» leído en la biblioteca, leído en la web · 22 diciembre, 2014

La visceralidad de la teoría de la conspiración

Seguimos con nuestros ejercicios de pensamiento alrededor de la subcultura de las teorías de la conspiración. Aparece en la web de New Scientist un artículo que menciona un par de ideas que merece la pena subrayar en esta exploración. La primera versa sobre el sustrato fisiológico de la paranoia:

El cerebro no evolucionó para procesar la información de las economías industriales, el terrorismo o la medicina, sino para sobrevivir en medios ambientes salvajes. Esto incluye una tendencia a asumir que depredadores fuera del alcance de la vista nos acechan o que eventos coincidentes están relacionados de alguna forma.

¿Es necesariamente negativo para el pensamiento el contacto con este sustrato más primitivo? Mathias Broeckers argumentaba en 11S que de hecho es este mismo sustrato el motor del conocimiento, moviendo así el foco de la discusión ya no al discurso racional, sino al cuerpo ─introduciendo a la vez la idea de la “guerrilla ontológica” promovida principalmente por el escritor Robert Anton Wilson  y a quien Broeckers, todo sea dicho de paso, editó en Alemania:

¿Qué es cierto? ¿Qué es falso? ¿Qué es información? ¿Qué es desinformación? ¿Qué son hechos objetivos? ¿Qué son proyecciones subjetivas? ¿Qué relación existe entre el observador y lo observado? El espacio de pensamiento [conspiranoico] es una escuela de percepción. «En el comienzo de toda ciencia» —afirma el psicoanalista Jacques Lacan— «se sitúa la histeria». El miedo al mundo, a lo intangible, a un repentino suceso trágico es el motor que impulsa la curiosidad y la necesidad de conocimiento. El pensamiento [conspiranoico] conserva todavía parte de ese celo provocado por el miedo (…) El terreno fronterizo entre el pensamiento crítico y la paranoia patológica es un campo de minas. No obstante, no sólo merece la pena adentrarse en él, sino que las conspiraciones reales y sus peligrosas consecuencias para al sociedad obligan a hacerlo.

Pero, sigue el artículo en New Scientist:

Las teorías de la conspiración reflejan como entendemos el mundo intuitivamente e, irónicamente, proveen de consuelo emocional. Son historias con buenos y malos, conflicto, resolución y otros elementos narrativos atractivos naturalmente. (…) y esto es la que las hace problemáticas: al cristalizar las intuiciones en declaraciones incontrovertibles, se limitan sus posibilidades de cara al discurso público.

Acerca de la adherencia irracional a las narrativas que subyacen a las teoría de la conspiración también ha escrito John Michael Greer en esta entrada de su blog, hablando de un mito cultural recurrente que como veíamos también puede influenciar a la racional búsqueda científica:

(…) la controversia [acerca de las teorías de la conspiración] se despliega al amparo de un mito con profundas raíces en la consciencia popular. Llamo a esta historia la de “El hombre que descubre el pastel”, la cual conoces bien: la dieron anoche en la TV; la novela de misterio que viste el otro día junto a la caja del supermercado trata sobre ella, al igual que cinco de las seis películas que alquilaste la semana pasada y posiblemente alguno de tus sueños recientes. La historia empieza con un suceso terrible: hay una obvia explicación para ella, pero también hay una persona que se da cuenta de que hay mucho más en juego de lo que está a la vista. Tras una solitaria búsqueda acompañada de ridiculizaciones y evasivas por parte de las autoridades oficiales, el héroe destapa la verdad y la revela al público en un acto de redención que frustra al villano, salva los inocentes y a menudo lo hace caer en brazos de la chica de la película.

Tampoco se trata siempre de ficción: la mayoría de mitos son son ciertos al menos durante algún tiempo (…) el mito del hombre que descubre el pastel funciona lo suficientemente como para que los departamentos de policía contraten detectives, los países establezcan agencias de inteligencia y la gente ordinaria se haga preguntas aunque las respuestas iniciales parezcan evidentes. Como cualquier otro mito, sin embargo, la historia de “el hombre que descubre el pastel” dota de sentido completo sólo a algunas situaciones, de sentido parcial a otras y de ningún sentido a otras tantas.

A pesar de las afirmaciones más entusiastas de Joseph Campbell, no existe un monomito, no existe una narrativa que dote de sentido a cualquier situación. Y sin embargo, el mito que nos hallamos discutiendo es seductor, debido a su promesa de poder implícito. “El hombre que descubre el pastel” no tiene otro tipo de poder excepto la habilidad de descubrir la verdad, y en el mito ése es todo el poder que necesita. Así pues es un mito muy llamativo para la gente que se siente impotente y que cree saber algo que los demás no saben. El problema es que este mito puede ser una distracción [dado que] el hecho de que un mito deje de ser útil no lo hace necesariamente menos llamativo.

Paradójicamente el artículo de la New Scientist acaba reconociendo el papel del pensamiento mágico en el día a día y propone ─¿condescendientemente?─ a las mentes más racionales que:

(…) más que argumentar o razonar, nuestro primer paso debería ser empatizar. Al fin y al cabo, cuando tocamos madera o le deseamos a alguien buena suerte, todos usamos el pensamiento mágico. Sólo apreciando el tirón emocional de las teorías de la conspiración será posible comunicarnos de forma más significativa con nuestros vecinos de los sombreros de aluminio.

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