» anuncios generales · 16 mayo, 2016

Blog en pausa


La tribu de magufoapocalipsis.com sale de caza y no se sabe bien cuando volverá. Pero volverá. Nos vemos pues: hasta entonces.
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» leído en la web · 18 abril, 2016

La dictadura de las emociones

Explorar en la red vectores discordianos siempre acaba teniendo su recompensa. En esta ocasión llegamos al sitio web anxietyculture.com, en donde el texto “Empire of emotion” discute la relación entre emociones y sistemas de control social. Se incluyen en el mismo fragmentos de The Politics of Ecstasy de Timothy Leary, que traducimos seguidamente:

Las emociones son la forma de consciencia más baja. Las acciones basadas en las emociones son la forma de conducta más constreñida, limitante y peligrosa. La ficción y la poesía romántica de los últimos 200 años nos han cegado ante el hecho de que las emociones son una forma activa y dañina de estupor.

Te lo puede decir cualquier campesino: cuidado con las emociones. Te lo puede decir cualquier niño: vigila a la persona emocional, pues es un lunático que se tambalea.

Las emociones son provocadas por agentes bioquímicos que sirven al cuerpo en estados de emergencia aguda. Una persona emocional es un maníaco ciego, enloquecido. Las emociones son adictivas, narcóticas y estupefacientes.

No confíes en nadie a quien percibas como emocional.

¿Qué son las emociones? (…) En un libro titulado Interpersonal Diagnosis of Personality, que escribí cuando era un psicólogo, presenté clasificaciones de las emociones y descripciones detalladas de sus manifestaciones moderadas y extremas. La persona emocional no puede pensar; no puede llevar a cabo ninguna acción [de intercambio] efectiva  ─excepto en actos de agresión física y fuerza. La persona emocional está desprovista de sensualidad. Su cuerpo es el de un robot que se agita. (…) El único estado en el que nos mezclamos, aprendemos, armonizamos, crecemos y comprendemos es en el de ausencia de emociones. Llamamos a esto dicha o éxtasis, y llegamos a él al centrar nuestras emociones.

El amor consciente no es una emoción; es una fusión serena contigo mismo, con otras personas, con otras forma de energía. El amor no puede existir en un estado emocional. (…) Las emociones se hallan fuertemente atadas a los juegos de ego.

¿Por qué, entonces, las emociones se hallan incluídas en el repertorio humano si son tan dolorosas, demandantes y cegadoras? Tienen un propósito básico de supervivencia: las emociones son alarmas de emergencia. El organismo llevado hacia el miedo a la muerte se retuerce entre paroxismos de actividad frenética. Como un pez aleteando ciegamente fuera del algua, o un animal al que acaban de cornear.

Hay momentos en los que las emociones son apropiadas y relevantes. El repentino reflejo bioquímico a chorro: lucha o huída. (…) Pero el animal sensible evita las situaciones que provocan miedo y la emoción que lo acompaña. El animal sabio prefiere relajarse y jugar.

La forma de desconectar las emociones es conectar los sentidos: conectar el cuerpo.

Habíamos hecho mención anteriormente de críticas acerca de la desconexión con el cuerpo que subyace a la obra de Leary: «ciertamente [escribía] acerca del cuerpo, pero su lenguaje se hallaba impregnado por el lenguaje de la mente, explicándolo todo con todo lujo de detalles en términos racionales y científicos [fallando] en su apelación a los sentidos». Sin embargo opinamos que el texto adquiere una nueva lectura si se lleva el discurso a la acción en forma de una práctica sostenida de técnicas psicocorporales ─y por aquí somos cada vez más partidarios de que artes marciales u otros sistemas en los que se trabaje el cuerpo al completo deberían preceder a otra clase de ejercicios meditativos más pasivos.

El artículo en anxietyculture.com sigue más adelante señalando las «profundamente arraigadas resistencias sociales hacia este punto de vista»:

incluso los “iluminados” tienen una sospecha residual acerca de verse libre de emociones como algo “antinatural” o “erróneo”. Esto se debe probablemente a que contemplan las emociones dentro del marco de una falsa dicotomía de expresión contra supresión ─de modo que cualquier estado carente de emociones se ve como “supresión” (o “represión”)─ y por lo tanto “insano”. Sólo rechazando esta dicotomía podemos percibir la relativa libertad con respecto a las emociones como “bueno”. Otro lugar común de la sabiduría convencional que merece la pena rechazar es el de que necesitamos ser emocionales para poder “sentir” o “ser sensibles” hacia los animales, la naturaleza, el arte o las personas ─lo cual es una falsedad equiparable a la de que necesitamos estar crónicamente distraídos con trivialidades para poder ser capaces de sentir placer.

Este estado “sin emociones” podría contemplarse de forma análoga a las nociones de vacío de las culturas orientales ─algo a lo que nos hemos referido en otra entrada del blog como “el contraasalto del vacío”.

 

 

» leído en la biblioteca · 12 abril, 2016

¿Hasta dónde llega la madriguera de conejos? ¿Hasta la sala-cuna de La Gran Madre?

Habíamos comentado con anterioridad que el poder aprovecha «el lazo biológico del niño con su madre y el de la madre con los niños» como método de control. Para Morris Berman esta dinámica es más compleja ─más “fractal” o sujeta a bucles “retroprogresivos” o de “retroalimentación”, si se prefiere─ yaciendo en la misma raíz de la civilización «el legado ambivalente del vínculo madre-hijo y la intensidad de las relaciones con límites confusos». Le citamos directamente desde Una Historia de la Consciencia:

«La madre», escribió Freud, «puede transferir a su hijo toda la ambición que ha tenido que suprimir en sí misma y luego vivir vicariamente a través de la vida heroica de su hijo». (…) La civilización necesita [de la intensa y vertical “santidad” de la díada madre-hijo] a manera de combustible cultural. Tampoco puede renunciar a este sistema vertical sin sufrir una inmensa sensación de pérdida.

Un poco más adelante se desarrolla la esencia del complejo:

la exclusión de las mujeres de la vida cívica y de todos los ámbitos de importancia en la antigua Grecia, significó que el dominio sobre sus hijos fuera la única válvula de escape para su necesidad de autonomía. Esto hizo que la madre tendiera a proyectar en el hijo sus propias ansias de vida y de destino: él se convertiría en su héroe y viviría la vida que ella nunca tuvo la libertad de vivir. (…) Las fronteras entre madre e hijo eran borrosas. La madre griega no trataba a su hijo como a una persona separada sino como a un remedio para sus propias heridas narcisistas (…) Esto creaba sentimientos ambivalentes en ambos. El niño deseaba “salvar” a su madre (darle la vida que nunca había tenido), pero a la vez se sentía aterrado por la intensidad que ella depositaba en él. La madre se preciaba de sus logros, pero también, en algún nivel inconsciente, buscaba destruirlo, porque esos mismos logros representaban la negación de su propio poder. Dado tal ordenamiento, el ego del varón era muy precario; el honor en Grecia estaba ligado a un hondo pesimismo. Más aún, (…) la naturaleza de esta neurótica intensidad diádica creaba un tipo de personalidad que podría llamarse de “gradiente empinado” —personas que ponen todos sus huevos en la misma canasta—, en oposición a las personas “niveladas” (…) capaces de considerar muchas cosas como fuentes de gratificación. Las díadas producen un “gradiente empinado”; (…) la crianza múltiple es más conducente a la nivelación”.

Este “gradiente empinado” cristalizará, según Berman, en el arquetipo del héroe:

El varón crecía sintiendo que si no era héroe, no era nada. Orgullo y prestigio [lo definen]. [Los hombres aman] la auto-glorificación, el derroche de riquezas y la humillación de sus rivales. (…) En el corazón de este modelo energético está la privación del placer, la incapacidad de alegrarse fisicamente ante lo que el mundo ofrece de bueno. Esto conduce a los hombres de estas culturas a renunciar al amor —el cual temen no poder conseguir— y a disfrazar su dolor con la ambición y la búsqueda de engrandecimiento personal. El ciclo continúa cuando esa persona finalmente mira en menos a su esposa y se convierte en un marido inadecuado, empujando a su mujer “a los brazos” del hijo. El hijo, por su lado, empieza a temer a las mujeres, necesita tener éxito, etc.”. (…) los niños crecen aprendiendo a temer esta energía, a convertirse en seres “racionales” y a distanciarse de sus cuerpos y emociones, las cuales ven como femeninas. (Enamorarse, seguir a líderes carismáticos, ir a la guerra o convertirse en alcohólicos son a menudo las únicas conductas que constituyen una excepción a la regla del distanciamiento).

Pero, atención, esta dinámica tendría también influencia sobre el arquetipo de la Diosa:

Estoy de acuerdo con lo que la psicóloga Clara Thompson planteó hace ya varias décadas y que el academicismo feminista ahora considera obvio: la ambición y las ansias de poder se encuentran presentes tanto en las mujeres como en los hombres, y si la cultura está ordenada de tal manera que esta tendencia no encuentra escapes directos, se canalizará en forma indirecta. Aún más, si las mujeres se encuentran atrapadas en una situación de dependencia económica, no tienen ninguna seguridad más allá de la que les brinde una relación amorosa. El amor se convierte entonces en su “carrera”; el ser amada, en su “profesión”. (…) Las niñas también se ponen nerviosas (…) y crecen temiendo jamás llegar a transformarse en la “diosa” que sus madres, inconscientemente, han diseñado para ellas. Luego, como mujeres, optan por coludirse con el orden patriarcal, dado que la premisa no escrita es: «si abandonas la razón y la lógica,desencadenarás un infierno» (lo que en nuestra cultura es absolutamente cierto).

Hasta aquí el breve resumen de la sección del libro titulada “Madre e hijo: La Gran Madre en la sala-cuna”; por considerarla de sumo interés la hemos reproducido por completo en este hilo del foro. Parece que, al final, era preferible tomarse la pastilla azul para ─como decía Morfeo─, optar por el «fin de la historia» (o fin del drama).

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 4 abril, 2016

Políticas de la imaginación

Repasando la conferencia/ensayo de Philip K Dick “Cómo construir un universo que no se derrumbe dos días después” (enlace) nos encontramos con una matización interesante acerca del tema hipersticioso. Tras relatar episodios personales de escritura que contenía material precognitivo, Dick especula que

(…) los productores, los que escriben guiones, y los directores que crean estos mundos de audio/video, no saben cuánto de su contenido es verdad. En otras palabras, son víctimas de su propio producto, junto con nosotros. Hablando por mí, no sé cuanto de lo que escribo es verdad, o qué partes (si alguna) es cierta. Esta es una situación potencialmente letal. Tenemos ficción imitando a la verdad, y verdad imitando ficción. Tenemos un solapamiento peligroso, una peligrosa zona borrosa. Y probablemente no es deliberado. De hecho, eso es parte del problema. No puedes legislar para que un autor etiquete correctamente su producto, como una lata de pudding cuyos ingredientes vienen listados en la etiqueta… no puedes hacerle declarar qué parte es verdad y qué parte no cuando él mismo lo ignora. (…)

Es reconfortante que Dick, más allá de actitudes glamourizadoras, ─y convendrá aquí cuestionarse el constructo artista-mago-demiurgo─ entienda el fenómeno como algo básicamente problemático y sujeto a contradicciones y enantidromías. A este respecto, y concretamente en relación con la cultura pop de la mediesfera, se manifestaba Collin Bennet en Politics of the Imagination:

Cuando Shakespearre habla de la imaginación lo hace siempre con sobrecogimiento. Yeats, DeQuincey y Shelley casi fueron destruídos al volverse esta furiosa y descontrolada en su interior. Los dictadores intentan aniquilarla, las religiones intentan controlarla, los políticos la censuran, los militantes de la izquierda la odian, los psicólogos intentan cambiarla, la ciencia desconfía de ella casi por completo y en su acepción popular la imaginación se identifica con algo difícil de definir llamado “irrealidad”. Solo los medios de comunicación de masas de nuestro tiempo usan la imaginación de una forma creativa, pero son muy cuidadosos a la hora de confinar el “espíritu formativo” de Coleridge a los estrechos y anodinos confines de los medios electrónicos y sus diversiones efímeras.

Esto nos lleva a lo que Dick, en el mencionado ensayo, describe como «el bombardeo de pseudo-realidades [que] rápidamente comienza a producir hombres de mentira, hombres falsos (…): falsas realidades [que] crearán falsos humanos. O falsos humanos [que] crearán falsas realidades y se las venderán a otros humanos, volviéndolos a su vez falsificaciones de sí mismos». Mitch Fraas proponía en su blog una aproximación más cauta del uso de la imaginación:

Cuando Van Gogh acabó en el psiquiátrico, pintaba la vista que veía desde su ventana exceptuando los barrotes. (…) hay una diferencia entre usar la imaginación para hacerse una imagen de lo que realmente hay ahí y entre usarla para crear un reino de fantasía al cual escapar. (…) La ilusión más grande de todas se ha hecho muy popular estos días. Es la idea de que nosotros creamos nuestra propia realidad. Y parece que podemos hacerlo, pero creo que en verdad no se trata de la realidad. Y podría ser que no hubiese peor destino que acabar en una realidad que hubiésemos creado para nosotros mismos. La cama que has hecho es la cama en la que duermes, y la cama en la que morirás. Lo que quizás sí podemos hacer es descubrir la realidad a nuestro modo, y la imaginación puede ayudarnos a hacerlo, del mismo modo que Van Gogh se imaginaba la ventana sin barrotes para poder tener una mejor vista.

La imaginación fuera de control puede, pues, ser un problema. Así la entendía Jim De Korne en Psychedelic Shamanism:

La imaginación humana es la fuerza motora de la creatividad, y la conceptualización es la construcción de imágenes en el espacio mental. Una creencia —cualquier complejo de conceptos imaginados coherentemente— es una forma de conceptualización particularmente poderosa porque, una vez creada, se autoperpetúa. La intensidad de cada creencia determina la fuerza de su imagen —su existencia en el espacio mental— y por consiguiente la de los efectos que pueda llegar a tener en el mundo físico. Una creencia fuertemente arraigada tiene vida propia y puede extenderse de mente en mente como un virus, siendo capaz de defenderse —a través de sus huéspedes— cuando su supervivencia se ve amenazada.

Es posible imaginar implicaciones ulteriores a todo esto; pero quizás sea más eficiente cimentarlas con prácticas psicocorporales.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 2 abril, 2016

Rebotando paranoicos dentro de la caótica megamáquina de pinball (Illuminati)


Leemos en boingboing.net acerca de un estudio que ha encontrado una «correlación entre la creencia en supersticiones y conspiraciones y el sentimiento de impotencia referente a la propia vida y la habilidad para reconducirla»:

una falta de control no sólo afecta a nuestras percepciones, sino a nuestras acciones. (…) La necesidad de sentirse en control es tan poderosa que las personas recurrirán a soluciones psicológicas que devuelvan al mundo a un estado predecible ─extrayendo patrones del ruido y causalidad del azar.

Este análisis sigue la línea comentada en anteriores entradas ─véase por ejemplo ésta o esta otra─, aunque por aquí no somos ajenos al uso muchas veces arbitrario de la expresión “teoría de la conspiración” o de la interpretación excesivamente lineal que se hace del concepto. El artículo apunta a este mecanismo ─disparado por «el colapso de la industria y el trabajo bien remunerado»─ como el responsable del auge de las subculturas paranoicas, como también comentábamos por aquí.

Pero añadamosle a la situación el entorno electrónico-audiovisual de los medios de comunicación de masas y de la internet: el viraje de la cultura basada en alfabeto a una de tipo más sensorial conlleva también el retorno de la dimensión mítica del pensamiento. Dentro de esta caótica mega-máquina de pinball, la fusión conspiranoica-pop se presenta, pues, como un nuevo mito iniciático, consecuencia inevitable que nosotros denominamos socarronamente el magufoapocalipsis, y que puede entenderse también desde el término ─acuñado por Timothy Morton─ “hiperobjeto”: «una entidad de dimensiones espaciotemporales tan vastas que derrotan, ya de entrada, las ideas tradicionales acerca de lo que es o no es una “cosa”».

Como dice Christoph Spehr: «la paranoia no es la peor opción cuando uno no es capaz de distinguir a primera vista al amigo del enemigo». O como se preguntaba a sí mismo uno de los protagonistas del film “Primer”: «¿qué es peor, pensar que eres un paranoico o pensar que deberías serlo?». Quizás, en palabras de Justin Boland «la paranoia [sea] una vía de comprensión; el hecho de que la mayoría de gente no pueda manejarla no la hace menos verdadera —es, simplemente, más peligrosa». Quizás también sea por esta faceta autopoyética, amiga de la autonomía, por lo que merezca la pena mantenerse paranoicos, pues E.L.L.O.S. ─como nos recuerda George P. Hansen en The trickster and the paranormal─ saben que la paranoia los debilita:

Las personas que tienen trabajos seguros en corporaciones o posiciones permanentes en la academia tienden a desestimar las teorías de la conspiración como excusas de grupos marginales e incapaces debidas a sus desafortunadas penurias. Los noticieros de la élite hablan frecuentemente en tono desdeñoso de las creencias conspirativas, y la medicina y la psicología del sistema juegan también su parte denigrando esos miedos como infantiles, narcisistas o delirantes. La paranoia y las teorías de la conspiración debilitan la confianza y desestabilizan las relaciones sociales; por lo tanto las autoridades tienen una buena razón para marginalizar a aquellos que profesen este tipo de ideas. El sistema también es vulnerable a la paranoia, especialmente cuando sus seguridad se ve amenazada. Puede volverse temeroso de aquellos que no forman claramente parte de él, especialmente de aquellos que viven en los márgenes y cuyo estatus es ambiguo. Durante la caza de brujas europea, muchas mujeres sabias y pobres fueron fueron ejecutadas porque se temía que pudieran usar la magia para causar daño. Sin embargo, estas mujeres estaban en un peligro mucho mayor en las manos de las autoridades —un claro ejemplo de proyección por parte de la gente que conforma el sistema. A pesar de la abrumadora superioridad física del sistema, éste seguía temiendo la magia.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 22 marzo, 2016

Pharmakos Illuminati: teoría de la conspiración y primitivismo

Hablábamos hace algún tiempo de la visceralidad de la que surgen de las teorías de la conspiración y de su relación con el sustrato primitivo de la mente. «El estudio del fenómeno de la conspiración como una rama de la psicología de los primates es de gran interés en sí misma, como bien sabía Maquiavelo» nos recuerda Robert Anton Wilson en su introducción a The Illuminati Conspiracy: the Sapiens System. Seguimos en esta línea con Mathias Broeckers, quien establece en esta conferencia otro paralelismo entre estos dos atractores extraños ─primitivismo y teoría de la conspiración, entendiendo esta última en su versión más ingenua y paranoica:

Una de las razones por las que es fácil tragarse la propaganda o las teorías de la conspiración que culpan a un chivo expiatorio de todos los males es que ésto es algo que mantiene las cosas simples. Reduce la complejidad; reduce circunstancias delicadas a una causa simple y permite la acción en lugar de la perplejidad ─así que el público, las masas, y especialmente en situaciones muy confusas y aterradoras, se encuentran más que receptivos a una solución simple y a un chivo expiatorio apropiado. Sabemos por las investigaciones sobre primates disponibles que el mecanismo del chivo expiatorio está presente en los simios: en caso de situaciones confusas como rayos y truenos en el cielo, tienden a correr a la colina más cercana, agarrar un palo y amenazar al malvado que se encuentra en los cielos.

Antonio Escohotado hace referencia en numerosos artículos a este mecanismo. Por ejemplo, desde aquí:

Lo que cabe llamar “terapia del chivo expiatorio” puede muy bien ser la primera cura ritual inventada, cuyos vestigios perviven todavía con fuerza en el hombre moderno, sobre todo allí donde le arropa una masa (como sucede, por ejemplo, en los linchamientos).

O también desde esta entrevista:

La medicina más antigua y universal es el esquema proyectivo, que cristaliza en la institución del chivo expiatorio. Igual que el maniqueísmo, que coagula el movimiento reduciéndolo a dos posiciones, es huella de nuestra barbarie primordial. La tarea del pensamiento no delirante —el de vocación científica o ecuánime— es superar ambas cosas. Lo real es, sin duda, analógico o evolutivo, no dualista; y tampoco premia con éxito el “pague por mí este otro” del chivo expiatorio, pero es formidablemente difícil pensar y actuar sin esas muletas.

Formidablemente difícil, desde luego. O en palabras de Broeckers: «no nos comportemos más como primates, cuestionemos la autoridad y pensemos por nosotros mismos». Más fácil de decir que hacer, desde luego ─y recordaremos aquí que el trabajo psicocorporal puede ser la clave de este distanciamiento, como argumentábamos anteriormente.

Volvemos al texto de RAW con el que abríamos la entrada para rescatar este fragmento que ahonda un poco más en el asunto:

La psicología humana sigue siendo psicología de la jungla. Como el historiador Carl Oglesby escribió en The Yankee and Cowboy War: «una multitud de conspiraciones compiten en la noche. (…) Las conspiraciones son la continuación normal de las políticas normales llevadas a cabo por los medios normales (…) y cuando no hay límite de poder, no hay límite para las conspiraciones».

Tan pronto encontremos evidencia de seres humanos en este planeta, encontraremos también evidencia de sociedades secretas. Las pinturas paleolíticas muestran que se reunían típicamente en las cuevas más oscuras, más profundas, y que planeaban jugarretas y brujería contra las especies con las que estaban en conflicto.

En toda tribu conocida por la antropología aún encontramos sociedades secretas. La mayoría tienen sociedades secretas compuestas exclusivamente por machos, pero también hay varias compuestas de hembras. La mayoría de lectores probablemente recordará como ellos mismos tuvieron sus propias sociedades secretas de niños, con sus palabras secretas y sus saludos cuasi-masónicos intencionadamente ocultos ante los adultos.

Desde esta perspectiva evolucionista, todo paranoico está parcialmente en lo cierto. El mayor error del paranoico parece ser esta creencia característica en la Mega-Conspiración-tamaño-Jumbo que lo explica todo. Esto es imposible, pues viola las leyes básicas de la psicología de los primates. Tanto los primates domesticados como los salvajes son traviesos y tienen un agudo sentido del humor: la traición es su invención más característica. (…) las teorías de la conspiración no son tan inteligentes o longevas como los idealistas y los paranoicos imaginan: son, simplemente, mucho más sucias.

 

 

» leído en la web · 21 marzo, 2016

¿Por qué lo llaman “gestión de la percepción” cuando quieren decir propaganda?

Revisando algunas conferencias que Mathias Broeckers tiene colgadas en su sitio web, resaltaremos algo que resultará obvio al magufoapocalíptico medio, pero que conviene quizás repetir como técnica de contrapropaganda. Se refiere a los mecanismos sutiles de lo que se ha venido a llamar “gestión de la percepción“:

[Podríamos llamar a] este fenómeno típico de operaciones de lavado de cerebro “información elusiva” ─información que aparece brevemente, que da cuenta de algunos fragmentos de la realidad y que desaparece del foco de los medios para siempre. No se suprime ninguna noticia o reporte: no existe una censura a la antigua, con controladores de la Gestapo situados en los despachos de las editoriales suprimiendo noticias no deseadas: en realidad se informa de todo. En este sentido, seguimos teniendo “prensa libre”. Pero la simple apariencia de reportaje informativo no significa que la imagen que pintan los medios se convierta en “noticias”, porque convertirse en “noticias” ─esto es, volverse parte de la imagen que pintan los medios─ implica que sean repetidas una y otra vez. Es sólo la repetición sin fin de un reportaje o información lo que la convierte en “noticia”, y es sobre todo esta repetición lo que la hace llegar a la atención pública. Pero lo que llega finalmente a la atención pública por repetición constante ─en oposición a la simple aparición singular en un reportaje informativo─ es controlado estrictamente, y lo que es más importante: cuanto mayor sea el alcance del medio, el control se hará más estricto. (…)

¿Por qué son los puntos de vista alternativos inmediatamente etiquetados como “teorías de la conspiración“? ¿Es por la falta de evidencia? Ciertamente no, [porque muchas veces] hay evidencia lo suficientemente convincente como para al menos iniciar investigaciones ulteriores de carácter más profundo. Pero no se les quita valor a estos puntos de vista usando la lógica o la razón, sino (…) desterrándolas de un modo medieval, calificándolas como “grotescas”. (…) Este mecanismo de declaración de ciertos puntos de vista como un tabú en la opinión pública por parte de una nueva inquisición yace en el corazón de la manipulación de los medios ─así funciona el sistema, como ya lo hizo en la Edad Media. La diferencia es que ─gracias a los medios de comunicación de masas─ la Nueva Inquisición posee herramientas más poderosas para difundir el dogma y para marcarlo a fuego en los cerebros del público. Como dijo uno de los pioneros de la emisión de propaganda ─el experto en lavado de cerebro y secretario de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels: «una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad»

Por supuesto: esto no es nada nuevo. Citemos como corolario al profesor William E. Daugherty desde A Psychological Warfare Casebook, publicado en 1950 bajo contrato con la armada estadounidense:

Si provees a un hombre de información correcta durante siete años, creerá en la información errónea el mismo primer día del octavo, cuando, desde tu punto de vista, sea necesario que lo haga. La primera tarea es cimentar la credibilidad y la autenticidad de tu propaganda y persuadir al enemigo para que confíe en tí aunque seas su enemigo.

Lo cual nos estaría llevando, claro está, a la situación descrita por Jesús García Blanca en El rapto de Higea (PDF):

(…) en los regímenes tecnodemocráticos se ha conseguido dar el paso de la interiorización del dominio: todo el mundo hace lo que debe creyendo que hace lo que quiere. En palabras de Jesús Ibáñez: «para que el orden social funcione tiene que ser inconsciente. Si la gente supiera para qué y para quién hace lo que hace, no lo haría».

 

 

» leído en la web · 6 marzo, 2016

Revisando el paradigma clásico de las sincronicidades

Por aquí andamos últimamente muy interesados en el discurso de Erik Wargo ─aquí su blog, “The Nightshirt”─ sobre todo en lo concerniente al fenómeno de las sincronicidades y a la conceptualización de las mismas. Dada la importancia capital de Jung en el establecimiento del concepto y las sombras de autoritarismo platónico que rodean su obra ─en 1928 escribiría que «la vasta mayoría de la humanidad necesita de autoridad, guía y ley»─ es reconfortante que alguien cuestione el corsé filosófico desde el que por lo general se entiende el fenómeno. Sintetizaremos rudimentariamente el argumento de Wargo usando como referencia dos entradas (1, 2) de su blog.

Resumiendo: «Jung y Platón deben morir para que las facultades psi puedan vivir». O expandiendo un poco más el argumento: «no sólo las sincronicidades sino los arquetipos y las formas ideales son ilusiones causadas por nuestra incapacidad de reconocer el modo verdaderamente ‘cienciaficcional’ en el que los bucles temporales de información/emoción pueden intensificar la potencia de eventos y símbolos confluyentes en nuestras vidas, así como el rol que nosotros mismos jugamos en dicho proceso».

En otras palabras: el argumento de Wargo estaría desplazando concéntricamente ─hacia un orígen endógeno─, a una cosmovisión exógena irradiada por cierto atractor cultural identificado por diversos críticos; entre ellos se encuentra, por ejemplo, Antonio Escohotado, quien lo denominará en su ensayo “Ciencia y cientismo” (enlace) como “la construcción cientista”, la cual

arranca con Galileo y Descartes, y obtiene su primera forma acabada algo más tarde, gracias al genio de Newton. Es en principio fiel al puro criterio experimental de Bacon, con su propuesta de centrarse en la inducción, aunque procede mediante geometría y experimentos mentales, orientados a mostrar que la naturaleza es “reductible a leyes matemáticas”. Unido al absolutismo metafísico, político y religioso, del que toma una rígida separación entre material e inmaterial, el ideario cientista se lanza a una redefinición cosmológica apoyada sobre tres conceptos desconocidos por completo hasta entonces: 1) una materia rigurosamente pasiva (“masa inercial”); 2) traída y llevada por vectores inmateriales (“fuerzas matemáticas”); 3) cuyo movimiento resulta previsible con exactitud (calculándolo a partir de sus condiciones iniciales).

Estas son las ideas que podrían estar influyendo en la concepción del “principio conector acausal” de Jung ─quien, no olvidemos, estuvo obsesionado por que sus ideas fuesen respetables ante la ortodoxia científica de su época─, e incluso otros constructos posteriores que también se han relacionado con las sincronicidades como el del “orden implicado” de David Bohm. En un giro que podríamos considerar como un ejemplo de lo que anteriormente nos referíamos como “la paradoja animista del protestantismo”, Wargo propone el pensamiento de Philip K. Dick como narrativa alternativa acerca del fenómeno:

[PKD] sugirió que las sincronicidades ocurren porque en el futuro nos hallamos viajando en el tiempo, cultivando nuestro propio desarrollo; que nuestra consciencia expandida tiene el poder de “dirigir el escenario” no porque una deidad de barba blanca sentada sobre una nube se incline y juegue con nosotros como si fuésemos piezas del ajedrez, sino debido a la propia naturaleza del tiempo. Las coincidencias podrían ser el producto de alteraciones temporales: de nuestras propias alteraciones temporales en el futuro.

«Los bucles de retroalimentación temporales», especula Wargo, «podrían estar amplificando el significado personal de las formaciones simbólicas, las cuales, debido a nuestra incapacidad de reconocer los fenómenos psi, se aparecen como objetivas o externas ante nosotros».

Este desplazamiento de las sincronicidades desde las esferas celestes al cuerpo lleva a Wargo a rastrear la cualidad sensorial, fenomenológica, de las mismas: las describe como «momentos transitorios de claridad y de presencia fuera y más allá de la imaginación». Estos momentos de trance, señala además, son susceptibles de ser diseñados ─«cosechar el espacio-tiempo para inducir sensaciones de presencia probablemente se remonta a los orígenes mismos de la religión»─ y desde aquí podríamos leerlos como el incienso de las nuevas catedrales audiovisuales:

Incontables críticos culturales han señalado la naturaleza cercana a las drogas de los medios electrónicos y visuales, y ésto no es simplemente una función de la función de estimulación dopamínica provocada por el movimiento y los cortes rápidos. Incluso la actuación es una especie de “efecto especial chamánico”: una persona que asume la personalidad de alguien más ─un héroe o un espíritu o un Dios o incluso Papá Noel─ es una transformación asombrosa para un niño; también provoca algo de asombro a un adulto el ver una celebridad del cine o de la TV en la vida real: una disonancia cognitiva moderadamente placentera, a la que seguramente se deba nuestra fascinación con las celebridades.

El texto establece un paralelismo entre esta inducción de sincronicidades y la astroteología ─la ingeniería de lugares sagrados rituales/escenarios del tipo de Stonehenge como artefactos en los que sincronizar con eventos anómalos de los astros─, el cual ofrece ciertamente lecturas sugerentes del “star-system” del mundo de la cinematografía. También examina temas recurrente de este blog ─el de la dinámica succionadora de las imágenes o el del arte como portador de determinadas dinámicas psicocorporales─ a través del ejemplo la invención de la perspectiva y su relación con la configuración del campo de percepciones actual:

Trabajos tempranos en el campo de la psicología perceptual mostraron que contemplar cosas a través de agujeros influye en la experiencia de visualización, engañando a los sistemas mental y visual a creer en la veracidad de las escenas contempladas de forma más poderosa que si se viesen en condiciones más típicas y más libres de trabas. (…) El modelo conceptual implícito de la perspectiva ─rayos de luz entrando a un espacio cerebral privado a través de los ojos─ informó a la psicología y la filosofía europea moderna, amarradas al ego y al “centrado del sujeto”.

Llegados hasta este punto, y si como Wargo menciona «las sincronicidades son, en cierto sentido, el placer solitario definitivo», cabría reflexionar acerca de la tensión paradójica entre una deriva cultural y tecnológica que nos arrastra a lugares de un solipsismo cada vez más acusado ─siendo la realidad virtual el próximo paroxismo de esta tendencia hasta que, como apunta Wargo, nos habituemos a ella y necesitemos de un estímulo todavía más fuerte. A la vez, la participación en este juego de abalorios que es Internet ─de algún modo, un artefacto de sincronización de la materia de proporciones “noosféricas”─ estaría llevando a habituarse a nuestro campo sensorial (o al menos a una parte del mismo) a este tipo de modalidad perceptiva. Quizás sean estas inercias cognitivas las que estén haciendo que la subcultura conspiranoica esté dotando de intencionalidad ─como veíamos hace poco─ a los memeplexes de simbología oculta hiperstición ─guiño, codazo, guiño─ mediante.

Sea como fuere, parece que son cuestiones que deberían examinarse desde un movimiento contínuo que evite, o al menos atenúe, la cristalización de una perspectiva fija.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 23 febrero, 2016

¡Nos están MK-Ultrizando!: demistificando el simbolismo oculto del pop

La interpretación del simbolismo esotérico del que hacen gala muchas piezas de la cultura popular como un arma de control mental o una orquestación de mensajes ocultos es un lugar común en el Complejo del Conspientretenimiento. Peter Levenda ofrece en The Secret Temple una lectura más prosaica del orígen de este simbolismo:

[En el pasado] los artistas de la memoria se dieron cuenta de que era más fácil retener una imagen que una cadena de palabras; así que usaban [imágenes] como dispositivos mentales mnemotécnicos. (…) El uso de imagenes en vez de palabras es algo que también encontramos en sociedades secretas y órdenas ocultas. El propósito de su uso es dual: a la vez que útiles como dispositivos mnemotécnicos, el [simbolismo oculto] es oscuro e impenetrable para los foráneos. Servían como una especie de código que podía ser interpretado sólo por los iniciados a los que se les hubiesen impartido los secretos en el momento de la iniciación (…), sirviendo como medio de instrucción para los [que fuesen] iletrados.

La prevalencia del fenómeno, dentro del marco actual de fusión paranoica pop, la expone en términos sociopsicológicos Christopher Knowles en esta reciente entrada de su blog:

El degradado simbolismo oculto que hemos presenciado en la música pop durante las pasadas décadas parece no sólo provocación intencionada, sino también una especie de contrapunto al dominio de lo hiperracional en todos los ámbitos No estaríamos viendo tanto del mismo si no estuviesem, del algún modo, resonando con la cultura: hace que los productos se movilicen y obtiene preciados clicks, y esto incluye los de todas las personas que dicen aborrecerlo pero que no pueden dejar de contemplarlo.

Se reduce a esto: cuanto más intentemos empujar lo irracional o lo sobrenatural a los márgenes, cuanto más intentemos negar su lugar en la cultura, mayor influencia tendrá sobre la misma; (…) porque lo irracional se expresa mejor a través del arte, el cual mueve al alma humana más de lo que la ciencia o las matemáticas podrían atreverse a soñar.

 

 

» leído en la biblioteca, leído en la web · 7 febrero, 2016

Percepciones populares del ocultismo

Dado su reciente retorno a las pantallas, convendría deconstruir la influencia de la serie de TV “Expediente X” en el acervo popular del “mundo del misterio”. Se encarga Gary Lachman, desde las páginas de The Quest For Hermes Trismegistus:

Del mismo modo en que el cristianismo conquistó a los antiguos dioses de sus nuevos conversos reduciéndolos al estatus de demonios, la estructura de consciencia mental-racional, determinada también en su afán despiadado y deficiente a barrer con todo lo anterior, comenzó una política de difamación de las ciencias ocultas, esotéricas y herméticas. Hemos crecido, productos de una modernidad no cuestionada, con la sensación de que lo oculto es algo poco respetable, supersticioso y en un sentido popular amplio, “peligroso”─como así atestiguan los cientos de “películas de miedo”. Es curioso que en una época en la que la mayoría de temas hasta ahora tabú pueden ser discutidos abiertamente, no podamos todavía hablar acerca del ocultismo de forma objetiva e imparcial. Se anima a la gente a hablar “con franqueza” de detalles sexuales y de errores personales de un modo que resultaría escandaloso en épocas anteriores, y en nuestra necesidad de “transparencia” tomamos cualquier señal de reticiencia como una indicación de “negación”. Sin embargo, cualquier discusión acerca del ocultismo en la cultura popular cae víctima de lo que denomino “el efecto Expediente X”. Esto significa que, aparte del tratamiento sensacionalista, el tema no puede ser nunca discutido sin sugerir de algún modo que las personas que se interesan en él son de alguna forma “raros” o mentalmente “ligeros”, que cualquier persona racional reconocerá esto inmediatamente y que, al final, sólo la ciencia puede ofrecernos un conocimiento confiable de nosotros o de nuestro mundo.

Aprovecharemos también para señalar otra frecuente asociación a nivel popular entre esoterismo y fascismo. En The Secret Temple Peter Levenda traza el orígen de esta idea:

[Los estudios sobre esoterismo] han sido ignorados por los académicos modernos. Esto puede deberse a la desagradable reputación de la que estas investigaciones gozaron [durante el régimen nazi]. (…) El estudio de la materia esotérica se devaluó debido a los extremos a los que dichos estudios fueron llevados bajo la tutela nazi, y filósofos de la posguerra como Theodor Adorno caracterizaron todo el ocultismo como algo de naturaleza esencialmente fascista. Hay un elemento de verdad en esta afirmación, que tiene que ver con la idea de un conocimiento secreto detentado por una élite espiritual. Si esta élite es una familia─esto es, que poseedora de un linaje sagrado─nos veremos de inmediato confrontados por una serie de cuestiones cercanas a los programas de “ciencia racial” del Tercer Reich, pues esta idea del linaje sagrado conlleva que otros linajes no sean sagrados, que sean menos importantes, no tan puros o que esén degenerados.

 
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