rubio y Palacios es simplemente formal; el campo simbólico que emplean tiene para nuestro gusto demasiadas reminiscencias estacionadas en el paradigma dominante. Por ejemplo, el ascenso a los cielos y el descenso a los infiernos puede verse como la enésima encarnación del vuelo extático vertical. Del mismo modo, la caracterización como entidad demoníaca, la aparición de Moloch o Mefistóteles nos hace reflexionar acerca de la posibilidad de que la crítica derive a su vez de los tics protestantes de la crítica contracultural estadounidense. Lo mismo con la asociación entre oscuridad y negatividad ─la entrevista la han titulado “La luz oscura de Hollywood”─ tan frecuente en el imaginario Occidental. Frente a lo que interpretamos como cierta inercia simbólica, ofrecemos como contrapunto una cita de Mawa del colectivo Corazón Terrícola:

Sépase que la luz no es más que una chispa en la fertilidad silenciosa del ser, una eyaculación fugaz en la inmensa y oscura matriz del infinito. La oscuridad contiene todas las sabidurías, todas las cumbres y todos los abismos; la oscuridad es fértil y se basta a sí misma, nada busca ni impone, nada obliga o resigna; no le temas, abrígate en ella.

Observaba Terenci Moix en Historia Social del Cómic que muchas veces el sentido apocalíptico empleado por los detractores de la civilización de la imagen «basan sus diatribas más en lo que de alienador ha producido el reciente reinado de [la imagen] que en una consideración detenida de las posibilidades que puede ofrecer en el futuro».

Siendo como somos conscientes de que estar viviendo la disolución del trance alfabético, en magufoapocalipsis.com preferimos de momento instalarnos en la paradoja, la ambigüedad y ─sin llegar a aceptar la indefensión aprendida─ la aceptación de una profunda e impotente ignorancia (aunque esto último lo decimos porque queda muy bien lo de ir de humildes, ojo). Desde luego opinamos que todo parece tomar tintes distópicos, y que la imagen es sin duda uno de los mecanismos hipnóticos más potentes; pero frente al hábito occidental de proyectar un futuro lineal abrazamos la idea del futuro fractal, en el cual nos vamos adentrando, momento a momento, dando cortos pasos.

 

 

» leído en la web · 17 enero, 2015

La deriva milenarista / puritana de la contracultura estadounidense

Le preguntaban a Hans Jonas si el “estremecimiento religioso” propio de la antigüedad no había desaparecido ya irremediablemente con la era racionalista. Contestaba el filósofo alemán:

Muchas veces estamos tentados de creerlo, [pero] por otra parte, se constata la emergencia de formas de conciencia que substituyen a lo sagrado, como muestra el hecho que los humanos, especialmente entre la juventud, se insurgen contra la injusticia cometida a otros hombres. El movimiento por los derechos civiles en [Estados Unidos], por ejemplo, no nació exclusivamente de los propios desfavorecidos, sino que encuentra su origen en individuos para quienes precisamente todo va bien, que se movieron no por necesidad, sino por su conciencia. Es un fenómeno nuevo.

Es pues de recibo preguntarse desde el maelstrom magufoapocalíptico qué subtexto inconsciente podríamos estar recibiendo de la contracultura estadounidense ─o, al menos, de buena parte de la misma. Reproducimos algunas pinceladas que Manuel Delgado Ruiz ofrece en esta entrada de su blog a la vez que recomendamos la lectura de la misma al completo:

Yo no veo más que grupos, movimientos y teorías que no hacen sino darle vueltas al típico reconocimiento de los “signos de los tiempos” (…) [obsesionados] por la hegemonía del mal sobre la tierra que de veras creo que es un préstamo cultural del utopismo protestante norteamericano, con su nostalgia de la vieja comunidad hecha de individuos aislados vinculados entre sí por lazos de verdad y franqueza personal, postuladores de un cambio que, empezando por la propia subjetividad, acabe abarcando la globalidad de la vida humana, o, lo que es igual, el advenimiento del mundo nuevo prometido por la profecía bíblica.

No siempre de manera explícita, pero hay algo o mucho en los discursos de la postpolítica actual que nos devuelve a los movimientos prepolíticos (…) con esa renovación de la denuncia moral de las ciudades malditas de las Escrituras ─Babel, Sodoma, Gomorra, Babilonia, Roma─, negaciones absolutas del reino de Dios anunciado en el Apocalipsis de Juan. Como en ellas, en la sociedad capitalista se rinde culto a falsos ídolos, imágenes engañosas tras las cuales se agita la voluntad de nuevas encarnaciones del Demonio: el Poder, el Neoliberalismo, la Globalización, el Pensamiento Único, las Multinacionales, el Banco Mundial, la Trilateral. Nuestra sociedad se presume racional, pero en cambio, se señala, está hundida de hecho en la idolatría y el paganismo más absolutos y nos depara paraísos fáciles y falsos en los que los mortales iríamos cayendo, trampas que tiende el Maligno para atontar su espíritu e inmovilizar su voluntad. Mucho más eficaces que el alcohol o las drogas, los cantos de sirena procedentes del mercado aseguran la esclavitud del hombre moderno al servicio de la materia y hacen irreversible su condenación.

Ese regreso de la sociedad a nuevas formas de idolatría ─culto a los falsos dioses de la materia, del placer y de lo mundano─ se integra de manera plenamente lógica dentro del clima milenarista general. De hecho, el consumismo y la banalización mediática expresarían una especie de estúpida celebración del Apocalipsis. Millones de seres humanos abandonados al disfrute irresponsable y ciego, un placer necio que adormece la evidencia de que todo está próximo a su fin. De ahí todas las perspectivas que, desde ópticas de cambio radical que se presumen seculares, apenas si disimulan su matriz apocalíptica y puritana. Desde el nuevo ascetismo izquierdista ─presentado como «alternativo»─ se denuncia con la máxima gravedad la condición estupefaciente del bien de consumo y de aquellos espacios ─los centros comerciales, los grandes almacenes, la televisión─ donde la mercancía consigue sus máximas cotas de eficacia hipnótica. A través suyo el consumismo no se basa en la apropiación de la mercancía, sino en la apropiación del consumidor. El consumismo es, para el puritanismo de izquierdas, un instrumento al servicio de la opresión y la miserabilización moral de los seres humanos, un dispositivo de control ideológico y de esclavización de las masas, ejercido a partir de la planificación de los mensajes y la constelación de un universo amoral, cuya falsa luminosidad contrasta con las tristes e injustas condiciones objetivas de la vida real.

En otras palabras, una versión 2.0 del “mea culpa”:

Se trata de lo que bien podríamos llamar una «culpa civilizatoria», una nueva edición del pecado original que afectaría a todos los seres humanos por el simple hecho de haber nacido en las sociedades urbano-industriales. Esos males son consecuencia merecida de la opulencia, la decadencia y los vicios de la sociedad industrializada.

El principal revés de este tipo de pensamiento sería pues la aniquilación de la complejidad, de la paradoja, con todas las consecuencias psicológicas que esto conlleva:

(…) Ansían el triunfo final de una nueva claridad que disipe las incongruencias, las paradojas y las contradicciones de una sociedad vivida como caótica, impredecible, en constante agitación y sin certezas. Perdidos en un mundo complejo que ya no se puede entender, tan sólo quieren reencontrar un principio de autoridad moral que superior (…) Lo importante es encontrar esa nueva e inequívoca certeza que estructure sus vidas, una causa cierta, una nueva legitimidad, un proyecto que ilumine sus experiencias, que las arranque de la inconsistencia de la vida cotidiana (…) que les devuelva, por fin, al mundo perdido de las evidencias.

 

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