» leído en la biblioteca, leído en la web · 2 abril, 2016

Rebotando paranoicos dentro de la caótica megamáquina de pinball (Illuminati)


Leemos en boingboing.net acerca de un estudio que ha encontrado una «correlación entre la creencia en supersticiones y conspiraciones y el sentimiento de impotencia referente a la propia vida y la habilidad para reconducirla»:

una falta de control no sólo afecta a nuestras percepciones, sino a nuestras acciones. (…) La necesidad de sentirse en control es tan poderosa que las personas recurrirán a soluciones psicológicas que devuelvan al mundo a un estado predecible ─extrayendo patrones del ruido y causalidad del azar.

Este análisis sigue la línea comentada en anteriores entradas ─véase por ejemplo ésta o esta otra─, aunque por aquí no somos ajenos al uso muchas veces arbitrario de la expresión “teoría de la conspiración” o de la interpretación excesivamente lineal que se hace del concepto. El artículo apunta a este mecanismo ─disparado por «el colapso de la industria y el trabajo bien remunerado»─ como el responsable del auge de las subculturas paranoicas, como también comentábamos por aquí.

Pero añadamosle a la situación el entorno electrónico-audiovisual de los medios de comunicación de masas y de la internet: el viraje de la cultura basada en alfabeto a una de tipo más sensorial conlleva también el retorno de la dimensión mítica del pensamiento. Dentro de esta caótica mega-máquina de pinball, la fusión conspiranoica-pop se presenta, pues, como un nuevo mito iniciático, consecuencia inevitable que nosotros denominamos socarronamente el magufoapocalipsis, y que puede entenderse también desde el término ─acuñado por Timothy Morton─ “hiperobjeto”: «una entidad de dimensiones espaciotemporales tan vastas que derrotan, ya de entrada, las ideas tradicionales acerca de lo que es o no es una “cosa”».

Como dice Christoph Spehr: «la paranoia no es la peor opción cuando uno no es capaz de distinguir a primera vista al amigo del enemigo». O como se preguntaba a sí mismo uno de los protagonistas del film “Primer”: «¿qué es peor, pensar que eres un paranoico o pensar que deberías serlo?». Quizás, en palabras de Justin Boland «la paranoia [sea] una vía de comprensión; el hecho de que la mayoría de gente no pueda manejarla no la hace menos verdadera —es, simplemente, más peligrosa». Quizás también sea por esta faceta autopoyética, amiga de la autonomía, por lo que merezca la pena mantenerse paranoicos, pues E.L.L.O.S. ─como nos recuerda George P. Hansen en The trickster and the paranormal─ saben que la paranoia los debilita:

Las personas que tienen trabajos seguros en corporaciones o posiciones permanentes en la academia tienden a desestimar las teorías de la conspiración como excusas de grupos marginales e incapaces debidas a sus desafortunadas penurias. Los noticieros de la élite hablan frecuentemente en tono desdeñoso de las creencias conspirativas, y la medicina y la psicología del sistema juegan también su parte denigrando esos miedos como infantiles, narcisistas o delirantes. La paranoia y las teorías de la conspiración debilitan la confianza y desestabilizan las relaciones sociales; por lo tanto las autoridades tienen una buena razón para marginalizar a aquellos que profesen este tipo de ideas. El sistema también es vulnerable a la paranoia, especialmente cuando sus seguridad se ve amenazada. Puede volverse temeroso de aquellos que no forman claramente parte de él, especialmente de aquellos que viven en los márgenes y cuyo estatus es ambiguo. Durante la caza de brujas europea, muchas mujeres sabias y pobres fueron fueron ejecutadas porque se temía que pudieran usar la magia para causar daño. Sin embargo, estas mujeres estaban en un peligro mucho mayor en las manos de las autoridades —un claro ejemplo de proyección por parte de la gente que conforma el sistema. A pesar de la abrumadora superioridad física del sistema, éste seguía temiendo la magia.

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