» leído en la biblioteca, leído en la web · 23 febrero, 2016

¡Nos están MK-Ultrizando!: demistificando el simbolismo oculto del pop

La interpretación del simbolismo esotérico del que hacen gala muchas piezas de la cultura popular como un arma de control mental o una orquestación de mensajes ocultos es un lugar común en el Complejo del Conspientretenimiento. Peter Levenda ofrece en The Secret Temple una lectura más prosaica del orígen de este simbolismo:

[En el pasado] los artistas de la memoria se dieron cuenta de que era más fácil retener una imagen que una cadena de palabras; así que usaban [imágenes] como dispositivos mentales mnemotécnicos. (…) El uso de imagenes en vez de palabras es algo que también encontramos en sociedades secretas y órdenas ocultas. El propósito de su uso es dual: a la vez que útiles como dispositivos mnemotécnicos, el [simbolismo oculto] es oscuro e impenetrable para los foráneos. Servían como una especie de código que podía ser interpretado sólo por los iniciados a los que se les hubiesen impartido los secretos en el momento de la iniciación (…), sirviendo como medio de instrucción para los [que fuesen] iletrados.

La prevalencia del fenómeno, dentro del marco actual de fusión paranoica pop, la expone en términos sociopsicológicos Christopher Knowles en esta reciente entrada de su blog:

El degradado simbolismo oculto que hemos presenciado en la música pop durante las pasadas décadas parece no sólo provocación intencionada, sino también una especie de contrapunto al dominio de lo hiperracional en todos los ámbitos No estaríamos viendo tanto del mismo si no estuviesem, del algún modo, resonando con la cultura: hace que los productos se movilicen y obtiene preciados clicks, y esto incluye los de todas las personas que dicen aborrecerlo pero que no pueden dejar de contemplarlo.

Se reduce a esto: cuanto más intentemos empujar lo irracional o lo sobrenatural a los márgenes, cuanto más intentemos negar su lugar en la cultura, mayor influencia tendrá sobre la misma; (…) porque lo irracional se expresa mejor a través del arte, el cual mueve al alma humana más de lo que la ciencia o las matemáticas podrían atreverse a soñar.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 7 febrero, 2016

Percepciones populares del ocultismo

Dado su reciente retorno a las pantallas, convendría deconstruir la influencia de la serie de TV “Expediente X” en el acervo popular del “mundo del misterio”. Se encarga Gary Lachman, desde las páginas de The Quest For Hermes Trismegistus:

Del mismo modo en que el cristianismo conquistó a los antiguos dioses de sus nuevos conversos reduciéndolos al estatus de demonios, la estructura de consciencia mental-racional, determinada también en su afán despiadado y deficiente a barrer con todo lo anterior, comenzó una política de difamación de las ciencias ocultas, esotéricas y herméticas. Hemos crecido, productos de una modernidad no cuestionada, con la sensación de que lo oculto es algo poco respetable, supersticioso y en un sentido popular amplio, “peligroso”─como así atestiguan los cientos de “películas de miedo”. Es curioso que en una época en la que la mayoría de temas hasta ahora tabú pueden ser discutidos abiertamente, no podamos todavía hablar acerca del ocultismo de forma objetiva e imparcial. Se anima a la gente a hablar “con franqueza” de detalles sexuales y de errores personales de un modo que resultaría escandaloso en épocas anteriores, y en nuestra necesidad de “transparencia” tomamos cualquier señal de reticiencia como una indicación de “negación”. Sin embargo, cualquier discusión acerca del ocultismo en la cultura popular cae víctima de lo que denomino “el efecto Expediente X”. Esto significa que, aparte del tratamiento sensacionalista, el tema no puede ser nunca discutido sin sugerir de algún modo que las personas que se interesan en él son de alguna forma “raros” o mentalmente “ligeros”, que cualquier persona racional reconocerá esto inmediatamente y que, al final, sólo la ciencia puede ofrecernos un conocimiento confiable de nosotros o de nuestro mundo.

Aprovecharemos también para señalar otra frecuente asociación a nivel popular entre esoterismo y fascismo. En The Secret Temple Peter Levenda traza el orígen de esta idea:

[Los estudios sobre esoterismo] han sido ignorados por los académicos modernos. Esto puede deberse a la desagradable reputación de la que estas investigaciones gozaron [durante el régimen nazi]. (…) El estudio de la materia esotérica se devaluó debido a los extremos a los que dichos estudios fueron llevados bajo la tutela nazi, y filósofos de la posguerra como Theodor Adorno caracterizaron todo el ocultismo como algo de naturaleza esencialmente fascista. Hay un elemento de verdad en esta afirmación, que tiene que ver con la idea de un conocimiento secreto detentado por una élite espiritual. Si esta élite es una familia─esto es, que poseedora de un linaje sagrado─nos veremos de inmediato confrontados por una serie de cuestiones cercanas a los programas de “ciencia racial” del Tercer Reich, pues esta idea del linaje sagrado conlleva que otros linajes no sean sagrados, que sean menos importantes, no tan puros o que esén degenerados.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 16 enero, 2016

El cruel potlatch

Nos ha llamado la atención un pasaje de Bajo Sospecha de Boris Groy (recomendado por Frank G. Rubio) como contranarrativa ante versiones idealizadas, románticas ─a las que nos referimos en este blog como primitivismo naíf─ de la noción del potlacht. Sirva como introducción previa a la reproducción de dicho pasaje este otro párrafo de Casilda Rodrigañez directamente extraído de “Un comentario sobre el libro: EL ENSAYO SOBRE EL DON de Marcel Mauss” (enlace):

Así pues, cuando decimos que el “hau” [o el “maná”] es el espíritu del objeto regalado, desde nuestra perspectiva actual, no entendemos lo mismo que entendían [los polinesios]. Pues el “espíritu” es un término traducido del original desde nuestro universo conceptual; lo mismo que el del famoso “jefe” indio de las tribus norteamericanas, que parece ser que no tiene nada que ver con nuestra noción de “jefe”, pues el término original designa una función distinta por completo a la función de jefatura o mando. Por eso creo que debemos utilizar otro término, por ejemplo decir que el “hau” es la empatía que acompaña el objeto regalado, o el deseo que recorre el campo social: el deseo debe fluir y los afectos deben ser correspondidos; y así los bienes fluir también con los afectos.

Habiéndonos guardado pues de proyecciones etnocéntricas ─aunque el concepto de “empatía” o “deseo” bien podría ser otra de estas─, leamos a Groy:

Después de que haya sido dado y aceptado, el regalo conserva para su receptor, durante un tiempo determinado, un efecto de apoyo y ayuda el maná del regalo permanece, si se puede decir así, mágicamente positivo. Pero más tarde, el alma del regalo siente nostalgia de su origen, de quien ha hecho el regale el regalo quiere abandonar al regalado y volver al que regala.

Y a partir de ese momento, el regalo se convierte en algo peligroso para el receptor: el maná deviene mágicamente negativo, y eso significa que ha llegado el momento de responder con otro regalo o de regalar, a su vez, el objeto recibido como regalo. En algún momento ─gracias a ese continuo estar siempre regalando─ el regalo completa el círculo y vuelve a su origen, aunque en realidad resulta imposible hablar propiamente de un origen determinado, porque todos los regalos están circulando permanentemente en el circuito de la economía de los dones.

Sigue más adelante:

El maná en el regalo siempre es, de entrada, amable, pero más tarde comienza, de un modo igualmente necesario, a tener efectos negativos, justamente cuando la relación entre el regalo y quien lo regala cae en el olvido. El carácter extraño del regalo, aún no olvidado, garantiza el buen maná: el regalo como un signo nuevo, extraño, en medio de un contexto conocido, “propio”, produce el efecto de una visión en el interior, que concede a ese signo el buen maná de la sinceridad mediática. La posterior domesticación del regalo, que acontece inevitablemente, no sólo lleva a la pérdida del maná positivo, sino también a la aparición del maná negativo. Puede decirse que en cuanto el signo de lo nuevo y lo extraño se convierte en una parte de la superficie mediática se convierte, al mismo tiempo, en el lugar de una sospecha especialmente intensa.

Es en este punto en donde el deseo se transformaría, en palabras de Bifo que reproducíamos anteriormente, en «el campo en el cual se desarrolla (…) un espeso entrecruzamiento de fuerzas diferentes, conflictivas», lejos de la concepción idílica del deseo como «valiente muchacho» o «chico bueno de la historia»:

La descripción del intercambio simbólico como una dura competición y no como un idilio comunitario es —y esto es interesante— más característico de aquellos autores que han entendido el maná justamente como una fuerza perteneciente al orden de la realidad. Esos autores se remiten —de modo directo o indirecto— sobre todo a la descripción del potlacht por parte de Mauss, quien, como se ha dicho, sustituye el intercambio de los bienes simbólicos por la competición en la ostentosa destrucción de aquellos bienes. En Mauss, el potlatch funciona como una competición entre los protagonistas individuales de la economía simbólica, que, como consecuencia del sacrificio que llevan a cabo en esa competición, ganan fama, honor e influencia social.

O sea, que aquí se trata precisamente de una competición, aparentemente paradójica, de renuncia y pérdida, en la que gana aquel que más pierde. Por lo demás, en el caso de posteriores teóricos del potlatch la competición entre los sujetos individuales se retira, hasta cierto punto, tras la competición con el maná mismo. Como el maná se entiende como una fuerza real, que arruina al hombre incluso cuando éste no hace sacrificios, esa competición consiste, en el fondo, en sacrificar voluntariamente más riquezas propias, unas riquezas que, de todos modos, serán destruidas por el destino. En efecto: con fuerzas infinitas, tanto si son espíritus como si son fuerzas naturales, sólo puede organizarse un intercambio en la forma de un potfacht. Y un potlatch como ése sólo puede ganarlo aquel que consigue hacer un sacrificio infinito.

Finalmente enlaza esta idea con la de la deriva burocrática ─y que por aquí entendemos pareja a los procesos acumulativos de las sociedades agrícolas:

Pues ocurre que toda competición necesita un jurado independiente, una lista de participantes y de resultados, acuerdos sobre criterios comparativos, recuerdos de los records anteriores y archivos en los que esos recuerdos se conserven. Una competición en pérdidas exige también una burocracia desarrollada y un sistema de archivos bien organizado. Y ahí reside el auténtico peligro: aun cuando lo que deba realizarse sea un sacrificio infinito, el hombre sólo puede esperar un precio finito por él, a saber: su inscripción en los archivos de esa competición en pérdidas. Ese premio finito, con todo, conduce al hombre al premio infinito de hacer del mensaje del medio su propio mensaje y, con ello, convertirse en señor del medio. Se trata, obviamente, de la cruel astucia del maná, que sustituye a la benéfica astucia de la razón de la que Hegel habló en su tiempo.

 

 

» escuchado en la web, leído en la biblioteca · 10 enero, 2016

Volviendo a Robert Anton Wilson …

Todo lo que sea revisitar la obra de Robert Anton Wilson nos interesa en estos lares; es por ello que transcribimos/adaptamos este fragmento de una reciente conversación entre Gordon White y Ian “Cat” Vincent:

Creo que Robert Anton Wilson merece que se haga con él lo mismo que con Crowley: que se le vuelva a tratar como a un ser humano. (…) Porque es algo que aún no ha sucedido, y hay que decirlo: fue un producto de su tiempo y sí, tenía sus defectos. Se merece el que seamos capaces de decirlo, porque a) él estaría de acuerdo y b) corremos el riesgo de quedarnos atrapados en la superficie. Por ejemplo, el modelo de los 8 circuitos de Wilson ─que de todas formas copió de [de su amigo MK-Ultra] Leary─ tiene más de 40 años y [está complemente desfasado]. Y ahí no es donde radica el valor de [su obra]. Creo que sucede lo mismo con su comprensión de la geopolítica y de la cultura: es un producto de su tiempo, y creo que la gente se centra más en sus conclusiones que en lo realmente importante, que es su método [de agnosticismo remodelante: la idea de que cualquier estructura que utilices para describir la realidad va a estar incompleta en último término, por lo que vas a estar constantemente volviendo a ella, revisando los detalles, podando lo que no funciona en un proceso contínuo].

Y con esto no quiero decir que [su obra] no tenga relevancia: la tiene, y con una aproximación correcta es muy capaz de cambiar la cultura. Lo que me preocupa es que la gente que la esté usando correctamente sea tan sólo una minoría, y que acabemos dando vueltas hasta el infinito en esta especie de mundo hagiográfico en el que al final realmente no podemos saber nada acerca de nada, de ninguna conspiración, etcétera. Sin embargo creo que el mundo actual sí podemos saber ciertas cosas (…) Creo que hay una tendencia [entre muchos de sus seguidores] a quedarse atrapados en [conceptos superficiales] semánticos, y no creo que a él le hubiese gustado esto.

[Por ejemplo y relacionado con el discordianismo], es políticamente inerte y carente de valor lo de: «eh, tu puedes ser tu propio papa», porque las dinámicas de poder y de creación de sentido han abandonado la Iglesia desde hace décadas. (…) Viendo que la construcción del poder se hace ahora desde líneas tecnocrático-materialistas, [es interesante analizar] la diríase cuasi definitiva influencia que tuvo Wilson en Silicon Valley; no hay más que ver quien anda promoviendo las ideas de SMI2LE: Google, Elon Musk y DARPA. [Desde una perspectiva amplia de la obra de RAW, todo eso son detalles menores sacados de contexto].

BONUS─Al respecto de críticas anteriores de la desconexión de RAW con la esfera corporal, nos ha parecido interesante su comentario sobre las artes marciales en una entrevista incluida en An insider’s guide to Robert Anton Wilson:

─[Sugieres en un par de libros que la práctica de artes marciales] puede reimprimir el primer circuito [más rápido incluso que con asanas de yoga]. Siento curiosidad acerca de tu experiencia al respecto.

─No tengo experiencia alguna con las artes marciales. Bueno, un poco: condenadamente poco. Pero mi hija Cristina es cinturón negro tanto en kung-fú como en kárate y, viendo los cambios en su personalidad mientras completaba el entrenamiento, podría decir que es la persona con menos ansiedad que conozco. Creo que reimprimido por completo el primer circuito, y creo que en ese aspecto fue de más ayuda el kung-fú que el kárate.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 13 diciembre, 2015

Las trampas de la díada arte/chamanismo

Frente a las narrativa de lo que por aquí denominamos como “artistas del trance heróico” ─el artista como héroe cultural, como adalid de la contestación y destilador de mágicos y creativos elixires curativos─ conviene plantearse puntos de vista divergentes, ya no con intenciones meramente destructivas sino de acercamiento a posturas lindantes con la paradoja y el pensamiento flexible. Este lugar común acerca del arte es, por ejemplo para Hakim Bey, una idea simple más cercana a la cosmética que a otra cosa; desde sus “Radio Sermonettes” (PDF):

lo divertido del Arte (…) es la visión del cadáver que rehusa yacer, esta juerga de zombies, este juego de marionetas de osario con todas las cuerdas unidas al Capital (…) este simulacro moribundo vagando frenéticamente, pretendiendo ser la cosa más viva del universo. (…)  No es suficiente con ocupar un seguro asiento sagrado llamado Arte desde el que burlarse de la estupidez e injusticia del mundo “carroza”. El arte es parte del problema. (…) Por supuesto uno debe de seguir “ganándose la vida” de alguna manera —pero lo esencial es hacer una vida. Sea lo que sea lo que hagamos, sea la que sea la opción que tomemos (…), o por mucho que nos comprometamos, deberíamos rezar para no confundir nunca el arte con la vida. El Arte es breve, la Vida es larga.

Pero, ¿por qué respondemos positivamente ante el arte? Ésto se preguntaba el pope primitivista John Zerzan ─quien ciertamente ha sido señalado como naíf por algunos críticos─ en “Contra el Arte” (PDF), y en su opinión lo hacemos como compensación y como paliativo, debido a una relación fragmentada con la vida y la “naturaleza”. Citando a Henry de Montherlant, afirma que «uno entrega a su arte lo que no ha sido capaz de dar a su existencia», y esto es cierto tanto para el artista como para el público; el arte, como la religión, se eleva desde el deseo insatisfecho. El arte debería ser considerado una actividad y una categoría religiosa también en el sentido del aforismo de Nietzsche: «tenemos el Arte para no perecer por la Verdad». Para Zerzan, pues, la díada chamán/artista es sobre todo un signo de alienación:

Es significativo que la teoría de la caza o de la «magia simpática» referida al arte más primitivo esté ahora en declive a la luz de las pruebas de que la naturaleza era generosa más que amenazadora. La auténtica explosión del arte de aquella época revela una ansiedad que no se había sentido antes: en palabras de [Wilhelm] Worringer, «la creación con el fin de someter el tormento de la percepción». Aquí aparece lo simbólico, como un momento de descontento. Era una ansiedad social; la gente sentía que algo valioso se desvanecía. (…) La representación pictórica suscitaba la creencia en controlar la pérdida, la creencia en la coacción misma. (…) Parte del proceso de entrenar la vista para apreciar los objetos de la cultura estuvo constituido por la represión de la inmediatez en un sentido intelectual: la realidad fue eliminada a favor de una experiencia puramente estética. El arte anestesia los órganos sensoriales y aleja de su alcance el mundo natural. Esto reproduce la cultura, que nunca puede compensar esa incapacidad. (…) El origen chamanístico del arte visual y la música ha sido subrayado a menudo, poniendo el énfasis en que el artista-chamán fue primero el especialista. Parece probable que las ideas de excedente y mercancía aparecieran con el chamán, cuya orquestación de actividad simbólica presagiaba una nueva alienación y estratificación.

Se incluye en el Alucinógenos y chamanismo que editó Michael Harner el ensayo de Gerald Weiss “Chamanismo y sacerdocio a la luz de la ceremonia del ayahuasca entre los campa” (en inglés aquí). En él se explora la frecuente dicotomía establecida entre chamanes y sacerdotes, concluyendo con la posibilidad de que tal división no sea tan clara como se cree por lo general:

Es posible que el conjunto de los fenómenos chamánicos y sus variaciones no afectadas por un sacerdocio ya existente incluya una variante especial del ritual chamánico habitual. Esta variante no es necesariamente común, pero sus características son ambivalentes de tal forma que un pequeño giro en el modo en que los participantes interpretan lo que están haciendo podría de hecho transformar una sesión esencialmente chamánica en un ritual sacerdotal. Si se diera este caso, podríamos haber descubierto el enlace conductual entre los chamanes generalistas y los sacerdotes especializados que podría haber permitido la transición entre unos y otros.

Esta idea la hallamos en el texto de Zerzan citado más arriba, y entronca con algunas ideas exploradas en este blog ─por ejemplo aquí o aquí─ con anterioridad:

El rápido desarrollo del ritual o la ceremonia es paralelo al nacimiento del arte, y nos recuerda las primeras representaciones del momento del «principio», el paraíso primordial del presente intemporal. En las más antiguas muestras de división simbólica, como por ejemplo los rostros de piedra mitad humanos, mitad animales de El Juyo, el mundo queda dividido en dos fuerzas opuestas, distinción binaria mediante la cual empieza el contraste entre cultura y naturaleza y tal vez se prefigura una sociedad produccionista y jerárquica.

Si bien pues el orígen de esta dicotomía se perdería en la noche de los tiempos, Luis Racionero ubica en Del paro al ocio la consagración de este dualismo en el asentamiento del paradigma científico positivista del siglo XVII, consecuencia de «la entronización por Platón y Aristóteles del método dialéctico racionalista como método para llegar al fin último de la filosofía, que, según ellos, sería la Verdad». En este sentido, hace una lectura de la figura del artista contemporáneo como síntoma de estas dinámicas de especialización ─y represión─ social:

el sistema racionalista dualista ha provocado el mito del «artista genio», a quien se le permite volcar en una producción para minorías todo el subjetivismo que se niega al operario. En contrapeso siniestro, especie de vasos comunicantes de la represión, los «artistas genios» de nuestra época, incluso comunistas como Picasso, Tapies o Visconti, han sido utilizados por el sistema racionalista dualista como engañoso escape compensatorio de todos los juicios de valor que se prohíbe a los operarios. En vez de fusión de arte y técnica en una artesanía que permita al operario juicios de valor, se ha provocado una escisión arte-técnica en dos grupos separados: uno de productores alienados a los que no se les tolera juicios de valor en el trabajo, y otro de «artistas genios» a los que se les desvía, como vaso comunicante, toda la creatividad reprimida.

Para Franco Berardo “Bifo” esta dinámica cristaliza en el contexto socioeconómico actual ─en simbiosis con las tecnologías de la información─ en lo que él denomina “cognitariado”. Lo explicaba en Generación pos-alfa (PDF):

El trabajo digitalizado manipula signos absolutamente abstractos, pero su funcionamiento recombinante es cada vez más específico, cada vez más personalizado y por lo tanto cada vez menos intercambiable. Por eso los empleados high-tech (que crean o utilizan alta tecnología) tienden a considerar al trabajo como la parte más esencial de su vida, la más singular y personalizada. Exactamente lo contrario de lo que le sucedía al obrero industrial, para quien las ocho horas de prestación asalariada eran una especie de muerte temporaria de la que se despertaba sólo cuando sonaba la sirena del fin de la jornada. Esto vuelve al trabajador cognitivo enormemente más frágil. El semiocapital ha puesto el alma a trabajar.

¿Cómo romper con esta dinámica? Autores como Morris Berman han tratado con  profundidad el tema de esta “falla básica” cultural, y abogan por la exploración de técnicas psicocorporales como método para (empezar a) vencer esta escisión. Citaremos pues un pasaje de Cuerpo y espíritu con su aproximación a lo que, en relación a este enfoque, creyó identificar Berman como creatividad no-neurótica:

Un candidato posible para la [creatividad no-neurótica] podría ser el arte infantil. Hace muchos años vi tal expresión artística cuando trabajaba en un jardín infantil Montessori alternativo para niños de tres años, quienes aún no habían sido afectados por demasiada represión. (…) Como ayudantes o consejeros, se nos instruía no poner jamás a los niños en el aprieto de preguntarles qué estaban pintando o construyendo, y en realidad ellos no demostraban ni la más mínima ansiedad sobre lo que estaban realizando. Era un placer observar su júbilo al sumirse en su “trabajo”. Mirando hacia atrás, no podría llamarlo arte mayor, pero ciertamente no era compulsivo ni plagado de conflictos. Para mejor o para peor, no había Van Goghs en ese jardín. (…). Lo que deseo argumentar es que la [creatividad no-neurótica] constituye un modo de expresión que abarca a casi todo el arte medieval, el arte de las culturas no-occidentales y el arte de las sociedades tradicionales. Se aproxima a lo que llamamos artesanía, en contraposición al arte como tal. Como resultado, pone agudamente de relieve la creatividad del mundo occidental post-renacentista, ya que involucra una psicodinámica enteramente diferente a la de la [creatividad neurótica]. La creatividad moderna ([creatividad neurótica]) debería ser vista por lo que es: un  fenómeno local, y bastante reciente por lo demás, que organiza la energía corporal  en forma peculiar. Al hacerlo produce un modo de expresión tremendamente poderoso y  localizado, pero, yo argüiría, extremadamente empobrecedor, tanto para el individuo  como para la cultura en general. Y dado que es reciente y localizado, es posible alegar que el proceso creativo mismo tiene una historia y que gran parte de la vida somática de una civilización puede sernos revelada basándonos en su forma de expresión creativa.

Es pertinente señalar que Berman se aproxima a este tema desde una perspectiva que incluye la paradoja y la contradicción, y no necesariamente con un ánimo destructor adolescente. Dejamos pues constancia de esto mismo con otro fragmento de la obra citada más arriba:

Mi objetivo no es condenar como “mala” la creatividad occidental moderna y ensalzar como “buena” la creatividad oriental o premoderna. Es más bien discutir que en cada caso hay involucrados diferentes procesos somáticos. Existe una forma, dada mi propia educación, por la que ninguna raga india me emocionará tanto como Mozart, ni ningún paisaje japonés resonará tan hondamente para mí como las evocadoras escenas del Mediodía pintadas por Cézanne. De hecho, el arte occidental moderno tiene una brillantez a la que ningún icono medieval o pintura oriental puede, en mi opinión, alguna vez aproximársele. Pero mi punto aquí es que se necesita una configuración energética especial para crear tal efecto, y si Freud está en lo correcto respecto a la [creatividad neurótica], ello en verdad requiere de un daño somático precoz que lleve a una desconfianza por el cuerpo y a un correspondiente desplazamiento ascendente de esa energía corporal, hacia la cabeza. Digamos que el centro de gravedad está demasiado alto; de alguna forma, la brillantez misma de la creatividad occidental depende de su inestabilidad, de su extremadamente alto nivel de tensión y esfuerzo. Ello es, en esencia, una experiencia de ascensión, una forma de búsqueda visionaria codificada a lo largo de las líneas de la oposición Sí Mismo/Otro. Quizás, como resultado, el genio sigue (en nuestra cultura) siendo considerado como afín a la locura, y los individuos creativos son de alguna manera vistos como miembros de una especie aparte, habitantes de mundos que la mayoría de nosotros nunca veremos o siquiera comprenderemos. El arte es la actividad de un “círculo de triunfadores”, reservado para unos pocos afortunados; y sus productos, más que ser difundidos a través de la cultura, son alojados en instituciones especialmente diseñadas para este fin. No logramos darnos cuenta de cuan ahistórica y etnocéntrica es tal visión de la creatividad.

 

 

» escuchado en la web, leído en la web · 7 diciembre, 2015

Contra la naturaleza

Mencionábamos con anterioridad, aunque de pasada, la noción de que el concepto de “naturaleza” es propio de la cultura occidental. Ampliamos en esta entrada el discurso bajo la guía de Erik Davis, quien desde esta entrevista en realitysandwich.com nos introduce a esta problemática:

Por un lado, tenemos lo salvaje ─lo que representa ser salvaje, o lo que supone encontrarte con lo salvaje en tu vida. Hablamos de lo desconocido, del misterio, el caos: una suerte de encuentro dionisíaco, de una intensidad tal que le lleva a uno más allá de la razón, ya se experimente en un entorno natural, en la propia cabeza o en la ciudad. Hay algo profundo que liga lo salvaje y lo humano. Tiene mucho que ver con lo que la gente busca cuando se hacen [seekers] espirituales, cuando se hacen religiosos, cuando sondean las profundidades. Cuando la gente cuestiona las demandas imperiales de razón se hace a menudo a través de alguna forma de lo salvaje ─ya sea en su forma sagrada, arcaica o no-humana.

Al mismo tiempo, puede argumentarse que toda esta idea de lo salvaje, de la naturaleza salvaje, es un constructo. Es parte de la imaginación Europea y esa imaginación está llegando a su fin: no está haciendo ya ningún bien. Algunos ambientalistas serios argumentan que las ideas de “salvaje” o incluso de “naturaleza” realmente son un obstáculo. El argumento es que las ideas religiosas o espirituales sobre la naturaleza que tan importantes  fueron para el ecologismo del siglo XX se interponen de hecho en el proceso de introducción de estos factores no-humanos en el sistema ─de una forma en que fuercen verdaderamente al sistema a reconocerlos y negociar con ellos, más que simular de forma abstracta e insidiosa que no existen. Y la verdad, no sé qué hacer con esta tensión entre estas dos formas de “lo salvaje”. Sólo sé que resulta increíblemente vital el mantener una puerta abierta a lo salvaje.

Davis entrevista a su vez a uno de estos filósofos ambientalistas serios, Timothy Morton (@the_eco_thought) en este episodio de “Expanding mind”. Extraemos un fragmento en donde se glosa la idiosincrasia del concepto, introduciendo la noción de la tensión entre formas cognitivas agrícolas/no-agrícolas:

“Naturaleza” es un concepto que se desarrolla en la era agrícola, sea llamado así o no. Es la idea de un área que está ahí ─sales por las puertas de la ciudad, caminas siguiendo el arroyo y de repente te encuentras enmedio de la naturaleza─ e incluso puede estar dentro de mí: está en mi ADN, corre por debajo de mí mismo; estoy yo pero de alguna manera hay algo subyacente a mí que es “natural”. Pero nunca está directamente: siempre está ahí, o subyacente.

Si lo piensas bien es una forma de pensar bastante agrícola: aquí estoy yo en la ciudad y todo lo que se sale de ella es “la naturaleza”; y puede serme hostil y cuando me afecta lo voy a llamar “hierba” o “plaga” y voy a intentar eliminarla. O, la versión inversa de esta idea: voy a hacer de la naturaleza algo romántico, voy a idealizarla.

Así que la “naturaleza” no va de, pongamos, el coral. No es que no crea en el coral. Es que creo en el coral. Creo que el coral es algo real: que es algo trenzado, retorcido, en oposición a las cosas “naturales”, que son rectas, regulares. Todo esto es, pienso, un síntoma de la modernidad. Es como luchar contra un virus inoculando otro virus, y así vamos gritando “naturaleza, naturaleza”. Y no está funcionando. Quizás debamos deshacernos del mismo concepto de naturaleza, que obstaculiza nuestra relación con las entidades no-humanas.

Pensémoslo de otro modo: las entidades no-humanas se encuentran ya en el espacio social. Es algo obvio: estas bacterias que están en mi nariz, que he depositado en una servilleta que a su vez he depositado en la mesa, ya están en el espacio social. Esto significa que el espacio social nunca fue completamente humano, y que realmente no hay una barrera entre el entorno en el que estoy viviendo y el entorno en el que otras criaturas viven. La idea que se sigue es que “la naturaleza” no es una cosa que está ahí: sea lo que sea, está en mi cara. O mejor: es mi cara. A partir de ahí, no tienes siquiera que usar la palabra, pues si está en todas partes y me afecta íntimamente, no existe ya distinción. Y, de modo contrario, la palabra “naturaleza” funciona de un modo normativo: se usa para distinguir entre algo que es auténtico y algo que es inauténtico; entre cosas que son buenas y cosas que son malas. Pero si todo es “naturaleza” el concepto pierde su poder. Y así el espacio social ─y también el espacio cognitivo y el espacio filosófico─ están ya habitados por entidades no-humanas.

Sigue un poco más adelante Morton definiendo el espacio cognitivo hacia el que conduce esta ruptura de barreras, relacionándolo con un concepto de animismo que intentaría deshacerse de inercias románticas e ingenuas:

En este espacio no se puede hacer una distinción rígida entre lo que está vivo y lo que no lo está. Es un espacio en el que la diferencia entre un cadáver y algo que está vivo ─o algo que es sólo química, o algo que es biológico─ se rompe. Un ejemplo de esto sería la ciencia moderna: lo que la biología contemporánea está diciendo básicamente es que las cosas vivas están hechas de cosas que no están vivas, así que no puede hacerse una distinción rígida. Y así uno debe confrontar una densa región habitada por toda clase de anomalías extrañas, de criaturas no-muertas. Y es esto lo que pienso del animismo: no es una distinción fuerte entre lo vivo y lo muerto. El animismo trata de aceptar que las cosas tienen esta asombrosa y extraña cualidad, que es inductora de paranoia y a la vez divertida y tonta. Una cualidad que confunde las categorizaciones, los límites. Está la vida y está la muerte: las cosas viven y mueren, pero no puedes hacer distinciones rígidas al respecto. Del mismo modo, no hay una distinción clara entre aparentar y ser, pero hay a la vez una diferencia entre aparentar y ser.

Así pues encontramos todas estas asombrosas y extrañas entidades y de hecho es así como creo que [las sociedades indígenas originales] experimentan el mundo: como una suerte de paranoia ontológica de la que hemos intentado deshacernos durante eras, pero que quizás contenga algo verdadero e interesante.

Esta ontología paranoica puede, además, constituir una herramienta útil ante la poliédrica crisis actual, como remarca Davis al final de la entrevista con la que hemos abierto la presente entrada:

Sea cual sea el tumulto que se encuentre ante nosotros, cualesquiera que sea la forma del caos que confrontemos ─ya sea una sociedad hipertecnológica que consiga mantener las cosas funcionado, ya sea una sociedad forzada a reorganizarse debido a un traspiés mayor o un colapso─ cuanto más capaces seamos de manejar lo salvaje, el caos, lo desconocido, el misterio, los otros, los susurros en los bordes de nuestros puntos de vista, más capaces seremos de navegar la situación tanto a nivel individual como cultural.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 17 noviembre, 2015

La cultura norteamericana y la recombinación digital puritano-poshumanista

Nos ha resultado muy interesante la lectura de Generación post-alfa del filósofo italiano Franco Berardi “Bifo” (PDF), pues sintetiza muchos de los temas que nos interesan. Habría demasiado que citar, así que hemos elaborado un pequeño compendio de nuestros subrayados. Aquí nos centraremos en la descripción cualitativa de la cultura estadounidense llevada a cabo por Bifo, que parte de un encuadre de la idiosincrasia del protestantismo/puritanismo. Citando a Camile Paglia:

El problema primario del protestantismo es la fijación sobre la palabra: el estudio de la Escritura es su corazón. Ningún mediador carnal es necesario entre el alma y Dios; ninguna imagen de santos, Madres o divinidad es permitida, incluso si algún retrato del Buen Pastor ha comenzado a infiltrarse en alguna denominación en el último siglo. En el catolicismo italiano y español por el contrario, existe un constante derecho reclamado a los sentidos.

Desde este otro texto, ─una versión resumida del libro─ “Puritanismo y virtualización”, continúa Bifo:

Esta purificación de la vida de todo elemento de emocionalidad, esta reducción a la abstracción del código crea las condiciones para una potencia operacional que reencontramos en toda la historia norteamericana como potencia de la tecnología. Mientras la historia de la Revolución Francesa se confrontó con las estratificaciones sociales, nacionales, antropológicas que volvían al espacio europeo densísimo, obstruido por el pasado feudal, la historia de la Revolución norteamericana se despliega en un territorio en el cual no está marcado pasado alguno. Es en este territorio depurado que puede tomar forma un modelo neo-humano, un modelo de ser humano desensibilizado a las asperezas del analógico histórico-emocional. Sensible al código, sin embargo, es por esto hiper-potente, potente a un nivel bunkerizado, a un nivel virtual. Es en el espacio depurado que puede tomar forma la tecnología, la práctica, la cultura y el imaginario digital. Pero para una perfecta operacionalidad y una perfecta seguridad de la existencia social debe cumplirse la digitalización del planeta, y con este fin es necesario remover las estratificaciones, quitar las impurezas acumuladas durante el curso de la historia humana: limpiar el mundo.

Hemos analizado anteriormente el por qué de que el pensamiento binario, evitativo de la paradoja, resulte en esta hiper-potencia resaltada por Bifo. Esta virtualización y codificación cultural tiene como efecto secundario una marcada reintroducción de los campos cognitivos asociados al lenguaje audiovisualla disolución del trance alfabético─, si bien mediados por esta influencia protestante (lo que designamos anteriormente como la paradoja animista del protestantismo). Esta globalización cultural fue recibida, nos cuenta Bifo, con los brazos abiertos por la primera generación videoelectrónica:

a excepción de pequeñas minorías ideológicamente prevenidas, la mayor parte de los jóvenes del planeta manifestaron en los años 80 y 90 una activa simpatía por Estados Unidos de América que era principalmente el efecto de una fascinación por el imaginario norteamericano. Para la mayoría de los jóvenes, aquel imaginario representaba existencia de formas de vida transgresoras, la libertad respecto a las agobiantes herencias tradicionales, la ampliación de los horizontes comunicativos y la experimentación de nuevos universos tecnológicos y culturales. Hollywood había sabido expresar este mensaje, la música rock lo había transformado en un ritmo planetario.

Sin embargo, Bifo se guarda bastante de identificar de forma romántica e ingenua las fuerzas deseantes ─como vimos que hacía la vertiente naïf del primitivismo:

A veces [se identifica] el deseo como la fuerza positiva que se opone al dominio. Pero esta vulgarización no es correcta. El deseo no es una fuerza sino un campo. Es el campo en el cual se desarrolla una densísima lucha o, mejor dicho, un espeso entrecruzamiento de fuerzas diferentes, conflictivas. El deseo no es un valiente muchacho, no es el chico bueno de la historia. El deseo es el campo psíquico sobre el que se oponen continuamente flujos imaginarios, ideológicos, intereses económicos. Existe un deseo nazi, digo, para entendernos.

En definitiva, y muy relacionado con lo que calificábamos con el entusiasmo maníaco de las redes sociales:

En la excepcionalidad norteamericana está implícita una ruptura con la herencia del Humanismo. La idea de universalidad y la noción de libertad personal son arrollados en el emerger hegemónico de la tecno-cultura norteamericana. Pero lo que más cuenta es el hecho de que la tecno-cultura norteamericana redefine el equilibrio antropológico entre cálculo y emoción, entre dimensión orgánica y esfera del artificio, entre liso y estriado. Es en la historia cultural del pueblo que se instala en el territorio norteamericano donde podríamos encontrar la génesis de un nuevo modelo de comunidad de carácter sintético. Sintético en un doble sentido de la palabra: la cultura norteamericana representa la síntesis de todas las otras culturas, porque ha importado sobre el propio territorio imaginario y político fragmentos importantes y vitales de las culturas del mundo. Pero esta síntesis se determina sobre un plano artificial, depurado del espesor emocional, psíquico, lingüístico de la historia, de la temporalidad, de la carnalidad del pasado. Ya desde el principio la historia norteamericana manifiesta una tendencia hacia lo neo-humano, con una implícita tensión a liberarse de lo humano como residualidad.

Este poshumanismo digital rompería con el sustrato análogo de las culturas tradicionales y se revela inquietante en el contexto de la poliédrica crisis actual:

La palabra “humanista” implica relación con una profundidad de estratos no formalizables: las culturas, las creencias, las tradiciones, la emoción, la corporeidad deseante. La contraposición entre globalización humanitaria y particularismo identitario ha marcado la década clintoniana. En aquella década el optimismo económico prevalecía sobre el sentimiento de inseguridad que iba difundiéndose a los márgenes de Occidente. Pero cuando se ha bloqueado la dinámica expansiva de la new economy, el discurso (identificado como) norteamericano ha terminado por derribarse, y la imagen que aparecía luminosa y seductora ha comenzado a transformarse en una imagen oscura, inquietante, antipática, terrorífica.

Como veíamos, estas digitalización de dinámicas ctónicas, no cuantificables, pueden ser las que guíen los movimientos de corte esotérico importados desde Estados Unidosel motor espiritual del tecnofeminismo. Estamos hablando de fuerzas complejas, muy paradójicas, y desde luego no pretendemos tener una respuesta definitiva al respecto; nos parece, sin embargo, muy inquietante una críptica y lapidaria frase de Bifo con la que concluiremos esta entrada:

El surgimiento de Estados Unidos de América ha tenido, desde el principio, un carácter de viraje en la evolución del mundo, pero ese viraje está hoy en cuestión. La novedad norteamericana se juega el todo por el todo. No se trata de ganar o perder la guerra contra Babilonia. Está claro que Babilonia puede ser reducida a cenizas militarmente. Pero la nueva Jerusalén podría no sobrevivir a la pira de Babilonia.

 

 

» visto en la web · 12 noviembre, 2015

Revisando memes “chamánicos”

Nos ha resultado harto interesante esta conferencia impartida recientemente por Jerónimo Mazarrasa en la Breaking Convention y extraemos y adaptamos aquí algunas de las ideas principales, que van en la dirección de la de-glamourización de las ideas de corte exótico-etnocéntrico acerca del chamanismo en nuestra cultura:

Considerad a Wolfgang Schäuble, el ministro alemán de economía: en Grecia se le considera un gran villano que ha contribuido a la destrucción del país. Sin embargo, para mucha gente en Alemania es un héroe: alguien que ha defendido a la cultura y a la población germanas Cuando me acerqué al chamanismo tenía la idea en mi cabeza de que los chamanes eran similares al Dalai Lama: gente anciana, sabia, viviendo en la montaña; amables, gentiles y trabajando por una humanidad mejor. Pero lo que descubrí mientras viví con grupos indígenas reales es que se parecen más a Schäuble. En sus aldeas se les considera hombres sabios, pero fuera de la misma se les ve más bien como villanos. Ambas cosas suceden al mismo tiempo: es una posición muy ambigua y es por esto que tradicionalmente no mucha gente quisiese ser un chamán, especialmente en lugares donde la enfermedad se concibe como consecuencia de la magia, y por lo tanto cada vez que alguien cae enfermo la gente va a buscar al responsable. Y a menudo se va a por el chamán, porque es él quien tiene la habilidad de hacerlo. Es por esto por lo que los chamanes a menudo no vivían vidas largas y por lo que no tenían un trabajo exactamente popular.

Otro meme deconstruido por Mazarrasa ─creemos que convenientemente, dada la creciente proliferación del mismo en diversas subculturas, muchas de ellas virtuales─  es el de “comunidad” o “tribu”:

Muchas veces, en occidente, personas de mentalidad similar se reúnen y se llaman a sí mismos “tribu”, o “familia”, e imitan costumbres de las comunidades indígenas. En lo que se equivocan es en que las comunidades indígenas son lo contrario a un grupo de personas de mentalidad similar que se reúne voluntariamente. La definición de comunidad para la antropología es la de un grupo de personas con la que no has elegido estar y con la que tienes que vivir. Y eso es una tribu: más que a un grupo de amigos una tribu se asemeja más a una familia. Eliges a los amigos, pero no a la familia: por eso las relaciones con ésta última son más difíciles. Así que todos los rituales y danzas de las tribus que celebran la comunidad son en realidad más parecidas a una herramienta necesaria para personas que se ven forzadas a convivir obligatoriamente las unas con las otras.

Dejando de lado que quizás “la naturaleza” siga siendo una idea propia de occidentales, establece a continuación una comparación entre las diferentes formas de relacionarse con la misma entre culturas tradicionales y modernas:

La idea que tenemos desde nuestras culturas hipertecnológicas es que la naturaleza está en peligro, que la estamos destruyendo. Así que tenemos que cuidar a la naturaleza, tener más contacto con ella, etcétera. Pero las comunidades indígenas nunca han tenido el poder para destruir la naturaleza, así que para ellas la ecuación se revierte: la gente está preocupada porque la naturaleza puede destruirles a ellos. Así que muchas veces las ofrendas y los pagos que se hacen a la naturaleza tienen un carácter más cercano al «te doy esto para que no me devores». No se trata de ser humanos preocupados por el bosque, sino de tener consciencia de que se es frágil y que si algo va mal en el bosque se puede perecer.

Concluye Jerónimo con una observación crítica de las consecuencias que estas proyecciones pueden tener en el tejido sociocultural de las sociedades tradicionales:

Así cuando nos aproximamos a este tipo de conocimiento teniendo nociones incorrectas de lo que supone el chamanismo, la comunidad o la naturaleza lo que hacemos es crear cierta demanda que cumpla nuestras expectativas ─unas expectativas sobre cosas que realmente no existen del modo en que queremos que existan. Pero lo seguimos queriendo, así que creamos ese espacio, y con este espacio creamos una oportunidad, una demanda de cierto tipo de curandero, de cierto tipo de experiencia con ayahuasca. Y si se crea la oportunidad vas a tener oportunistas: así que en vez de las personas que normalmente se convierten en chamanes lo que vas a tener es una nueva estirpe de personas que tradicionalmente no se habrían convertido en chamanes.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 3 noviembre, 2015

La teoría de la conspiración como viaje iniciático

Siguiendo nuestra exploración de la multifacética subcultura de la teoría de la conspiración, nos acercaremos esta vez a la misma desde la óptica del viaje iniciático. Como señala John Michael Greer en esta entrada de blog “The Archdruid Report”:

Las teorías de la conspiración comienzan con el reconocimiento de que las conexiones no siempre son visibles, de que lo que parece aleatorio y desconectado está, muchas veces a un nivel más profundo, atado por un nudo de propósito y significado. Esta comprensión es una herramienta crucial para encontrarle un sentido al aprieto global del mundo contemporáneo, por no hablar de un necesario primer paso hacia una consciencia ecológica, siendo dicha consciencia nuestra mayor esperanza para movernos hacia un mundo más sostenible. También se trata de un elemento espiritual fundamental: místicos y poetas han estado señalando durante miles de años que todo está conectado a todo lo demás —«no puedes deshojar una flor sin molestar a una estrella».

Para George P. Hansen, y citando desde su The Trickster and the Paranormal:

Existen similaridades entre las creencias religiosas y las conspiracionales (…) Sir Karl Popper comentó que las teorías conspirativas «vienen de abandonar a Dios y preguntarse: “¿Quién está en su lugar?”» (…) Tanto las teorías de la conspiración como las religiosas ponen [a las manifestaciones sobrenaturales] dentro de marcos, imponiéndoles por tanto cierta estructura y límites. (…) Alguien ajeno puede ver dichas creencias como paranoides o como chaladuras religiosas, pero es razonable adoptar dichas perspectivas cuando se confrontan fuertes manifestaciones de un poder inteligente y autónomo. (…) La paranoia y las teorías de la conspiración subvierten estructuras establecidas, y prosperan allí donde hay incertidumbre sobre la viabilidad del sistema establecido. (…) La paranoia y la teorización conspirativa no pueden ser reducidas simplemente a explicaciones psicológicas: las implicaciones van fundamentalmente más allá de éstas.

Existe, sin embargo, el extendido hábito de tomar literalmente estas narrativas. Para Dan Mitchell, autor del blog “Luminosity” ─y desde una entrada de una encarnación anterior del mismo:

En muchos casos los mitos conspirativos son la única mística que alguna gente puede llegar a comprender. Recuérdese que mística es simplemente la pregunta sin contestación, la que todos nos esforzamos por encontrar y sobre la que tan solo nos son dadas pistas graduales. Pienso que lo propio sería decir que la mística con un fin puramente material es degenerativa (conspiraciones, etcétera) mientras que la mística dirigida a una iniciación en el “arcanum” es el vehículo de toda regeneración y crecimiento válido. Cuando lo sagrado se destruye o se seculariza, como sucede hoy en día con la religión y la espiritualidad modernas, el crecimiento no es posible y la realidad no tiene otra opción sino la del colapso sobre sí misma. Solo la locura puede persistir.

Volvemos a John Michael Greer ─desde su otro blog, “Well of Galabes”, que dedica a temáticas esotéricas─ para atender a esta reflexión acerca de narrativas míticas e iniciación en el seno de las sociedades secretas:

[Muchas sociedades secretas trazan] la historia de sus orígenes a linajes que se remontan a casi cualquier fuente romántica que puedas nombrar: los templos del misterio de los egipcios, monasterios del Himalaya convenientemente indetectables,los sabios de la Atlántida perdida, los místicos rosacruces del siglo XVII, los Caballeros Templarios, los Pitagóricos, los Esenios. Aunque los novicios toman en ocasiones literalmente tales afirmaciones, y los encargados de la administración de estas órdenes y tradiciones defienden rotunda y categóricamente estos orígenes, los ocultistas serios saben que dichas afirmaciones se usan para revitalizar la imaginación y sacar a la mente de sus cauces habituales; (…) son herramientas para trabajar con la autoimagen, no declaraciones acerca de hechos históricos.

Desde este punto de vista, la teoría de la conspiración aparece como un artefacto de dimensiones mitológicas que en el peor de los casos, y tomado literalmente, no será más que otro sistema de creencias susceptible de ser usado para desinformar y manipular la información. En el mejor de los casos, puede convertirse en una “escuela de percepción” en el seno de una cultura en un estado de mutación acelerada.

Como veíamos anteriormente, lo previsible es que la teoría de la conspiración vaya teniendo cada vez un mayor impacto sobre la cultura de los años venideros. Inmersos irremediablemente en este nuevo ambiente simbólico, extraemos desde esta intervención en el foro de “Rigurous Intuition” una última reflexión de la mano de Jason Horsley ante la necesidad de desarrollar un sentido del escepticismo flexible mientras seguimos navegando las turbulencias de dicha subcultura:

El verdadero escepticismo consiste en aprender a discernir la verdad del engaño, empezando por nuestros héroes o maestros y terminando por nosotros mismos. El “creyente” se traga toda la historia al completo (los marcianos, los hechiceros, la democracia, lo que sea), y al embriagarse con ella empieza a sentirse mal, y es entonces cuando aparece el “escéptico” para rescatarlo. Y se pone a vomitarlo todo, y jura no volver al tema nunca más (aunque a menudo encuentra otro vicio). Esto no es tanto escepticismo como cinismo: una sobrecompensación por haberse sentido tan imbécil, dado que niega una parte suya que había respondido a la verdad, y se centra tan solo en la parte que ha convertido una pequeña verdad en un gran autoengaño. No son las mentiras las que nos engañan, sino las verdades aceptadas demasiado literalmente o demasiado rápidamente: las verdades por las que apostamos y sobre las que construimos castillos en el aire.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 22 octubre, 2015

Consciencia paradójica y crisis civilizatoria

Leíamos recientemente a Morris Berman acerca de su idea de la consciencia paradójica. No es, claro, una noción novedosa; ya Carl Jung señalaba en su Psicología y alquimia que

la paradoja es uno de los supremos bienes espirituales; el carácter unívoco, empero, es un signo de debilidad. Por eso una religión se empobrece interiormente cuando pierde o disminuye sus paradojas, el aumento de las cuales, en cambio, la enriquece, pues sólo la paradoja es capaz de abrazar aproximadamente la plenitud de la vida, en tanto que lo unívoco y lo falto de contradicción son cosas unilaterales y por tanto inadecuadas para expresar lo inasible.

Complementariamente Berman presentaba en Una cuestión de valores este carácter unívoco no como una debilidad, sino como una fortaleza superficial:

La identidad negativa es un fenómeno por el cual uno se define a sí mismo por lo que uno no es. Ésto confiere enormes ventajas, especialmente en términos de endurecimiento de las barreras psicológicas y de la fortificación del ego: uno puede movilizar una gran cantidad de energía de este modo. (…) El inconveniente es que esta forma de generar una identidad para uno mismo deja (…) un vacío en el centro, de modo que siempre se habrá de estar en oposición a algo ─incluso en guerra con algo─ para poder sentirse real.

Desde esta entrada de su último sitio web, Steven Taylor reflexiona acerca esta concepción paradójica al contexto de la actual crisis civilizatoria, concretamente al enfrentamiento entre tradición y modernidad ─entre religión y ciencia─ proponiendo al mundo primitivo como una suerte de tercera vía entre ambas tendencias:

Al final, cada pensamiento maduro necesita ser capaz de admitir y gestionar aspectos sombríos de un fenómeno, y este proceso se ve estorbado al ocupar posiciones opuestas al fenómeno. (…) La teología civilizatoria no es la ancestral tierra de valores humanos de los que la ciencia nos está arrancando : nuestros valores ya estaban siendo forjados y experimentados decenas de milenios antes de que la idea de Dios siquiera surgiese. Pero, igualmente, la religión no es una tierra sumida en la ignorancia y el oscurantismo desde la que la ciencia nos estaría elevando hacia la luz. Ésta tiene importantes precedentes en el mundo del animismo, precedentes que fueron a menudo mucho más sofisticados que los monoteísmos monoculturales ulteriores. Esta polaridad entre ciencia moderna y la religión necesita desesperadamente de una distensión, y el “tercer término” del animismo de forrajeo es una herramienta importante para esta tarea. (…) El genio está ya fuera de la botella y no es posible el retorno al mundo del forrajeo, del mismo modo que no es posible la vuelta a la religión. Sin embargo, si permitimos la vuelta de modos de pensamiento y de existencia pre-civilizados, podemos catalizar debates más interesantes que el del choque entre ciencia y religión ─y así aligerar la polaridad que ha enloquecido a ambas.

Nos despedimos con John Michael Greer, quien desde esta otra entrada de su blog, insistirá en este mismo punto destacando la terribilidad de este modo paradójico de pensamiento:

Muchos de nosotros queremos o todo o nada, o todo bueno o todo malo, sin la terrible ambivalencia que late, inexorablemente como la sangre, en todos los asuntos humanos. Así, muchos de nosotros queremos ver en la civilización actual o bien la única esperanza de la humanidad o bien el ecocidio encarnado, y anhelamos un futuro que se presentará o bien como la apoteosis o bien como la refutación final del presente. Es mucho menos popular, y argumentablemente mucho más difícil, abrazar la ambivalencia y aceptar a la vez tanto lo asombroso como lo inmensamente trágico de nuestra época. Sin embargo, me parece que si vamos a enfrentarnos a los retos que nos aguardan en el futuro, esta difícil comprensión inicial es un punto de comienzo esencial.

 
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