» leído en la biblioteca · 2 noviembre, 2014

La conspiración del lenguaje y el dadaísmo

¿Hasta qué punto puede concebirse la dinámica del poder con una deriva lingüística? Paul Feyerabend reflexiona acerca de esta cuestión en Tratado contra el método, a la vez situando en este contexto al dadaísmo, el movimiento artístico que fue precursor inmediato del surrealismo:

Supongamos que destrozamos el lenguaje y vivimos durante horas, días y semanas en un mundo de ruidos cacofónicos, palabras mezcladas al azar, sucesos absurdos. Después de esta preparación uno se sienta y escribe: «El gato está sobre la alfombra». Esta frase sencilla, que normalmente nosotros decimos sin pensar, como máquinas parlantes, aparece de pronto como la creación del mundo ─y Dios dijo: «¡Hágase la luz!, y la luz se hizo».

Nadie ha entendido tan bien como los dadaístas el milagro del lenguaje y del pensamiento, pues nadie ha sido capaz de imaginar —ni de crear, claro está— un mundo en el que no desempeñaran ningún papel. Después de haber descubierto la naturaleza de un orden vivo, de una razón que no era sólo mecánica, los dadaístas fueron también los primeros en descubrir la decadencia de este orden hasta convertirse en rutina. Diagnosticaron de la manera más efectiva la degradación del lenguaje que precedió a la Primera Guerra Mundial y que creó la mentalidad que hizo posible aquel acontecimiento.

Después de este diagnóstico, los ejercicios dadaístas adoptaron un significado más sombrío: pusieron al descubierto la temible semejanza entre el lenguaje de los accionistas principales de lo «importante», el lenguaje de los filósofos, de los políticos y los teólogos y la pura inarticulación animal. El elogio del honor, del patriotismo, de la verdad, del racionalismo que llena nuestras escuelas, nuestras cátedras y nuestras asambleas políticas se convierte, inadvertidamente, en esta inarticulación, por mucho que aparezca envuelto en un lenguaje literario y por mucho que se hayan esforzado sus autores en imitar el estilo de los clásicos (o lo que ellos creen que sus lectores consideran como tal).

El dadaísmo se convierte en un test práctico, en una especie de piedra de toque para el descubrimiento de absurdos y simulacros. No los supera —al fin y al cabo, la gente tiene derecho a farolear—, pero sí los saca a la luz.

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