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» leído en la web · 12 octubre, 2015

Conspientretenimiento y la segunda Matrix: el memeplex del ghetto conspiranoico

Extraemos de una reciente entrada del blog de Jason Horsley algunos subrayados en torno a las subculturas alternativas asociadas con la teoría de la conspiración ─más conocidas en la infoesfera hispana con el término “conspiranoia”. En primer lugar, tenemos la frecuente deriva hacia el ghetto que no será ajena a cualquiera que haya formado parte de ésta u otra subcultura:

Las “percepciones alternativas” no son alternativas si acaban siendo confinadas en la “comunidad de las percepciones alternativas”. Al contrario: son englobadas en una narrativa dominante ─aunque marginal─ y se vuelven cada vez más irrelevantes.

Más adelante habla de la posibilidad de que esta subcultura esté siendo de hecho diseñada ─o al menos dirigida o encauzada─ de forma consciente con fines desinformativos:

Siento bastantes recelos ante términos como el de “Illuminati”, los cuales han sido minuciosamente separados de cualquier significado histórico y encadenados a una industria del Conspientretenimiento dirigida a una audiencia sectaria de verdaderos creyentes paranoicos ─habiendo sido a la vez concebida y diseñada para crear dicha audiencia. Su misma existencia hace que el trabajo de los [debunkers] sea muchísimo más fácil.

[Una actitud mucho más rigurosa y neutra consistiría en contemplar con el mismo escepticismo tanto a los transmisores de esta jerga-conspiranoica-manoseada como a los encubridores que mantienen en marcha el Consenso. Llamé a esta industria del conspientretenimiento “la segunda Matrix” por razones de conveniencia, pero no es algo tan simple como una ideología; es más bien una energía que una vez que se agarra a lo que hacemos lo distorsiona todo y lo transforma en algo, bueno, Ickeano.]

Este factor hipersticioso está, claro, estrechamente relacionado con el lenguaje:

El contexto lo es todo, y una sola palabra puede arrastrar con ella un contexto lo suficientemente fuerte que contrarreste e incluso deshaga otro contexto que hayamos trabajado duramente para trae a la luz. (…) Palabras como “Illuminati” o “satánico” o incluso “pedófilo” tienden a crear este efecto: son palabras que están de moda que transportan y activan en las personas que ese exponen a ellas un complejo memético ─un memeplex─ de asociaciones y asunciones concretas,  y que por lo tanto desactivan posibles pesquisas ulteriores de carácter más profundo.

Para terminar, Horsley señala también la posibilidad de una deriva inconsciente propia de los integrantes de dichas subculturas, y de cómo ésta podría de hecho ser un mero reflejo de la de sus oponentes ─una de sus ideas que ya habíamos traído a colación con anterioridad:

También siento bastantes recelos a la hora de confundir investigación y exploración con activismo social y el deseo de traer cambio. Estoy bastante convencido de que esto último sólo puede ser efectivo como un efecto secundario de lo primero, y nunca como algo conscientemente dirigido o deseado. Nuestras razones conscientes para desear cambio son, creo, no meramente secundarias sino prácticamente irrelevantes cuando se comparan con las razones inconscientes ─razón por la cual las reformas sociales sólo funcionan a un nivel superficial. Después de todo, los mismos perpetradores identificados por estas investigaciones profundas, ¡son reformistas sociales! ¿Qué es la ingeniería social sino un tipo de activismo a gran escala? Iluminismo o Satanismo son, desde este punto de vista, máscaras, marionetas y memes armamentísticos como lo puedan ser Socialismo y Conservadurismo, Cristianismo o Democracia.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 21 enero, 2015

Detalles incómodos del mito del «somos el 99 por ciento» en la deriva hacia el colapso

John Michael Greer y su notable erudición en el campo de la historia nos refrescan un poco la memoria en esta entrada de su blog:

El colapso de los movimientos de protesta de los 60 aquí en Estados Unidos, por ejemplo, siguió rápidamente a la abolición de la conscripción militar en 1972. La fuerza real tras ese movimiento fue el simple hecho de que las clases medias americanas no estaban dispuestas a seguir enviando a sus hijos a Vietnam y utilizaron su no poca influencia política para hacerse oir (…) Estados unidos salió torpemente de la guerra de Vietnam, y el movimiento de protesta se desinfló como un globo pinchado, dejando sentados sobre sus trizas a una minoría de radicales que creían estar liderando una revolución mientras se preguntaban qué había pasado. Los intentos de crear movimientos anti-bélicos en Estados Unidos desde entonces han fracasado frente al hecho innombrable pero real de que los estadounidenses de clase media no han tenido problema en reconciliarse con la guerra, siempre que sean los críos de otros los que vayan al frente.

Es a luz de esto que deben entenderse los espasmódicos arrebatos de protesta de las clases medias [de 2011]. Desde el cénit de la producción de petróleo convencional en 2005, las economías mundiales —sobre todo EE.UU. y su círculo interno de aliados, que consumen la mayor cantidad de petróleo por cápita que nadie más en el mundo— se han visto inmersas en una espiral de disfunción, y las clases medias se han visto de forma abrupta luchando por mantener su estilo de vida. (…) Uno tras otro, cada sector económico ha tenido que experimentar reorganizaciones drásticas que han acabado com trabajos, sueldos y beneficios para cualquiera por debajo de la clase media, y de un número creciente de gente en la cola de ésta. (…) Habiendo asentido y sonreído mientras se le estaba dando patada a la parte inferior de la pirámide, la clase media no está en posición de organizar una resistencia efectiva ahora que se la está haciendo redundante. (…)

Por supuesto, esta no es la forma en que a la mayoría de personas de la clase media les gusta pensar sobre las cosas, y el espacio entre la realidad del privilegio de la clase media y la retórica que el movimiento Occupy se dedicó a esparcir el año pasado —la afirmación de que el privilegio se aplica solo al 1% de la población que son mucho más ricos que las clases medias— abre un inmenso campo de acción a fanáticos y demagogos. Dí que puedes seguir proveyendo a las clases medias de sus comodidades habituales y sus símbolos de estatus y serás capaz de tener un grueso de seguidores los próximos años. La demanda de este tipo de reconfortante sinsentido está actualmente en auge, y se prevee un aumento del mismo los próximos años; y siendo la naturaleza humana como es, probablemente no sea seguro asumir que todos los que provean dicho suministro serán bobos inofensivos.

Siendo como somos observadores, más o menos desapegados, de la subcultura de la teoría de la conspiración, no podemos descartar fácilmente la posibilidad de que tanto Occupy Wall Street como otros movimientos globales similares sean ─al menos en parte─ ejercicios de disidencia controlada. Morris Berman señala, sin embargo, un subtexto más profundo de dimensiones mitológicas:

[El arco histórico final del fallecimiento del capitalismo moderno] va a ser una lucha colosal, no sólo porque los poderosos vayan a querer aferrarse a su poder, sino porque este arco y todas sus ramificaciones han dado a su clase Significado —con ese mayúscula— por más de 500 años. Ésto es lo que los manifestantes de Occupy Wall Street —si queda alguno a día de hoy, no estoy seguro— tienen que decirle al 1%: vuestras vidas son un error. Esto es lo que un “nuevo paradigma civilizatorio” significa al final.

Y debe decirse que casi todo el mundo [bajo el influjo del sueño americano] y no sólo el 1% tiene este tipo de creencias. John Steinbeck señaló ésto hace hace varios años cuando escribió que en los EEUU los pobres se consideraban como “millonarios temporalmente en apuros”. El movimiento Occupy, hasta donde puedo llegar a comprender, quería restaurar el sueño americano, cuando de hecho el sueño necesita ser abolido de una vez.

Todo está relacionado con todo lo demás. La psicología, la economía, la crisis ambiental, nuestro modo de vida cotidiano, la estupidización [de las masas], el patético fetichismo con toda clase de cacharros electrónicos y teléfonos móviles, la farsa de las políticas electorales, (…) la gran popularidad de las películas violentas, el intento de los ricos de imponer medidas de austeridad a los pobres, las bien documentadas epidemias de enfermedad mental y obesidad —éstas no son en último término esferas separadas de la actividad humana. “Nuevo paradigma civilizatorio” significa todo o nada: no hay realmente un término medio. (…) Por decirlo sin rodeos: la escala de cambios requerida no puede darse sin una implosión masiva del sistema actual. Esto fue así durante el fin del Imperio Romano, durante el fin de la Edad Media y es cierto a día de hoy.

Siendo nosotros como somos, sin embargo, fieles al ideal de la revolución gilipollas y de momento poco habilidosos en el manejo de la bola de cristal, desconfiamos de cualquier clasificación ideológica rígida y recordamos las palabras de David Graeber en Fragmentos de antropología anarquista:

[Cuando] dejemos de insistir [en juzgar] todas las formas de acción sólo por su función en la reproducción de formas de desigualdad total cada vez mayores, seremos también capaces de ver relaciones sociales anarquistas y formas no alienadas de acción a nuestro alrededor. Y ésto es muy importante porque nos demuestra que el anarquismo siempre ha sido una de las bases principales de la interacción humana. Nos autoorganizamos y ayudamos mutuamente todo el tiempo. Siempre lo hemos hecho. (…) los momentos revolucionarios siempre implican una alianza tácita entre los menos alienados y los más oprimidos.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 28 diciembre, 2014

La revolución gilipollas: anti-contra-ultra-manifiesto para mentes malpensantes

Los humanos viven a través de sus mitos mientras padecen sus realidades.
─Robert Anton Wilson

En este día de los Santos Inocentes escribimos reconociendo nuestra procedencia de familias de “clase media” ─asalariados estatales capital-provincianos actualmente precarizados y no-rentistas sería más exacto─ y abrazando las contradicciones de disponer en nuestras líneas familiares 1) variopintas posturas ideológicas que van desde el experimento comunista-feminista de la Guerra Civil Española al casposillo nacionalcatolicismo más tradicional y 2) también variados ejemplos de movilidad social: pastores venidos a médicos, ingenieros reconvertidos en habituales de la venta itinerante en mercadillos gitanostyle, etcétera (algún ex-adepto de la Igle$ia de la Cienciología también). Finalmente, una cosa más: también reconocemos ser malpensados por naturaleza. De todo esto se seguirá la nada despreciable empanada mental que constituye el cuerpo de esta entrada, la cual no debería ser tomada demasiado en serio y que sólo refleja nuestra ignorancia más abyecta ─y con esto último, posiblemente, una falsa humildad en busca del aplauso.

Empezamos. Nos llamó en su día la atención este fragmento del texto de Don Lindyhomer en El butano popular:

La izquierda tradicional, pensando que el pensamiento mítico es sólo una cosa que le pasa a los curas, sigue atrapada en el imaginario de la revolución heroica de la modernidad, ignorando que la sociedad, desencantada por las promesas incumplidas de la revolución, ha acogido un retorno al sentimiento trágico dionísiaco, y la esperanza del pillo que no puede cortar la cabeza del rey, pero tal vez sí su talón de Aquiles. Sobre estas nuevas estructuras simbólicas se está construyendo un nuevo decorado mítico, incomprensible para nuestros adictos al imaginario de la Ilustración. Otra revolución les pasa inadvertida porque directamente les resulta inconcebible. Son los que ora se lamentan por una anecdótica comisión de biodanza, ora se rasgan las vestiduras por no pasar a la acción violenta sistemática, ora creen haber desmontado una cúpula de Anonymous.

De forma irónica rememora también en su blog Manuel Delgado Ruiz otra anécdota similar que ilustraría esta dinámica:

no me quito de la cabeza lo que quienes nos autodenominamos Frente Culé en la acampada de Plaça de Catalunya tuvimos que soportar en nuestra defensa de que la lucha política era del todo compatible con ver y celebrar luego la victoria del Barça en la Eurocopa.

(Aclaramos que a nosotros, siendo como hemos sido niños de extremada torpeza motora, no nos gusta el fútbol). Bien. Extraeremos en lo sucesivo más fragmentos de la entrada de Delgado, pues los paralelismos que establece entre la contracultura importada desde los EEUU y el puritanismo religioso de acullá es ciertamente fascinante. Sobre esta importación puritana reflexionaba Hernán Migoya en esta entrevista que le hicieron en La paz mundial:

Es cierto que la izquierda está estos últimos años como atontada, porque ha adoptado todos los tics y estigmas estadounidenses de lo políticamente correcto, algo que no comprendo, siendo como son nuestros izquierdistas tan antiestadounidenses. En cambio, la derecha, como en España siempre ha sido campechana, rural y garrula, pues puedes decir más brutalidades y nadie se rasga las vestiduras, paradójicamente. Es como llegar al sitio correcto por el lugar equivocado (…) Cada vez estoy más convencido de que no hay diferencias reales entre la izquierda y la derecha españolas. Ambos extremos conciben al pueblo como entes diferentes, igualmente irreales pero manipulables, y dicen desear cosas diferentes: pero el atavismo en ambos bandos, su motor, me parece el mismo, una compulsión mamada en este país durante siglos, que es la de reprimir, perseguir, insultar, enjuiciar y torturar hasta la muerte. Nos encanta criticar, sentenciar y condenar al que intenta salirse de la mediocridad colectiva. En España el pueblo ─esa entelequia que a mí me provoca arcadas porque, si existe como tal, tenemos el pueblo más infame, sinvergüenza y corrupto de Europa─ siempre gana, como la Banca. Y las raíces de nuestra izquierda y derecha son totalitarias: ambos bandos provienen en su origen de la admiración hacia dictadores.

Este amor por los mesías nos recuerda a aquello otro que mencionaba Antonio Escohotado en esta entrevista en Jot down:

El mesianismo es algo que tiene un pie en la consciencia y otro en la inconsciencia, es un arquetipo universal. El Mesías es el chivo expiatorio racionalizado y el chivo expiatorio está tan conectado con nuestro sistema nervioso como la tendencia humana a desplazar el mal de un lado a otro, la transferencia del mal.

En esta otra entrada de The archdruid report John Michael Greer analiza el fenómeno mesiánico y su relación con las ideologías:

(…) las ideologías se han convertido en el modo dominante del pensamiento social occidental; la idea religiosa de la salvación obtenida a través de la creencia en el dogma correcto se secularizó transformándose en la asunción de que el hombre adecuado, valiéndose del plan adecuado, pondría fin a todos los males de la sociedad (…) una y otra vez, [sin embargo], confiar en una ideología para responder a la realidad [suele ser] la receta para los más lamentables fracasos (…) En la actualidad, por supuesto, los nuevos proveedores de ideologías insisten en que su ideología es diferente porque es la correcta, del mismo modo que los promotores de antiguas ideologías insistían en que la situación era diferente y que los errores del pasado no importaban (…) El hábito de apoyarse en una ideología (…) proviene del lenguaje de la tragedia, en la cual los grandes héroes arriesgan todo y a sí mismos en pos de un ideal. Esto, por supuesto, es campo fértil para el drama y las grandes obras literarias. Pero, dado que los héroes trágicos suelen morir, y con no poca frecuencia suelen arrastrar consigo todo lo que les importa, ¡quizás no sean el mejor modelo para el cambio constructivo!

En un tono más cáustico pero en la misma línea, reflexiona John Gray en Perros de Paja:

Aquellos para quienes la vida significa acción, perciben el mundo como un escenario sobre el que representar sus sueños. En los últimos cientos de años, la religión ha decaído, pero nosotros no hemos estado menos obsesionados con la idea de imprimir un sentido humano a las cosas. La actitud dominante ante la vida ha sido un idealismo secular de escasa enjudia, gracias al cual el mundo ha pasado a ser considerado algo que había que rehacer a nuestra propia imagen. La idea de que el objetivo de la vida no es la acción, sino la contemplación, ha desaparecido casi por completo. Quienes se esfuerzan en cambiar el mundo se ven a sí mismos como figuras nobles, incluso trágicas. Pero la mayoría de los que trabajan en la mejora del mundo no son rebeldes luchando contra el orden establecido. Buscan consuelo para una verdad que su debilidad no les permite soportar. En el fondo, su fe en que el mundo puede ser transformado a través de la voluntad humana es una negación de su propia mortalidad.

Trazando un arco más amplio e inclusivo, Morris Berman propone en Una historia de la consciencia el orígen de la figura del héroe trágico ─junto con los hábitos perceptivos de nuestro sistema nervioso que menciona Escohotado─ al inicio de la agricultura misma:

lo que la civilización (agrícola) consiguió fue desencantar el mundo en un sentido periférico y luego reencarnarlo en un sentido focalizado o centralizado. La [consciencia] vertical finalmente avasalló y reemplazó a la horizontal (…) en particular, en el trance unitivo, la [consciencia] (…) es erradicada del entorno y luego canalizada dentro de ciertas experiencias específicas miradas ahora como normas culturales: el amor romántico (que no existe entre los cazadores-recolectores), el heroísmo (las leyendas arturianas, la búsqueda del Grial) y la necesidad de ir a la guerra: (…) la guerra es crónicamente irresistible para la civilización porque provee situaciones de numinosa intensidad, de modo que uno se siente “vivo”, ligado al universo.

Aclaremos que Berman no aboga por un retorno al paleolítico ni por una instauración masiva de la “consciencia horizontal”, ni por otro lado desdeña por completo la vivencia del trance unitivo o de las “dimensiones transcendentes”. Más bien invita reflexionar sobre cómo en el fondo de toda la discusión ideológica contemporánea podría estar asentada desde hace milenios en hábitos de nuestra psique ─que conformarían un tipo específico de trance. Desde la subversión de estos hábitos psicológicos ─a los que podrían unirse los específicos de las culturas literarias─ donde podría entenderse el discurso en alza sobre la recuperación del chamanismo, aunque como hemos visto anteriormente con frecuencia éste sea un pastiche proveniente de la Nueva Era.

Acabamos volviendo al mismo texto de John Michael Greer mencionado más arriba, en donde propone que frente a la figura del héroe trágico una alternativa sería:

la inesperada posibilidad del héroe cómico. En la tradición literaria occidental, los héroes cómicos han sido a menudo personajes atolondrados, que irrumpen medio a ciegas en situaciones que no comprenden sin más intención que salir por el otro lado de una pieza (…) no son especialmente heróicos, y sus esfuerzos para ir tirando durante la crisis no inspiran la clase de atención reverencial que los defensores de los cambios sociales parecen echar en falta. Sin embargo, a diferencia de los héroes trágicos, frecuentemente llegan al otro lado de la historia, y no pocas veces acaban trayendo consigo al resto del reparto.

En esta línea pues, en magufoapocalipsis.com abrazamos sin fisuras la vía de la revolución gilipollas, aunque nuestro objetivo no es «traernos al resto del reparto» con nosotros. Rememorando pues aquello que decía Daniel Quinn de que «si el mundo va a ser salvado lo será no por mentes con nuevos programas, sino por nuevas mentes sin programa alguno» y en un ejercicio que no negamos sea en el fondo mero wishful thinkingla paradoja de la Nueva Era de nuevo─ desde nuestra posición relativamente privilegiada y acomodada, finalizamos este anti-contra-ultra-manifiesto con este pasaje de Alfredo M. Bonanno en El placer armado:

¿Alguna vez te has encontrado con un revolucionario que no tenga un proyecto revolucionario? ¿Un proyecto que está bien definido y presentado claramente a las masas? ¿Qué raza de revolucionario sería aquella que pretendiera destruir el esquema, la envoltura, el fundamento de la revolución? Golpeando los conceptos de cuantificación, clase, proyecto, modelo, misión histórica y otras antiguallas similares, uno podría correr el riesgo de no tener nada que hacer, de ser obligado a actuar en la realidad, modestamente como cualquier otro. Como millones de otros que están construyendo la revolución día a día sin esperar el signo de un fatal vencimiento de plazos. Y para hacer esto se necesita coraje. Con los esquemas y los juegos cuantitativos se está en lo ficticio, esto es, en el proyecto ilusorio de la revolución, una amplificación del espectáculo del capital; con la abolición de la ética productiva se entra directamente en la realidad revolucionaria.

Éstos son pues nuestros principios: si no les gustan tenemos otros.

 

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